Sofía Painiqueo Tragnolao: «Quiero expresar siempre lo hermoso que es ser mapuche»

La vida múltiple de Sofía

Sofía Painiqueo Tragnolao es, acaso, dos mujeres. Y una de ellas no es hija de su voluntad. La obligaron a nacer. Pequeña, de movimientos pausados, vestida al modo occidental, no hay en su aspecto casi nada que la distinga; triste y parcial triunfo de un largo proceso de mimetización social y cultural que afrontó con suerte dispar como tantos de los suyos. Fingía ser “una más” para evitar problemas de documentación y choques frontales contra ciertas burocracias algo miopes o algo cínicas. Enfundada en su atuendo tradicional mapuche, por el contrario, parece afirmarse y expandirse. Dentro de sí misma, primero; y, de inmediato, hacia sus contornos más próximos y remotos. Es evidente el cambio, aunque el ropaje sea un atributo secundario según la lógica de Painiqueo: lo esencial para su pueblo, repetirá a menudo, son la tierra y la lengua. “Si se acaba la tierra nos acabaremos nosotros”, escribió en el guión de su docudrama Chemu am mapuche pigeiñ (De porqué nos llamamos mapuche), de 2002.

Apenas un rasgo —nada menor— conjuga ambas Sofías en una: la firmeza de la mirada y el tono de voz. Habla claro y sin rodeos. Le gusta explicar y explicarse. Pero no por agradar: “No me importa que usted crea lo mismo que yo, sino que escuche y comprenda lo que creemos los mapuche”, reclama. Y en el fondo de sus ojos reluce una llama que convoca al silencio y a prestar atención a sus argumentos. Igual que cuando canta en su lengua originaria, el mapudungun, y logra conmover incluso a quienes no entienden una sola palabra de lo que dice.

Canto con sentido

Nacida en 1957 en la comuna de Dibulco, al sur de Chile, hija de Manuel y Francisca, Painiqueo cambió el campo por la ciudad de Santiago a los 20 años. Fue en busca de un mejor futuro pero, como suele suceder, el nuevo entorno la impulsó a revalorizar su pasado. La historia personal y comunitaria, entendida al modo de su gente, como un ciclo de renacer interminable. En la capital comprendió, a fuerza de indiferencia y menosprecio, que si no cuidaba esas raíces corría peligro su alma. Inquieta y constante, se involucró en distintas organizaciones de mapuches urbanos, comenzó a trabajar en la enseñanza de su lengua y formó el grupo de canto y danza Aflaiai (“Eterno”), con el que aún hoy recorre el mundo dando a conocer su cultura.

Cuando niña había heredado de su padre el gusto por el canto en mapudungun. Y también uno de los elementos que enfatizan, entre los mapuches, el sentido más profundo de esa práctica: el kultrun. “Es un instrumento de percusión que representa el universo. Es circular y en la superficie están marcados los cuatro puntos cardinales y los vientos. En su interior una serie de elementos simbólicos de la naturaleza: minerales, plumas, semillas… Y el parche es de cuero de caballo o chivo, mejor aún si es de hembra”.

¿Y qué requisitos debe tener un mapuche que quiere cantar para su pueblo?

Tiene que sentir, creer en lo que está diciendo y en aquello que le inspira. En mi caso, la naturaleza es la belleza y la energía máxima. Yo admiro eso como persona, pero también por las enseñanzas de mis padres, de mis antepasados. Por eso desde que tuve uso de razón y aprendí a memorizar la melodía y la fonética, empecé a analizar cómo debería cantar una mapuche como yo. Todos mis cantos buscan entregar algo que los demás mapuches sientan que los representa.

¿Cuáles son esos elementos que condensan las inquietudes de toda la comunidad?

Quiero expresar siempre lo hermoso que es ser mapuche. Muchas veces de nosotros se dice: “Son gordos”, “son chicos”, “son feos”, “son tontos”…, y no somos eso. Cuando uno ve nuestras expresiones culturales y tiene conocimiento de lo que queremos comunicar con ellas es una maravilla. Por eso cuando hacemos elnguillatún, nuestra máxima ceremonia espiritual, tenemos que ser verdaderos. No le podemos mentir a la naturaleza.

