El tango ha muerto

Con disco nuevo y concierto, Rodolfo Mederos tiende un puente de cuarenta años con Generación Cero

Hace pocas semanas se editó En vivo, el registro de un concierto de Generación Cero del 9 de diciembre de 1977 en el teatro Coliseo. Ese grupo que buscaba imponer una «nueva música ciudadana», fue fundado y estaba liderado por el emergente compositor y bandoneonista Rodolfo Mederos, quien renovó el tango a pesar de considerar que hace rato está muerto. Este miércoles Generación Cero versión 2019 se presenta en el Torquato Tasso. En esta entrevista, Mederos recuerda aquellos años de vanguardia bajo la dictadura, la relación con Astor Piazzolla y confiesa que en un momento quiso dejar el bandoneón por el saxofón. Y que si no lo hizo fue porque Egberto Gismonti, el receptor de su confesión, le dijo que estaba loco.

 

Por Mariano del Mazo

Hace algunas semanas salió a la luz En vivo, el registro de un concierto de Generación Cero del 9 de diciembre de 1977 en el teatro Coliseo: el material es extraordinario. Y es el extraño volver al futuro de un 2019 en el que esa marca, esa invención insuperable –a su pesar- de Rodolfo Mederos, volvió con nuevos temas y formato para una serie de conciertos. “Decíamos ayer”, podría haber expresado el bandoneonista antes del recital de Generación Cero ’19 en el CCK. Pero no: decidió reformular aspectos tímbricos y conservar, sí, el núcleo duro experimental. No existe, nos quiere decir filosóficamente Mederos, ningún regreso. Porque no, porque es imposible: ¿volver adónde? “¿La verdad? Yo no quería ponerle Generación Cero a esta nueva agrupación. Mis amigos me convencieron”.

Un puente de más de 40 años une y separa a las dos experiencias. La movida –una grabación rescatada y un refresh montado a la marca- fue celebrada hasta la reverencia por esa secta que integran los fans de Generacion Cero. El salto temporal estremece: si el disco refleja el sonido de la Buenos Aires violenta de la dictadura y configura un gesto con veladas veleidades de concebir una “Nueva música ciudadana”… ¿a qué suena hoy? ¿Qué significa el actual grupo? Rodolfo Mederos está sentado en la penumbra de su histórica casona de la calle Solís. La casa es tipo chorizo, abrumada por elementos antiguos. Un museo íntimo. Ceba mate con parsimonia y dice: “Yo en esa época, los 70, estaba muy confundido. No sabía qué camino tomar. Me hacía preguntas: ¿de dónde soy, qué hago, para quién?”.

¿Y ahora con la nueva versión de Generación Cero?

-No tengo esa confusión pero… bueno, ya está hecho. Pienso en qué haré mañana.

Mederos combina en sus declaraciones un tono reflexivo y al mismo tiempo obcecado, que resuelve a su manera las muchas paradojas que despliega su extraordinaria música y su pensamiento. Entre la tradición y la vanguardia, entre la raíz y la ruptura, una agria solemnidad por momentos galvaniza sus testimonios. Cuando se afloja, el personaje se disuelve y hasta es capaz de reírse de sí mismo. Antes de hablar de música, refiere a la cotidianidad política regional y se pone metafísico un poco a la manera del tono severo de un Sabato. “Las realidades no son muy alentadoras, me afecta. Me afecta todo: el golpe de estado en Bolivia, por ejemplo, me remite, a otras épocas y confirman mis sospechas acerca de la mediocridad humana. Tengo un perro, que se está muriendo, y ¿la verdad? es más sabio que cualquier hombre. La raza humana ha deambulado durante siglos por el planeta y no ha sabido tener una buena vida, ser feliz. Se debate entre mezquindades, antagonismos, cobardías… Sigue viviendo en un estado primitivo”.

Sos decididamente pesimista.

-Soy objetivo. No hay sentimentalidades en lo que digo. Hay data, observación.

En la habitación hay un biombo, un árbol genealógico de la música europea, pipas, un banquito, el bandoneón, el atril, un piano y, sobre el piano, un papel con una suerte de proverbio: “La mentira tiene patas cortas, la verdad tiene patas largas. La coherencia tiene alas”. Hace décadas que Rodolfo Mederos sostiene dogmas alrededor de muchos aspectos culturales, entre ellos el de la muerte del tango. A veces se abre un abismo entre discurso y obra: en ese espacio chocan ideas conservadoras con una música rupturista. Escuchar la grabación exhumada de 1977 es una experiencia reveladora, en la que se puede advertir una lúcida capacidad de interpretar la época, política y musicalmente. Un vigor surgido como de una olla a presión, con diálogos instrumentales con el rock, el jazz y ese género en sí mismo que era, sobre todo en esos años, la música de Astor Piazzolla. La cinta la conservó ese titán del sonido que es Carlos Melero: “Desde ya es una grabación analógica –explica Melero por whatsapp-. Me había entusiasmado mucho en los ensayos. Era todo una novedad ese sonido. Rodolfo tiene un gusto muy particular con los arreglos. Cada tanto escuchaba el concierto en casa. Me provoca una felicidad enorme que se haya editado”.

