La noche sin nombre

La amplia y negra noche de Hiram Ruvalcaba

Por Daniel Salinas Basave

Cuando hablamos de clases de música, hay ciertas melodías a las que suelen recurrir todos los maestros del mundo porque resultan ideales como patrón o ejemplo para enseñar las bases a los aprendices. Todo instructor de piano que se respete apuesta por Para Elisa de la misma forma que si se trata de aprender guitarra eléctrica ahí está el riff de apertura de Smoke on the water. Son estructuras que en su aparente sencillez, sintetizan la esencia misma de la composición. Pocas semanas antes de que la pestífera primavera irrumpiera en nuestras vidas, impartí un par de talleres de cuento. En ambos puse como ejemplo un libro que llegó a mis manos hace muy poco tiempo, a mediados de febrero: La noche sin nombre de Hiram Ruvalcaba. Para mí este libro es un parámetro ideal para mostrarle a un aprendiz de cuentista cómo poder estructurar un relato redondo sin desperdiciar nada, valiéndote de un modesto inventario de recursos.

A la hora de enumerar los elementos que construyen y redondean un buen cuento, reparo en que casi todos están contenidos en los relatos de Ruvalcaba. Por ejemplo, me gusta (ante todo) que se narre una historia. Parece una perogrullada, pero hay narradores para quienes la trama pasa a segundo término y se limitan a un relato situacional donde no sucede nada o sucede muy poco, casi como un cuadro de costumbres. Cada quien sus filias, pero a mí me gusta que haya un conflicto, un nudo, un desafío. El relato debe desentrañar, desembocar en algo. Soy también un devoto de las aperturas y creo que un narrador se juega la vida en el primer párrafo. Me gusta cuando el centro neurálgico y la columna vertebral de un relato se anuncian desde el arranque. Pues bien, Ruvalcaba apuesta fuerte desde la primera frase y enseña sus cartas. El mérito es que después de su jugada inicial, la tensión y la expectativa se mantienen hasta el último párrafo.

En el primer cuento, Paseo nocturno, la hecatombe y su dilema irrumpen de golpe en las primeras palabras. Una pareja de furtivos amantes atropella a un niño en la carretera y a partir de ese momento brota implacable su infierno individual. Quienes hemos sufrido un accidente carretero sabemos lo que significa que de un segundo a otro tu vida entera se ponga de cabeza. A la sorpresa del percance sigue el gran dilema ético y moral que provoca el enfrentamiento entre la mujer y el hombre. Ella propone la fuga y él quiere socorrer al pequeño. En Amar de verdad, una esposa despechada planea el asesinato de la amante de su marido. La sigue, la tiene en la mira de su pistola y el lector permanece tenso y la expectativa hasta la última línea. Este aferre por la repentina irrupción de lo inesperado se mantiene en Aunque sea tarde para llamarte, cuando una noche cualquiera (Con ansias, en amores inflamada, diría San Juan de la Cruz) irrumpe el timbre del teléfono en la casa de un hombre casado y de pronto la voz de la antigua amante da un vuelco a la sosegada vida matrimonial. Particularmente extremo me resulta Los nombres del mar. Quienes al menos por unos minutos hemos perdido a un niño pequeño en un lugar público conocemos la machacante densidad de esos instantes de angustia. Ruvalcaba tira la carne al asador desde el saque inicial: “El 5 de abril de 2012 perdí a mi sobrino de siete años en la playa Miramar”. Sabemos el desenlace y sin embargo la angustia es una marea creciente hasta el punto final.

En otros relatos el autor da rienda suelta a un tierno gore tarantinesco. Tal es el caso de Blanco como porcelana, donde un devastado padre de familia encuentra a su hija desaparecida convertida en el esqueleto favorito de una facultad de medicina. El incidente San Juan es como una pintura negra de Goya, un descenso a lo más grotesco del horror de la narcoviolencia; o qué decir de Chiqueros, el tributo a ese latinoamericanísimo personaje que es la bestial figura paterna y sus “sagradas enseñanzas” sobre lavar con sangre y sufrimiento la deshonra.

