México: decir con el barro

El trabajo de Gustavo Pérez se puede comparar con lo que le pasa a un árbol. Durante más de 40 años de hacer cerámica han nacido múltiples formas, como ramas; diversas búsquedas que a su vez derivan en otras ramas. El nacimiento es constante y el cambio también, sin embargo todas esas ramas o piezas se reconocen como parte de un tronco, un origen.

Pérez mide las palabras con una precisión similar a la que utiliza al hacer sus piezas. No habla de crear; corrige al interlocutor y asegura que lo suyo es “trabajar el barro, tratar, jugar con el barro. ¿Crear? No sé”.

“Si hay una cosa importante que decir es con barro”, dice mientras camina por la bodega del taller donde se ve parte de la cerámica a la alta temperatura de los últimos años. Añade que, a diferencia del escritor que se pelea con las palabras, él se pelea con el barro.

Nacido en el DF en 1950, Gustavo Pérez vive en Veracruz hace 32 años; en Zoncuantla, a cinco minutos de Xalapa, abrió hace 22 años su taller de cerámica donde crea todo el tiempo cientos de piezas que constituyen una de las mas contemporáneas propuestas de cerámica que se hacen en México. “Son cuarenta y tantos años, muchos temas, muchas épocas, muchas ramas y cada rama con muchas piezas. Y lo que ha seguido son nuevas formas de modificar la forma torneada, casi siempre un cilindro para empezar, y luego otras modificaciones radicales”.

El ceramista expone por estos días en la galería Juan Martín la muestra Juego Abierto; son alrededor de 25 piezas de mediano formato, resultado de esas muy variadas ramas por donde se ha ido en los últimos tres años.

“Los temas que he desarrollado cambian con frecuencia, yo atiendo a mi curiosidad, me voy por donde mi interés me lleva. Hago lo que se me da la gana. La exposición, por lo tanto, no tiene una unidad temática estricta, hay diversidad de temas”.

En el taller trabaja con dos ayudantes que le acompañan desde hace poco más de veinte años, así como con dos jóvenes aprendices. Hay allí espacios llenos de luz para amasar, tornear y pintar; hay un horno donde controla que las piezas lleguen a los mil grados de temperatura para poder pintar entonces, y que luego se vayan a los mil trescientos que es cuando alcanza su madurez el barro; hay piezas que son producto del azar y el accidente:

“Los accidentes son algo fuera del programa, son irrupciones, una especie de pequeñas desgracias que revelan posibilidades. Se debe tener la actitud de bienvenida antes de tirar (las piezas) a la basura con frustración porque a lo mejor ahí hay una semilla”.

Su taller es el lugar que soñó: un espacio en contacto “intenso y cotidiano” con la naturaleza, con un río, con montañas, un clima húmedo de bosque de niebla, donde crecen café y plantas frondosas, de muchos verdes. Ahí también lo acompaña la música. “El proceso ha sido de una gran continuidad en la búsqueda de lo que creí desde el principio que era el camino que me interesaba: la posibilidad de vivir haciendo mi trabajo personal de cerámica sin ninguna otra distracción o interés, sin ninguna otra forma de resolver lo práctico de la vida, es decir: conseguir que la producción personal llegara a ser el modus vivendi. Yo no sabía que era imposible vivir del arte: no me quedó de otra que hacerlo. Tenía una confianza absoluta en que esto era posible. Fue un esfuerzo de tocar puertas en galerías, en medios que no están esperando, que no están queriendo tu trabajo de entrada; si no te ocupas personalmente de que tu trabajo se mueva, nadie lo va a hacer por ti. Algunos están interesados en representarte, pero es mucho después”.

Las diversas líneas que ha generado son un signo que identifica su trabajo: “Cuando estás honestamente comprometido con investigar en esta dirección en un día, con ésta el día siguiente, entonces la unidad estará dada al paso del tiempo. Está hecho por las mismas manos a pesar de que en ocasiones sea de una geometría muy muy cuidadosa y delicada, y en otras se vea una gestualidad de libertad y utilización de colores que deja a un lado, aparentemente, ese mundo de la precisión quirúrgica anterior. Se mueve, cambia; no me preocupa que sea así”.

—¿Por qué cerámica?

No la elegí, la encontré. Estaba buscando un camino.

—¿En el arte?

No. Yo no tenía ningún talento para el arte. Estaba con la idea de que mi camino sería en la ciencia, las matemáticas o la Filosofía, que fue lo que estudié en la UNAM. No sabía lo que quería, como le sucede a tantos jóvenes. Encontrar el barro fue el golpe definitivo y la certeza inmediata que a la vuelta de los años se confirmó.

—¿Qué ha cambiado para la cerámica en México?

Lo 70 eran los principios de la alta temperatura en México, había unos cuantos ceramistas que trabajaban la cerámica y una tradición muy importante, en muchos casos en crisis y decadencia. Y aparecieron nuevas opciones y una mirada contemporánea. Hay muchísima gente dedicada a la cerámica, diversos caminos, la riqueza del barro explica esta diversidad de lenguajes de los que hacemos algo con él. Creo que es algo muy abierto y así como hay una gran mayoría que ha utilizado el barro con un sentido plástico escultórico, algunos —y yo estoy en ese grupo— hemos mantenido ese nexo fuerte con la cerámica-alfarería.

El ejemplo más claro es que en el Museo de Arte Moderno Francisco Toledo expone sus cerámicas y es algo que me alegra muchísimo. Es un ejemplo del trabajo en cerámica de uno que no es alfarero, que es artista, que ha trabajado el barro con un sentido plástico tan fino, que sin ser alfarero tiene una validez incuestionable lo que hace.

—¿Se han abierto espacios?

Ceramistas hablan en ocasiones en términos quejumbrosos. Pero ¿sabes qué? ese discurso no lo compré nunca. No me interesa. Prefiero hacer como que es posible y es posible.

—¿Qué significa trabajar el barro?

Ha sido mucho más que un modus vivendi, es una forma de compañía, un hábito, una disciplina que a lo largo de todos estos años, recurrentemente, sigue alimentándome. Tiene aún un efecto emocional en mi estado de ánimo. Reconozco la necesidad de hacerlo en momentos en que no puedo trabajar con él y reconozco también ese momento en el que estar en contacto con el barro de nuevo me da el centro.

—¿Qué piensa de este momento que vive México?

Es un tiempo de profundo duelo. Es una desgracia mayúscula la que vivimos en México y el mundo. Es un tiempo muy extraño en el cual la posibilidad de hacer algo en un sentido positivo es lo que ayuda a continuar a seguir haciendo lo que hacemos. Pero la mirada directa y sencilla a la realidad mexicana es de profunda tristeza y de una desesperanza muy bien fundada.

Publicado en El Universal
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