El ballet cubano no conoce fronteras

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El ballet es de las manifestaciones escénicas de mayor prestigio a nivel global. Considerado “arte de lujo” en gran parte del planeta, es el primer mundo el que domina con las mayores compañías, los más prestigiosos bailarines, la producción coreográfica más abarcadora y las escuelas más sólidas.
Con todo, por allá por los años 50 del pasado siglo apareció una pequeña isla de la que pocos hablaban con un milagro inexplicable para la danza. Surgieron una compañía, una escuela, un movimiento coreográfico en un país donde era impensable hasta entonces.
El posicionamiento del ballet cubano como potencia global en este sector hay que entenderlo desde múltiples miradas. No se trata solamente del talento innato de Alicia Alonso, la capacidad de observación de Fernando Alonso o la virtud coreográfica de Alberto Alonso. Esa tríada de fundadores tomó las propuestas de escuelas precedentes para redimensionarlas con las características del cubano.
Una escuela de ballet no es un fenómeno explicable fácilmente. No es siquiera una institución o una serie de instituciones con el objetivo de enseñar ballet a un grupo de estudiantes. Una escuela de ballet es un método, un estilo, una manera de asumir la danza, una conciencia y actitud, un proceso de creación coreográfica diferente.

La bailarina cubana Lorna Feijóo
El surgimiento de la Escuela Cubana de Ballet fue resultado de un proceso de aprendizaje mutuo entre los fundadores, el concurso de Fernando en establecer una metodología a partir de un análisis kinesiológico y anatómico de los ejercicios de una clase, las posiciones y patrones de movimiento de las escuelas precedentes.
El propio maestro Fernando Alonso estableció que “el ballet cubano no lo hizo Alicia, ni Fernando, ni Alberto, lo hizo el pueblo cubano, es la forma de bailar de los cubanos, la manera en que se comportan. Eso es lo que hace a la escuela cubana. Nosotros ayudamos un poco. Alicia fue un ejemplo, yo organicé la metodología, y mi hermano creaba ballets que resaltaban las características cubanas”.
De la rapidez en los pies italianos; de la elegancia, el control y el port de bras ruso; de la corrección inglesa, la naturalidad francesa y la flexibilidad de los norteamericanos nació la mixtura cubana con particulares fórmulas para adaptarlo todo al cuerpo y las formas de los bailarines insulares.
No se trató de asumir esos elementos de manera importada; por el contrario, la Escuela Cubana de Ballet reinterpreta estas maneras para resaltar las características específicas de su país.
Algunas de las características de esta escuela que conquistó durante los años 70, 80 y 90 del siglo XX las principales competiciones internaciones y realizó una acelerada producción coreográfica propia son el virtuosismo técnico, la recuperación de los balances, la musicalidad en los movimientos, el detallismo por los estilos, la tendencia al giro lento o la marcada expresividad y relación entre los bailarines en escena, así como la masculinidad de los hombres y la delicadeza de las mujeres.

El bailarín cubano José Manuel Carreño
Ese prestigio alcanzado por la Escuela Cubana de Ballet y su principal exponente, el Ballet Nacional de Cuba, ha traspasado las fronteras cubanas para asumir posiciones de mérito en el mundo danzario internacional, donde las virtudes de sus bailarines y las especificidades metodológicas de sus maestros hacen que sean muy valorados.
Bailarines cubanos hoy endorsan no solo las filas de diversas compañías del mundo, sino que ocupan posiciones de mérito en muchas de ellas. Destaca el caso de Estados Unidos, una de las plazas danzarias más poderosas a nivel global, donde se pueden encontrar danzantes cubanos en la mayoría de los conjuntos.
Así están los casos del San Francisco Ballet, con cuatro cubanos entre sus bailarines principales; el Boston Ballet con dos, y el American Ballet Theatre (la compañía más antigua de ese país y una de las cinco grandes a nivel mundial), con Xiomara Reyes como primera bailarina, lo cual no sucedía desde los tiempo en que Alicia Alonso conquistaba la escena neoyorquina en el Metropolitan Opera House, o en que José Manuel Carreño (recientemente retirado) se convertía en referente masculino en esa compañía.
Otra de las grandes plazas es el Reino Unido, donde los cubanos han conquistado lugares de ensueño en el mundo de la danza. El mayor ejemplo es Carlos Acosta en el Royal Ballet de Londres y toda la multiplicidad de premios que ha obtenido, pero también están Yonah Acosta y Alejandro Virelles como principales del English National Ballet, o Javier Torres como parte del Northern Ballet.
En Italia y Francia subrayo la labor del maestro Lienz Chang como parte de los conjuntos de Marsella, o como maître en el Teatro Alla Scala de Milán y en el Ballet del Teatro San Carlos de Nápoles. Mientras, en Noruega destacan los casos de Yolanda Correa, Joel Carreño y Osiel Gounod.
Un cubano, Yosvany Ramos, ha logrado lo que se considera casi imposible. Entrar como cuerpo de baile en las infranqueables fronteras del Ballet de la Ópera de París, una de las compañías más antiguas y prestigiosas, reconocida por ser autosuficiente en su elenco.
Son algunos de los nombres que hoy destacan dentro del panorama danzario internacional. Pero los cubanos han prestigiado también los más importantes concursos que se realizan en todo el orbe. Desde aquellas primeras medallas de oro en Varna que obtuvieron las Cuatro Joyas, las Tres Gracias, el cuerpo de baile o las creaciones coreográficas de maestros como Alberto Méndez; los Grand Prix de la Ville de París, el concurso de New York y otros galardones como el Benois de la Danza, o el Positano, son algunas de los lauros que han consolidado el estatus de institución que hoy posee la Escuela Cubana de Ballet.
Con un proceso de emigración acelerado, los más jóvenes bailarines de las nuevas generaciones buscan -tras un breve paso por la escuela y la compañía cubanas-, la suerte en otras fronteras y, por lo que parece, encuentran oportunidades para desarrollar su talento, no solo en compañías clásicas sino en otras de corte más contemporáneo.
Aunque la producción coreográfica sea menor que en años anteriores o la compañía no tenga la solvencia económica de otras del mundo, el ballet cubano sigue siendo hoy una especie de prolífica factoría de talento danzario que sigue siendo agradecido por todo el público internacional.

Cuba Contemporánea

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