Mis temas también están ligados a la cosmovisión mapuche, a reconocer ciertas cosas tanto peligrosas como favorables para nosotros. Para que aprendamos a recuperar los valores propios de nuestra cultura, que hoy están perdidos: el valor del mapu, de la tierra, que debe entenderse para poder comportarse en ella. De lo contrario empezamos a explotarla hasta donde podamos, porque la cosa es tener plata sin importar que los demás se estén muriendo.

Es decir que el canto y la música mapuches serían herramientas de transmisión cultural antes que vehículos para el mero goce estético. ¿Se puede pensar en simples canciones ‘de amor’ en mapudungun?

Sí, también, pero debe hacerse de la forma que corresponde. Todas las expresiones son válidas, cada una en su lugar. Hay gente que hace ‘farándula’, pero para mí es un compromiso muy grande el comunicar algo a través de la música. En mis cantos me gusta educar.

¿Qué opinión le generan los abordajes de ritmos o temáticas mapuches por parte de artistas mestizos como Violeta Parra en Chile o Marcelo Berbel en Argentina?

Hay espacio para todos. Usted puede inventar la fusión que quiera, pero no tolero que se diga que eso ‘es’ mapuche. Los que somos, somos. En Chile hay mucha gente que ‘hace’ de indígena. Agradezco cuando alguien toma el tema mapuche, coloca alguna palabra por ahí…, para nosotros es como un homenaje al pueblo. Pero hay que saber decir que es una adaptación porque no se acerca a la fonética, la melodía y el ritmo mapuche. Entonces a nuestra gente no le llega. Pasa sobre todo con los ancianos, que tienen el oído preparado para oír el buen mapudungun y la buena melodía mapuche: “Están sonando muy raro estos mapuches que dicen que cantan”.

Mapuches bien parados

‘Ülkantufe’ es el título que ostenta Painiqueo entre su gente y en su idioma: así se designa a la persona que canta en festividades o ceremonias familiares y comunitarias, pero no religiosas. Ese es el terreno del longko(jefe) y las machis (consejeros y líderes espirituales que pueden ser hombres o mujeres). Ella, sin embargo, prefiere definirse como educadora. Nueva manifestación de dualidad, resuelta con un objetivo común a ambas funciones: fortalecer lo propio para que sea valorado también por los ajenos. “Todos los niños para mí son como mis hijos. Son mis hermanos. Y quiero que sean mapuches bien parados en la tierra. Lucho por eso”, remarca.

Hay desafíos en todos los ámbitos: “Mucha expresión religiosa mapuche se pierde con el sincretismo. El mapuche se empobrece religiosamente en vez de enriquecerse con el cristianismo”, dijo Painiqueo en una entrevista con el sacerdote jesuita Luis García Huidobro. Esa despareja relación de poder, extendida a lo educativo, lo sociopolítico y lo cultural, conspira contra la autodeterminación de su pueblo, disminuye sus libertades y degenera en ocasiones en hechos violentos.

¿Cómo se trabaja para evitar la pérdida de expresiones culturales propias de los mapuches? ¿Se nota un quiebre generacional con los más jóvenes?

Sí, pero no significa que los jóvenes han querido perder su cultura. Es todo un sistema que dice “sí” a ciertas cosas, cuando la educación dice “no”: si los indígenas queremos seguir estudiando, se nos permite hablar en mapudungun pero la malla (académica) nos exige cumplir con otros puntos que son contradictorios. Por ejemplo, en el idioma castellano, la construcción gramatical es de tal manera; si nosotros construimos de otra, estamos obligados a adaptarnos. ¡Así perdemos todo! Yo no admito que nadie me diga: “Tú tienes que decir las cosas de este modo”. No. Nosotros los mapuches hablamos así, de esa forma nos entendemos y eso suena bonito para nosotros. Por eso siempre enseño lo que yo sé, lo que aprendí en la tierra. Una vez quisieron darme videos hechos en Estados Unidos, traducidos al mapudungun, para explicarles religión a los mapuches. Los rechacé. Si alguien quiere que yo enseñe eso, se equivocó de persona. Porque nosotros no aprendimos así, ni ese material fue consensuado con nuestra gente.

