Las Silvas Americanas y la modernización del espacio natural

2.003
En Contexto
Escritor, filólogo, político, hombre de la fundador de la tradición humanista en América Latina, Andrés Bello nació en Venezuela, donde es conocido como maestro Simón Bolivar y héroe civil de la independencia. Aislado en Europa luego de la caída de Bolivar, regresó a América para vivir en Chile, donde fundó la Universidad de ese país, fue senador y redactor del primer código civil, considerada su más importante obra. Es sin dudas una de las personalidades fundantes del republicanismo liberal latinoamericano. Su influencia en la vida política e intelectual en Chile permanece vigente.

Andrés Bello: Naturaleza, ciencia y economía

(extracto del texto «El cuerpo de la patria: espacio, naturaleza y cultura en Bello y Sarmiento»)

Por Graciela Montaldo

Andrés Bello pone de manifiesto en su escritura inicial no sólo el programa del joven letrado latinoamericano exiliado en Londres y con grandes proyectos culturales; pone de manifiesto y en escena una nueva mirada sobre lo real-histórico. Esa mirada es, muy probablemente, la que le ayudaron a configurar los naturalistas de la época, la que aprendió a apreciar en su cercanía con Alexander von Humboldt, en Caracas, a los 18 años. La cantidad de instrumentos que traía el sabio en su viaje y los usos precisos a que los sometía no fueron menos deslumbrantes, en 1799, que la escritura del viajero (y, podríamos conjeturar, la conversación que mantenía con Bello y otros jóvenes intelectuales venezolanos).

Pesar el agua con una balanza Dollond, medir el espacio con los sextantes de Ramsden, inspeccionar la composición del aire, clasificar plantas y animales fueron, ante todo, los pasos que permitieron escribir el Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, donde Humboldt no hace sino mezclar la mirada científica con la escritura romántica sobre la naturaleza y el paisaje. Bello sigue en Venezuela los pasos que da Humboldt y en el exilio londinense lee atento sus escritos: comenta, traduce y versiona ese viaje hacia su patria y esa inspección minuciosa de la naturaleza que él también aprendió a observar y que ahora le exige el movimiento inverso: el regreso simbólico a su territorio. De esta época son también sus escritos sobre la naturaleza que publica en la Biblioteca Americana y el Repertorio americano10. Se trata, en casi todos los casos, de escritos permeados por la doble mirada, científica y romántica, que Humboldt había usado en su relación de viaje.

La época de su formación es aquella en que la ciencia comienza a definir la mirada naturalista y a constituir la autonomía de la naturaleza: «Lo único que existían eran los seres vivientes que aparecían a través de la reja del saber constituida por la historia natural» (Foucault, 1985: 128); de ahí la preeminencia del sentido de la vista y las funciones organizadoras que se le da a la mirada. Bello ha observado la naturaleza pero conoce también las teorías fisiocráticas; a su vez -y tal como aparece en el Resumen de la Historia de Venezuela de 1808- el futuro de América, disueltos los sueños de Eldorado, pasa por la explotación de la tierra y no por la minería. Probablemente el joven Bello encuentre aquí un enorme campo para operar. Julio Ramos ha mostrado de qué modo el despliegue del saber y la escritura producen para Bello con su «voluntad disciplinaria» un sistema de normalización letrada que delimita las fronteras del «buen decir». En sus primeros escritos esa función parece estar todavía en estado magmático enfatizando la divulgación de ideas científicas11 y a disposición de una subjetividad fuertemente afectada por lo natural (y sus diferencias: Londres, Venezuela).

En medio de sus entusiasmos e intereses, Bello compone las «Silvas americanas» dos fragmentos de ese texto fantasmático que fue su anunciado poema América (Barnola, 1981). En el exilio se dibuja, lejano, el mapa de la patria a través de la naturaleza que deslumbra pero que es pasible, también, de la mirada tecnológica, científica, que convierta el paraíso en los campos ordenados sobre los que la poesía se detenga. Menos ars poetica que programa de «nacionalización» de la cultura (Hohendhal, 1989), los dos textos conocidos de las «Silvas americanas» se plantean abiertamente el problema de ubicar al sujeto en un mapa, cartografiar su espacio, y pensar el problema de la continuidad de una tradición cultural para las nuevas repúblicas independientes.

