La cuna de la narcocultura

La cuna de la narcocultura

Por Diego Enrique Osorno

Publicado en Gatopardo

El Cartel de Sinaloa no sólo ha producido dinero y violencia con el comercio de drogas, también ha sido fuerza productora de mitos y narcocultura. ¿Por qué Sinaloa es la capital internacional del narcotráfico? Es la pregunta que el cronista Diego Enrique Osorno ha buscado responder desde hace diez años cuando apareció El Cartel de Sinaloa. Una historia del uso político del narco, que ahora Grijalbo ha vuelto a editar. En esta revisión, Osorno ahonda en lo que no se dijo en el juicio de El Chapo, y sobre la vida del verdadero “Jefe de jefes” de la organización más importante de tráfico de drogas en el mundo.

La Navidad de 2013 todo era calma en Sinaloa y mientras comía un aguachile en Culiacán, me enteré de que la representación gráfica que existe de Jesús Malverde, el santo de los narcos sinaloenses, fue inspirada en la figura del actor y cantante Pedro Infante. Aunque murió en abril de 1957 en un accidente aéreo, Pedro Infante es hasta hoy una de las figuras más veneradas de México. Su peculiar entonación de la canción “Cielito lindo”, así como su tez aperlada, su cabello castaño y sus ojos casi negros son usados por las agencias de publicidad como prototipo de lo que es “el mexicano”.

Malverde era un bandido que al igual que Pancho Villa, a principios del siglo xx asaltaba familias de hacendados y repartía una parte de su botín entre los pobres. La diferencia es que Malverde murió en 1909 y Villa se sumó después a las filas de la Revolución, lo que le mereció un lugar en la historia oficial. En contraste, por decreto gubernamental, el cadáver de Malverde fue colgado de un árbol hasta que éste cayó y  fue sepultado entre piedras por sus seguidores. Con el paso del tiempo, esa tumba se convirtió en centro de un culto que creció tanto que uno de sus devotos, Eligio González, decidió construirle una capilla. Cuando sucedió esto, el capellán se dio cuenta de que no existía una imagen de su santo que pudiera ser venerada y en 1983, aconsejado por algunos amigos, decidió ir con un yesero a pedirle que creara la imagen de Malverde basándose en una fotografía de Pedro Infante, de tal forma que el rostro del santo de los narcos sinaloenses está inspirado en el del actor mexicano más carismático que ha existido.

Esta historia me la contó Juan Millán, un poderoso exgobernador de Sinaloa, quien dice que es seguidor de Pedro Infante, pero no de Malverde.

Malverde es visto como un villano por la Iglesia  católica, aunque eso no impide que miles de devotos católicos —no necesariamente ligados al narco— lo consideren  un héroe. Esta contradicción podría aplicarse también a lo que genera la figura de Joaquín Guzmán Loera, quien es uno de los mayores narcotraficantes del planeta, pero en su tierra natal es idolatrado incluso ahora que ha caído en desgracia. Tanta fascinación hay por El Chapo que, tras su detención en febrero de 2014, casi 2 mil seguidores suyos se atrevieron a salir a las calles a manifestar su apoyo, algunos portando camisas con la leyenda de “We love Chapo”.

Suele decirse que los mexicanos estamos enfermos de narcocultura. Y es cierto que hay decisiones extrañas, sobre todo a nivel oficial, que alimentan esas teorías. Al día de hoy no he podido entender por qué el Ejército mexicano exhibe ciertos objetos que les son decomisados a los narcotraficantes. A pocos metros de la oficina del secretario de la Defensa Nacional, hay un pequeño museo en el que he visto una espada de los Caballeros Templarios de Michoacán, la pijama blindada del capo Osiel Cárdenas Guillén y la pistola que traía Joaquín Guzmán Loera la primera vez que fue detenido en 1993 en Guatemala. Quizás esta narcocultura explica por qué la serie de televisión más vista no es una tan buena como House of Cards, sino El Patrón del Mal, inspirada en la vida del colombiano Pablo Escobar.

Sin embargo, me parece difícil equiparar a Guzmán Loera con Escobar. Como lo explica la investigadora Rossana Reguillo, “del Chapo de carne y hueso supimos muy poco en los últimos años. De Pablo se pudo hacer un libro, una telenovela; del Chapo,  difícilmente”. Aunque alguien que se “fuga” de una cárcel de máxima seguridad y años después aparece en la lista de Forbes como uno de los hombres más ricos del mundo tiene que ser, inevitablemente, un personaje fascinante en más de un sentido.

El respeto que hay en Sinaloa por Guzmán Loera tiene dos niveles: en las clases bajas hay quienes lo consideran una especie de Robin Hood gracias a la filantropía que ha hecho históricamente el Cartel de Sinaloa. Por otra parte, en la clase media hay un sector que lo ve como el guardián de la tranquilidad de su estado. Existe la creencia de que Guzmán Loera evitaba que la violencia brutal que ha vivido México en los años recientes llegara a los suburbios y pueblos sinaloenses.