Esas perspectivas, repetidas a lo largo de los años, han generado una mutua y lógica desconfianza del pueblo mapuche hacia las autoridades chilenas. En ciertos casos derivó en violentos enfrentamientos. ¿Cómo es hoy la relación entre ambas partes?

Aún falta. No de parte de los chilenos sino de las autoridades, que no forman sus escuadrones policiales para educar sino para castigar. No comparto la violencia, pero a mí no me han apaleado, no me han tomado presa, no me han insultado de frentón, entonces, ¿qué le digo a un mapuche que estuvo en la recuperación de sus tierras y fue arrastrado por el pelo, golpeado y metido en la cárcel? Que tenemos que querernos, que somos todos seres humanos, que somos todos chilenos. Yo no quiero peleas, no quiero malos tratos, pero comprendo que es muy difícil quedarse quieto cuando a uno lo agreden.

Siempre le digo a todo el mundo: no le falten el respeto a los pueblos originarios. Dicen que ‘éramos’ tal cosa, o tal otra. Pero no ‘éramos’. SOMOS. Ahora. Estamos aquí y necesitamos nuestro espacio para expresarnos. Porque de lo contrario nos invisibilizan. En todas las materias, en todas las disciplinas. Lo más hermoso es cuando se presenta la diversidad, cuando realmente tenemos sabiduría, respeto y armonía.

Esa diversidad surge del entendimiento. ¿De qué forma puede una persona no mapuche aprender más sobre su cultura?

Hay mucha gente extranjera que se acerca y nos pregunta cosas: “¿Cómo es que te haces machi?”, “¿por qué la machi se pone aquí en esta ceremonia?”. Otros están interesados en conocer de cerca nuestra cultura, en ir al fogón, a un menoko (pantano), a la profundidad de los ríos, a las montañas… Eso es la escuela, para mí. Ahí es donde se aprende, donde uno está en contacto con la tierra, donde se conoce la forma en que se comporta la naturaleza frente a uno. Sería bueno que ese interés que existe fuera de nuestras comunidades lo compartan también nuestros jóvenes: que se dejen llevar por sus mayores, que busquen y pregunten; me da pena y me molesta que muchas veces no sea así.

En ese sentido, ¿qué símbolos o sensaciones le gustaría que transmitan sus canciones a quienes no hablamos mapudungun?

La sensibilidad de saber escuchar, primero. Y el disfrute de nuestro arte. Obviamente la letra no se va a entender, pero hay gente que se emociona y llora cuando canto algunos temas. Esa no es mi intención, pero creo que ellos, en ese momento, se conectan más con la tierra. Cuando yo canto, pienso que de alguna manera me conecto con las fuerzas naturales y que ellas hablan a través de mí.

Usted subraya siempre que sus mayores le enseñaron a cantar sola, arrodillada, con el kultrun. Pero ha formado un grupo de canto y danza como Aflaiai, con una docena de integrantes, y en sus presentaciones en Quito estuvo acompañada por varios músicos. ¿A qué se debe esto?

Seguramente yo cantaré bien, pero no soy todo el pueblo mapuche. A Quito vine con tres músicos, pero necesitamos muchos más todavía. Hacemos canto comunitario, porque es como pobre el mapuche cuando está solo.

Justo antes de despedirse, la sentencia final viene a confirmar —o no— las presunciones iniciales del cronista. Sofía Painiqueo Tragnolao lleva consigo su circunstancia y la de los suyos adondequiera que vaya. Al verla alejarse, mientras su diminuta figura se empequeñece aún más, es difícil precisar a cuántas mujeres acabamos de conocer.

Publicado en el Telégrafo

 

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