“La gente te habla de rubros y vos estás hablando de sentimientos”

Chabela Ramírez, de la comparsa Valores: “La gente te habla de rubros y vos estás hablando de sentimientos”

Mientras volvía a poner su silla en el montón que ocupa una pared del luminoso salón de la Casa de la Cultura Afrouruguaya –ubicada en Palermo, el barrio donde nació–, me contó que si por ella fuera, se iría sola hasta el Teatro de Verano, donde esa noche le tocaba actuar con su comparsa Valores. Su rostro tiene brillantina y algo de apuro por llegar a los preparativos que comienzan temprano en la mañana.

Se había acostado “demasiado tarde” y por eso faltó a su clase de piano. Era casi mediodía en Palermo, y Chabela Ramírez (61), artista y referente de la comunidad afrodescendiente, habló con franqueza y decisión, un poco como se le dio la gana, un poco por lo que cree importante que se diga, consciente de cada palabra y su intención.

A la madrugada siguiente, y luego de subirse al Ramón Collazo, la televisión anunciaría que su comparsa había clasificado a la Liguilla del Concurso Oficial, por lo que deberá seguir compitiendo, aunque Chabela tiene su cabeza en otro lugar.

Palermo es tu barrio.

Sí. Nací en San Salvador entre Salto y Vázquez, ahora Martínez Trueba.

Seguís viviendo acá. ¿Cómo ha cambiado en todos estos años?

Pah, mucho. Desde la época de la dictadura, cuando tiran abajo el barrio. Para nosotros el barrio Ansina. Éramos jóvenes. Fijate que yo cuando empezó la dictadura cumplí 15 años, en noviembre. Nos cambió la vida por completo, en el andar, en el hacer, en el vivir. Yo tengo un amigo, Daniel Vera, con el que nos criamos juntos. Un día nos dijo: “Chiquilinas, me parece que nos vamos a tener que ir del barrio”. “Ah, Daniel, estás loco, nosotros no nos vamos a separar nunca”, le contestaba. Eso me quedó grabado para siempre. No me acuerdo de si fue en octubre o setiembre de 1978 cuando llegó el cedulón de desalojo. “Y bueno, nos vamos a tener que ir”, decían los vecinos. Una cosa es que se mude una familia, pero esto era todo un barrio que se desmanteló. Aparte, un barrio de referencia para nosotros los negros. Para ver otros negros había que ir a Cuareim. Aquella rivalidad de la que se hablaba, y que existía en ese momento, cambió rotundamente. Un 3 de diciembre desalojaron el conventillo del Medio Mundo, el 14 de enero de 1979 desalojaron todo Ansina. Y yo todo eso lo vi. Estaba sentada en esta misma vereda con mi amigo mientras sacaban cajones con las pertenencias de las familias y camiones con gente. Yo tenía a mi madrina y compañeros de escuela, amigos que se iban. Ver después cómo crecía el pasto en los terrenos de las casas y que nadie hiciera nada. Llegó un momento en que las plantas crecían por las ventanas y las puertas. Pasar la noche por acá era como andar entre fantasmas. Parecía que había un muerto colectivo. Hay familias que todavía están esperando volver. En la vida de las personas es un desarraigo total.

En los últimos años el barrio vive un nuevo fenómeno. Se están construyendo muchos edificios a gran velocidad. ¿Cambia la vida de los vecinos?

Claro que cambia. Nosotros no nos podemos poner de dueños del barrio. Pero, por ejemplo, hay un edificio nuevo en Ejido y Gonzalo Ramírez que cambia el paisaje para todos los que vivimos del otro lado. Van a venir a instalarse comercios de grandes empresas, y la gente que todavía tiene sus almacenes ¿dónde va a quedar? Se hacen nuevos estacionamientos y hay menos lugar para caminar. ¿Qué podemos hacer los vecinos frente a eso? Te dicen “el progreso” o “se va a parecer a una ciudad europea”. ¿Progreso para muchos o para unos pocos? A mí me tiene sin cuidado parecernos al primer mundo porque nosotros no somos parte del primer mundo.

El candombe en algunos sentidos también ha cambiado. Tiene nuevas manifestaciones y público. Incluso hay quienes cuestionan las nuevas formas de tocar candombe. ¿Cómo era cuando vos eras niña, y cómo se expresaba eso en la calle?

La gran diferencia son los cortes. En aquella época se cortaba para seguir. Ahora se toca para hacer los cortes. Hoy todo el mundo toca, pero lo más importante parecería que son los cortes. Eso yo no lo entiendo, porque el candombe es uno. Por más dinámica que tenga el corte, hay un ensamble que existe entre chico, repique y piano que permite crear un tipo de comunicación muy subjetiva y muy emocional, y eso es el candombe. El corte es una variante que surge de quien no conoce el lenguaje. Dicen algunos “el candombe es aburrido”. Será para ellos, no para uno. Yo lo tengo tan internalizado que tal vez sea difícil de explicarlo, pero con la emoción que te produce el candombe, el corte no se hace necesario.