Hace un tiempo, en pleno apogeo del conflicto de Michoacán, donde grupos de civiles se armaron para defender sus intereses de los narcos locales, un amigo de Culiacán, ingeniero mecánico y dedicado a negocios lícitos, me dijo: “En  Sinaloa no necesitamos algo como las autodefensas de Michoacán porque para eso tenemos al Chapo”. Mauricio Fernández Garza, empresario que gobernó San Pedro Garza García, Nuevo León, la ciudad más rica de México, me dijo: “A los narcos les gusta cuidar el lugar donde viven y mantenerlo en paz. No son tontos. No comen lumbre”. Por eso es que en Sinaloa, donde al igual que en otros estados mexicanos existe un vacío de poder, todavía aplica aquello del capo como el viejo protector de su feudo.

Pero fuera de Sinaloa la situación es distinta.

Guzmán Loera no sólo es uno de los máximos empresarios del mundo de las drogas ilegales y un personaje pintoresco del imaginario popular mexicano. En especial durante el gobierno de Felipe  Calderón, aunque Los Zetas protagonizaron la narrativa del mal, la “compañía” de Guzmán Loera, el Cartel de  Sinaloa, también estuvo involucrada en asedios a pueblos, ataques indiscriminados a ciudades, destrucción de bienes civiles, desapariciones forzadas, desplazamientos internos de personas, detenciones ilegales, secuestros, ejecuciones extrajudiciales y otros crímenes de guerra cometidos en diversos puntos de la geografía  mexicana. Algunos de estos crímenes, según se ha denunciado, pudieron haber sido realizados junto con grupos de las fuerzas oficiales.

“Para muchos, El Chapo podía ser visto como el ‘narco del PAN’. Es difícil saber si hubo complicidad o si se trató de una estrategia para no abrir demasiados frentes de lucha al mismo tiempo. Lo cierto es que El Chapo logró escapar de un penal de máxima seguridad durante la administración del presidente panista Vicente Fox y se encumbró durante el mando de Calderón”, considera el escritor Juan Villoro.

Con la detención de Guzmán Loera, el expresidente Calderón parece acercarse al destino irremediable que le esperaba tras la época traumática que vivió México durante su administración. Y ese destino irremediable no es precisamente la Universidad de Harvard, donde gozó de una beca académica al término de su mandato. ¿Por qué su gobierno no detuvo a Guzmán Loera? Se trata de una pregunta pertinente tras la captura del capo en pleno Sinaloa.

Durante la administración de Calderón fueron escasos los operativos especiales en esta región. Sobre todo, en comparación con lo que sucedió en Michoacán, Guerrero, Tamaulipas y Chihuahua, adonde tropas de militares y federales arribaban regularmente para sitiar pueblos y ciudades enteras con el pretexto de combatir al narco. Calderón anunció al inicio de su gobierno que habría una guerra contra el crimen organizado. Al final de su mandato no fue detenido ninguno de los barones de la principal organización del narcotráfico en México: el Cartel de Sinaloa.

Por el contrario, las únicas bajas o capturas de personajes de alto nivel en el mundo de la mafia fueron de exsocios que se rebelaron contra el Cartel de Sinaloa y crearon sus propios grupos, como Arturo Beltrán Leyva e Ignacio Coronel. Otros objetivos de la llamada guerra del narco fueron líderes de Los Zetas, Los Caballeros Templarios (antes La Familia) y La Línea, grupos emergentes y peligrosos pero menos significativos, sobre todo en lo económico, en comparación con el Cartel de Sinaloa.

A principios de 2014, el periodista salvadoreño Carlos Dada me preguntó por qué en el extranjero, en tan sólo un año, dejaron de escuchar que México era un país que se hundía en un derramamiento de sangre imparable para oír que ahora era el país de moda en América Latina. ¿Acaso se había acabado la violencia?

Lo primero que habría que reflexionar es que el gobierno de Enrique Peña Nieto, emanado del PRI, hizo un cambio radical en este tema, antes que nada en el área de imagen. La administración federal que le precedió tenía una errática estrategia de comunicación social en la que por momentos se resaltaba la palabra “guerra” en su narrativa y en otros la combatía. Felipe Calderón abordaba en ocasiones el tema del narco ante la opinión pública, no como si fuera el presidente de la República, sino como un fiscal. Incluso el presidente Barack Obama lo comparó públicamente con Eliot Ness.