El disco es áspero, arrogante, arrasador. Las obras de Rodolfo Mederos se escuchaban en aquella segunda mitad de los funestos años 70 como un atajo singular al zeigest que contemplaba lo que estaban intentando los más curiosos del rock argentino (Charly con La Máquina de Hacer Pájaros, Spinetta con Invisible, Alas, Crucis), y las visitas y el influjo de grupos y solistas como Chick Corea, Jan Hammer, Weather Report, John Mc Laughlin y tantos más. Con Gustavo Fedel en piano, Claudio Ragazzi en guitarra eléctrica y su hermano Pablo en batería, Eduardo Criscuolo en bajo, más Mederos en bandoneón, composición, arreglos y dirección, lo que se oyó en el Coliseo fue una muestra de la más densa música con matriz tanguera y proyección rockera, con guitarras distorsionadas y hasta solos de batería. Miguel Grinberg cubrió el concierto para el diario La Opinión. Así comienza la reseña: Buenos Aires es a menudo una vorágine de ruido insufrible, nada imprevista por tratarse de una de las diez mayores ciudades del mundo. Pero fuera de sus avenidas, a distancia prudencial de los caños de escape y variadas prepotencias porteñas, hay hombres, hay mujeres, hay niños que no ceden a los embates de la irracionalidad metropolitana. Un hombre, el compositor y bandoneonista Rodolfo Mederos, reivindicó hace algunas horas la tarea de resensibilizar, de convertir a la emoción en coraza. Como él dice, ´crear una música para la ciudad de Buenos Aires actual es una tarea delicada y emocionante’. Su propuesta sonora, en la noche del Coliseo, no solamente satisfizo la mayor exigencia, sino que representa la máxima realización musical desde los días en que Astor Piazzolla concretó sus memorables ‘Lo que vendrá` y `Tres minutos’ con la realidad” .

Grinberg menciona Lo que vendrá, de Piazolla. También podría haber agregado Que lo paren, de Eduardo Rovira, de 1975. Eran títulos y músicas que definieron un ímpetu fundacional sobre los despojos de la época de oro del tango. La revolución quedó inconclusa (o tomó otros atajos) pero el disco en vivo que acaba de salir de Generación Cero es una manifestación de hasta dónde podían llegar esos otros jóvenes barbudos. “Yo particularmente tenía una sensación extraña. Era como un huérfano. Los grandes maestros del tango se morían… ¡aunque estuviesen vivos! Yo venía de la orquesta de Osvaldo Pugliese, fui testigo. ¿Qué iba a hacer? ¿Tocar La yumba eternamente? ¿Y si no tocaba La yumba qué tocaba?

¿Cuál fue la respuesta?

– No la encontraba. En definitiva la respuesta fue Generación Cero. Al provenir del tango, advertí que no tenía territorio propio. No pertenecía a ningún grupo social. Lo que sentía era soledad y yo creo que siempre el desarrollo de la música es colectivo. Aunque se pueden desarrollar lo que yo llamo “estéticas independientes”, que se contraponen a las “estéticas sociales”. Eso ocurrió. Piazzolla es un buen ejemplo.

¿Qué te pasaba con el rock?

-No lo sentía propio. Escuchaba lo que se escuchaba… Qué sé yo, Yes, Weather Report… Las circunstancias me arrojaron ahí. Era como asomar a un abismo. Me nutría de músicas cercanas: algo de rock, algo de jazz. Puro sincretismo. Las sonoridades que escuchaba por afuera del tango, como la distorsión de una guitarra o lo que fuere, eran pinzas, tenazas y martillos que yo utilicé para armar ese aparato llamado Generación Cero.

Por momentos da la sensación de que no le tenés demasiado cariño a Generación Cero…

-No, ¿por qué? No diría cariño, porque ya te dije que no me muevo por cuestiones sentimentales. ¡Pero sí que lo valoro! El tema es que me provocaba preguntas. ¿Estaré haciendo bien? Porque yo creo que la música es más que un acorde o un solo. Para mí debe estar sustentada por una ética y una conducta. Y con Generación Cero me sentía traidor y, al mismo tiempo, mirá qué curioso, liberado.

¿Traidor a qué?

-A una cultura, a una tradición.

El peso del tango. En lugar de traición, ¿no pensabas en términos de la transformación de la música de una ciudad que cambia? ¿O en términos de libertad artística?

-Eso es muy romántico. Yo creo que el arte tiene ideología, que no es sólo libertad. Todo el mundo hablaba de vanguardia con Generación Cero. A mí no me parecía. Era, te repito, como una tabla de salvación, una madera donde flotar y no hundirme. El barco de donde venía, es decir el tango, estaba haciendo agua. Y al final se hundió. Lo que vino después fue repetición. Al tango le inyectaron hormonas, botox y lo dejaron como un tullido dando vueltas por ahí. Al menos Generación Cero representó una búsqueda válida. Era música urbana. Y mi naturaleza es urbana. No me imagino pintando una montaña o una pradera. Cuando alguna vez fui a la plaza sentí la curiosidad del que va a un museo.