Hiram da cátedra en planteamiento del dilema y en el mantenimiento de la tensión, aunque acaso podría reforzar la complejidad de sus personajes.

Eso sí, si de fraseo e imágenes hablamos, algunos cierres de Ruvalcaba son dignos del mejor Revueltas: “la noche amplia y negra que se abría lentamente como la boca de un muerto”; “A su paso levantó polvo y guijarros desesperados y se hundió dando alaridos en la noche sin nombre”“Y mientras la ola regresaba a las fauces del agua, sentí que hasta la última gota de mi sangre empezaba a diluirse en ella”.

Sin grandilocuencias ni extravagancias el libro de Ruvalcaba te involucra como lector y de pronto, sin darte cuenta, tú estás envuelto en la negra noche a la que no aciertas a nombrar. Me gusta que un cuentista se juegue entero e Hiram, por fortuna, es de los que se tiran a matar.

La noche sin nombre –  Hiram Ruvalcaba – Fondo Editorial Tierra Adentro 2018

Juguete Rabioso


El incidente de San Juan

por Hiram Ruvalcaba

El amanecer exhaló una camioneta de vidrios polarizados. Era una camioneta roja, grande y poderosa. Una música de balas, muerte y héroes sin ley manaba de ella a borbotones. El sol ardía en sus costados y la carretera chillaba a su paso con gritos de acribillado.Avanzó por caminos rurales del sur de Jalisco, como lo hacía todas las mañanas de los últimos años; descendió por una brecha que subía y bajaba (“sube o baja según se va o se viene”). Atravesó el recién inaugurado Cementerio de Calderón; cruzó cuarenta y cinco minutos de pueblos, campos de maíz, ganado, polvo, guijarros, arrieros, guardagujas y piedras volcánicas que aún despedían un aroma agrio, similar al del azufre; bajó todavía más y llegó hasta el poblado de San Juan, que pacía al borde de la carretera. Quebró cual proyectil la mañana caliente, y su paso tronó por el empedrado, rugió sobre el pavimento.

La gente, desde las ventanas, miraba de soslayo la fatalmente célebre camioneta. Algunos, los más, se encerraban tras sus frágiles puertas cuando la veían acercarse. Otros, los menos, salían de sus casas o se paraban en seco para saludar con naturalidad a los ocupantes. Los niños del pueblo corrían detrás de ella, coreando la canción que sangraba de sus bocinas.

Se detuvo en el jardín municipal y descendieron varios heraldos negros cargando bolsas de plástico; armas que refulgían bajo un sol pávido, y un cartel grande, con claras letras oscuras. Los hombres avanzaron hasta la entrada de la presidencia municipal: jocosos, les gritaban piropos y silbaban a las señoritas que empezaban a salir a la calle; devotos, se persignaron uno a uno cuando cruzaron frente a la capilla del pueblo. Llegaron a la puerta (cerrada) de la presidencia.

Con ritual cuidado, abrieron las bolsas y colocaron su contenido a lo largo del portón de madera en el umbral del edificio: doce cabezas humanas sucias, manchadas por varias costras de sangre seca, lágrimas y baba. Eran las cabezas de David, Pablo, Santiago, Abraham, Pedro (el más joven de todos), Jesús, Juan… Algunas todavía llevaban fresco el espanto.

Su distribución era de una simetría notable. Los rostros apuntaban en línea recta hacia el lado en el que estaban ubicados: sin importar desde qué ángulo miraras a la presidencia, siempre encontrarías un par de ojos apagados regresándote la mirada como un espejo interminable. Para quienes los veían de frente, daba la impresión de que nada escaparía a los ojos de esos doce bautistas implacables.

Por encima de las cabezas, pegado en la puerta, los heraldos dejaron un letrero con una pésima e imperiosa ortografía:

Aqui no entra nadien, asta que diganos lo contrario.

Uno de ellos repitió, categórico, la orden escrita. Nadie habría de abrir esa puerta. Nadie habría de tocar las cabezas hasta que volvieran por ellas, aunque no avisaron cuándo. Las personas guardaba un silencio solemne. Hacía calor. Un viento de pistolas barría la carretera, las calles empedradas, la iglesia y el umbral del edificio que ostentaba aquellos trofeos como pústulas aún frescas.