Eso quedó atrás en el gobierno de Enrique Peña Nieto. El presidente casi nunca mencionó el nombre de Joaquín Guzmán Loera y su equipo de comunicación social dirigido por David López, experto en el tema, nacido en Sinaloa, operaba a diario de múltiples formas para sacar los hechos delictivos de las portadas de los diarios y hacer que, si acaso, fueran en la sección de nota roja. Ante el problema de la violencia del narco, la administración de Peña Nieto recurrió a la vieja estrategia de apagar la alarma de incendio, aunque el fuego siguiera encendido. Ni las ejecuciones ni las desapariciones forzadas ni las extorsiones de la mafia dejaron de suceder regularmente en decenas de pueblos y ciudades de México. Con excepción de Michoacán y Guerrero, lo que sí disminuyó fueron los eventos llamados de “alto impacto”. No había cadáveres apilados a la entrada de Veracruz o cabezas humanas guardadas en hieleras afuera de los periódicos. ¿Por qué disminuyeron estos eventos? Por otra decisión del Gobierno Federal: la de replegar a soldados y marinos del intenso patrullaje policial que hacían antes para asignarles tareas más específicas.

En cuanto esto sucedió es un hecho que también hubo un repliegue, pactado o no, de los grupos armados al servicio del crimen organizado. Por lo menos hasta antes de la detención de Guzmán Loera, los carteles mexicanos habían buscado el mínimo enfrentamiento y estaban tratando de restablecer entre ellos viejos acuerdos de coexistencia pacífica. El problema de este escenario es que México regresó al disimulo con el que el PRI trató el tema del narcotráfico durante muchos años, tal y como lo planteó Roberto Zamarripa, director del periódico Reforma, quien lanzó la pregunta: “¿Puede un gobierno que detectó atrapado en una cañería a un peligroso capo enmendar la política contra las drogas? ¿O sólo quiere un trofeo para la vitrina?”.

El Cartel de Sinaloa no sólo ha producido dinero y violencia con el comercio de droga. También ha sido una fuerza productora de mitos y narcocultura. Si no hay un cambio de fondo en la fracasada política contra las drogas que han empleado tanto México  como  Estados  Unidos,  pronto  emergerá  una  nueva  figura del mundo del narco. Y también se volverá una leyenda como Guzmán Loera. O quizá hasta se convierta en un santo.

El Cartel de Sinaloa Ilustraciones Manuel Vargas

Ilustraciones: Manuel Vargas

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Guzmán Loera, no sólo llegó a ser el tránsfuga más célebre de la justicia. También hizo carrera como diseñador de túneles, se salvó de ser asesinado gracias a la ayuda involuntaria de un jerarca religioso, adquirió prestigio de omnipresente y se volvió amigo de estrellas de Hollywood para finalmente realizar en Nueva York la que, parece, fue su última jugada antes de pasar al retiro en alguna cárcel estadounidense de máxima seguridad: lograr que el juicio en su contra ayude a los hijos de su socio Ismael Zambada García, El Mayo, y controlar la transición del poder en el mundo del narco, aún más inestable que el de la política oficial.

Contra toda probabilidad, poco más de 60 años después de haber nacido en un pueblo perdido llamado La Tuna, de una sierra remota del norte de México, Joaquín Guzmán Loera se convirtió en una celebridad durante la vida cotidiana del invierno de 2018 en Brooklyn, donde fue enjuiciado y encontrado culpable de una decena de delitos relacionados con el uso de armas de fuego, el lavado de dinero y el narcotráfico.

De hecho, buena parte de la vida de este hombre que no terminó de estudiar la primaria ha girado en torno a lo improbable. Para empezar, el considerado máximo capo del narcotráfico en el mundo es conocido como El Chapo, un apodo que en su natal Sinaloa es sinónimo de pequeño.

Además de ser un criminal, este sucesor del capo colombiano Pablo Escobar en el imaginario —una parte mitológica, otra real— del narcotráfico latinoamericano, ha sido un cuantioso productor de fantasías en un país como México donde la realidad logra tener más imaginación que la ficción.

Todo empezó en su juventud, cuando fue enviado a traficar drogas a Mexicali. En aquellos años ochenta en los que Ronald Reagan lanzaba su cruzada contra las drogas, El Chapo retomó una vieja estrategia de los contrabandistas chinos de principios del siglo pasado que usaban un largo y extendido sistema de pasadizos subterráneos de la ciudad fronteriza para mover opio y alcohol entre México y Estados Unidos, el cual, decíamos, es conocido como La Chinesca. Por raro que parezca, esta rupestre idea de usar túneles convirtió a Guzmán Loera, con el paso del tiempo, en un innovador del negocio al que se dedicó desde niño.

Su lanzamiento a la fama nacional ocurrió en 1993, cuando sus acérrimos rivales, los hermanos Arellano Félix, en el afán de asesinarlo, mataron por equivocación a Juan Jesús Posadas Ocampo, un influyente cardenal de la Iglesia católica al que de manera trágica confundieron con El Chapo, quien logró escapar ileso del atentado.

