Murió Torcuato Di Tella, personaje fundamental del campo cultural argentino

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Su idea de reordenar al sistema de partidos políticos vertebró de alguna manera gran parte del devenir nacional en la última década y media: la transversalidad del primer kirchnerismo le debe mucho, le debe más que el macrismo, al que asesoró –no sin marcar sus diferencias ideológicas– en su arribo a la política profesional. Torcuato Di Tella, fino ironista y provocador, un dandy de gesto aristocrático y pensamiento socialista, graduado en ingeniería pero dedicado a la sociología y el mecenazgo, dueño de un apellido italiano que todavía evoca la infrecuente reunión del sueño de una Argentina industrializada y la vanguardia cultural, falleció ayer, a los 86 años.

Di Tella escribió libros que hoy ya son clásicos de las ciencias sociales, como Sociología de los procesos políticos e Historia de los partidos políticos en la Argentina, y también obras “menores”, como el simpático Diccionario del político exquisito.

Aunque fue secretario de Cultura de la Nación entre 2003 y 2004, y desde 2010 era embajador en Italia, quizá su gran contribución a la cosa pública provino de su promoción de la necesidad de “normalizar” el sistema político argentino a través de la conformación de dos grandes coaliciones de partidos, una de centroizquierda y otra de centroderecha –siguiendo el modelo de varias naciones europeas–, dos grandes constelaciones que permitirían agrupar los votos detrás de su origen social y de agendas ideológicas definidas. Originalmente, pensaba en el peronismo y sus aliados en el espacio de centroizquierda –”el peronismo es la única fuerza progresista real del país”, decía– y en el radicalismo y sus aliados en el espacio de centroderecha. El año pasado, antes de las elecciones, imaginó un cambio en el esquema político que definiría dos fuerzas de derecha, “la liberal empresaria del PRO y la conservadora popular” del massismo, y dos izquierdas, la socialdemócrata y “la nacional popular del kirchnerismo”.

Su cercanía con Néstor Kirchner quedó impresa en el libro Después del derrumbe, un atractivo diálogo entre ambos publicado en 2002, en plena campaña electoral. Tempranamente, en octubre de 2003, se atrevió a definir al kirchnerismo como “un peronismo más limpio, que eliminó la parte neoliberal y corrupta, así como a los extremistas de derecha e izquierda”. Había llegado al lugar del funcionario tras un largo proceso de reflexión sobre el peronismo, siempre en busca de claves para pensarlo. “Para entender el peronismo –ensayó alguna vez– hay que apelar a la teoría del rabanito: si uno quiere sacarlo de la tierra no hay que tirarlo de las hojas, porque se rompe. Hay que cavar en la tierra, pero sin dañar las hojas, porque por ahí el rabanito respira. Las hojas del rabanito pueden no parecerse, pero el rabanito es rojo.”

La relación con Mauricio Macri fue distinta. Fue el actual presidente quien lo buscó. “En 2001, una amiga mía que lo asesoraba a él y a Francisco de Narváez me preguntó si no quería tener alguna charla con ellos, como entrenamiento sociológico. Entonces expliqué que no coincidía ideológicamente con él, pero si quería, podía hacerlo como cosa técnica, y la verdad es que me pagaron bastante bien durante esos cuatro meses –contó Di Tella en 2009–. Ellos estaban con la teoría de que el país se incendiaba, y tenían bastante razón. No les daba clases de sociología, simplemente conversábamos sobre cómo se pueden interpretar las cosas y yo les decía ‘miren que ustedes tienen como destino ser una cosa de derecha, que es algo que se necesita en el país’, y a ellos no les gustaba.”

A Di Tella le gustaba polemizar y generar polémica. “El país es una casa que se quema y la cultura es el gallinero del fondo”, dijo, con previsible escándalo, mientras estaba a cargo de la Secretaría de Cultura. Ya fuera de la función, admitió: “Estoy contento de haber estado, y más contento aún de haberme ido”. Después de irse, lector de Roberto Arlt, tipificó al culturrito –“aquel que considera que la cultura vive en el triángulo comprendido entre avenida Libertador, Sarmiento y Figueroa Alcorta, y cree que allí está lo importante”– y también al culturraje –“el zurdaje culto”.

