Un día en la vida de Jorge González

Un día en la vida de Jorge González

El cantautor dice que está jubilado y que se siente feliz. Culto pasó una tarde con él en su departamento en San Miguel, escuchando discos, dejando que la música despertara recuerdos de la vida que se fue y, sobre todo, observando cómo es el retiro de la figura consular del rock chileno.

Por Claudio Vergara

Jorge González está atado al silencio. El cantautor se acomoda en un sillón situado en el living de su departamento en San Miguel, activa su cuenta de Spotify desde su televisor y se queda por varios minutos contemplando taciturno la imagen que proyecta la pantalla: un músico a punto de hacer pedazos su bajo contra el suelo.

Es la legendaria portada de London calling, el disco seminal de The Clash. Las canciones empiezan su curso y González no emite palabra ni despega su mirada del aparato.

“La música de The Clash siempre me pareció adelantada. Marciana. Creo que todavía no le encuentro la vuelta. Ahora quiero escuchar London calling”, expresa un par de minutos antes de ponerle play a ese clásico que es pura dinamita y que la semana pasada festejó cuatro décadas. Aunque advierte: no es su disco favorito.

-¿Cuál es entonces el disco que más te ha gustado en tu vida?

-Yo creo que Sandinista!, de The Clash. Me enseñó a hacer música, porque era muy divertido y muy alegre, eso me gustó. Con muchos ritmos distintos. No solamente música blanca, sino que música de Sudamérica, y eso lo encontré muy atractivo, porque hablaba de nosotros también como algo que valía. Y la verdad es que vale.

Luego de haber vivido varias existencias en una sola y de residir en latitudes tan distintas como Nueva York o Berlín, el artista se sigue aferrando a los Clash como si se tratara del comienzo: cuando a los 16 años, en una tarde de 1981, los escuchó por primera vez gracias a un especial de la radio y decidió que ese era el sonido que quería para una banda en plena gestación después conocida como Los Prisioneros.

Una epifanía quinceañera que sucedió en la casa de sus padres, a poca distancia de su actual hogar y también en San Miguel. La misma comuna que volvió a habitar a fines de noviembre luego de contar seis meses en Quillota, donde se sometió a un tratamiento en una cámara hiperbárica para intentar atenuar las secuelas en el lenguaje y la motricidad que le dejó el infarto isquémico cerebeloso de 2015, ese trance de salud que en un momento lo tuvo cerca de la muerte.

Aunque hoy se comunica a través de frases concisas, su habla es mucho más fluido, mientras que su movilidad también exhibe mejorías, pese a que parte del costado izquierdo de su cuerpo sigue paralizado. Pero en los gestos de su rostro se manifiestan los cambios más alentadores: cada ciertos minutos regala una expresiva sonrisa que en años anteriores parecía haber desaparecido entre un semblante cada vez más rígido.

“Hoy tengo más calma. Antes no. Era más hiperquinético. Ahora estoy más paciente. A lo mejor fue por lo que me pasó. Aprendí a la fuerza lo que no aprendí a las buenas”.

-Puede que a veces la vida te obligue a aprender de una forma que no es la ideal.

-Cierto, pero es la única manera. Aprendí a vivir todos los días, por ejemplo. Cualquier día puedes quedar inválido y no te das cuenta. O te puedes morir. Cualquier día puede ser el último sano o el último vivo.

Minutos después, retoma: “Hoy me siento una persona normal no más. Con enfermedades como todos, eso lo siento muy cercano. Hay que acostumbrarse a ser más humilde, yo creo. Con la enfermedad me di cuenta que había gente que no tenía cómo moverse y eso es fuerte de aprender, porque tú lo das por hecho y no es tan así, a cualquiera le puede dar un ataque y a mí me tocó. Pero no me tocó morir, por suerte, ni quedar en silla de ruedas, que sería triste”.

-¿Qué pasa cuando recuerdas esa conferencia de 2003 en que te enojaste y botaste los micrófonos? ¿Era “otro Jorge”?

-No, el mismo. Así que cuidado con tu micrófono…

-¿Y qué pasa con canciones como “Me pagan por rebelde”? ¿Te sentirías cómodo cantándolas hoy?

