Gilda: La película

En Contexto
Gilda fue una de las cantantes más populares de Argentina y América Latina de los últimos años del siglo XX. Quien fuera Miriam Bianchi hasta casi sus 30 años, maestra jardinera y madre de dos hijos, se convirtió en Gilda para llevar adelante su sueño de cantar. Con sólo cinco años de carrera, murió en un accidente de tránsito el 7 de septiembre de 1996, se convirtió no sólo en un referente indiscutido de un género musical, sino en una santa popular a la que miles de personas le rinden devoción
Por Rolando Gallego

El 28 de mayo dio por terminado el rodaje de Gilda: No me arrepiento de este amor (2016), biopic de Miriam Alejandra Bianchi Scioli, la cantante conocida popularmente como Gilda, fallecida hace 20 años en un trágico accidente automovilístico y con el que la realizadora Lorena Muñoz debuta en la ficción. «Gilda es de todos, pero con la película quisimos no solo pasar por Miriam cantante, sino también por Miriam mamá, maestra jardinera, amiga…», dice Natalia Oreiro en diálogo con EscribiendoCine.

La película, protagonizada por Natalia Oreiro, y con un elenco que incluye a Ángela Torres, Susana Pampín, Roly Serrano, Javier Drolas y Lautaro Delgado, entre otros, es producida por Habitación 1520, Benjamín Ávila y Maximiliano Dubois y la co- producción de Telefé Films.

“Es difícil ahora despegarme de la sensación de que acabo de terminar de filmar” confiesa Natalia Oreiro en una charla con EscribiendoCine. “Llegué a casa y lo que tenía era una sensación de paz, de decir, bueno yo puse todo, mis ganas, mi trabajo mi esfuerzo. Fueron ocho semanas de rodaje, y hubo un trabajo previo de ensayo y de investigación muy fuerte. Trabajamos mucho con Lorena Muñoz y de manera muy rigurosa para encontrar a Gilda”, afirma.

“Trabajamos con parte de su familia, amigas, que no solo me contaron cómo era ella sino que me dieron prendas, sus aros, sus pulseras, su reloj, que lo uso en la película como un amuleto para mí y eso también le aporta a la película mucha verdad”, continua dialogando sobre el proceso previo al rodaje de la película tan anhelada por ella.

Sobre la necesidad que tenía de hacer el film cuenta “Gilda es de todos, pero con la película quisimos no solo pasar por Miriam cantante, sino también por Miriam mamá, maestra jardinera, amiga, una mujer de 30 años con, para muchos, la vida resuelta y que decide dar un volantazo, y cambiar su vida con dos hijos y separarse, meterse en la cumbia, en contra de su madre. Para ella un cimbronazo pero ahí radica lo interesante del hecho cinematográfico en sí”, sostiene la actriz de Wakolda y Miss Tacuarembó.

Por su parte la directora Lorena Muñoz manifestó estar muy contenta de haber podido pasar del cine documental a la ficción y de hacerlo con este film “esta película es muy grande, en producción, cantidad de extras, todo en relación a los documentales que yo hago, que son de autor, por llamarlos de alguna manera y esta película igual es de autor y espero que la gente se sorprenda cuando la vea”.

Sobre el trabajo con los actores, algo a lo que no estaba acostumbrada asegura que trabajó con actores brillantes, pero también humanamente, «que para mí es muy importante, que disfruten el trabajo y no lo padezcan” y además agregó que tuvo que adaptarse a la nueva manera de trabajo a pesar que muchos le indicaron que iba a ser difícil filmar el guion “mucha gente que respeto me decía que no lo íbamos a poder filmar todo, que era muy difícil de filmar por la puesta en escena, la cantidad de planos secuencia que teníamos pensados. Una de las referencias para mí era Opening Night (1977) de John Cassavetes, director que amo, y me decían no sé si vas a poder, en ocho semanas de rodaje, una película argentina está en seis o cinco semanas promedio de rodaje, pero estoy muy contenta con el resultado”. Para terminar agregó información sobre las expectativas ante el estreno en septiembre “creo que si uno hace las cosas con trabajo, respeto, amor y pasión lo que vuelve es eso mismo”.

