Welles y el misterio de la Dalia Negra

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Rafael Aviña es un crítico cinematográfico que los lectores encuentran cada viernes en el suplemento dedicado a la cartelera de las artes y los espectáculos en el diario Reforma. Cada tres domingos regala un asunto más amplio en el semanario del mismo periódico. Y una vez al año aparece su nombre en los estantes de las librerías con una novedad editorial. No se aburre en el oficio de escribir.

Desde hace varios veranos lo persigue el fantasma de Acapulco, como a uno de sus musos inspiradores, Tin Tan (lo digo por la biografía narrativa que le dedicó al comediante, Aquí está su pachucote… ¡Noooo!). Y este 2013 nos entrega un triple homenaje cruento: al puerto, al deshacedor de Hollywood, el gran Welles, y a una de las piedras de toque de esa Babilonia de ensueño norteamericano, Elizabeth Short, la Dalia Negra.

El libro, Orson Welles en Acapulco (y el misterio de la Dalia Negra), lo edita Conaculta y es, además, un dechado de cultismo cinéfilo sobre aquel otro rinconcito de Agustín Lara, el dedicado a María Félix. Acompañado de fotografías que valen ya todo el pretexto (de la colección de la Filmoteca de la UNAM y del invaluable archivo de Francisco Montellano), Aviña va armando una radiografía política y cinematográfica sobre el puerto, a la par que monta una gran reseña crítica sobre las circunstancias del filme que Welles venía hacer al sur de nuestro país, La dama de Shangai (1947), y expone el trágico caso del descuartizamiento de la Dalia Negra en las calles de Los Ángeles.

Todo este material acompasado por la prosa límpida del crítico mexicano apasionado del filme caótico de Welles antes citado, al que tuvimos oportunidad de entrevistar para F.I.L.M.E. Aquí los resultados del encuentro con Rafael Aviña:

Para abrir boca, en Proceso número 1936, Juan Alberto Cedillo dice que el actor Errol Flynn fue un infiltrado del Tercer Reich, y que a principios de la Segunda Guerra traficaba oro en su yate Sirocco entre Estados Unidos y México. Quizá cuando se encontró en medio del rodaje de Lady from Shangai seguía en esos negocios privados, se podría pensar.

Errol Flynn fue un aventurero en la pantalla y en la vida real. Fue un hombre que no conoció límites y experimentó de todo. Su vida personal, en particular su vida sexual y amorosa puede servir de parangón. No es de extrañarse lo que se dice de él y el régimen nazi. Desde adolescente se fascinó con el mar. Al inicio de la Segunda Guerra mundial el Tercer Reich no tenía el estigma que tiene ahora y que tuvo al término de la guerra. La ruta entre Estados Unidos y México fue para Flynn un sendero de aventura y deseo. Sin embargo, creo que para 1946 ni Flynn, ni Welles, ni el propio Teddy Stauffer, empresario de origen suizo que hizo fortuna en Acapulco, querían estar ligados al nazismo. Por eso la presencia de Flynn en La dama de Shangai fue otra aventura, y si uno fantaseara, podría haber servido para que Welles arremetiera en el asunto de la Dalia.

¿Crees que la afrenta con Hearst inmovilizó a Welles, en algún sentido, o sencillamente la gran capacidad autodestructiva del cineasta hizo todo por él? Es decir, como tu planteas en el libro, La dama de Shangai era su gran retorno a la familia Hollywood, pero de principio a fin fue una calamidad (incluso fue sospechoso de la vileza cometida con la Short) y acabó siendo la película de productor que tanto lo persiguió a lo largo de su carrera. Y ¿a qué podríamos atribuir que tuvo tanta manga ancha con Kane? ¿Aún no era tan autodestructivo entonces? A mí no acaba por satisfacerme el voto ciego de confianza de la RKO. Kane, desde el texto, se percibía como una bomba de tiempo, era la saga de norteamérica y los de la productora sin duda lo notaron, ¿por qué crees que lo impulsaron?