El Bello de las silvas es, simultáneamente, traductor de Delille, autor de Los tres reinos de la Naturaleza12. En sus versiones, Bello aprende un programa poético: imitación de la naturaleza, tópico de lo utile et dulce, observación de lo real, ordenamiento de lo natural en jardines y campos cultivados, artificiosidad en su representación, es decir, aplicación de la distancia de la lengua al mundo de lo natural, de lo vivo. Sus traducciones de Delille y sus versiones de Humboldt son simultáneas a la escritura de las silvas americanas.

Ellas apuestan a una naturaleza culturizada, a la que debe llegar la industria, las leyes y la poesía, encargada de fundar el discurso ordenado, la letra sobre la naturaleza. Como ilustrado, Bello describe en la «Alocución a la Poesía» el camino que debe seguir la literatura en América: un recorrido por toda la historia de la cultura, que comience con los géneros clásicos, de inspiración épica, y conjugue la descripción de la mirada racional. De este modo la operación de Bello consiste en insertar a las jóvenes repúblicas en lo mejor de la tradición occidental legitimando su lugar en ella y creando las condiciones simbólicas necesarias para lograr un reconocimiento. La «novedad» de los paisajes americanos y el trabajo con los géneros clásicos de la poesía erudita ligados a la tierra así lo autorizan. Esta perspectiva, en un sentido de «descubrimiento» de los espacios americanos, es sin embargo una forma de construirlos con las disposiciones que otorga la cultura. Julio Miranda señala que:
Precisamente, la luz sirve para resaltar el brillo de dos mitos que se acercan y se alejan constantemente en las silvas, sobreimponiéndose a veces pero más a menudo chocando al tocarse, puesto que se excluyen por definición: el mito edénico y el mito agrícola, los dos polos de la visión americana de Bello. Uno tiende al pasado, el otro al futuro; coexisten en el presente pero forzadamente y ni siquiera la luz permite ignorar esto. […] Pero, ¿dónde resultaría posible [unirlos]? En lo imaginario, en el deseo, en el discurso que de él brota.

Son los mitos que se unen en el saber y que forman parte de la mirada instrumental; dos mitos que lejos de contraponerse fundan la naturaleza culturizada que Bello leyó en los naturalistas, en Delille, en Humboldt. La «Alocución a la Poesía» funda el mapa a través de las interrogaciones; el territorio inseguro de la patria es descripto en los primeros 206 versos como el umbral desde el cual la Poesía, de quien «la verde gruta fue morada», la de «nativa rustiquez», debe reinsertar a la «gente humana» en la medida de los campos. Riqueza, exuberancia y orden conforman la utopía natural de Bello que, sin embargo y en el mismo poema, se ve desplomada por el peso de las guerras.

En la «Silva a la agricultura de la zona tórrida» Bello no está, como muchos letrados, únicamente rememorando un paisaje entrañable, recomponiendo la relación con una ausencia espacial (cultural) que se establece desde el exilio. Por el contrario, figura en un texto programático el diseño de un mapa económico trazado sobre algunas imágenes de la tierra lejana. La idea de la culturización de la naturaleza ha cristalizado y Bello mismo se encarga de componer el texto eglógico (épico-descriptivo) en el que se lamenta de la «escasa industria» (industria en el sentido de cultivo y de cultura) del territorio patrio.