Gilda: No me arrepiento de este amor tiene una línea narrativa central que se desarrolla entre 1990 y 1996 y dos subtramas: una que muestra a Gilda cuando era niña, y admiraba a su padre, de quien recibió la inspiración artística. Y la otra es su adolescencia, interpretada por Ángela Torres, la muerte de su padre, y el momento en que termina de definir su vocación musical.

Para la actriz Susana Pampín (Dos Disparos, La luz incidente), que interpreta en el filme a la madre de Gilda, Tita, manifestó su felicidad por participar del rodaje “fue muy grato estar en este mundo, compartir con Natalia, fue muy divertido, pero también de una gran responsabilidad el interpretar a alguien que existió”. Y sobre cómo la gente recibirá la propuesta, Pampín fue contundente: “con mucha felicidad y sorpresa, porque hay mucha gente que no conoce la vida de Gilda, una amiga cuando se enteró que estaba en la película me dijo ‘yo la sigo desde no sé donde’ y hasta personas que no saben nada de ella, para mi será interesante acercar la visión de ella desde otro lugar. Además las canciones de Gilda son la banda sonora de nuestras vidas, ya por el hecho de la música y de ver a Natalia haciendo de Gilda yo iría”.

Por último, Lautaro Delgado, que vuelve a repetir pareja con Natalia Oreiro tras Francia (2009), también dialogó con EscribiendoCine sobre su interpretación (hace del primer marido de Gilda) y sus expectativas: “Hay mucha ansiedad por el sueño de Natalia de hacer el personaje, yo que hace tiempo la sigo he visto los cambios conceptuales y físicos, y ese proceso de transformación de una actriz es valioso en sí mismo para ir a verla” y redobló la apuesta “también el debut de Lorena Muñoz en la ficción es para verla. Cuando terminamos ayer, y con el sueño cambiado que tengo, puse en INCAA TV Gatica, el mono (1993) y detecté cierta herencia de Favio en el cine de Lorena, que trasciende a Gilda, el viaje estético que van a ver va a estar muy bueno, les va a resultar entretenido y visualmente y poéticamente potente y maravilloso. Hay muchos “actores” que se juntan para hacer de Gilda: No me arrepiento de este amor una pieza arte que trasciende”.

El estreno de Gilda: No me arrepiento de este amor será para septiembre de este mismo año, en coincidencia con el vigésimo aniversario de la muerte de la cantante, fallecida a los 36 años en un accidente en Entre Ríos junto a su madre y su hija mayor.

Publicado por Escribiendo Cine

Gilda: el ícono pop que se transformó en película

Por Tamara Tenenbaum

¿Cómo puede ser que no haya una película sobre Gilda? La pregunta se ha repetido por años entre fans, músicos, cineastas y simples curiosos. Hoy, 20 años después del accidente que la mató con sus músicos, su mamá y su hija en la ruta 12, el interrogante llega a su fin: a las generaciones futuras les quedará discutir en cada fiesta en la que se baile al ritmo de «Corazón Valiente» si Gilda, no me arrepiento de este amor estuvo a la altura de la historia que tenía que contar y, ante todo, de la diva que la inspiró. Como anticipo a su estreno aventuramos algunos apuntes sobre los significados sociales y culturales de Gilda, el modo en que todavía hoy se puede leer su figura y el tipo particular de «revival» que representa la película de Lorena Muñoz.

Es curioso ubicar a Gilda en un linaje. Si hablamos con sus seguidores, una de las palabras que más aparecen a la hora de describirla es «única», y en un sentido tienen razón: su carisma, su talento y las pasiones que despierta le dan una aura efectivamente irrepetible.

Sin embargo es posible poner a Gilda en relación con otras ídolas latinoamericanas que han dejado legados imborrables, y en particular con una: Selena Quintanilla-Pérez, más conocida por su nombre de pila, la reina indiscutida del estilo tex-mex que fue asesinada por la presidenta de su club de fans un año antes de la muerte de Gilda. Además de sus fallecimientos trágicos y tempranos, el magnetismo y un parecido físico llamativo, Gilda y Selena tienen en común haber conquistado ambientes musicales profundamente machistas.