Una de las principales acusaciones que hizo un desesperado Hearst por acabar con la carrera de Welles fue ligarlo con el comunismo, cosa que no tenía sentido, ni era cierto. Por ello, incluso, Dolores del Río prefirió huir de Hollywood e instalarse en México a partir del ofrecimiento que el Indio Fernández le hiciera con Flor Silvestre (ella venía de filmar Jornada de terror, 1943, con Welles, su amante, quien a su vez era el protagonista, escritor y director). Creo que RKO previó el escándalo, pero sabía que le beneficiaría y que en el último de los casos el más lastimado sería Orson Welles, como sucedió en efecto. A él lo ensalzaron, lo trastocaron en Dios pero al mismo tiempo querían bajarle los humos y la arrogancia, lo planearon con poca o con plena conciencia. No pudieron jamás con su arrogancia pero si fomentaron la destrucción de su carrera. En efecto La dama de Shanghai es el gran regreso de Welles más allá de los cortes brutales que la Columbia le hizo. Welles sabía que Rita Hayworth, su esposa en proceso de divorcio, era un medio para alcanzar la producción de la película. Utilizó ese matrimonio para filmar una gran película y lo consiguió. En el fondo, él sabía que sería un desastre posterior. La gran capacidad autodestructiva de Welles resulta en el fondo una de sus mayores virtudes creativas.

Tu libro es también un velado álbum nostálgico del puerto de Acapulco, aunque ya lo adviertes en tu dedicatoria que vale la pena citar: “Al Acapulco de mi adolescencia, el de los años setenta, al que llegué en una vieja camioneta Chevrolet con mis padres, mis hermanos y mi tío Carlos. A aquellos imborrables recuerdos de un Acapulco de ensueño, acompañado de mis hijos, de María Eva y de mi padre… Flamingos, Karabali, Papagayo, el Amigo Miguel, la Costera, los mangos con chile y el caracol marino de Oli, los helados al anochecer y la feria decembrina que asombraba a Rai…”. ¿Era un libro deseado, te cayó el tema, alguna vez soñaste con rendir un tributo (incluso fílmico, con la pequeña escaleta a manera de introducción) a Acapulco? ¿Cuánto tiempo vivió en ti ese ímpetu?

Acapulco ha sido en efecto para mi una fascinación-obsesión desde que llegué en aquella destartalada camioneta Chevrolet y después lo hice en una Safari cuando era adolescente. El Acapulco de los años 70 que conocí ya no era ni de lejos aquel Acapulco que fue a su vez el paraíso de un starsystem nacional: una gran escenografía ilusoria de cartón piedra, donde llegaba Tin Tan, María Félix, Elsa Aguirre, Emilia Guiú, Pedro de Lille, Agustín Lara y más. No obstante, su cautivante belleza era real, aunque la realidad del puerto era otra. Yo llegué a ese otro Acapulco, el de Mauricio Garcés y también el de la proliferación de la droga y la prostitución como lo muestra la película Paraíso (1969) de Luis Alcoriza o Acapulco de Ricardo Garibay y las novelas de José Agustín. Siempre quise rendir un tributo al impacto emocional que Acapulco me ha dejado.

El caso de la Dalia Negra también ha sido una obsesión permanente en mi vida y en mi carrera. Cuando leí la teoría sobre la relación de Welles y Elizabeth Short fue que imagine el escenario de esa triple intersección con Acapulco de fondo. Lo curioso es que lo que estaba pensado para una fantasía más para el terreno de la ficción se convirtió en algo muy realista y social, al descubrir todos los manejos políticos y económicos alrededor de la creación del Acapulco paradisíaco, el de la Costera Miguel Alemán. Fue fascinante sumergirme en las páginas de diarios y revistas acapulqueñas en una hemeroteca alucinante en el centro del puerto. No descarto la idea de trabajar en un documental/ficción sobre este mismo tema. De hecho, en paralelo trabajé en una sinopsis para un proyecto que se encuentra a la espera de un mejor futuro.

Finalmente se trata de un tributo noir, amargo, ¿crees que Welles también se percató del enrarecido clima de un lugar que sería la plataforma política de un México que mudaba de piel? Comentas la secuencia del cartel del mercado y la de los puercos en la calle, pero ¿por qué Welles no acaba de mencionar en su filme que se trata de Acapulco el escenario del cruento delirio?