Unos meses después de aquel extraño accidente, Guzmán Loera, aunque fue detenido en Guatemala, acabó siendo presentado en México sin que mediara proceso formal alguno entre un país y otro. Tal acto de misteriosa traslación no fue resultado de ningún tipo de magia, sino de un viejo truco mexicano (y al parecer guatemalteco también): la corrupción.

En el año 2000, cuando México aún celebraba la llegada de la alternancia con el triunfo de un partido distinto al PRI en las elecciones presidenciales, El Chapo arruinó los festejos democráticos al convertirse en noticia de ocho columnas tras escapar del penal de máxima seguridad de Puente Grande, Jalisco, oculto en un carrito de lavandería, según la versión oficial.

A partir de ese momento su leyenda se forjó con mayor vértigo: lo mismo escuchabas a personas en Oaxaca o en Ciudad Juárez decir que acababan de verlo comiendo en tal o cual restaurante de la ciudad, o bien, que había ido a un baile de música norteña en Tijuana o que estaba departiendo con mujeres en un bar de Cancún. Cada día que pasaba sin ser recapturado se reforzaba alrededor de su figura un halo de omnipresencia que terminó por convertirlo en no pocos lugares del país en un personaje aspiracional, más admirado que cualquier senador de la República.

Sin embargo, el personaje también iba dejando a su paso una estela de sangre y destrucción, alentada por políticas populistas en materia penal, como la que lanzó el presidente Felipe Calderón bajo el rimbombante nombre de “guerra contra el narco”, con el fin de conseguir algo de gobernabilidad durante el turbulento arranque de su gobierno. Dicha estela de dolor abarcó también a la familia de El Chapo, luego de que su hermano Arturo fuera asesinado en el penal de Almoloya y su hijo Édgar en una céntrica plaza de Culiacán. Fue justo en el funeral de este joven de 22 años cuando sentí que estuve más cerca de conocer en persona al capo, quien cubrió con 50 mil flores el lugar donde velaban a su hijo. El hecho acabó en una crónica que publiqué en la primera edición de este libro y luego retomó el cantante Lupillo Rivera para componer una canción bastante desafinada.

Pasaron varios años para que Guzmán Loera fuera recapturado por fin. Incluso el PRI ya había regresado a la presidencia. Su detención no estuvo exenta de esos detalles que parecen inverosímiles pero no lo son, como el de que horas antes había logrado escabullirse de las autoridades a través de un túnel oculto en el baño de su casa en Culiacán, el cual conectaba su residencia con el sistema de alcantarillado urbano; o que para entrar en el hotel de Mazatlán donde finalmente fue aprehendido en febrero de 2014 se puso peluca y se subió a una silla de ruedas para hacerse pasar por un anciano enfermo.

Tras esta detención, parecía que al fin concluía la historia de un fugitivo que había marcado el primer cuarto de siglo de México… Pero al año siguiente, en julio de 2015, El Chapo daría un nuevo giro de tuerca al fugarse ahora del penal de máxima seguridad de Almoloya mediante un túnel construido justo debajo de su celda, donde lo esperaba una motocicleta enrielada para recorrer de forma rápida el kilómetro y medio de distancia subterránea que lo separaba de su libertad. Además, el timing del escape no podía ser más preciso (ni casual): como mencioné, ocurría justo al momento en el que el presidente Enrique Peña Nieto y casi todo su gabinete despegaban para hacer un vuelo transoceánico con destino a París.

Luego de esto parecía que El Chapo había llegado a su límite de producción de situaciones inverosímiles, cuando aparecieron en la puesta en escena el actor Sean Penn y la actriz Kate del Castillo, quienes revelaron al mundo que habían pasado una noche con él para coordinar los detalles de la realización de una película inspirada en la vida del capo. No pasó mucho tiempo para que Guzmán Loera fuera detenido de nueva cuenta y, contra todo pronóstico, acabara siendo extraditado a Estados Unidos justo un día antes de que Donald Trump asumiera la presidencia, como si se tratara de una especie de ofrenda diplomática para el político que nos quiere hacer pagar por el muro que El Chapo y su ralea han cruzado por debajo de la tierra todos estos años.

Ya en Nueva York, Guzmán Loera siguió alimentando su mito, ahora concretando el pacto hecho con su socio en el control del Cartel de Sinaloa, El Mayo, para permitir que la colaboración de la familia Zambada con las autoridades estadounidenses en el juicio contra él ayudara a que Serafín y Vicente, los hijos de Zambada, aminoraran sus problemas con la justicia de aquel país.

Claro, todo a cambio de que El Mayo ayude a que los vástagos de Guzmán Loera conserven una buena parte del negocio que formó su padre en México. Otro compromiso de Zambada es el de concretar la película sobre El Chapo, la cual ya tiene hasta escrito un guion, aunque está claro que con el tipo de vida del protagonista, el final de la historia aún puede ser reescrito.