Selena fue la primera gran artista mujer del género texano y quien llevó el estilo al mainstream de los Estados Unidos. En el caso de Gilda, si bien en los 90 había mujeres en la música tropical como Gladys «la Bomba Tucumana» o Lía Crucet, Gilda se distinguió de ellas tanto desde su look como desde lo que pretendía para su música. En un submundo dominado por rubias exuberantes enfundadas en calzas de Lycra brillante, Gilda (que había estudiado para ser maestra jardinera) se mostraba sensual, pero con una fibra angelical e inocente. Además, y esto también a diferencia de Selena, Gilda era autora: escribía sus propias canciones, hoy versionadas y reconocidas por muchos músicos incluso por fuera de la música tropical. Y en términos de geografía cultural, tanto Selena como Gilda fueron representantes de estilos -que además de pretendidamente «marginales»- eran híbridos o sincréticos: el tex-mex es un género característico de ambos lados de la zona de frontera entre los Estados Unidos y México, cuyas raíces se remontan al siglo XIX. La bailanta o música tropical, por su parte, resulta inicialmente la versión blanca, argentinizada, de ritmos de raíz afrocentroamericanos, como la cumbia, el merengue o el guaguancó cubano.

Además de estos rasgos que las emparentaron en vida, la muerte les trajo aún más parecidos: Gilda se convirtió en una santa a la que sus seguidores le piden milagros y le hacen promesas. Selena, por su parte, también se integró de alguna manera al culto religioso en su zona de influencia: la Fiesta de la Flor, que se celebra todos los años en Texas, le rinde a ella especial tributo. Finalmente, ambas tuvieron sus películas, aunque Hollywood fue mucho más rápido: la película Selena, protagonizada por Jennifer Lopez (entonces casi una desconocida), se estrenó apenas dos años después de su muerte. Un dato curioso es que Jennifer Lopez nació en 1969, dos años antes que Selena; probablemente se trate del único caso en que el o la protagonista de una biopic es mayor que la persona a la que interpreta.

A través de los años y los géneros encontramos otras representantes de esta tradición de heroínas latinoamericanas de muertes tempranas, personalidades magnéticas y vidas plenas de sangre, sudor y lágrimas. En 2012, en un accidente aéreo, falleció Jenni Rivera, apodada «la Diva de la Banda» (en un estilo musical nacido en Sinaloa, conocido por su abordaje explícito del narcotráfico mexicano), que hizo en vida un disco tributo a Selena.

Conversando con Lorena Muñoz (que en 2003 codirigió y coescribió con Sergio Wolf Yo no sé que me han hecho tus ojos, documental de otra diva argentina, Ada Falcón) sobre las biopics que vio en su investigación previa a la película, aparecen dos referencias más lejanas, pero igualmente interesantes: la gran Violeta Parra, que se suicidó en su Chile natal a los 49 años y en cuya vida se basa la película Violeta se fue a los cielos, de 2011, y la pintora mexicana Frida Kahlo, que falleció a los 47 de una embolia pulmonar. En relación con la vida de Frida, Muñoz recomienda, más que la conocida película con Salma Hayek, un film independiente de 1983 titulado Frida: naturaleza viva, del mexicano Paul Leduc. ¿Pero qué tenía Gilda de tan especial para llegar a ocupar el lugar que hoy tiene en el imaginario popular? Una sonrisa encantadora y un par de buenas canciones no pueden ser suficientes. La muerte trágica ayuda, pero, dice Pablo Semán, antropólogo, profesor en la Unsam y coautor de Cumbia. Nación, etnia y género en Latinoamérica, tampoco se trata sólo de eso: «Hay toda una trayectoria heroica previa que repercute sobre el hecho de la muerte temprana y trágica, una idea de un sacrificio como mujer, que encaró una carrera y se jugó por eso. Son esas dos cosas, la muerte, pero también su vida, las que inciden en esa característica de mediación especial con lo sagrado que se le concede».

Gilda aparece entonces como una mujer fuerte: el camino que recorrió en la industria de la bailanta, abriendo a la fuerza puertas que ningún caballero galante le sostenía, es clave en la constitución de su figura. Suena raro vincular la idea de la santidad con una noción tan feminista, pero en el caso de Gilda el sacrificio aparece ligado no a la entrega a algo ajeno, sino a su propia vocación, o más aún, a su propio deseo.

