Tres historias de carnaval inclusivo

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Cuando la Intendencia Municipal de Montevideo resolvió a fines de octubre cambiar los requisitos para las postulantes a Reina del Carnaval que se elegirá a fines de enero, tanto Daniela Cadenas (27), como Mía Sosa (22) y Danna Báez (24), se enfrentaron a una oportunidad que nunca antes habían tenido: participar del concurso.

Este nuevo reglamento –el cual generó una polémica que enfrentó a los Directores Asociados de Espectáculos Carnavalescos (Daecpu) con el departamento de Cultura de la IMM– no solo pretende eludir los cánones clásicos de belleza y eliminar el límite de edad en las inscriptas, sino que también permitió la participación de personas con discapacidad y trans.

Las historias de estas tres postulantes son bien distintas entre sí, pero todas son evidencia de una fiesta popular que cada vez busca ser más inclusiva.

De espectadora a protagonista

Daniela Cadenas tiene 27 años y nació con una parálisis cerebral que le afectó el control motriz sobre sus piernas, por ende debe valerse de un andador para caminar. Cuando terminó tercero de liceo decidió que quería dedicarse a las letras y realizó varios cursos de periodismo, computación y locución. Hoy en día escribe para la revista Rampa, otro de los proyectos inclusivos de la Intendencia, cuyo enfoque está centrado en el reportaje y la puesta a punto de todos los eventos que involucran a la comunidad de discapacitados.

Es cuestión de mencionar el carnaval para que a Cadenas se le encienda la mirada y se le encoja la voz por la emoción. «Toda mi familia es carnavalera», cuenta con entusiasmo. «Yo desde muy chica voy al Teatro de Verano; sin dudas febrero es mi época».

Comenzó a participar del carnaval en un desfile inaugural algunos años atrás y desde entonces ha intentado formar parte cada vez que puede. A fines de octubre cuando escuchó del cambio en la normativa se anotó sin pensarlo y ahora, luego de haber participado y haber sido nombrada Vicereina del Municipio D, cree que «cumplió un sueño».

La joven se ha impuesto a ella misma el desafío de visitar las asociaciones que nuclean a los diferentes discapacitados para dar a conocer su historia y motivar a otros para que puedan vencer los miedos y presentarse al concurso en los próximos años.

Ser el ejemplo

Mía Sosa tiene 22 años y es trans. «Yo me siento mujer», aclara. Cuando cumplió los 17 años decidió lo que «quería ser verdaderamente» y desde entonces nunca se detuvo. Al principio Sosa cuenta que lo que más le costó fue lograr la aceptación de su propia familia. «Recién a los 20 años mis padres entendieron que yo era de esta manera», relata, «ahora por suerte tenemos una buena relación, pero al principio fue muy difícil».

Sosa realizó un curso con el que consiguió titularse de manera profesional en peluquería. De todas formas asegura que su situación muchas veces le impide poder desarrollarse profesionalmente y avanzar. «Hoy en día solo puedo hacer suplencias en peluquerías de amigos», cuenta. Y resalta que al momento de pedir un trabajo siente explícitamente cómo le cierran las puertas, «no porque no esté capacitada sino por ser trans».

Otra de sus grandes pasiones es el carnaval. Desde muy chica se vio involucrada en un mundo al que se introdujo gracias a la influencia de una conocida que le enseñó samba. Desde hace ya tres años sale por Isla de Flores en Montevideo y en los carnavales de Artigas. Cuando la Intendencia cambió la normativa Sosa entendió que más allá de la polémica y el «qué dirán», debía participar para dar el ejemplo. Finalmente reconoce que, a pesar de no haber ganado la competencia, todo el proceso «fue una experiencia que valió la pena» y un puntapié inicial para que se sigan generando instancias de inclusión.

La vibra de la integración

Danna Báez tiene 24 años y es sorda de nacimiento; los médicos aún no puede explicar las causas. Trabaja como administrativa en el Banco de Seguros y está a tan solo una pasantía de obtener el título de Técnica Química de la Universidad de la República.

Báez descubrió con el carnaval una manera de aproximarse a su familia –ya que es un gusto compartido– y a integrarse al arte y a la cultura uruguaya a pesar de su discapacidad. «El ritmo y el volumen del candombe es muy intenso y eso nos facilita a nosotros a poder bailarlo sin mayores dificultades», explica Báez, «la vibración del tambor es una guía fundamental para nosotros».

Comenzó en una comparsa barrial cuando era niña y poco a poco fue descubriendo nuevos lugares desde los cuales participar de la fiesta, bailando al compás de los tambores.

Si bien Báez nunca se vio limitada para anotarse al concurso de reinas en ocasiones anteriores, el cambio de normativa de este año la motivó lo suficiente como para tomar ese paso. «Me anoté con otra compañera sorda en el Municipio B y todo el mundo nos recibió muy bien, con mucha paciencia y cariño», cuenta, trofeo en mano, luego de haber pasado a la segunda fase para competir en el concurso de reinas nacional.

«Me anoté porque más allá de la polémica quiero demostrarle a la sociedad que la comunidad de sordos en Uruguay seguimos luchando por nuestros sueños», afirma convencida.

Publicado en El Observador
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