Yma Sumac, incomprendida en su tierra

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Cuando a finales de los años cuarenta, Yma Súmac regresó al Perú después de su exitosa primera gira internacional por Brasil, Argentina y Chile, quiso ofrecer un concierto en Lima y para ello pidió el Teatro Municipal. Pero no se lo concedieron por su supuesta «falta de calidad». Curiosamente, a la semana siguiente, los mismos administradores cedieron la sala para la presentación de una compañía de perros amaestrados.

«A ese extremo ha llegado el desaire de este país hacia la diva», recordó Alejandro Yori, el hoy ya fallecido crítico de canto lírico y amigo de la diva peruana, en una entrevista con el periodista Enrique Planas en el 2006.

En efecto, el Perú, como suele hacerlo con muchos de sus artistas, ha sido una tierra ingrata para sus hijos más exitosos. Como indicó Yori, los peruanos de entonces no le perdonaron a la intérprete haber adoptado la nacionalidad norteamericana en sus tiempos de mayor éxito.

«En 1955, cuando ella se encontraba en el segundo puesto de las listas de música en Estados Unidos, solo por detrás de Bing Crosby, ella debía pagar, como extranjera, muchísimos impuestos. Si no gustaba en el Perú, y en Estados Unidos tenía tanto éxito, era lógica su elección. Sin embargo, cuando regresó al Perú, al visitar el Cusco la recibieron con pedradas. A Yma Súmac se la ha tratado siempre muy mal», dijo Yori.

INTENTO DE RECONCILIACIÓN
Yma Súmac no fue indiferente ante tanto olvido. Por eso, mantuvo con el Perú una relación distante y fría que llegó a su fin en 2006.

En mayo de aquel año, Yma Súmac regresó al Perú para recibir la Orden El Sol en grado de Comendador. Esta acción intentó corregir una injusticia histórica con la cantante.

¿Pero cuál pudo ser la causa de este desencuentro entre la diva y el público limeño? Para los críticos, la respuesta puede estar en el rechazo de los más fundamentalistas a la fusión musical.

Como recordó en su momento Miguel Molinari, promotor cultural y uno de los responsables del regreso de Yma Sumac en 2006, la cantante fue la primera en mezclar la música folclórica con el jazz, el mambo o el rock, un pecado para los puristas, que se burlaban de las portadas de unos discos que más parecen de opereta, con disfraces costosos y joyas lujosas.

Lejos del repertorio utilizado en sus giras en América Latina, cuando cantaba los más clásicos temas del folclor andino, en sus exitosos discos vendidos en Estados Unidos con los arreglos de su esposo y mánager Moisés Vivanco, la diva no tuvo problemas en hacer concesiones al gusto estadounidense, que la celebró pero también etiquetó con el concepto de «exótica».

Hoy que han transcurrido 94 años del nacimiento de la leyenda, sería bueno que, además de los reconocimientos merecidos, el gran público peruano la redescubra olvidando los viejos prejuicios.

 

Publicado en La República
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