Este llamado a afirmar el deseo aparece todo el tiempo en la poética de sus canciones: «Su posición de valentía amorosa también es importante en la constitución de la calidad moral del personaje, tiene que ver con la autonomía también. Puede funcionar como un ícono pop para mujeres de sectores populares donde temas como la autonomía de la mujer en el sentido de la valentía en el amor, el jugarse por el amor, son importantes. Obviamente no en los términos del feminismo clásico, pero probablemente autonomice mucho más eso que Simone de Beauvoir», aventura Semán.

Muñoz concuerda: «Gilda para mí es como una predicadora del amor -dice entusiasmada-. Ella es una mujer que lo que había logrado lo hizo desde un lugar de mucho honor. Las pocas mujeres que había en la bailanta se vendían desde un lugar de símbolo sexual, pero Gilda se plantó y dijo no. Ella no cambia, ella se mantiene, es quien es. Creo que eso es muy querido y muy respetado».

Es interesante la elección de Natalia Oreiro, una actriz y cantante con un brillo propio imposible de camuflar. Esta cualidad reconocible, sin embargo, lejos de restarle a la posibilidad de construir el personaje podría potenciarlo, dice Semán: «De alguna forma, Natalia Oreiro redobla algunas de las características morales que aparecen ligadas a la figura de Gilda. Es una mina hiperreconocida, pero no es una diva mala, es una mina reconocida como buena mina, una mina jugada en sus opciones amorosas, que connota moralmente la trayectoria del personaje, no protagoniza escándalos como otras divas. Es un personaje que es visto como auténtico y eso también aparece en Gilda. Entonces tenemos una mina que es auténtica y que no por eso deja de autoafirmarse; igualito a Gilda», dice. Quedan un par de semanas de espera, pero vale la pena ponerle unas fichas al proyecto. Otro detalle para sumar a la expectativa: tanto la directora como las dos guionistas (Muñoz y Tamara Viñes) son mujeres.

Publicado por La Nación

 

Natalia Oreiro: «Los fans de Gilda me ven como una médium»

Natalia Oreiro no sabe qué estaba haciendo aquella tarde del siete de septiembre de 1996 cuando Gilda murió en un accidente en la ruta. Sí recuerda que tenía sus discos, que tarareaba canciones, que la había visto alguna vez por televisión o en una foto…

-¿Y qué más, Natalia?

Recuerdo que cantaba tan dulce que me conmovía. Que escribía sus propios temas y que hablaba del amor desde un lugar muy simple.

Le cuesta, dice, sacudirse al personaje que interpretó en Gilda, no me arrepiento de este amor, una película basada en hechos reales sobre la vida de la cantante tropical. El estreno será el 15 de septiembre, días después de cumplirse veinte años de su muerte. En esa época, Oreiro brillaba en la tira 906090 Modelos, donde había conseguido su primer protagónico. Los ojos color musgo, la piel de nieve: la chica irrumpió en la tevé como un rayo que partía el día.

¿Cómo se construye un famoso? Es la mañana de un jueves de julio y Natalia Oreiro llega tarde a la casa de Barrio Parque donde le tomarán las fotos de este reportaje. Sobre una mesa hay varios vestidos que la actriz no querrá usar. A cambio mandará a buscar uno largo, blanco, de broderie, que deja sus hombros al descubierto. Le pide al maquillador que le ponga “pestañitas”, unas cerdas negras y artificiales que vienen en un estuche y se adhieren al párpado con pegamento. Y que, además, le haga “labios”, un técnica que consiste en ensanchar la boca pintando más allá del contorno. Al estilista le muestra la cuenta de Instagram de una revista europea y le dice: “¿Ves? Unos rulos, pero desarmados, abiertos, y el flequillo, quebrado”. Enseguida, el chico enchufa la buclera. Al fotógrafo le pedirá que borre con algún programa el tatuaje que lleva en su tobillo –una pulsera de espinas, decolorada por el tiempo– y también las marcas que le dejaron en los pies esos zapatos negros con punta de flecha y taco aguja, acharolados: una tortura.

Natalia Oreiro tiene 39 años y una sonrisa de diseño que la vuelve encantadora hasta cuando dice “no”. Conserva ese fuego de Lolita que le adjudicaron al comienzo de su carrera, cuando era adolescente. Pasaron dos décadas: Oreiro apenas tiene el cuerpo más maduro.