Linajes y símbolos

Torcuato Di Tella había nacido en 1929. Su padre, un inmigrante italiano, fue el fundador de la empresa Siam, que llegaría a fabricar desde electrodomésticos hasta autos y equipos industriales, y a simbolizar para la Argentina un futuro que no fue. Acaso por el peso de la tradición familiar, el hijo mayor del empresario se recibió de ingeniero industrial en la Universidad de Buenos Aires, en 1951. Pero apenas dos años más tarde su vocación lo llevó a obtener un Master of Arts en Sociología en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Desde entonces, se dedicó a la sociología y a la ciencia política; escribió y fue profesor universitario en la UBA, también en Chile y ocasionalmente, como invitado, en Oxford y en California.

El otro gran símbolo cultural asociado a su apellido fue el Instituto Di Tella, que Torcuato creó en 1958 junto a su hermano Guido –ya fallecido, llegó a ser canciller bajo el menemismo– y su madre, María Robiola. El instituto se constituyó en los 60 en un polo para el arte de vanguardia y la producción de saber crítico, mientras sufría los embates de la censura y el pensamiento conservador. “A tres cuadras de un Jockey Club que no se resolvía a resurgir de sus cenizas, una institución que llevaba el más célebre de los nombres surgidos de la nueva burguesía industrial ejercía en el más alto nivel el arbitraje de las modernas elegancias”, definió, con estilo, el historiador Tulio Halperín Donghi, uno de los tantos intelectuales y artistas que se formaron en el Di Tella.

Publicado en Página 12

El Instituto Di Tella: La cultura de Buenos Aires entre dos fuegos

El Instituto Di Tella y sus Centros de investigación y estímulo de las artes plásticas, el teatro y la música, generó, en los años 60, una de las instituciones culturales más significativa en toda Latinoamérica. A pesar de actualizar y modernizar las disciplinas artísticas en el continente, la radicalización de la izquierda y la derecha convirtieron al instituto en sospechoso permanente para ambas ideologías. Aquí presentamos este informe, publicado originalmente en el Especial 60 de Zona de Obras.

Los gobiernos posteriores a la caída del General Perón alentaron el desarrollo de la investigación científica y cultural en Argentina. Se crearon, entre otros, el Fondo Nacional de las Artes, el Instituto Nacional de Cinematografía y el Instituto Nacional de Tecnología Industrial. A finales de los años 50, fundaciones como Ford y Rockefeller subvencionaban proyectos de desarrollo en América Latina y el Museo de Arte Moderno de Nueva York realizaba muestras de arte norteamericano como la cara cultural de la guerra fría.

En Argentina, la firma Siam Di Tella era líder en la producción de electrodomésticos y en la industria automotriz. Tomando el modelo norteamericano de financiación corporativa se creó, a principios de los 60, la Fundación Di Tella, que promovía  la investigación social, económica y cultural. Los fondos del Instituto surgían de la cesión de acciones de la empresa, de subsidios internacionales y, en menor medida, de la obtención de recursos propios.

Buenos Aires pretendía proyectarse como un centro cultural internacional con una vanguardia artística propia y reconocida en el extranjero. De hecho, una clase media fortalecida y reaccionaria absorbía el cine de Bergman y el psicoanálisis, sin la resistencia puesta en otras metrópolis tradicionales europeas.

Las agencias de publicidad y marketing se reproducían aceleradamente y la comunicación cotidiana se veía influenciada por el lenguaje típico de la comercialización norteamericana. Se reconoció a la juventud como un mercado potencial, comenzaron a aparecer nuevos estilos de vestimenta que rompían con los modelos de los «mayores» y la moda se independizó de la tradición heredada. La comunidad artística argentina estaba abierta a las nuevas tendencias internacionales y se experimentaba con arte informal, destructivo u objetual al mismo tiempo que en los principales centros culturales mundiales.

El teatro independiente ya llevaba varios años trabajando con jóvenes dramaturgos de la talla de Gorostiza, Cosa y Halac, entre otros, y los talleres de estudio experimentaban con formas no tradicionales de expresión.
Festivales de música latinoamericanos permitían dar a conocer la obra de los jóvenes compositores argentinos, discípulos de Ginastera y Paz.

LOS PRIMEROS AÑOS

A principios de la década de los 60, Buenos Aires era una ciudad pujante y el Di Tella se fundó en ese ambiente de expansión cultural. El Instituto no creó nada, sólo supo reunir las iniciativas dispersas bajo la forma de un proyecto que brindó instalaciones, fondos y respaldo para el desarrollo de una estrategia internacionalista. Esta combinación sigue generando críticos y adeptos incluso en la actualidad.