El Cartel de Sinaloa Ilustraciones Manuel Vargas

Ilustraciones: Manuel Vargas

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Si entras en el mundo del narco puedes vivir muy bien, pero sólo será por corto tiempo. Tu destino seguro será encierro eterno o entierro trágico. Y si eres un capo, para fugarte una o dos veces de una prisión de máxima seguridad te hará falta tener mucho dinero y buenos contactos en el gobierno.

Pero ¿qué tipo de poder necesitas para llevar medio siglo en el negocio, seguir con vida y no haber pisado nunca una cárcel? Éste es el caso de Ismael Zambada García: un humilde ranchero de Culiacán que nació en 1948 y que en el siglo xxi se volvió de manera sigilosa el capo más antiguo y poderoso de México. Quizá por eso, en el arranque del llamado juicio del siglo celebrado en Nueva York a su antiguo socio, Joaquín Guzmán Loera, el apodo que robó la atención de manera sorpresiva fue el de El Mayo, cuando el abogado del Chapo lo señaló de manera directa como el auténtico líder del Cartel de Sinaloa.

La especulación de que detrás del Chapo —o del capo en turno— haya alguien o alguna instancia con mayor poder no es nueva. Además de ser una creencia popular, desde los noventa, investigadores serios del tema como Luis Astorga o Jean-François Boyer, han expuesto la íntima colusión que existe en torno al narcotráfico, no sólo entre criminales y autoridades mexicanas, sino también por parte de agencias estadounidenses como la dea y la cia, lo cual da como resultado la exaltación de ciertas figuras que son usadas como rostro visible de un intrincado sistema económico y político alrededor del comercio de las drogas prohibidas.

Sin embargo, hasta ahora, el afán de anonimato de Zambada era tan legendario como la notoriedad de Guzmán Loera. Cuestión de estilos. Si antes de ser detenido, El Chapo dio su primera y única entrevista a las estrellas de Hollywood, Kate del Castillo y Sean Penn, por el contrario, El Mayo pensó que era mejor idea tener la suya con el decano del periodismo en México, Julio Scherer, un reportero cabal que a sus 83 años de edad lo fue a encontrar en algún rincón entre las montañas de Sinaloa y Durango. Justo desde ese feudo, Zambada es señalado por dirigir un imperio con presencia lo mismo en Chicago que Cancún, Barcelona, Medellín, Ámsterdam, Tijuana, Panamá, Los Cabos, Tucson y la Ciudad de México.

Hijo del monte, como le gusta definirse, fue discípulo de Miguel Ángel Félix Gallardo —socio mexicano de Pablo Escobar en los ochenta y jefe de la primera organización  mexicana clasificada como cartel por el gobierno de Estados Unidos—; vio encumbrarse y caer a Amado Carrillo Fuentes —fallecido líder del Cartel de Juárez en los noventa—; combatió a la familia Arellano Félix —que sigue traficando en Tijuana—; y ayudó a escapar de dos distintas cárceles de máxima seguridad al Chapo, hasta ser hoy el único jefe que parecen respetar todas las facciones criminales enfrentadas en Sinaloa.

Mariguana, cocaína, heroína y metanfetamina son algunos de los productos del mercado negro que Zambada sabe producir, transportar y comercializar a lo largo del mundo. También le han atribuido las autoridades estadounidenses y mexicanas la administración de negocios lícitos como la leche, el atún, la ropa, muebles, bienes raíces y autos de carrera. Aunque es famoso por su discreción, posee en Sinaloa un rancho llamado Puerto Rico y una quinta con un inmenso lago artificial de nombre Isla Palma de Mallorca; se ha hecho cirugía plástica; tiene más corridos que ningún otro narco; está acusado de haber planeado un atentado contra el presidente Felipe Calderón; y en el momento de mayor persecución oficial, cuando dio la entrevista clandestina al periodista Scherer, sentenció que podría entregarse, pero que “el narco está en la sociedad, arraigado como la corrupción”.

En una época en la que la letra zeta se convirtió en México en sinónimo de violencia extrema, Zambada remite todavía a aquella máxima de antaño de que el narcotráfico es un asunto de negocios que se debe hacer con la menor cantidad de sangre posible. Es por ello que durante décadas ha cooptado o se ha asociado por igual con policías, militares, alcaldes, diputados, gobernadores y agentes norteamericanos.

Pero el círculo de protección más importante que ha logrado crear Zambada a su alrededor no sólo es político ni policial, sino social. El arraigo cultural del narcotráfico es tan grande en amplias comunidades y pueblos de Sinaloa y Durango que el capo es visto más como un protector que como un transgresor de la ley. Entonces, ¿qué tipo de poder necesitas para cumplir medio siglo traficando millones de toneladas de droga, estar vivo y no haber pisado nunca la cárcel?, ¿cómo puedes dirigir desde el monte un imperio económico que abarca varios países y continentes?, ¿puede un capo de la vieja guardia sobrevivir a la era moderna y evitar el mismo destino de sus antecesores: encierro eterno o entierro trágico?