Te criaste en un barrio candombero y con mucha música, pero además en un momento te decidís a dedicarte a cantar, a convertirte en artista. ¿Cómo se dio esa decisión?

Mirá, no sé si fue una decisión. Han pasado tantos años que no recuerdo. Yo tocaba el piano de niña. Mi hermana y yo íbamos al conservatorio, pero también tocaba de oído. Lo que escuchaba lo tocaba, y aparte era un poco inquieta. A mi padre le contestaba abierto. Cuando se enojaba me decía “¡dos horas de piano!” y él pensaba que a mí me molestaba pero no, al revés. Llegó un momento en que yo estaba feliz tocando. Todos los chiquilines en la calle y yo en casa con el piano. Después pasó que empecé a cantar para acompañarme las canciones en el piano. Se dio así. Mi mamá cantaba precioso música española, mi viejo bastante mal, pero toda mi familia cantaba. Era otra época. Los tambores no salían todos los fines de semana. Salían en las fechas patrias, otras importantes para la familia, y en las fiestas familiares siempre se cantaba. Mi tía Carmen era cantante y la estrella de la familia. Entonces era escuchar candombe, otras músicas, y todo lo pasaba al piano y se cantaba.

Así que en tu casa había un piano.

Sí, llegó a mi casa en 1967. Y recuerdo esto porque mi abuela lloró mucho cuando lo vio. Ella fue cocinera y limpiadora de la familia de Lauro Ayestarán [el musicólogo uruguayo]. Conocía el piano sólo de limpiarlo, y tener uno en su casa fue una gran emoción.

Contame del conservatorio. ¿Cuál era?

Ravel se llamaba. Estaba en Gonzalo Ramírez, entre Magallanes y Gaboto. Y nuestra profesora era Berta B de Korn, una señora judía que era una maravilla. Ahí fue cuando vivimos los primeros problemas de racismo. Nunca me voy a olvidar. En Canal 10. La profe nos llevó a mi y a mi hermana a un programa del canal para tocar el piano a cuatro manos. En aquel momento se usaba mostrar niños talento. Y bueno, estuvimos todo el sábado esperando nuestro turno. “Sí, sí, ahora les toca”, nos decían, y al final nunca nos tocó pasar. La profe nunca volvió al canal después de eso. Y antes, en la escuela, también sufrí mucho el racismo.

¿De qué maneras?

Había una compañera, no voy a decir el nombre, no sé si estará viva, pero decía: “¡No se junten con la negra, no se junten con la negra, no le den la mano a la negra!” Y yo me hacía pichí todos los días. Era una tortura. Odiaba jardinera.

Hoy sos una referente de la cultura afro. ¿Cómo saliste adelante con el racismo a cuestas?

Reflexionando, y… con otras personas. Nadie sale solo. A veces uno se junta con otros por compartir la misma realidad. Yo empecé a militar con 15 años. Al liceo entré en 1971, así que imaginate lo difícil que era. Todo se hacía a escondidas. Y después pasó el tiempo y la militancia se empezó a mezclar con mi actividad artística. Primero tuve un grupo con amigos en el que cantaba y tocaba el piano, y luego el primer grupo artístico, más formal, al que me sumé, Bantú. Ahí me invitó una amiga que cantaba, Marta Martínez. Me quedé ahí y aprendí mucho.

¿Y de aquella época qué cantantes recordás que escuchabas mucho?

Ruben Rada. Fue la primera vez en mi vida de adolescente que pude decir: esto es lo que yo quiero. En aquel momento, en el que no había cosas para negros, sale el el disco de Tótem [1971]. “Biafra”, “Dedos”, después “Negro” [incluido en Descarga, de 1972], esos temas me rompieron la cabeza, y me los pasaba todo el día escuchando con un amigo.

¿Y ese primer disco cómo lo descubriste?

Lo tenía mi tía Sofía, y como yo se lo pedía todo el tiempo, al final me lo regaló. Y claro, el disco tenía que ver con los cambios, el barrio, las cuestiones de negritud que se hacían más presentes en ese momento, y el rechazo. Mirá, antes, cuando salían los tambores a la calle, muchas puertas y ventanas de vecinos se cerraban. Eso también es importante decirlo. Salían dos cuadras de gente y atrás salía la cuerda, que en aquel momento tendría 30 tambores. Era una ceremonia. Ahora hay muchos virtuosos y se hacen cosas muy lindas y sería estúpido hablar en contra de eso, pero lo emocionante de todo aquel ritual es inigualable. Los tambores, llegar a Cuareim y después volver para acá. Yo siempre fui terrible pastelera, mi viejo era de Barrio Sur y mi mamá, de acá. A mí me encantaba el ritmo cadencioso de Morenada.

¿Cómo nace Valores?