-Hoy no canto. Estoy jubilado. Y feliz.

La figura más trascendente en la historia del rock chileno vive a los 55 años un retiro que durante tardes enteras transcurre en la soledad y la quietud de su departamento, donde tal como en su adolescencia, vuelve a encontrar en la música su refugio, el espacio al que puede escapar sin dolores ni urgencias. El estímulo que activa sus opiniones como el melómano que es y sus recuerdos como la estrella incendiaria que fue.

Y no sólo lo hace prendiendo Spotify, sino que muchas veces cogiendo al azar alguno de los cerca de 200 vinilos que se acumulan en un pequeño mueble en su living. Una discoteca custodiada por figuras e imágenes de gatos de las más diversas formas y colores, y que en su parte superior tiene tres fotos enmarcadas: una de él mismo en un matrimonio cuando tenía seis años; otra de esos mismos días junto a su abuela; y otra en colores de su madre, Ida Ríos, fallecida en 2018, en el Santiago del siglo XX.

Jorge González. Foto: Patricio Fuentes / La Tercera.

Los discos no tienen un orden definido y se nota. Al explorar las primeras filas, irrumpe un caos organizado de nombres, portadas y estilos, partiendo por el single “Step by step” de New Kids on the Block (“eran buenos”, cuenta al mirarlo); sigue otro single, “Robert De Niro’s waiting…”, de la banda femenina de los 80 Bananarama (“me gustaban junto a Rick Astley”, refuerza); y un poco más allá asoma The Popcorn, disco de 1969 de James Brown y cuya tapa lo muestra bailando sudoroso y endemoniado, para después seguir con álbumes de Tom Waits, Leonard Cohen, Yazoo, Daft Punk, Miles Davis, Álvaro Henríquez y compilados de gospel. También agrega que por estas semanas está leyendo la polémica biografía del productor Phil Spector. “Un loco”, según define.

González siempre fue así, un creador sin ataduras ni vergüenzas, lo que alguna vez lo llevó a postular que no existían los infames “placeres culpables”: “o la huevada te gusta o no te gusta”, según explicó hace años.

¿Hay discos de Los Prisioneros en su colección? Claro. Una pequeña joya: una edición argentina de 1986 de Pateando Piedras, el segundo título del trío. “Aunque mi disco favorito de Los Prisioneros es Corazones. El más logrado, yo creo. Tiene las mejores canciones y los mejores arreglos”.

-¿Te gusta más recordar esa dimensión como artista, tus letras personales antes que las letras de protesta de La voz de los 80?

-Era otra visión de la vida. Me gustan las dos, en las dos hay cosas especiales que expresar, tanto en lo personal como en lo general.

Al rememorar Corazones, comentamos que una de sus piezas más representativas es “Corazones rojos”, quizás la primera canción chilena que retrató la sociedad machista y patriarcal hoy cuestionada desde múltiples tribunas. Incluso es una composición que, por su proclama y su coro adhesivo, funciona como un eslabón de Un violador en tu camino, del colectivo chileno Lastesis. “Sí, lo he visto. Muy bueno, hacía falta. Era muy necesario que el tema del feminismo ahora estuviera más presente”

-Se podría decir que “Corazones rojos” fue una canción adelantada a su tiempo.

-Yo creo que es una canción atrasada a su tiempo, más encima.

-¿Por qué?

-El problema venía de antes, de siempre. Sólo que antes era mucho peor. Los hombres eran más brutos que ahora. Era una injusticia que trataran mal a las mujeres, si veníamos de ahí. Yo no quería ser esa clase de hombre.

-¿Y lo lograste?

-Yo creo que sí. Era difícil. Mucha tradición.

-En el mundo de la música, ¿había mucho machismo?

-No, la verdad que no. Si tocaba bien, tocaba bien. Se respetaba a la mujer.

-Tú incluiste a Cecilia Aguayo cuando se fue Claudio Narea en 1990.

-Yo pensaba que sólo una mujer podía reemplazar a Claudio. Porque ella era una estrella. Y necesitábamos a una estrella, no a un músico. Era más notorio, más radical. Más revolucionario.