Pasaron los minutos en una calma espesa. Los hombres volvieron a la camioneta roja de vidrios polarizados y se lanzaron a las afueras del pueblo. La música se pegaba en las casas a su paso, igual que un escupitajo de sangre seca.

Transcurrió poco tiempo antes de que se congregaran los primeros curiosos. La gente espantaba a los pájaros y las palomas que se aproximaban a los apóstoles caídos, para evitar que perturbaran su letargo o los movieran de su sitio.

Los más jóvenes organizaban retos de valor para ver quién se acercaba más a las cabezas; un muchacho no mayor de trece años se atrevió a tocar con una rama las mejillas de Pablo. Ése fue el límite del valor de la gente.

Advertidos en sus escuelas de los peligros para sus padres, los chamacos evadían el lugar, e incluso tiraban piedras a los zopilotes que empezaban a reunirse, llamados a un festín sin precedente. De vez en cuando, a pesar de la pestilencia, un niño curioso se quedaba varado frente a los doce pares de ojos, intentando reconocer alguna mueca.

El segundo viernes llegó una mujer. Nadie supo de dónde venía. Nadie supo su nombre. Se acercó a la puerta de la presidencia. Buscó durante incontables minutos entre aquellas caras maltratadas, más allá de cualquier identificación, hasta medio reconocer una de ellas. Pronto su llanto se escurrió por las calles de San Juan. Se dejó caer sobre sus rodillas y berreó frente a la cabeza —que ahora parecía mirarla fijamente—, casi con resignación. Durante un instante (mínimo, imperceptible para quienes no la miraran con atención), hizo ademán de tomarla, pero en esa frontera cesó su intento.

Lloró sin tiempo, sin principio ni fin, gritándole palabras de amor a la estoica testa. Lloró y gritó hasta que su voz ronca se hizo ininteligible. Así, con lágrimas, se alejó del lugar. La cabeza siguió, impávida, el ritmo de los pasos.

Nadie supo cuándo comenzaron las parejas a reunirse en ese sitio. Los jóvenes de la comunidad lo visitaban durante la noche, se tomaban fotografías y les ponían apodos a los doce rostros: El Orejón, El Guiños, El Chino, El Ojizarco. La noticia de aquella escena recorrió cientos de kilómetros y pronto en cada pueblo de Jalisco se supo que en San Juan se descomponían doce miembros cercenados intocables.

Hacia el final, acabada ya la pestilencia, la gente pareció perder todo interés en los decapitados. El cartel se había caído de la puerta por causas naturales. Ya no temían acercarse, mas la fuerza de la costumbre mantenía a los curiosos alejados del lugar. Un niño lanzó, por error, su pelota hacia la entrada y tumbó a Jesús, que estaba al frente de los demás. Se acercó, lo recogió, lo acomodó lo mejor que pudo y regresó corriendo a jugar.

Las cabezas siguieron en su sitio.

***

El atardecer exhaló una camioneta de vidrios polarizados. Era una camioneta roja, grande y poderosa.

Avanzó por caminos rurales del sur de Jalisco, como lo hacía todas las tardes de los últimos años; descendió por una brecha que subía y bajaba (“sube o baja según se va o se viene”). Atravesó el Cementerio de Calderón; cruzó cuarenta y cinco minutos de pueblos, campos de maíz, ganado, polvo, guijarros, arrieros, guardagujas y piedras volcánicas que aún despedían un aroma agrio, similar al del azufre; siguió por una vereda, y llegó hasta el poblado de San Juan, que pacía al borde de la carretera.

Se detuvo en la puerta de la presidencia. Los heraldos recogieron una por una las cabezas, sin notar que habían sido movidas por el viento y los animales callejeros. Las metieron en una bolsa negra y se fueron de ahí, entre risas e insultos.

El vehículo rojo tomó la calle que descendía desde la presidencia y salió del lugar. A su paso levantó polvo y guijarros desesperados y se hundió dando alaridos en la noche sin nombre.

“El incidente de San Juan” aparece en La noche sin nombre (Tierra Adentro, 2018) de Hiram Ruvalcaba.

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