Teatro el Portazo: jóvenes haciendo teatro bien cubano

En apenas cuatro años, allá en Matanzas, se ha consolidado un grupo teatral. Un grupo que avanza y no de manera silenciosa. Se llama Tea­tro El Portazo. Lo integran varios jóvenes, actrices y actores, y colaboradores de otras especialidades siempre necesarias a la escena. Al frente, Pedro Franco.

Con carta de presentación hacia fines del 2011 con Por gusto, de Abel González Melo, sumó luego Antígona, de Yerandy Fleites y Semen, de Yunior García. Una coherente trilogía a partir de jóvenes autores nacionales, en la que Franco demostró capacidad de invención y de conexión con los nuevos segmentos de público que quiere privilegiar.

El Portazo conquistó su territorio sin esperar a que le cayera del cielo ni reclamarlo en reuniones. Contaban con el patio de la Asociación Her­manos Saíz en Matanzas y eso fue lo que convirtieron en espacio escénico. Desde el principio, me cautivó el gesto: la decisión de expresarse a través del teatro aun sin todas las condiciones listas. Querían  hablar de sí mismos a través de su arte y sin pedir permiso, esencia que tanta falta nos hace.

Cuando cursaba estudios de secundaria y preuniversitario, allá por los 80 del siglo pasado, se requería a la juventud con una alquimia ideal: había que ser alegres pero profundos. Ahora mismo, he recordado el imperativo al apreciar el magnífico funcionamiento de la “fórmula” —no tan fácil como puede pensarse—, en Cuban Coffee by Portazo Cooperative o CCPC por su juguetona sigla, el cuarto espectáculo de El Por­tazo, bajo la dirección de su líder Pedro Franco, mejor grupo y director de todas las recientes fundaciones juveniles del teatro insular.

Para la alegría y el divertimento, Franco elige un cabaret. Para las incisiones en el cuerpo social cose diversos textos de jóvenes dramaturgos y otros de distinto origen. La estructura del cabaret le ofrece capacidad de maniobra para combinar “números”, canciones, escenas, mo­nólogos en un aquelarre muy bien pautado, organizado y ejecutado; asumido con extrema libertad. Así, el espectáculo rinde culto a una filosofía: de homenaje y rebelión. Y se manifiesta, en cierto sentido, de modo metodológico. Consume su primera parte en explicarnos los objetivos del discurso y la manera en que lo harán, desde la misma condición divertidísima que luego desatará con todo esplendor la puesta en escena hasta culminar en la fiesta.

También explicitan la voluntad de que ese acto sea una investigación económica que pue­da probar al teatro como una forma de vida sostenible, como si no bastara con la cantidad de “contenido” que CCPC tiene dentro. No renuncian a nada. Les sirve lo alto y lo bajo, lo santificado por el canon y lo denunciado como pésimo para el “consumo” cultural. Quieren abarcarlo todo desde una distinción wagneriana, como un teatro total que se sirve de todo cuanto han visto aquí de teatro cubano y foráneo. De ahí las citas intratextuales como procedimiento escénico, las reinvenciones de sentido y su actualización frente a la realidad cubana de hoy, de todo cuanto usan.

Dicha perspectiva, afincada en el lenguaje teatral, abarca el universo completo del discurso. Por eso CCPC es la puesta en un espacio crítico del modo en que estos jóvenes ven,  viven y disfrutan la patria de su formación, de su adn, de su sangre, con sus desgarramientos y jirones, con sus virtudes y padecimientos, con y como una enorme suma de amores compartidos que sangra críticas y defensas.

El conjunto de actrices y actores lo hacen con el corazón, se entregan por completo, prodigan toda su energía, toda su maravillosa música de cuerpos y voces, todos sus sufrimientos y alegrías. Nos conmueven y divierten hasta el tuétano.

Musical, carnavalesco y sacrificial, dialógico y político, CCPC engrandece el gesto de El Portazo: es un acto de fe de una generación. Por eso cierra con una estructura que puede leerse como el altar desde donde exigen construir y participar. Ese grupo de jóvenes ha creado, allá en Matanzas, un nuevo danzón, un ajiaco maravilloso con el sabor de una Cuba nuestra e inclusiva.

No se pierda el espectáculo del año en la continuidad de su temporada en el patio de la AHS yumurina o en la vuelta a la sala Tito Junco, del Bertolt Brecht, en La Habana, o en cualquier espacio que lo acogerá más adelante en distintos lugares de Cuba. Ellos y ellas son la Cuba de nuestros jóvenes ahora mismo.

Granma

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