En realidad fue una gran necesidad. Diego Paredes [su hijo, director responsable de Valores] era quien sacaba, por decirlo así, Sinfonía de Ansina, que era la comparsa del barrio. Y con su trabajo él logró hacer de esa comparsa un lugar digno y respetable, y cuando logró ponerla entre las primeras diez en las competencias de carnaval, los dueños del conjunto lo terminaron relegando, después de haberse roto el lomo durante años. Y yo fui una de las que le dijo “Diego, sacá tu comparsa”. En cualquier grupo humano hay problemas, y hay cosas que si están mal, están mal, pero con el tiempo entendí que eso tiene bastante que ver con la competencia. Yo nunca estuve de acuerdo con competir. En el carnaval de mi juventud se competía, pero no solamente. Teníamos un espacio para la lucha social, también. Si te fijás en las canciones que hacía Eduardo da Luz para Concierto Lubolo, la comparsa de mis amores, la del barrio, eran todas reivindicaciones sociales, culturales y de lo ancestral. Los sesentones que somos ahora éramos aquellos de veintipico que salíamos con esos temas. El resto de la sociedad nos decía “pah, otra vez los negros con el mismo problema de la esclavitud”. ¿Por qué? Porque no reconocía que existía un problema de racismo en Uruguay. Y nosotros, la sociedad civil, nos encargamos de demostrar a la sociedad en general que el racismo existe.

Valores comenzó tocando en la calle como tantas comparsas, pero de repente sucedió que cada vez que salían a tocar, venía más y más gente, de diferentes lugares, hasta que el evento tomó tal dimensión que el grupo tuvo que poner ciertas reglas de convivencia. ¿Cómo se vivió ese proceso?

La verdad es que no sabíamos por qué venían de todos lados. Creo que tenía que ver con cierta cordialidad. En un momento los gurises hacían unas llamadas a las que le habían puesto El candombe y la amistad, y venían otros grupos artísticos de visita. También armamos El candombe y salud, y luego la Junta Nacional de Drogas llevó la iniciativa a otro barrios. Esta urgió porque mucha gente cree que para tocar tambor o para bailar candombe tiene que haber una caja de vino, una cerveza, porro, cocaína. Grave error comete quien busca afuera lo que tiene que encontrar adentro. Esa batalla la perdí. Yo incluso había hecho un cartel que decía varias cosas alusivas. Por ejemplo, que quien quisiera consumir fuera a una plaza u a otro lugar donde no jorobara el crecimiento de los niños. No tiene por qué un chiquilín ir a upa de su mamá o su papá sintiendo olor a porro, y menos, tener que ver violencia generada por el consumo. Si bien es necesaria la tolerancia, es importante tener una actitud pacífica.

¿Qué ingredientes debe tener un buen espectáculo de candombe, en el marco del concurso?

Hiciste la pregunta más difícil. Yo no quería salir porque es muy penoso, en cierto sentido. Una comparsa que va al teatro tendría que conservar en un lugar importante a sus personajes ancestrales, o en vez de ser una comparsa numerosa, como se exige, que fueran grupos más chicos, como son las murgas, parodistas, ponele, de 20 personas. Para hablar de lo que tendría que tener una comparsa hay que fijarse en lo que se nos pide. Todos los años, según el reglamento, tenemos que hacer letras y músicas que no hayan sido registradas, coreografía, tener un tema importante que a la gente le interese, porque si no, algunos se dan el lujo de decir que la comparsa es aburrida. ¿Sabés por qué? Porque cuando nosotros hablamos de nuestras cosas de negros y afrodescendientes, a la gente le toca, le duele, y se va a comer un chorizo o un pancho porque no quiere escuchar. Yo soy una admiradora de Yambo Kenia. Hay comparsas que se dedican a divertir, y hay comparsas, como Yambo, que siempre hablan sobre nuestra historia, sobre situaciones vividas que no han sido reveladas a la sociedad. Para nosotros la comparsa sigue siendo la gran herramienta de expresión. Vivir en un espacio competitivo intentando hacer cultura es altamente estresante. Porque no podés, no llegás a todo. La gente te habla de rubros y vos estás hablando de sentimientos.

Para quien todavía nos lo vio, ¿de qué habla Valores este año?

Nuestra comparsa habla sobre los abuelos. Y habla sobre la tolerancia y la diversidad. En épocas en que es necesario hablar sobre diversidad. Muchas personas fueron y siguen siendo excluidas, como le pasó a Pirulo Albín. El año pasado, él cumplió 100 años, igual que Juan Ángel el Cacique Silva, y Martha Gularte (los tres nacidos en 1919). ¿Y sabés quién reivindicó a Pirulo para que tuviera su sello conmemorativo en el correo, como Juan Ángel y Martha? Fue el concejal Roberto Graña, del Comunal 1. Porque parecía que nadie debía recordarlo, nadie defendía su figura, porque era homosexual. Esas son peleas de todos los días. Uno no puede hablar de progresismo sin hablar de diversidad, de clasismo, de género, de racismo. Pero volviendo a la pregunta anterior: una comparsa tiene que ser auténtica, no querer ser como ninguna otra o como quieren los demás. Aunque no gane ningún premio. A mí lo que pueda ganar o no Valores me importa muy poco. Creo que estamos viviendo, en general, tiempos de mucha tecnocracia y poca humanización. Lograr que la gente se emocione, ese para mí es el premio.

La Diaria

 

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