¿Generación Cero fue parte de un intento de hacer una música nueva y porteña?

– La idea de hacer una música nueva me parece un poco arrogante. Fue una búsqueda. Mirá, por esa época yo estaba tan perdido que hasta pensé en dejar el bandoneón. En esta misma casa, en esta misma mesa donde estamos conversando, tuve una charla muy profunda con Egberto Gismonti. Ahí le dije que quería abandonar el fueye.

¿Qué querías tocar?

-El saxofón. Y tal vez la trompeta.

¿Y qué te dijo?

-Que estaba loco.

Fotos: Xavier Martín

TANTAS VECES ME MATARON

Se sabe: Mederos opina que el tango ha muerto. La sentencia viene levantando polvareda en el pequeño y al mismo tiempo potente y variado universo del tango actual. Pese a ser uno de los docentes más respetados por camadas y camadas de jóvenes, dice que toda música “nace, se desarrolla, se ameseta y muere”. “Yo escucho a Salgan y disfruto. Lo mismo a Bach. Bill Evans me revuelve las tripas… Eso es para mí la música actual. Estar vivo no es respirar, estar vivo es otra cosa”.

¿Y qué estarían haciendo los músicos, compositores e intérpretes de tango actual?

-Otra cosa. El tango ha tenido cambios desde que nació allá por el 1900 hasta los años 40 y 50, que no en vano la llaman la época de oro. Yo no creo que se haya modernizado, porque no creo en la modernización de la música. Lo que sí creo es que acompañó una época. Era algo que ocurría naturalmente. Salías a la calle y se escuchaba que en un patio alguien estaba tocando el bandoneón. Prendías la radio y se escuchaba tango. El pueblo vivía en tango, era casi como un músico más. Estaba ahí. Nada de eso existe. Ya fue. Listo. Hay que aprender a disfrutar los procesos. ¿Por qué tanto escándalo? Por lo demás, el tango fue adquiriendo características elitistas… Me pregunto: ¿será ese el destino inexorable de las músicas populares refinadas? El tango fue algo excepcional. No soy musicólogo, pero debe ser la música popular bailable que llegó a los más elevados niveles técnicos y poéticos.

¿Cómo influyó en vos la figura de Astor Piazzolla?

-Muchísimo. Desde lo personal, tengo un gran agradecimiento: me ayudó a dar las patadas iniciales. Yo estaba estudiando Biología en Córdoba, y él me convenció de que me largara a tocar. Siempre fue muy solidario conmigo. En los tiempos en que vivía en una pensión del Abasto y no tenía un mango partido por la mitad, me robaron en un viaje en tren el único bandoneón que tenía. Era el fueye que me había comprado con mucho esfuerzo mi viejo. Sin bandoneón no podía tocar, y si no tocaba no comía. Yo no conocía a nadie en Buenos Aires, excepto a Astor. Lo iba a ver a 676, en la calle Tucumán. Yo estaba loco con su música. Bueno, cuando le conté lo del robo me prestó un bandoneón suyo. Al tiempo me dijo que me lo quedara y que se lo pagara cuando pudiera. Cada vez que se lo quería pagar, me decía que me dejara de joder. Todavía lo tengo: es un bandoneón hermoso.

Y con una carga simbólica.

Sí. En fin, más allá de ese inolvidable acto de desprendimiento, siento una gran admiración y respeto por su tarea, por su obra, su sensibilidad, su imaginación. También, hay que decirlo, era una persona caótica. Costaba establecer una comunicación racional con él… No manejaba los espacios, los silencios. Saltaba de un tema a otro, nunca profundizaba. Resultaba complejo desplegar con él un ámbito de reflexión. Eso no significa que no fuera capaz de decir un concepto brillante en tres palabras.

¿Por ejemplo?

-Te lo voy a graficar con una pequeña historia. En un momento debía salir de gira por el interior con su quinteto. La compañía grabadora le exigía que metiera algunos tangos tradicionales cantados. Astor, con tal de difundir su música, aceptó. Incorporó a una cantante llamada Ana María Cachito, y me pidió si podía encargarme de los arreglos de esos temas. Yo me quedé mudo, para mí fue lo máximo: por más que fueran para tangos cantados, ¡eran arreglos para el glorioso quinteto de Piazzolla! Me agarró una angustia tremenda, miedo, recién arrancaba… Pero los hice. Conocía perfectamente al quinteto, el estilo de Piazzolla, todo. Le llevé los arreglos a su casa, los vio por arriba, me miró y me dijo: “Esto es Piazzolla. Para Piazzolla está Piazzolla. Vos tenés que escribir como vos”.

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