Una noche de rock

Trotsky Vengarán y el lanzamiento de su nuevo disco: “Teníamos muchas dudas, porque tiene todas esas falencias de un toque en vivo”

Por Jorge Costigliolo / Foto: Ernesto Ryan

Trotsky Vengarán venía con viento en la camiseta. Se traía entre manos un registro audiovisual hecho en Medellín, y con un par de videos nuevos calentaba los motores para tocar en el Antel Arena el 16 de mayo.

Así las cosas, lo que tenía que ser una suerte de vitamina para llegar con fuerza al show más importante de su historia, terminó siendo un nuevo álbum en vivo, el cuarto en tres décadas de vida. Una noche de rock en Medallo (Bizarro, 2020) es un disco de euforia contagiosa, con picos de desprolijo entusiasmo, en el que la banda y sus seguidores medellinenses repasan a viva voz canciones de todas las épocas, pero que no constituye un grandes éxitos, sino que va más allá, y en buena parte de su extensión muestra la vena más baladística de Trotsky.

¿Una noche de rock en Medallo es un plan b por la suspensión de la fecha del Antel Arena o pensaban publicarlo más o menos en estas condiciones?

Hugo Díaz: A principios de 2019, la banda Tres de Corazón, que es la que suele llevarnos a Colombia, nos habló de la posibilidad de grabar en Medellín, con la idea de empezar a mover a Trotsky en todo el país, cuando nosotros, generalmente, vamos sólo a Medellín. Ese viaje nos insume, de repente, una semana, pero si nos extendemos a otra ciudad precisamos otra logística, así que siempre estamos circunscritos a tocar en Medellín, que está buenísimo, y la gente nos tiene pila de cariño. Tres de Corazón nos ofreció quedarse con un material para movernos en Colombia y México con otra libertad. Era una cosa a largo plazo, y lo grabamos en agosto del año pasado, con el proyecto de un DVD. Nosotros tenemos esos recitales como de guerrilla, con la gente muy cerca, algunos tirándose al escenario, y en los que llueve cerveza, por lo que, si se lo escucha sólo por ahí es imperfecto, y un registro audiovisual tiene más sentido.

Guillermo Peluffo: Cuando se planteó esta nueva situación por el coronavirus, el único mérito que tuvimos fue hacerles caso a personas cercanas que están vinculadas a la medicina, que en mi caso es toda mi familia; el 13 de marzo nos dijeron que esto era para largo. Tenía que pasar un milagro, como el que reclamaba [Donald] Trump, y eso no ocurrió. El mundo científico y los milagros no se llevan muy bien. Lo primero que hicimos fue sentarnos a ver qué pasaba con nuestro Antel Arena. Ahí, Andrés Sanabria (productor de Bizarro), con buen tino, nos propuso que el 16 de mayo, día en que estaba proyectado el Antel Arena, se publicara este disco. Y funcionó muy bien. Nosotros no estábamos tan preocupados por mostrarlo como una obra en sí misma, porque era un disco en vivo, y nuestra sintonía estaba en otro lugar. Sin embargo, nuestro público, y el público casual que está en su casa mirando qué sale, lo recibió muy bien. Teníamos muchas dudas, porque tiene todas esas falencias de un toque en vivo, que de repente estás escuchando y falta una nota, porque justo ahí el guitarrista saluda, o le tiraron un vaso de cerveza, pero la grabación tiene alma.

Trotsky es una banda ducha en grabar discos en vivo –de hecho, este es el cuarto–, pero estaba la intriga de ver cómo se comportaba actuando como forastera.

Hugo Díaz: Cuando vamos allá, a los festivales, con bandas de todos lados, terminamos tocando muy temprano y, a lo sumo, 50 minutos. Y hay gente que dice que si vamos para tocar ese ratito es un desperdicio. Entonces hacemos un sideshow el día antes, en el que tocamos hasta que no quieran más nada. Y este fue el caso. Para el disco elegimos lo que más nos piden, porque cuando salimos a otros lados caemos en un slot más de punk rock, y los tipos rescatan algunas particularidades de la banda que no son tan comunes acá, como la melodía, las baladas. En México y en Colombia nos piden un disco sólo de baladas, que es una cosa increíble. Así que elegimos el costado más melódico del show.

Medellín es “la barra del Cerro” de Colombia.

