Falleció el mundialmente reconocido saxofonista argentino Leandro «Gato» Barbieri

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Lo llamaban «Gato», aunque en realidad volaba. Eso quiere decir, en el mundo del jazz, una sola sola cosa, algo plural y bastante lejano de cualquier metáfora: que estaba en posesión de un pensamiento musical más veloz que el de cualquier otro, que superaba a sus pares y que tenía una posición estética sumamente progresista.

El saxofonista tenor Gato Barbieri, cuyo nombre de nacimiento era Leandro, murió ayer, a los 83 años, de neumonía en Nueva York, su patria chica, su patria de elección. Los diarios del mundo lo definen como una figura del latin jazz, pero en realidad Barbieri fue acaso el único músico de jazz argentino que jugó de veras en las ligas mayores del género. Si hubo algo «latino» en él fue su compromiso político con el llamado «tercer mundo». Pero en realidad su música, su modo de improvisar, era político mucho antes de que ese compromiso se hiciera explícito. Tras un paso por la escena jazzística de Buenos Aires, la música del Barbieri se comprometió resueltamente con la avant- garde del jazz de la década de 196º. Eso era de por sí un gesto político.

La afirmación de que el llamado free jazz fue una música política tiene un doble fondo. Por debajo de las luchas civiles de la época, se oculta algo menos evidente: la abolición de la inteligibilidad. Allí, en la distancia que abre la renuncia a lo inteligible, se instala la función crítica del free. De esa manera pueden escucharse Complete Comunión (1965) y Symphony for Improvisers (1966), los discos que el trompetista Don Cherry grabó con Barbieri. En esos registros se desdeña cualquier monotematismo, y diferentes complejos temáticos (por lo general improvisados) se integran en la suite como movimientos. Si se escucha sobre todo a Barbieri, se notará que, un poco a la manera de Ornette Coleman, se aleja también del trabajo motívico sobre el tema original.

En cierto modo, el Gato Barbieri, que venía del bebop de los años cuarenta y cincuenta, condensó en sus improvisaciones de los años sesenta la totalidad de las renovaciones que el free trajo al género: la conquista de nuevos ámbitos tímbricos, el escape del sonido temperado (esa manera de tocar un poco por encima y un poco por debajo de la nota), la relajación de la armonía funcional y del pulso estable.

Su momento de gloria, su ápice, sobrevino con la música que hizo para Último tango en París, la película de 1972 de Bernardo Bertolucci. La música es memorable, pero Barbieri era más que eso. El año pasado, había recibido un premio Grammy latino por haber cambiado el «paisaje completo del jazz». Eso nos suena bastante más justo.

Hay que volver a sus grabaciones. Lo fascinante de ciertos discos de Barbieri como The Third World (1969) y Fenix (1971) es justamente el modo en que el saxofonista despliega, sin resolver, la pugna entre el imperativo de la militancia política en favor de una comunicación inmediata y una la autonomía de los materiales musicales. Esto se advierte en piezas como «Antonio das Mortes» o «Tupac Amaru».

Si Gato Barbieri es uno de los artistas clave de la música argentina es porque logró lo que todo músico de jazz quiere lograr: un sonido propio, que sea distinto de los demás no porque no se parezca a ellos, sino porque no se parece a ningún otro.

Publicado por La Nación

Murió el gran saxofonista rosarino Gato Barbieri, un exponente del jazz mundial

El gran saxofonista rosarino Leandro «Gato» Barbieri, nacido en 1932, murió anoche de neumonía en un hospital de Nueva York, informó su esposa, Laura. Tenía 83 años. El músico del jazz grabó 35 álbumes entre 1967 y 1982 y ganó un Premio Grammy en 1973 por la música que compuso para la película «Ultimo tango en Paris».

Barbieri recibió el apodo de «El Gato» en la década de 1950 por la manera en que llegaba a los clubes nocturnos en Buenos Aires con su saxofón entre una presentación y otra.

Se le acreditó haber creado un estilo musical rebelde pero accesible cuando recibió el premio por trayectoria musical en los Grammy Latinos en 2015 y siempre fue valorado en Nueva York, donde siguió presentándose en los últimos años en el club de culto del jazz Blue Note.

En la Gran Manzana lo escucharon miles de personas que lo erigieron como el segundo músico argentino con un impacto significativo sobre el jazz moderno (el primero fue Lalo Schifrin).

La historia de Barbieri (estudiante de sus primeros instrumentos en Rosario) ha sido una odisea en zig-zag alargado entre sus orígenes y América del Norte. Comenzó a jugar a los ritmos latinos tradicionales en sus primeros años, dando la espalda a su herencia para explorar el jazz de vanguardia en los años 60, volviendo a las influencias de América del Sur a principios de los años 70, jugando al pop y la fusión a finales de los 70, sólo para ir y volver de nuevo en los años 80.

La sangre caliente Barbieri ha sido la de uno de los solistas más emocionales de la historia.

Barbieri nació en Rosario el 28 de noviembre de 1932, en una casa de Cochabamba al 1300. Allí cerca, en la escuela Infancia Desválida de Rosario, estudió clarinete.