El último show de Gilda tuvo lugar en los estudios de Crónica TV. Vestía un jumper blanco y botas de caña alta. El pelo suelto, los labios delineados por fuera. Su banda mentía los primeros acordes con un playback de Fuiste cuando entró en pantalla.Era su hit: ganarse ese espacio le había costado cuatro años (y su empleo de maestra jardinera, más el disgusto de su familia y una separación). La platea los ovacionó. Tenía 35 años.

Luego, ella y sus músicos subieron a un colectivo que los llevaría a Chajarí, Entre Ríos, donde darían un concierto. Gilda fue con sus hijos, Fabrizio, de entonces ocho años, y Mariel, de seis. También iba su madre, Doña Tita. Era un micro adaptado para giras, con tres filas de asientos dobles, seis cuchetas y un espacio al fondo para los instrumentos. El grupo hacía unos quince bailes por semana: estaban agotados y aprovechaban el viaje para dormir.

La tarde del accidente llovía tanto que el aire parecía un vidrio rayado. Renato Santana –30 años, brasileño– conducía un camión de carga. Iba fuerte: ciento cinco kilómetros por hora. A la altura de Ceibas (una localidad a poco más de media hora de Gualeguaychú), mordió la banquina y se cruzó de carril. La trompa de su camión chocó el frente del colectivo. El chofer del micro de gira no resistió el impacto. Algunos músicos quedaron atrapados entre las camas, tres murieron. La inercia del golpe expulsó a Gilda de la butaca, igual que a su hija y a su madre: sus cuerpos quedaron tendidos cerca de la banquina. En el juicio, el camionero se declaró inocente y dijo que cuando salió de la cabina, escuchó el llanto de un niño, quejidos, la melodía sostenida del agua que caía.

Oreiro supo eso mucho después.

Ahora, en la casa del barrio de Palermo que comparte con su pareja, Ricardo Mollo, y el hijo de ambos, Merlín Atahualpa –de cuatro años, a quien llama Atita–, Oreiro se sienta en un sillón de cuero y apura un café con leche. La habitación es pequeña, de techos altos, decorada, como el resto, en turquesa y rojo. Hace frío aquí, y afuera.

De Gilda, Oreiro ensayó hasta la forma de mirar. Pero sobre todo investigó la vida de Miriam Alejandra Bianchi, nombre real de la cantante. Llegó al hueso de esa mujer que derrumbó prejuicios para cumplir su sueño de cantar cumbia. El desafío fue despojarla del mito. Y en ese proceso se dio, algo así, como una simbiosis.

Gilda era un éxito en Perú y Bolivia, mientras que aquí le costaba crecer. Hay poco material fílmico y su muerte la convirtió en leyenda. ¿Cómo preparaste el personaje?

Fue una tarea difícil porque queríamos abordar a la Gilda artista, pero sobre todo a Miriam, una mujer más sufrida, más real, la persona que tuvo todo en contra a la hora de cumplir su objetivo, que era ser artista tropical. Ni su físico ni su origen de clase media la ayudaban. Esa forma dulce de cantar era una novedad en el ambiente de la cumbia, donde ser mujer también era una desventaja. Su familia no la apoyaba… tampoco su marido. Hubo que reconstruirla. Para eso me reuní con sus mejores amigas. Ellas me aportaron su costado más familiero y me prestaron ropa que ella solía usar. Todo lo que pudieran darme de Gilda –de Miriam, mejor dicho– me servía como amuleto, sentía que ella estaba presente con su energía. También hablé con sus plomos, sonidistas, personal de seguridad y sus músicos.

Y bajaste de peso.

Es que Gilda era muy flaquita. Tuve que afinar piernas y caderas, con ejercicios en un elíptico y gimnasia localizada. También aprendí a bailar como ella. Yo tiro caderazos, ¿viste? y Gilda tenía un sex appeal más angelical, cero provocativo. Yo no soy imitadora. Tenía claro que el parecido físico iba a darlo el entorno, el vestuario, el peinado, el maquillaje. Quise captar la esencia de Gilda, su mirada, el tono de voz. Me obsesioné con su gestualidad.

Hubo al menos tres proyectos para filmar la vida de Gilda, pero el hijo no cedía los derechos.