El movimiento de la silva anterior se repliega en 1926; si aquélla había finalizado con la guerra y la sangre que regaba los campos, en ésta esos mismos campos han guardado los cadáveres que forman parte del pasado. La zona tórrida es la denominación técnica de una región delimitada por líneas imaginarias, es la «zona comprendida entre ambos trópicos y dividida por el ecuador en dos partes iguales»; Bello establece así su propio mapa, el cuerpo de su patria, la «[…] fecunda zona, / que al sol enamorado circunscribes / el vago curso, y cuanto ser se anima / en cada vario clima, / acariciada de su luz, concibes!». La exaltación de lo natural ordenado se confronta con las licencias de la vida urbana. La oposición se jerarquiza, se evalúa y el campo se convierte en el espacio cargado de valores a los que el letrado debe regresar; no conviene olvidar que este tópico se reactualiza en América Latina pues la lucha rural-urbano, ciudad-campo es una constante de su historia, lucha que a su vez es herida de la Independencia y de los conflictivos períodos que le siguen13. Pero el campo era para los patriotas ilustrados un lugar complejo pues era naturaleza «bárbara» y el lugar donde se desarrollaban las fuerzas que impedían la organización ilustrada de las nuevas repúblicas al ser el escenario de las guerras civiles. De ahí la necesidad de Bello de quitarle el campo a los sectores de las oligarquías rurales, conservadores y convertirlo, a través de la culturización que haría la poesía en condensación de los nuevos valores republicanos, ilustrados a la vez que depósitos de los valores clásicos y tradicionales de la cultura.

En las silvas hay como bolsones de modernidad: Bello es capaz de imaginar un territorio que sólo después de varias décadas será real; invoca de manera no utópica un futuro proyectable, diagrama un presente pero ubicado varias décadas después. Por ello dirá que «el campo es nuestra herencia» y como tal, debe construirse para sustentar un presente caótico apenas percibido a través del polvo que levantan las guerras. La invocación entonces es a los tiempos de paz que son los que dejarán lugar a los talleres, la agricultura y la cultura letrada en general, es la invocación a la sedentarización. Por esto para Bello el espacio es fundamentalmente un motivo estético e ideológico de construcción; los espacios naturales no representan el vacío, la nada, sino el lugar del que hay que apropiarse para sentar en él las bases de la organización.

Publicado en Biblioteca Virtual Cervantes

Silva a la agricultura de la Zona Tórrida

¡Salve, fecunda zona,
que al sol enamorado circunscribes
el vago curso, y cuanto ser se anima
en cada vario clima,
acariciada de su luz, concibes!
Tú tejes al verano su guirnalda
de granadas espigas; tú la uva
das a la hirviente cuba;
no de purpúrea fruta, o roja, o gualda,
a tus florestas bellas
falta matiz alguno; y bebe en ellas
aromas mil el viento;
y greyes van sin cuento
paciendo tu verdura, desde el llano
que tiene por lindero el horizonte,
hasta el erguido monte,
de inaccesible nieve siempre cano.

Tú das la caña hermosa,
de do la miel se acendra,
por quien desdeña el mundo los panales;
tú en urnas de coral cuajas la almendra
que en la espumante jícara rebosa;
bulle carmín viviente en tus nopales,
que afrenta fuera al múrice de Tiro;
y de tu añil la tinta generosa
émula es de la lumbre del zafiro.
El vino es tuyo, que la herida agave
para los hijos vierte
del Anahuac feliz; y la hoja es tuya,
que, cuando de süave
humo en espiras vagorosas huya,
solazará el fastidio al ocio inerte.
Tú vistes de jazmines
el arbusto sabeo ,
y el perfume le das, que en los festines
la fiebre insana templará a Lico.
Para tus hijos la procera palma
su vario feudo cría,
y el ananás sazona su ambrosía;
su blanco pan la yuca;
sus rubias pomas la patata educa;
y el algodón despliega al aura leve
las rosas de oro y el vellón de nieve.
Tendida para ti la fresca parcha
en enramadas de verdor lozano,
cuelga de sus sarmientos trepadores
nectáreos globos y franjadas flores;
y para ti el maíz, jefe altanero
de la espigada tribu, hincha su grano;
y para ti el banano
desmaya al peso de su dulce carga;
el banano, primero
de cuantos concedió bellos presentes
Providencia a las gentes
del ecuador feliz con mano larga.
No ya de humanas artes obligado
el premio rinde opimo;
no es a la podadera, no al arado
deudor de su racimo;
escasa industria bástale, cual puede
hurtar a sus fatigas mano esclava;
crece veloz, y cuando exhausto acaba,
adulta prole en torno le sucede.