Guillermo Peluffo: Sí. Lo que tiene de particular es que es un público muy heterogéneo, no son sólo punkrockers. En muchos lugares de Latinoamérica, como Buenos Aires, Medellín y otros a los que hemos ido y participado en la movida, el punk rock tiene varias tribus y no todas se llevan bien entre ellas. Y después están los que hacen nü metal, rap metal, ska punk, metal fusión, y fuimos conociendo a todos estos tipos, que tienen sus bandas. Estas bandas hacen sinergia, una ayuda al show del otro, se pasan el backline, colaboran en la gráfica, se pasan contactos. Arman sus movidas. Eso me llamó la atención. Acá ahora también pasa eso.

Hugo Díaz: Es raro. Internet ha estandarizado algunas cosas y, cuando tenemos hinchada, el recital discurre por lados muy similares a lo que pasa en Uruguay. Están los “gordo puto”, los cantitos institucionalizados, pero te reciben con una ansiedad y una alegría totalmente distinta. Nosotros vamos a Medellín cada dos años y, si un tipo no te pudo ir a ver una vez, tiene que esperar cuatro años. El día que te tiene ahí es una fiesta: se rompen. Son tipos que toman mucho alcohol, pero son muy cariñosos, muy respetuosos. Y saben del género. Acá, el público para el que nosotros tocamos no necesariamente conoce.

Tengo la sensación de que a Trotsky siempre se le cobra un peaje, tiene que sortear una prueba de admisión cada vez que saca un disco. Que es la banda del hermano de…, que no es tan punk o es más punk de lo que se esperaba…

Hugo Díaz: No quiero sonar paranoico, pero nosotros crecimos recibiendo críticas despiadadas. Creo que muchos formadores de opinión cultural, a los que no les gusta lo que hacemos, nunca nos vieron en vivo, y me parece válido, pero se pierden una forma de entender a la banda. No somos virtuosos, Guille no es un gran cantante, pero hemos hecho canciones que han trascendido y nos hemos insertado en un panorama de artistas de una generación que explotó en el 2000, con Peyote [Asesino], La Vela, No Te Va Gustar, el Cuarteto [de Nos]. A veces siento que la única gente que nos entiende es nuestro público, y nos va a ser difícil lograr una crítica objetiva. De todas maneras, hace tiempo que dejamos de hacer lo nuestro para agradarle a la crítica. ¡Si sacamos un tema y yo ya sé lo que van a decir!: “Aprendé a cantar”, “toda la vida robándole al hermano”, “estos perros no saben armonía”… Y hay quienes confunden incapacidad para cambiar con voluntad para seguir haciendo lo mismo. No podés componer pensando en la gente, sino en que, cuando te pares en el escenario a tocar esa canción, tenés que sentirte bien. Y nosotros nos sentimos bien. Tenemos la capacidad de hacer canciones que emocionen al público. Cuando salís de Uruguay, te salteás esa discusión. Los tipos ven un hecho artístico, les guste o no.

Guillermo Peluffo: Tengo la misma sensación. Siento que Trotsky puede decir que tiene la gallina de los huevos de oro, y le van a decir “Meh”. “Llené tal lugar”, “Meh, ¿otra vez?”. Voy a separar los tantos, porque no quiero quedar como un llorón y me avergüenza quejarme cuando sé que hay bandas emergentes que se tienen que romper mucho más. Pero, sin que se transforme en un reclamo, y siendo sólo una observación, siento que siempre tengo que demostrar algo. No es así. Y cuando eso se filtró dentro de un disco, nos fue muy mal. Entramos a grabar pensando en que nos estaban mirando y patinamos.

¿Cuándo fue eso?

Guillermo Peluffo: No nos bancamos que el Siete veces mal (2005), que consideramos un discazo, no fuera abrazado por el nivel que tenía. Cuando dijeron “estaba mejor el anterior”, nos preguntamos qué tenía que ver, y rápidamente nos pusimos a hacer Hijo del rigor (2006), que es un disco al revés. Por suerte llevamos a [Gustavo] Parodi, que adora esas cosas, y manipuló la nave para llegar a destino. En algún momento sentimos eso, y después volvimos al ruedo.

También existe cierta vergüenza o placer culposo en escuchar canciones de amor, de espíritu adolescente.