Y si en su mueble de vinilos hay espacio para Los Prisioneros, la mayor banda rockera de Chile, también existe lugar para la institución rockera más grande de la historia: una versión nueva de Sgt. Pepper’s lonely hearts club band, de The Beatles, se apretuja entre el ex Pink Floyd Syd Barrett y la banda soul The Bar-Kays.

“Yo ahí me quedo con Paul McCartney. Tiene mejores canciones. Mejores que Lennon”.

-Cualquiera podría haber pensado que te identificabas más con el carácter de Lennon.

-No, con McCartney, que era un trabajador de la música. O sea, lo es todavía el viejo, tiene todo el oro del mundo y sigue tocando. Es un músico como su papá. Y lo aprendió como un oficio de niño. Para Lennon, (la música) era algo artístico y para Paul era una pega. Ahí está la diferencia de cómo vivir las carreras.

En contraparte, advierte que los Rolling Stones nunca fueron sus tipos: “Mick Jagger no me gusta mucho. Es un capo igual él. Que no me guste a mí es problema mío”.

-¿Qué pasa cuando hoy ves a McCartney o Jagger en un escenario, con más de 70 años?

-Pienso que bien por ellos, pero no es para mí.

-¿Nunca te viste tocando a esa edad?

-No, incluso antes (de la enfermedad) no me veía tocando viejo. Porque la voz no es la misma y la figura no es la misma, no estás vendiendo lo que ofreces, estás vendiendo un producto anterior: una persona más chica, eso es lo que estás prometiendo, que es tú cuando tenías 20.

Luego agrega una reflexión más personal: “A mí me daba vergüenza salir en la tele. Sentía que me veía mal. No me gustaba verme, sentía que había que ir no más”. Eso sí, por esos días su autoestima no era sólo pudor: “Yo fui una mezcla de Sol y Lluvia y La Ley (se ríe). Un buen cruce. Un popstar japonés medio peludo. El Beto Cuevas es muy caballero, muy buena gente. A mí me extraña que lo traten mal solamente porque es lindo y es talentoso. La gente le tiene envidia. Es como de no creer, cada año está más joven”.

Jorge González. Foto: Patricio Fuentes / La Tercera.

Dentro de la misma generación de The Beatles o los Stones, el sanmiguelino dice que también aún goza echando a correr el disco debut de The Velvet Underground, el de la banana y que marcó las carreras de David Bowie o Iggy Pop. “Me gustaba de los Velvet que andaban con lentes oscuros y tomaban heroína, cuando todos los demás andaban paz y amor. Les iba pésimo, nunca les fue bien. Lou Reed hace muy buenas letras también. Son reales y poéticas, eso me encanta. Él fue electrocutado cuando chico por gay, le hicieron electroshock para que se le pasara lo gay, imagínate como eran esos tiempos. Él se podría haber convertido en un loco disparador, pero se convirtió en un músico, que es más provechoso”.

-¿Te sentías identificado en algún punto con Lou Reed?

-Me siento identificado por el sentimiento de no pertenecer a ninguna parte, de ser del mundo, que me lo he ganado con viajes. No soy el típico chileno, yo creo.

-¿Hay alguna música que antes no te gustaba y que empezaste a valorar en la adultez?

-Escucho jazz ahora. Encontré algo nuevo en eso: que eran músicos que se expresaban a sí mismos, sin un orden, sino que escuchan su corazón no más. Eso es muy lindo. Y era música de América. Antes no me gustaba, lo encontraba fome, pero ahora lo encuentro lindo. Me gustan Dexter Gordon, John Coltrane, Buddy Rich y Miles Davis.

-El jazz en cierto modo parece tan distinto al rock and roll.

-Yo no escucho rock desde que tenía 15. Me aburrió.

-¿Y hay algún estilo que, por más que hayas intentado, nunca te llegó?

-El heavy metal. No me gusta. Igual hay buenas bandas, como Slayer o Metallica, son buenísimos. Pero me cansa el estilo. Muy macho. Poco soul, poca fiesta, más ataque. El heavy metal lo encuentro de cabros chicos.

-¿Te sigue gustando la música electrónica?