Instalado en el corazón cultural de la ciudad, el Instituto le cambió la cara a una de las calles más tradicionales de Buenos Aires. A escasos metros del Jockey Club (el centro aristocrático por excelencia) y próximo a la Facultad de Filosofía y Letras, estaba rodeado por los bares frecuentados por la intelectualidad porteña.

El músico de rock Claudio Gabis, ofrece la visión que tenía un joven a finales de la década de los 60: «El área de influencia del Di Tella, se notaba por el sutil aumento del largo de los cabellos masculinos y la proliferación de todo tipo de vestimentas más o menos estrafalarias. El cambio era tan notable que uno pensaba que podría encontrar a John Lennon o Mick Jagger tomando un refresco».

En sus inicios, el Instituto desarrolló una intensa actividad cultural fortalecido por la sólida situación económica de la empresa Siam Di Tella. Los jóvenes artistas encontraron un lugar donde demostrar sus exuberancias, poniendo en crisis el discurso del buen gusto y remplazándolo por lo comercial, lo efímero y lo placentero, postulados básicos de la cultura pop. La producción cultural no sólo se basó en la obra de arte sino que llegó a nuevas propuestas, como el diseño gráfico y la moda.

Los Centros Di Tella quebraron la concepción tradicional de los Premios Nacionales.Romero Brest, director del Centro de Artes Visuales, no seleccionaba pinturas u objetos ya realizados, invitaba a un artista para asignarle una zona en las salas de exposición.
Muestras de artistas como Le Parc y Mac Entyre convivían, en el espacio de la calle Florida, junto a exhibiciones como «Picasso, 150 grabados» y obras de Xul Solar. El público, conformado en su mayoria por una intelectualidad progresista, respondía a estas propuestas en forma masiva.

Pero el éxito del Instituto llevaba implícito un enorme caudal de críticas. Se lo acusaba de estar al servicio de la moda y de la búsqueda de lo escandaloso, sustentado en una vanguardia elitista y frívola.

LA CRISIS DE MEDIADOS DE LOS 60

A pesar de las críticas recibidas, el Instituto funcionó con éxito hasta que, a mediados de los 60, la empresa Siam Di Tella entró en una profunda crisis económica. La restricción financiera para las actividades culturales llevó a cambios estratégicos en la administración, que sólo permitía subsistir a los jóvenes artistas locales. Para finales de la década, el grupo de artistas que constituía el apoyo al Centro se había alejado por diversas razones y la crisis financiera era irreversible. El cierre de los Centros marcó el inicio del final.

El otro desencadenante del cierre del Instituto fue la radicalización ideológica producida a mediados de la década. Los centros eran atacados por la derecha y la izquierda. Se los consideraba decadentes y peligrosos, malformadores de la juventud, con un discurso capitalista para algunos y marxista para otros.

El gobierno militar de 1966 inició una ofensiva oficial contra la propuesta cultural del Instituto. Se lo asociaba a loshippies, la marihuana y la destrucción de la moral y las buenas costumbres. Ejercer presión económica sobre el grupo empresarial y la clausura de muestras, sumada a la represión policial fueron las principales armas que se dispararon desde los sectores denominados nacionalistas.

Por su parte, comienza a surgir una nueva identidad social de tinte populista, antielitista y antiintelectual. Basada en el rechazo de los modelos extranjeros y fomentando una nueva conciencia nacional, se propiciaban las formas populares, el arte mural, la pintura espontánea y el teatro callejero. Este nuevo clima intelectual convirtió a la propuesta cultural del Di Tella en blanco fijo de sus críticas. El arte como forma de lucha popular no aceptaba un modelo asociado al imperialismo y la «oligarquía extranjerizante».

EL FINAL

A comienzos de los 70 el Instituto se encontraba acorralado. El optimismo de principios de la década anterior se transformó en un enfrentamiento entre dos modelos ideológicos que rechazaban la propuesta cultural del Di Tella. El cierre era inminente y reflejaba las tensiones de la sociedad argentina en aquel momento. En mayo de 1970 se ofreció el último espectáculo a cargo de Marilú Marini. Para finales de 1971 ya no se realizaban trabajos nuevos en arte y el laboratorio de música pasó a manos de la Municipalidad.