Su perfil ha sido tan bajo, que ni siquiera hay una sola mención al Mayo en la primera temporada mexicana de la exitosa serie Narcos de Netflix, la cual transcurre en México y repasa los nombres de todos los capos más famosos de los últimos tiempos. Pero el juicio del siglo en Nueva York sí golpeó un pilar de la estrategia de supervivencia del Mayo: su anonimato.

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El juicio a Joaquín Guzmán Loera —a veces revelador como una comisión de la verdad, otras poco verosímil como un talk show latinoamericano— evidenció algunos aspectos  desconocidos del mundo criminal. Una de las principales interrogantes sembradas giró en torno a si el famoso mafioso apodado El Chapo era en realidad quien había movido los hilos del tráfico de drogas ilegales todos estos años o si había sido el propio Mayo. ¿Por qué este capo de más de 70 años fue señalado una y otra vez por la defensa del Chapo como el auténtico jefe de jefes de la mafia?

Para empezar a responder esta pregunta hay que regresar a finales de los setenta, cuando todavía funcionaba el monopolio en el poder en México del PRI. Y así como en el siglo pasado había un solo partido gobernando como una gran familia que invocaba la Revolución de Pancho Villa y Emiliano Zapata en 1910 para designar cada seis años al presidente en turno, el mundo del narco lo dominaba también una sola organización: el Cartel de Sinaloa.

Es verdad que antes hubo traficantes importantes como Rodolfo Valdés, El Gitano, y Pedro Avilés, El León de la Sierra, pero fue Miguel Ángel Félix Gallardo el primer líder que administró como empresa esta actividad ilegal que se originó en los años cuarenta en el noroeste mexicano. Todo iba más o menos bien para el primer capo del Cartel de Sinaloa, hasta que el asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena sirvió como arma de presión para que el gobierno de Estados Unidos reforzara su cruzada contra las drogas y de paso la que sostenía contra el régimen de partido único.

Por ello acabaron siendo detenidos los principales operadores de Félix Gallardo: Rafael Caro Quintero y Ernesto Fonseca, convertidos después en los chivos expiatorios que ameritaba el crimen del agente estadounidense, apodado Kiki, en el cual no se ha precisado del todo la participación que tuvo otra  agencia americana que por esos años operaba de manera intensa en territorio mexicano: la CIA. Debido a la misma presión, en 1989 Félix Gallardo también fue detenido y con ello concluía el modelo de cartel único con el que inició la industria del narcotráfico en el país.

Tras la captura de Félix Gallardo, el gobierno divulgó la idea de que el capo nacido en Culiacán, ya en la prisión, había organizado una reunión con sus principales allegados —puros traficantes de familias sinaloenses— a fin de asignarles a cada uno el lugar del país en el que trabajarían a partir de entonces. Durante varios años ésta fue considerada la “génesis” a partir de la cual el Cartel de Sinaloa se dividió en células organizadas en diferentes lugares llamados “plazas” en la jerga del narco. Sin embargo, cuando entrevisté al propio Félix Gallardo para este libro, el capo me dijo que tal cosa sí había sucedido, pero quien había convocado la reunión y había asignado los lugares de trabajo había sido Guillermo González Calderoni, jefe de la policía antinarcóticos al inicio del gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari.

“Fue González Calderoni quien en su tiempo repartió plazas; él se lució ante sus superiores, pero después de mi detención ya no volvió a detener a nadie de importancia. Todos eran sus amigos”. En 1989 no existían los “carteles”, me contó el capo, quien aún permanece encerrado en una prisión de máxima seguridad.

Cartel es una palabra que la DEA implementó durante los ochenta en América Latina, para ser retomada luego por autoridades mexicanas, posteriormente por la prensa y finalmente por los ciudadanos de a pie. No es un término preciso para designar a un grupo de traficantes, ya que remite a una organización económica que domina todas las fases de un negocio y que está en posición de controlar el mercado y los precios de un producto o servicio, lo cual no ocurre siempre con los grupos mexicanos involucrados en el narco. Sin embargo, más allá de la mitología derivada del término —que en los últimos años ha sido reivindicada por los propios traficantes para nombrar a sus organizaciones—, la palabra cartel ha trascendido su definición de diccionario y en el imaginario popular se ha convertido en una forma simple de referirse a un intrincado conglomerado de bandas —por lo regular familiares— localizadas en una región en específico.