Mas ¡oh! ¡si cual no cede
el tuyo, fértil zona, a suelo alguno,
y como de natura esmero ha sido,
de tu indolente habitador lo fuera!
¡Oh! ¡si al falaz rüido,
la dicha al fin supiese verdadera
anteponer, que del umbral le llama
del labrador sencillo,
lejos del necio y vano
fasto, el mentido brillo,
el ocio pestilente ciudadano!
¿Por qué ilusión funesta
aquellos que fortuna hizo señores
de tan dichosa tierra y pingüe y varia,
el cuidado abandonan
y a la fe mercenaria
las patrias heredades,
y en el ciego tumulto se aprisionan
de míseras ciudades,
do la ambición proterva
sopla la llama de civiles bandos,
o al patriotismo la desidia enerva;
do el lujo las costumbres atosiga,
y combaten los vicios
la incauta edad en poderosa liga?
No allí con varoniles ejercicios
se endurece el mancebo a la fatiga;
mas la salud estraga en el abrazo
de pérfida hermosura,
que pone en almoneda los favores;
mas pasatiempo estima
prender aleve en casto seno el fuego
de ilícitos amores;
o embebecido le hallará la aurora
en mesa infame de ruinoso juego.
En tanto a la lisonja seductora
del asiduo amador fácil oído
da la consorte; crece
en la materna escuela
de la disipación y el galanteo
la tierna virgen, y al delito espuela
es antes el ejemplo que el deseo.
¿Y será que se formen de ese modo
los ánimos heroicos denodados
que fundan y sustentan los estados?
¿De la algazara del festín beodo,
o de los coros de liviana danza,
la dura juventud saldrá, modesta,
orgullo de la patria, y esperanza?
¿Sabrá con firme pulso
de la severa ley regir el freno;
brillar en torno aceros homicidas
en la dudosa lid verá sereno;
o animoso hará frente al genio altivo
del engreído mando en la tribuna,
aquel que ya en la cuna
durmió al arrullo del cantar lascivo,
que riza el pelo, y se unge, y se atavía
con femenil esmero,
y en indolente ociosidad el día,
o en criminal lujuria pasa entero?
No así trató la triunfadora Roma
las artes de la paz y de la guerra;
antes fió las riendas del estado
a la mano robusta
que tostó el sol y encalleció el arado;
y bajo el techo humoso campesino
los hijos educó, que el conjurado
mundo allanaron al valor latino.