Cuando Lorena Muñoz, la directora de la película, se acercó para ofrecerme el personaje, le dije: “Sí, obvio, yo soy Gilda”, e inmediatamente le aclaré que no iba a poder conseguir los derechos porque sabía que Fabrizio no los quería vender. Yo lo entendía. Para él no era Gilda, era su mamá. El sufrió mucho porque en el accidente también murieron su abuela y su hermana.

¿Y al final, por qué aceptó?

Supongo que porque fue papá, porque querría que su hijita conociera la historia de su abuela y porque Lorena lo visitó varias veces para convencerlo. La última vez dejó en el buzón una carta y un CD con No me arrepiento de este amor, que grabé especialmente para él.

¿Qué decía la carta?

Hablaba de la admiración que siento por ella, como cantante y como mujer. Le escribí que había muchos puntos en común en la vida de su mamá y en la mía, como el hecho de tener un sueño y trabajar para conseguirlo, independientemente de las circunstancias… Eso de sentirte un poco sapo de otro pozo. ¿No? A mí también me pasó. Bah, me pasa.

En 1994, Natalia Oreiro abandonó el secundario y también El Cerro, la barriada de Montevideo, en Uruguay, donde vivía. Había sido paquita de Xuxa y la cara de un comercial de tampones. Ya en Buenos Aires obtuvo un pequeño papel en Dulce Ana, una novela emitida por Canal 9. Dos años después de su llegada, la sumaron al staff de otra tira, Inconquistable Corazón. Pero con su participación en 906090 Modelos se convirtió en una figura. Su mentor fue Alejandro Romay, el hombre que, según ella, le “dio clases magistrales de negociación de contratos”. O él era bastante didáctico o ella fue su mejor alumna porque, para 1998, a los 21 años, Oreiro ganaba un millón de dólares al año y superaba en rating a Susana Giménez. Así se convirtió en la invitada de honor de los hogares clasemedieros: los maridos estaban fascinados con su presencia televisiva, para las esposas era como una ahijada, las chicas querían ser como ella y los chicos, que fuera para ellos. Eso le dio permanencia.

Te fue bastante bien como para sentirte “un sapo de otro pozo”.

Tuve suerte. Estaba Alejandro (Romay), que me acompañó muchísimo. Yo desde chiquita quería ser actriz, pero cuando decidí enfocarme en eso e instalarme en Buenos Aires, el desarraigo fue muy fuerte y también me hacían sentir “la distinta”. Y me sigue pasando, eh. Cada vez que quise dar un golpe de timón me hacían notar que el cambio le iba a costar mucho a la gente. Pero si me siento cómoda en un lugar, tengo que emprender un nuevo desafío. Y así hice tele, cine, música, diseñé una línea de indumentaria. En ese punto, Gilda y yo éramos parecidas. Ella estaba casada, tenía un marido, dos hijos, era maestra jardinera, de clase media. Y un día se dio cuenta de que algo le faltaba.

Corrían los ‘90 y Gilda, que quería meterse en el mundo de la bailanta, debía abrir un pasillo entre dos titanes: Lía Crucet y Gladys Labombatucumana. Ambas rubias, anchas, lujuriosas. A Miriam Alejandra Bianchi le pidieron que se operase los pechos pero ella apenas se sacó un lunar que tenía en la mejilla. Natalia Oreiro no se sometió a cirugías estéticas, pero jugó a ser una pin up, una superheroína, una muñeca rusa, engordó siete kilos para protagonizar la premiada película Infancia Clandestina. Ella y Gilda tenían algo –un brío, un magnetismo, un brillo– que la prensa definió como “ángel”.

¿Qué es tener “ángel”?

Uffff… Me enojaba tanto esa definición. Todo el tiempo me decían que yo tenía mucho ángel. Yo no entendía qué era y me frustraba. ¿No ven mi trabajo? Si hago una escena de drama o comedia, ¿qué ven? ¿El “ángel”? Estuve muy peleada con eso. Tenía chispa, era espontánea… pero ¿ángel? Nunca entendí qué era. Yo soy una chica común. Siempre lo fui. Después, me amigué con lo de “ángel”, pero me costó mucho, muchísimo.

Sin embargo es una característica que le atribuís a Gilda.