Aunque no queda claro si fue Félix Gallardo o el propio gobierno quien creó este sistema de carteles que aún prevalece y se ha multiplicado en México, la idea de aquella decisión era que todas las células siguieran trabajando de manera coordinada con las autoridades. Como me dijo Félix Gallardo: “Los narcos no estábamos contra el gobierno, éramos parte del gobierno”. De esta forma, hasta finales de los ochenta, el narcotráfico funcionaba como una especie de empresa paraestatal controlada por familias en su mayoría sinaloenses.

Pero ya en los noventa México estaba viviendo la consolidación del neoliberalismo y de una incipiente alternancia partidista, por lo que los nuevos tiempos de competencia, así como las leyes del libre mercado, terminaron por imponerse también en el mundo narco. En este contexto, la primera célula de traficantes que se separó de las demás para convertirse en un cartel fue la de Tijuana (de manera coincidente, o no, asentada en el primer estado gobernado por un partido distinto al PRI: el PAB). En su momento, la familia Arellano Félix decretó la autonomía de su territorio y empezó a cobrar tarifas especiales a los demás traficantes que quisieran usar la codiciada frontera con California, en Estados Unidos.

Entre los afectados con esta decisión estaba El Mayo, que ya era un latifundista que controlaba enormes sembradíos de mariguana y heroína en Sinaloa, así como El Chapo, que operaba en el cercano poblado de Tecate y era famoso desde entonces por haber inventado los túneles para cruzar la droga a Estados Unidos. Ambos acabaron aliándose con la familia Carrillo Fuentes, que se había quedado con el control de Ciudad Juárez, el otro cruce importante de la frontera con Estados Unidos.

Así fue como El Mayo y El Chapo primero se aliaron y luego construyeron junto a sus familias una de las organizaciones criminales más afamadas de los últimos años en el mundo, la cual terminaría siendo diseccionada en el juicio de 2018 en Nueva York, al final del cual El Chapo fue condenado a cadena perpetua y se generó la sospecha de que había sido traicionado por quien de manera aparente siempre ostentó el poder detrás del trono en el Cartel de Sinaloa: El Mayo.

El Cartel de Sinaloa Ilustraciones Manuel Vargas

Ilustraciones: Manuel Vargas.

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Hubo una época hace no mucho tiempo en la que escribir sobre el narcotráfico no estaba de moda. Por entonces, era un tema censurado y lejos del raro glamour de hoy, el cual hizo que algunos proyectos de televisión —y ciertos académicos comodinos— lo volvieran fetiche comercial y sensacionalista, en lugar de un asunto que había primero que documentar, luego analizar y después exhibir. En aquellos años, era imposible imaginar que los medios de comunicación dieran cuenta de manera detallada de esta realidad y los reporteros de prensa batallábamos para publicar investigaciones o incluso simples notas. Para quienes trabajábamos en diarios de provincia, esta batalla contra el silencio era más cruenta.

Con el paso del tiempo, cuando el fenómeno se volvió más presente y colapsó la vida de un país que se preparaba para vivir la democracia, resultó imposible ocultar la información que emanaba de esa enorme cloaca que comenzó a ser observada como nunca antes y lo seguirá siendo hasta que de nueva cuenta se imponga la censura oficial o criminal sobre una de las principales tragedias de nuestro tiempo. Faltan nombres, pero entre los periodistas pioneros que registraron personajes, rutas, modus operandi, crímenes, pugnas y demás situaciones de este mundo están Jesús Blancornelas y Jorge Fernández Menéndez, así como los académicos Luis Astorga y Rossana Reguillo y los escritores Élmer Mendoza y Yuri Herrera. Tiempo después, una nueva generación de reporteros (todos con nombres que inician con A) como Anabel Hernández, Alejandro  Almazán, Alejandro Suverza, Alejandro Gutiérrez, Alejandro Sicairos, Alfredo Joyner (QEPD), Alejandro Páez y Abel Barajas escribirían de manera profusa sobre el tema. De manera destacada lo hizo también mi amigo Javier Valdez, asesinado a causa de ello en 2017 en Sinaloa.

La primera nota que me tocó hacer a mí sobre el tema data del año 2000. Recuerdo que un editor de la Ciudad de México cuestionaba que estuviera “inventando” en mis textos la existencia en el noreste del país de un grupo llamado Los Zetas. “La PGR no lo tiene en su lista oficial. Además, ése es un nombre ridículo”, decretó, para luego eliminar de mi artículo la mención a la banda, sin imaginar que años después esta última letra del abecedario se convertiría en una realidad de pesadilla. Según mi archivo, la primera vez que reporteé de manera directa en Sinaloa fue en 2004, cuando entrevisté en Culiacán a políticos locales de cara a las elecciones de ese año en el estado, en las cuales descubrí que el coordinador de la campaña del entonces candidato favorito para ganar era amigo de un temido secuestrador llamado Miguel Ángel Beltrán, El Ceja Güera. Tras publicar la historia, el político señalado no negó sus vínculos con el criminal e incluso organizó un mitin en una plaza pública donde lanzó diatribas contra la publicación y acabó prendiéndole fuego al reportaje delante de cientos de sus seguidores que celebraban su ataque contra mi trabajo. Finalmente, el candidato al que apoyaba este hombre no ganó aquella elección. Tampoco fue investigado nunca por sus vínculos con la mafia. Años después sería asesinado.