Guillermo Peluffo: Eso es acá, en Buenos Aires nos las piden todos. “Tocá ‘Largo camino a casa’ y me pongo a llorar acá mismo”, te dicen. Acá la tocás y te dicen “Eh, blandito”. Como si no hubiésemos sido adolescentes alguna vez, y como si no fuese positivo volver a tener muchas cosas de la adolescencia. Tener sueños, buscar el amor eterno, la amistad… Lo que dice una miss: “¿Qué querés del mundo?” “Y, que no haya hambre, que no haya guerras…” ¿Porque lo diga una miss está mal? ¡No! Es kitsch, pero… ¿Vas a renunciar a eso? ¿Por qué se escucha tanto Trotsky hoy? Porque habla de esto, pero no lo hace en términos abstractos o absolutos, ni bajando línea. Es “me levanté y estoy así”. Nada más que eso.

Hugo Díaz: Una letra como la de “192 Manga” parte de cosas que le pasaron a Guille de adolescente. Vos no estás haciendo una canción para que la escuchen los adolescentes, que es la trampa en la que muchas veces cae la gente. “Ah, Trotsky, música para pendejos”. Es una percepción personal que ni siquiera me interesa discutir. Pero a mí me encanta escuchar a Bruce Springsteen cantando “Hungry Heart” en vivo. Es un veterano, pero canta desde un lugar distinto; está esa sensación adolescente de la primera vez que te enfrentás a muchos sentimientos, que está bueno mantener durante la vida. “Tarde de sol”, de Los valientes, habla de los amigos, de un asado… A mí me divierte juntarme con tipos y contar la misma anécdota una y otra vez, porque sé que me voy a reír. Y hemos tratado de abordar la temática de las canciones deliberadamente escapando de ciertos lugares comunes del estilo, como la denuncia permanente. Nosotros somos padres de familia, inmersos en una clase media uruguaya trabajadora, dependiente del sistema, y me rechina eso cuando la escucho de gente de nuestra edad. ¿Seguís quejándote? Me da un poco de vergüencita.

Partís de que lo que digas tiene que ser creíble. Te creo “192 Manga”, pero no te creo “Anarquía en Uruguay”.

Hugo Díaz: Claro. Cuando arrancamos con la banda éramos tipos que estudiábamos y laburábamos, y nunca tuvimos la tentación de hacer una especie de “Anarquía en Uruguay”. Otras bandas lo han hecho y está perfecto, pero a mí me da vergüenza cantarla en cualquier instancia. Escucho a los [Sex] Pistols, me encanta esa energía, pero prefiero rescatar otras cosas de ese personaje de Johnny Rotten. Me pasa lo mismo con La Polla Records. Me encantaba cuando era adolescente y ahora me cuesta más, pero sería un terraja si dijera que está mal o que es una mierda.

Futura normalidad

La crisis del coronavirus hizo que se paralizara la escena artística, pero también la modificará de cara al futuro. Habrá que replantear muchas cosas, porque no será rentable, en la medida en que no se pueda completar un aforo, que haya que mantener ciertas distancias.

Guillermo Peluffo: Eso es cierto. Los shows están repletos de impuestos municipales, estatales, legales. Nos ponemos en la fila… Espero que mis colegas me acompañen y no nos perdamos en compromisos partidarios, porque no es contra un gobierno o contra otro, pero a mí me tenés que bajar el bordereaux, porque no hay trabajo. Capaz que la gente no lo sabe, pero cuando vos reservás una sala de la Intendencia [de Montevideo] le tenés que pagar el bordereaux entero, por ejemplo, y ellos te lo devuelven cuando cierran la cosa. Para reservar el Teatro de Verano tengo que pagar 10% del aforo total, que es el impuesto de la Intendencia. Lo tengo que hacer seis meses antes del show para reservarlo. Y cuando toque, no me van a dar la plata ese día: dos meses después devuelven la diferencia entre lo que vendí y lo que pagué para reservar la sala. Tengo que financiarme para tocar. ¡Yo pago lo mismo que Bryan Adams! Y, por suerte para los que somos autores, cobra AGADU, y esto, y lo otro, y aquello, y no son impuestos que no se justifican, pero llegó el momento de poner muchas cosas en pausa. Porque no va a ser un negocio; va a haber que salir a currar para llevarse 1.000 pesos en una noche, como cualquier jornalero.


  1. La fecha fue reprogramada para el 13 de marzo de 2021. 

La Diaria

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