Pero Gilda murió. Sin llevarlo para el lado de la espiritualidad, la gente veía en ella a una santa que curaba enfermedades, le daban ese poder, esa energía. Todo el tiempo, durante la filmación, le pedí permiso para interpretarla. También fui al cementerio de Chacarita, donde está su nicho, y al santuario que levantaron en Entre Ríos. El rodaje fue muy intenso porque participó mucha gente que trabajó con ella. También los fans, que hicieron de público. Había mucha transferencia con ellos. Cuando me veían personificada, era como una médium de ella. Me decían “¡Volviste!”, llorando, o me pedían que los tocara para curar una diabetes, por ejemplo.

¿Y los tocabas?

Dejé que fluyera, sí. Sí.

Gilda se convirtió en un objeto de devoción a partir de 1996. Una secuencia vertiginosa: su voz musicalizó una publicidad de cerveza; Attaque77 reversionó uno de sus temas; Chiche Duhalde hizo su spot de campaña con el hit Fuiste; la Mona Jiménez debió compartir con ella un premio Gardel; vendió un millón de placas en apenas un año; llegó a disco de Platino, doble Platino, triple Platino; hubo dos homenajes oficiales a teatro lleno y cientos no oficiales en el país; santuarios en las casas y en las rutas, personas que dicen haber vencido al cáncer luego de rezarle.

Todo vino tras el accidente. Cuando Gilda murió, no había siquiera despegado. Oreiro, en cambio, ya planeaba.

En pleno éxito, decía que al cumplir 40 años compraría una isla para retirarse y también que prefería “no cachondear” al público a esa altura de su vida.

Nada de eso sucedió. Pasaron sí, otras cosas: separaciones varias, tres discos editados, giras, protagónicos en películas, algunos fracasos –como la tira Amanda O, que no superó los cuatro puntos de rating– conciertos multitudinarios en Rusia, conducciones de programas de cable, el compromiso con Mollo, un desnudo durante el embarazo, el hijo en común…

¿Cuándo es el punto final?

Hace unos días decidí tomarme seis meses sabáticos el próximo año. Es la primera vez que decido descansar en más de veinte años de trabajo. Estos meses estuvieron muy cargados de proyectos lindos, pero que me demandaron presencia. Soy muchas cosas: modelo, conductora, actriz, cantante… Y la verdad es que me dieron ganas de frenar un poco.

¿Qué tanto tuvo que ver Atahualpa en esa decisión?

Mucho. Me di cuenta de que en este momento lo que más quiero es ser mamá, disfrutar de la parte más casera de mi vida. Ser madre genera una dependencia, te diría, eterna: no dormís nunca más, nunca más estás sola. Como la mayoría de las mujeres con hijos, querés realizarte como mujer, salir con amigas, trabajar de lo que te gusta… Y también ser un madre muy presente.

¿Podés con todo?

Hago malabares. A mí me gusta llevar a Ata al jardín y a los cumpleaños de los amiguitos. También estoy en el grupo de papis de WhatsApp, algo que al principio no me copaba mucho, pero terminamos armando un grupo divino. A Atita le gusta que le lea y a mí me gusta mucho leer, así que vamos a la librería, nos llevamos muchos libros y elegimos uno por semana para leer a la noche. Creo que éste es el momento de parar. Me gusta ser mamá, me siento muy cómoda en ese rol. A Ata le gusta mucho el campo y a Ricardo también. Tenemos uno, en Carmelo. Nos encanta estar ahí.

¿El campo reemplazó la isla que querías comprarte para el retiro?

¡Hasta averigué cuánto costaba una en Brasil! Pero sí, lo reemplazó. Cuando era chica dibujaba un círculo y un puntito en medio. Y decía que era mi isla y yo, el puntito, ahí sola. Me gusta la soledad, pero ahora tengo una familia…

¿Qué hacés cuando te quedás sola?

Pienso un guión, la letra de una canción o qué voy a ponerme para una producción de fotos como la que hicimos hoy.

¿Y ahora quién sos? ¿La persona, el personaje o el personaje del personaje que vas a interpretar?

Digamos que trato de equilibrar esas tres cosas. Digamos…

Debe ser la sonrisa, eficaz, que la vuelve un encanto hasta cuando miente.

Publicado por Clarín

 

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