Y el candidato que sí ganó la elección se convirtió en gobernador. Tras asumir el poder, un día me invitó a desayunar con él a la casa de gobierno. Según mis notas de aquella conversación off the record, fue la primera vez que dimensioné que quien mandaba realmente en Sinaloa no era el gobernador del estado ni el presidente, sino un narcotraficante poco famoso a nivel nacional: Ismael Zambada García.

Desde entonces a la fecha, de manera intermitente he entrevistado a capos, sicarios, empresarios, campesinos, víctimas, policías, jueces y políticos, mientras voy recopilando una carpeta de investigación con documentos oficiales, testimonios y notas específicas sobre este personaje, a la que —quizá inspirado en el mundo del narco donde los apodos acaban siendo más memorables que los nombres— titulé simplemente “Jefe de jefes”.

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¿Cuándo empezó todo? ¿Por qué Sinaloa es la capital internacional del narcotráfico? La creencia de que en la década de 1940 el gobierno de los Estados Unidos alentó de manera formal la siembra de mariguana y adormidera en este lugar de México es tan fuerte que hasta la fecha los sinaloenses de a pie suelen dar esa explicación cuando se les hace la pregunta. Muy probablemente, como se detalla más adelante, se trata de uno de los muy diversos mitos que giran en torno a la historia del narcotráfico en nuestro país. Sin embargo, lo que sí resulta evidente es que el gobierno americano ha usado durante mucho tiempo su hegemonía para definir las políticas públicas de México en materia de combate al contrabando de drogas ilegales. Lo que no se sabe es el nivel de detalle.

Cada vez más periodistas, académicos, políticos y conocedores del tema suelen afirmar que es en las agencias estadounidenses donde están los auténticos Jefes de jefes de un negocio tan intrincado y complejo que adquirirá otro cariz cuando concluya el régimen de prohibición de drogas actual.

En las cortes de Chicago, antes del juicio de Nueva York a El Chapo, se inició un proceso en contra del Vicentillo, el cual prometía mostrar más de ese otro mundo tan poco conocido debido a que, entre otras cosas, hay más periodistas estadounidenses reporteando historias del narcotráfico en México que en su propio país.

Tras ser extraditado a Estados Unidos, a través de sus abogados, el hijo del Mayo amagó mediante documentos oficiales con revelar que el Cartel de Sinaloa había trabajado en colaboración con la DEA, el FBI y el ice. En específico, en uno de sus alegatos mencionaba al director regional de la DEA para Sudamérica, al de México, así como a una serie de agentes asignados a la embajada estadounidense en la Ciudad de México, y a los consulados de Hermosillo y Monterrey.

Según la documentación del proceso judicial que se hizo pública, el intermediario de estos acuerdos era un abogado llamado Humberto Loya Castro, quien operó el supuesto acuerdo entre el Cartel de Sinaloa y el gobierno estadounidense desde 2004 hasta la detención del Vicentillo. El presunto convenio estribaba en que a cambio de que las agencias policiales americanas no intervinieran en las operaciones del Cartel de Sinaloa ni tampoco procesaran al Mayo y al Chapo, el Cartel de Sinaloa proveería al gobierno de Estados Unidos de información sobre las demás organizaciones involucradas en el tráfico de drogas. Pero el juicio al Vicentillo donde se ventilarían estos alegatos se fue posponiendo a lo largo de cuatro años, en medio de negociaciones que finalmente concluyeron con un acuerdo de cooperación entre la fiscalía y el hijo del Mayo, mediante el cual éste se declaraba culpable de cargos menores y aceptaba ser testigo colaborador en otros procesos, a cambio de que se le redujera su estancia en prisión y de que su esposa e hijos fueran protegidos por el gobierno americano. Por ello, durante el juicio de Nueva York, cuando Vicentillo subió al estrado a declarar en contra de su padre y del Chapo (a quien sin embargo se refirió como compadre), el abogado de Guzmán Loera, como lo hizo a lo largo del proceso, reiteró que le parecía sorprendente que El Mayo siguiera libre, asegurando que esto sucedía porque había corrompido a todo el gobierno mexicano y porque su hijo Vicente tenía un acuerdo especial con el de Estados Unidos.

—¿A qué se dedica tu papá? —preguntó en algún momento el abogado a Vicentillo.

El joven no lo pensó mucho para responder.

—Mi padre es el líder del Cartel de Sinaloa.

Ilustraciones: Manuel Vargas

Gatopardo

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