El cierre definitivo del Centro significó el final de una década optimista. También marcó el inicio de una de las etapas más violenta y sanguinaria al sur del Continente. El balance del aporte cultural realizado por el Instituto Di Tella es una asignatura que, a más de cuarenta y cinco años de su cierre, aún se encuentra pendiente.

ENTREVISTA CON RUBÉN FONTANA
Memorias del Di Tella

Rubén Fontana fue director de la revista Tipográfica y titular del estudio Fontana Diesño, también es profesor de Tipografía en la Universidad de Buenos Aires. Sus inicios profesionales coincidieron con el nacimiento y posterior apogeo del mítico Instituto Di Tella. Junto a Juan Carlos Distéfano fue responsable de la imagen gráfica del Instituto en una década que actuó como punto de inflexión para la cultura argentina.

¿Cuál fue la propuesta que convirtió al Di Tella en la vanguardia cultural de los años 60?
Creo que la propuesta fue definida por el perfil de la gente que dirigía la fundación. Era gente muy joven, de unos treinta años, influenciada por los nuevos movimientos culturales de finales de los 50. Ellos pusieron al frente de los diferentes Centros a personalidades de las vanguardias nacientes, gente como Romero Brest y Alberto Ginastera. Esto permitió que artistas con propuestas renovadoras encontraran un espacio donde expresarse, desarrollando así una corriente excepcional.

¿El Di Tella fue una vanguardia transformadora, o sólo un movimiento elitista y superficial?
Las dos definiciones valen, había de todo. Gente que creía profundamente en la vanguardia y los que jugaban a ser modernos. Lo realmente importante del Di Tella fue la creación de un espacio de expresión. El caso de Roberto Villanueva fue paradigmático, comenzó a dirigir el Centro de Experimentación Audiovisual del instituto en el 64. Vos le golpeabas la puerta y le mostrabas la idea de un espectáculo y de una forma u otra él te daba la posibilidad de ensayarlo. Atrás tuyo iba otro, y otro y se les abrían las puertas a todo el mundo.
Haciendo un balance de la época, creo que muchos de los espectáculos del Instituto eran malos. Ahora, había espectáculos de gran calidad que, de otra forma, nunca se habrían realizado en nuestro país. Había vanguardismo, había elitismo, había de todo. El Di Tella fue un gran caldero.

¿El peso social que tenía Buenos Aires convirtió al Di Tella en un movimiento cultural típicamente urbano?
Pensar eso seria muy pretencioso. Era un movimiento de una elite cultural de un sector de Buenos Aires, pero no era un movimiento delimitado a la Capital Federal. Mucha gente de otros lugares del país se acercaban atraídos por la propuesta del Instituto. Es más, al Centro de Altos Estudios Musicales venían personas de cualquier lugar de Latinoamérica. El movimiento excedía los límites de Buenos Aires, pero el Di Tella no era Buenos Aires, era una vanguardia. No podemos hacer una cosa para todos y ser vanguardistas.

¿Qué cosas dejó el Di Tella en su década  de existencia?
Dejó en los artistas una apertura a nivel de conciencia de su potencial creativo. En muy poco tiempo se desarrolló un movimiento reconocido en todo el mundo. La gente se dió cuenta que se podía hacer plástica como en Nueva York, o teatro de vanguardia como en Roma. Se podía pensar. La gente supo que intelectualmente no estabamos en el tercer mundo, aunque en algunos aspectos, sí pertenecíamos a él. Muchas personas comenzaron a ver las cosas diferentes a partir del Di Tella.

¿Cómo convivió el Di Tella y su propuesta artística con los movimientos revolucionarios latinoamericanos del 70?
Todos éramos jovenes, el ambiente era culto y había muchas inquietudes pero, por las características del lugar, nunca iba a salir de allí una revolución. En realidad se observaban los procesos revolucionarios con una visión inteligente. Las ideas del Mayo Francés impactaron con gran fuerza al igual que la revolución cubana. Pasaban cosas en Latinoamérica y en el mundo. Había esperanzas e inquietudes que lamentablemente se frustraron.

¿Los artistas del Di Tella superaron la propuesta inicial del Instituto?
El Di Tella fue una parte importante de la cultura argentina. No podías ser indiferente. Creo que la fuerza que tenía como conjunto no fue superada por las individualidades. A partir del Di Tella la cultura comenzó a ser atacada. Tal vez por eso, se enterró prematuramente una idea que podía haber dado mucho más para el país y el desarrollo cultural argentino.

Publicado en Zona de Obras
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