«Yo estudié música acá en Rosario cuando era chico y en ninguno de los países en los que estuve, en Japón, en Rusia, en China, en Italia, nunca encontré una escuela tan divina», dijo en un reportaje que le hizo LA CAPITAL en setiembre de 2011. «Adelante era una escuela y atrás te daban clases de clarinete, saxofón. Un maestro te enseñaba clarinete y el otro tuba, trompeta. De allí salieron muchos buenos músicos. Todos venían a Rosario. En ese sentido tengo que decir que Rosario es una cuna de música. Porque el tango es más porteño».

También en esa barriada se hizo hincha de Newell’s y así se lo recordó al periodista de este diario Orlando Verna: «Es que en mi casa todos eran leprosos, mi hermano, mi padre que se mordía los dedos por Newell´s. Una vez no quise ir más con él a la cancha porque siempre había algún barullo. Me acuerdo que cuando me fui, a los 13 años, estaban en la delantera de Newells Belén, Canteli, Pontoni, Morosano y Ferreyra. Y un día que perdimos y Pontoni me dijo «y qué le vas hacer pibe» con una dulzura increíble».

Barbieri se hizo superfamoso cuando interpretó en 1972 la banda de sonido de la película «El último tango en París», de Bernardo Bertolucci, pero su legado musical habla de su capacidad de fusionar la música latinoamericana con el jazz.

El Gato llegó por última vez a Rosario en setiembre de 2011, invitado por la dirigencia de Newell’s para entregarle una placa recordatoria en el estadio. ¿El motivo? La sangre leprosa que había mostrado un año antes al grabar el himno de Newell’s para «Fútbol para todos» de Canal 7.

En el bar del hotel Ros Tower y ya con los achaques propios de los 78 años que ostentaba, siguió la charla con La Capital: «Yo la música la aprendí solo, de los grandes músicos. La música es una cosa que no se escribe, es misteriosa y es divina. Pero esos que escriben y escriben y escriben, y cuando tocan es una porquería, es porque no saben de música. La música es como jugar al fútbol. Es como juega Messi, que corre así y de repente está en otro lado. Yo la música la toco, la rompo, la voy pasando por estratosferas y luego lentamente vuelve a su lugar».

«Toco mejor ahora que tengo algunos dientes postizos que cuando tenía todos míos. Pero no siempre tiene que ser así. Yo soy un tipo que busca el sonido bello, lo encontré así. Cuando alguien me pregunta: ¿qué te parece mi sonido, yo les digo, mirá, si no te das cuenta vos, no me lo preguntes a mí. Te puedo decir (John) Coltrane qué sonido que tenía. Charlie Parker, Ornette Coleman, Monk, Miles Davis y (Louis) Armstrong. Yo a Armstrong no lo consideraba y me di cuenta con el tiempo que era un fenómeno».

Publicado por La Capital

El «Gato» Barbieri y el cine

Por Daniel Cholakian – Nodal Cultura

El “Gato” Barbieri tiene ha tenido una importante actividad creadora como músico de cine. Fue el autor de la música incidental y las bandas de sonido de más de una veintena de películas entre 1962 y 2007, sin embargo su primera relación como participante de una producción fue como extra en la versión original de la película argentina “La patota” dirigida por Daniel Tynaire en 1960.

Volverá a aparecer en tres oportunidades frente a las cámaras: en 1970 en “Apuntes para una Orestiada Africana” de Pier Paolo Pasolini, como parte de una orquesta de músicos y actores negros americanos, que interpretarán la obra cantada y luego en dos documentales: el magnífico “Calle 54” de Fernando Trueba y “My Main Man. Appunti per un film sul jazz a Bologna” Germano Maccioni, sobre el movimiento cultura que generó en esa ciudad la llegada de nuevos sellos discográficos, clubes y bandas de jazz entre los años ’50 y ’60 del siglo pasado.

En relación con su trabajo en la creación de bandas de sonido, participó de películas argentinas, brasileras, italianas, francesas y estadounidenses. Este recorrido por las diferentes cinematografías está vinculado con sus viajes vitales. De Argentina pasó a Brasil y de allí tentado por la familia de su esposa viajó a Italia. Llegó luego a EEUU de la mano de Don Cherry, después de muchos años de luchar contra el prejuicio europeo de que alguien que no sea estadounidense y negro no podía tocar jazz.

Sin dudas el mayor reconocimiento por su trabajo como autor de música de películas lo recibió por su trabajo en “El último tango en París” de Bernardo Bertolucci, film protagonizado por Marlon Brando y María Schneider en 1972. Probablemente este trabajo no solo sea una de las mejores creaciones de un músico para el cine, sino que marca un momento excepcional de la carrera del propio Barbieri. Recuperando las raíces del tango en un formato asordinado, más oscuro, con el jazz experimental que venía haciendo por cerca de 15 años, Barbieri logró un sonido que sin dudas impuso su base a gran parte del jazz europeo por cerca de 20 años. Su fraseos cortos logran constituirse en un elemento narrativo mucho más que en mera música incidental. Por este trabajo Barbieri recibió el premio Grammy a la mejor banda de sonido y el reconocimiento definitivo en Europa y EEUU.

Barbieri, un maestro que siempre buscó los límites de la experimentación y claramente no se estableció cómodamente en un sonido y un estilo, no se convirtió en un músico de cine por encargo, no se instaló en el mercado del tango para extranjeros, sino que prefirió buscar caminos, recuperar las raíces del folklore argentino que siempre le interesaron, y mantenerse trabajando de un modo creativo y novedoso a lo largo de sus 50 años de carrera como saxofonista.

 

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