¡Oh! ¡los que afortunados poseedores
habéis nacido de la tierra hermosa,
en que reseña hacer de sus favores,
como para ganaros y atraeros,
quiso Naturaleza bondadosa!
romped el duro encanto
que os tiene entre murallas prisioneros.
El vulgo de las artes laborioso,
el mercader que necesario al lujo
al lujo necesita,
los que anhelando van tras el señuelo
del alto cargo y del honor ruidoso,
la grey de aduladores parasita,
gustosos pueblen ese infecto caos;
el campo es vuestra herencia; en él gozaos.
¿Amáis la libertad? El campo habita,
o allá donde el magnate
entre armados satélites se mueve,
y de la moda, universal señora,
va la razón al triunfal carro atada,
y a la fortuna la insensata plebe,
y el noble al aura popular adora.
¿O la virtud amáis? ¡Ah, que el retiro,
la solitaria calma
en que, juez de sí misma, pasa el alma
a las acciones muestra,
es de la vida la mejor maestra!
¿Buscáis durables goces,
felicidad, cuanta es al hombre dada
y a su terreno asiento, en que vecina
está la risa al llanto, y siempre, ¡ah! siempre
donde halaga la flor, punza la espina?
Id a gozar la suerte campesina;
la regalada paz, que ni rencores
al labrador, ni envidias acibaran;
la cama que mullida le preparan
el contento, el trabajo, el aire puro;
y el sabor de los fáciles manjares,
que dispendiosa gula no le aceda;
y el asilo seguro
de sus patrios hogares
que a la salud y al regocijo hospeda.
El aura respirad de la montaña,
que vuelve al cuerpo laso
el perdido vigor, que a la enojosa
vejez retarda el paso,
y el rostro a la beldad tiñe de rosa.
¿Es allí menos blanda por ventura
de amor la llama, que templó el recato?
¿O menos aficiona la hermosura
que de extranjero ornato
y afeites impostores no se cura?
¿O el corazón escucha indiferente
el lenguaje inocente
que los afectos sin disfraz expresa,
y a la intención ajusta la promesa?
No del espejo al importuno ensayo
la risa se compone, el paso, el gesto;
ni falta allí carmín al rostro honesto
que la modestia y la salud colora,
ni la mirada que lanzó al soslayo
tímido amor, la senda al alma ignora.
¿Esperaréis que forme
más venturosos lazos himeneo,
do el interés barata,
tirano del deseo,
ajena mano y fe por nombre o plata,
que do conforme gusto, edad conforme,
y elección libre, y mutuo ardor los ata?

Allí también deberes
hay que llenar: cerrad, cerrad las hondas
heridas de la guerra; el fértil suelo,
áspero ahora y bravo,
al desacostumbrado yugo torne
del arte humana, y le tribute esclavo.
Del obstrüido estanque y del molino
recuerden ya las aguas el camino;
el intrincado bosque el hacha rompa,
consuma el fuego; abrid en luengas calles
la oscuridad de su infructuosa pompa.
Abrigo den los valles
a la sedienta caña;
la manzana y la pera
en la fresca montaña
el cielo olviden de su madre España;
adorne la ladera
el cafetal; ampare
a la tierna teobroma en la ribera
la sombra maternal de su bucare;
aquí el vergel, allá la huerta ría…
¿Es ciego error de ilusa fantasía?
Ya dócil a tu voz, agricultura,
nodriza de las gentes, la caterva
servil armada va de corvas hoces.
Mírola ya que invade la espesura
de la floresta opaca; oigo las voces,
siento el rumor confuso; el hierro suena,
los golpes el lejano
eco redobla; gime el ceibo anciano,
que a numerosa tropa
largo tiempo fatiga;
batido de cien hachas, se estremece,
estalla al fin, y rinde el ancha copa.
Huyó la fiera; deja el caro nido,
deja la prole implume
el ave, y otro bosque no sabido
de los humanos va a buscar doliente…
¿Qué miro? Alto torrente
de sonorosa llama
corre, y sobre las áridas rüinas
de la postrada selva se derrama.
El raudo incendio a gran distancia brama,
y el humo en negro remolino sube,
aglomerando nube sobre nube.
Ya de lo que antes era
verdor hermoso y fresca lozanía,
sólo difuntos troncos,
sólo cenizas quedan; monumento
de la lucha mortal, burla del viento.
Mas al vulgo bravío
de las tupidas plantas montaraces,
sucede ya el fructífero plantío
en muestra ufana de ordenadas haces.
Ya ramo a ramo alcanza,
y a los rollizos tallos hurta el día;
ya la primera flor desvuelve el seno,
bello a la vista, alegre a la esperanza;
a la esperanza, que riendo enjuga.
del fatigado agricultor la frente,
y allá a lo lejos el opimo fruto,
y la cosecha apañadora pinta,
que lleva de los campos el tributo,
colmado el cesto, y con la falda en cinta,
y bajo el peso de los largos bienes
con que al colono acude,
hace crujir los vastos almacenes.