-No tanto, me alejé de ella, la encuentro muy fome, era todo lo mismo, pura plata no más. Los clubes a los que van los oficinistas el fin de semana a Ibiza es pura plata y drogas, no me parecía muy creativo para estar. Cuando estuve allá vi la clase media europea embrutecida por las drogas y el alcohol, y no es muy bonito, la verdad. Desgasta mucho. Los horarios me alejaron, muy tarde cerrar tipo cuatro de la mañana, mucho para mí, yo estoy viejo ya.

Jorge González. Foto: Patricio Fuentes / La Tercera.

Es evidente que González no ha dejado de oír música. Pero tampoco ha dejado de tocarla. Pese a que tras el accidente cerebral el escenario adverso suponía que era muy difícil que volviera a tomar una guitarra, lo que precipitó su adiós de los escenarios en la Cumbre del Rock de 2017 en el Estadio Nacional, su paso por Quillota obró un pequeño milagro: el cantautor ha vuelto a pulsar las seis cuerdas.

Gracias a una terapeuta ocupacional que lo atendió en la ciudad, el ex Prisionero pudo reencontrarse con uno de sus instrumentos de toda la vida. Eso sí, esta vez no hay multitudes ni estadios rendidos frente a él: “Yo ahora toco para mí”.

-¿Qué tocas?

-Invento cosas. Rasgueo con guitarra. No hago letras. Escucho la música, cómo va fluyendo, cómo se crea la música de la nada. Me impresiona, es como una magia, me encanta. Creo que la música es la clave, no la letra.

-Pese a que tu obra fue trascendente por las letras.

-Pero eso es como una llaga en una canción, yo creo. La mayoría de las letras son horribles, la gente las canta igual. La música es lo que vale. En el fondo, somos músicos no poetas.

-Cuando has vuelto a tomar la guitarra, ¿qué imágenes pasan por tu mente? ¿Te ves a ti mismo componiendo música como hace 30 años?

-La verdad que no. No hace falta. Las letras desaparecieron. No soy muy nostálgico.

-¿Te gustaría hacer una canción instrumental en un futuro cercano?

-Podría ser, pero no tengo mucho interés, la verdad. Ya hice la música que tenía que hacer. Lo hice bien, con alma, y sabiendo que iba a perdurar, que no era una moda no más, y se ha comprobado que es así.

-En esta crisis, la gente ha anhelado el retorno de Los Prisioneros. ¿Estarías dispuesto?

-La verdad, no. Ya fue. Mejor dejarlo ahí. Hay que buscar a los nuevos Prisioneros, yo creo.

-¿Qué te genera mirar que tus otros dos compañeros se presenten como Los Prisioneros?

-Buena onda, porque ellos llevan mi música por ahí. Y si lo tocan bien, mejor para ellos. Ellos tienen derecho a ganarse la vida haciendo música. Me pone muy contento que anden tocando ahora que yo no puedo.

-Cumpliste 55 años el pasado 6 de diciembre. ¿Cómo te sientes hoy?

-Muy parecido a tener 54, la verdad. Un año más viejo no más. Pero es bueno ser viejo joven encuentro yo, porque tienes pilas para hacer cosas. Me he jubilado pronto, pero me jubilé bien. Tocan mucho mis temas.

-¿Cómo es para ti acercarse a los 60?

-Que cada vez se acerca más el sueño de tener nietos. Es un sueño. Sería un abuelo muy cariñoso y regalón.

-¿Es algo que siempre quisiste?

-Sí, porque los quieres más que a los hijos, les das permiso no más. Encuentro que los niñitos son lo máximo. Me gustan mucho. Enseñan mucho. De chico tuve una hermana más pequeña (Zaida) y la cuidaba, así que cacho de niños. Siempre la cuidé y era muy lindo cachar cómo pensaba y todo eso. Los niños me han enseñado a tener más calma. Antes no la tenía.

Jorge González le ha puesto un punto final a su destino como astro de la música y ahora prefiere asumirse como un hombre hogareño, con tiempo para escuchar discos, regalonear nietos y tocar guitarra sin nadie alrededor, observando en retrospectiva la larga sombra de su legado. Está satisfecho con la vida que llevó y ahora prefiere descansar: tras varias horas de conversación, se acomoda en su sillón y vuelve a aferrarse al silencio.

LaTercera

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