Sí, en efecto. La secuencia de los cerdos en la calle a pesar de que era algo cotidiano en el Acapulco de ese momento, Welles lo inserta también como una alegoría para su película, y no en balde eligió colocar la cámara donde se veía la palabra Alemán. Welles era un hombre sensible, sabía que la evolución del puerto significaría la derrota de los nativos, que ellos dejarían de ser los dueños de esa belleza natural de Acapulco para ser los sirvientes y prestadores de servicios. Toda la historia del noir es en el fondo la derrota de una sociedad: el crimen, las pasiones desbordadas, el pasado como una carga emocional son alegorías de hombres y mujeres destruidos por una sociedad que los reprime.

Ya la sola crónica analítica de Welles en nuestro país valía tu libro, ¿por qué seguir rascando las heridas tumefactas de la Dalia?

El tema de la Dalia, toda una alegoría noir, era el pretexto para hablar de un Acapulco tasajeado, mutilado, mancillado. La realidad jamás será superada por la ficción. Ningún policial noir: ni Laura (Preminger, 1944), ni Pacto de sangre (Wylder, 1944), ni El cartero llama dos veces (Garnett, 1946), ni La noche avanza (Gavaldón, 1951) pueden superar la necrofilia gore de los últimos momentos de vida de Elizabeth Short y su aparición en la 39 y Norton, en Los Ángeles.

¿Crees que el sacrificio de la Dalia haya sido el fin de una era en Hollywood? Hasta Chaplin se recrudece con su Verdoux (1947) tan genialmente amorfa, plena de risas incómodas, con tanto que decir del papel de la mujer, y en la que también tiene una injerencia el propio Welles con la idea original, un poco para realimentar el hecho de que Orson pudo haber sido el autor intelectual del asesinato de la Dalia.

El cine tuvo que recrudecerse como lo muestra El demonio de la noche (Werker-Mann, 1948) con Richard Basehart y posteriormente Psicosis (1960) de Hitchcock, donde la protagonista femenina es cosida a puñaladas (en apariencia) y desaparece a la media hora de haber comenzado la película. Lo que apuntas de Landrú/Chaplin/Welles es alucinante. Chaplin es el equivalente a Welles desde el punto de vista de la comedia. El punto de unión para ambos, es la ironía y la violencia social alrededor de sus personajes, lo mismo sucede con Buñuel, quien amalgama a los dos.

Para concluir le pedí a Aviña que imaginara que vivía en la Ciudad de México a la que llega Welles. Salvador Novo, quien sí tuvo contacto con el cineasta y que lo comenta mucho en sus crónicas de La vida en México en los varios periodos presidenciales, lo invita a un cocktail donde se encuentra con el cineasta ¿qué le preguntaría?, ¿a dónde lo invitaría? Se le pidió que recreara una escena entre Rafael Aviña y Welles.

Aunque Novo y Welles coincidían en la plaza de toros y en el Hotel Reforma y el Ambassadeurs, a Novo le fascinaba el México nocturno. Una cenaduría como Zenón sería un buen punto de encuentro para los tres. Quizá yo me acercaría como un fotoreportero o un periodista de nota roja que ve la oportunidad de capturar con la lente a Novo y a Welles.

Rita Hayworth se ha quedado en el Hotel Reforma para descansar y Welles aprovecha la oportunidad para estar con Novo e indagar sobre Dolores del Río, o tal vez, y mejor aún, sobre la posibilidad de conocer a alguna joven actriz debutante del teatro o el cine de aquel entonces: Ana Luisa Peluffo quizá, o Gloria Mange o Lilia del Valle, en breve futuras luminarias. Así, entre cervezas Corona, caldos de gallina, puros y tal vez cocaína o marihuana, que Welles no rechazaba, ese fotoreportero/periodista notarrojero de apellido Aviña bien podría captarlos en algunas fotos dignas de La Noche y aventurar una sola pregunta: “¿El sexo o la comida, señor Welles?”

 

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