¡Buen Dios! no en vano sude,
mas a merced y a compasión te mueva
la gente agricultora
del ecuador, que del desmayo triste
con renovado aliento vuelve ahora,
y tras tanta zozobra, ansia, tumulto,
tantos años de fiera
devastación y militar insulto,
aún más que tu clemencia antigua implora.
Su rústica piedad, pero sincera,
halle a tus ojos gracia; no el risueño
porvenir que las penas le aligera,
cual de dorado sueño
visión falaz, desvanecido llore;
intempestiva lluvia no maltrate
el delicado embrión; el diente impío
de insecto roedor no lo devore;
sañudo vendaval no lo arrebate,
ni agote al árbol el materno jugo
la calorosa sed de largo estío.
Y pues al fin te plugo,
árbitro de la suerte soberano,
que, suelto el cuello de extranjero yugo,
erguiese al cielo el hombre americano,
bendecida de ti se arraigue y medre
su libertad; en el más hondo encierra
de los abismos la malvada guerra,
y el miedo de la espada asoladora
al suspicaz cultivador no arredre
del arte bienhechora,
que las familias nutre y los estados;
la azorada inquietud deje las almas,
deje la triste herrumbre los arados.
Asaz de nuestros padres malhadados
expiamos la bárbara conquista.
¿Cuántas doquier la vista
no asombran erizadas soledades,
do cultos campos fueron, do ciudades?
De muertes, proscripciones,
suplicios, orfandades,
¿quién contará la pavorosa suma?
Saciadas duermen ya de sangre ibera
las sombras de Atahualpa y Moctezuma.
¡Ah! desde el alto asiento,
en que escabel te son alados coros
que velan en pasmado acatamiento
la faz ante la lumbre de tu frente,
(si merece por dicha una mirada
tuya la sin ventura humana gente),
el ángel nos envía,
el ángel de la paz, que al crudo ibero
haga olvidar la antigua tiranía,
y acatar reverente el que a los hombres
sagrado diste, imprescriptible fuero;
que alargar le haga al injuriado hermano,
(¡ensangrentó la asaz!) la diestra inerme;
y si la innata mansedumbre duerme,
la despierte en el pecho americano.
El corazón lozano
que una feliz oscuridad desdeña,
que en el azar sangriento del combate
alborozado late,
y codicioso de poder o fama,
nobles peligros ama;
baldón estime sólo y vituperio
el prez que de la patria no reciba,
la libertad más dulce que el imperio,
y más hermosa que el laurel la oliva.
Ciudadano el soldado,
deponga de la guerra la librea;
el ramo de victoria
colgado al ara de la patria sea,
y sola adorne al mérito la gloria.
De su trïunfo entonces, Patria mía,
verá la paz el suspirado día;
la paz, a cuya vista el mundo llena
alma, serenidad y regocijo;
vuelve alentado el hombre a la faena,
alza el ancla la nave, a las amigas
auras encomendándose animosa,
enjámbrase el taller, hierve el cortijo,
y no basta la hoz a las espigas.

¡Oh jóvenes naciones, que ceñida
alzáis sobre el atónito occidente
de tempranos laureles la cabeza!
honrad el campo, honrad la simple vida
del labrador, y su frugal llaneza.
Así tendrán en vos perpetuamente
la libertad morada,
y freno la ambición, y la ley templo.
Las gentes a la senda
de la inmortalidad, ardua y fragosa,
se animarán, citando vuestro ejemplo.
Lo emulará celosa
vuestra posteridad; y nuevos nombres
añadiendo la fama
a los que ahora aclama,
«hijos son éstos, hijos,
(pregonará a los hombres)
de los que vencedores superaron
de los Andes la cima;
de los que en Boyacá, los que en la arena
de Maipo, y en Junín, y en la campaña
gloriosa de Apurima,
postrar supieron al león de España».

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