Todo lo que hay en Mi Santiago

844

Por Juan Tauil  

“El país de la selva”. En sus textos, Ricardo Rojas dice que así denominaban en épocas del virreinato al territorio que se extiende desde la cuenca de los grandes ríos hasta las primeras ondulaciones de montaña, zona que comprende la totalidad de mi provincia natal, Santiago del Estero y otros territorios provinciales parciales. Cuando uno anda por el país de la selva, la vegetación achaparrada y el paisaje plano no deja otra alternativa al forastero que animarse a visitar personajes como el legendario luthier padre de los bombos legüeros el Indio Froilán, interesarse en la insondable y vanguardista obra de Jacinto Piedra, visitar la casa-museo de Sixto Palavecino y sentarse en el fresco cuero de su sillón de peluquero y tomar mate con su hija Chini, una cantora de ley. Hay que adentrarse humanamente en esos parajes; es la única manera.

A medida que esas historias toman cuerpo, la belleza del entorno queda en evidencia pues, claro, estaba escondida detrás del cliché de la palmera a orillas del mar y la montaña nevada. Cuando eso sucede, es porque te estás enamorando de la tierra. Entiendes sus formas, comprendes su abundancia, abrazas su calor. En Santiago del Estero los árboles tienen esas hojas delicadas, sobre todo del tipo paripinnadas y bipinnadas, para que entren cómodos los rayos de sol y se evaporen fácilmente los calores. La mayoría de las plantas no crecen demasiado en altura, son espinosas para mezquinar el agua y algunas se tornan venenosas de incomibles; pero es común también encontrarse con enormes árboles, denominados “abuelos del monte”, que reinan en un determinado segmento de la espesura.

A la vera del camino siempre me cruzo con una especie de agave mucho menos carnoso que el mexicano pero cuyas espinas le doblan en ferocidad. Osé traer uno a la gran ciudad y todavía está enganchado en el vestido de una infortunada invitada que se la llevó por delante en una reunión en mi terraza.

Eso es otro don de mi tierra: el placer de encontrarse con amigos, familia y seres queridos para reír juntos entre carcajadas y libaciones.

No hay, en mi Santiago, como dije antes, demasiadas montañas (salvo unas cuantas formaciones en Ambargasta, Guasayán y Sumampa) pero hay profundas cañadas de tierra salitrosa que espeja el verdor escandaloso de los matorrales. Muy seguido encontramos modestas elevaciones plagadas de pencas y cardones y una especie de palmera enana retacona de tallo ancho que suelen crecer bastante alto pero son raras de encontrar. Circulan por la comarca pequeños riachos bordeados de totoras, plumerillos, ceibos venosos y un espectáculo de luciérnagas en la noche.

En los días bochornosos en los que el calor del día casi iguala al de la noche, los coyuyos ensordecen al visitante y lo sumergen en un profundo mantra que puede sorprender al desprevenido y sumergirlo en las catacumbas de las salamancas. Puedo dar fe de lo terroríficas que pueden ser las siestas santiagueñas, en aquellos solitarios parajes donde no se mueve ni una hoja y ni aún toda la claridad del sol alcanza para alumbrar los peligros que nos acechan.

Los pájaros son un capítulo aparte: los cardenales y su cresta roja son como flashes de fuego entre el vergel. Las monjitas, las corbatitas…pequeños pájaros de canto celestial. La reina mora azul, cuyo color violáceo es verdaderamente transmutante. El atajacaminos o hyanarca, ave del tipo rapaz, pariente de las lechuzas, tiene como costumbre acompañar al caminante solitario, posándose delante de él a unos metros, hasta que éste se acerca demasiado, entonces la criatura vuelve a tomar caprichosa distancia y así pasan las horas y los kilómetros con esta insólita compañía.

Hay sonidos en la espesura que son espeluznantes por su guturalidad y por la imposibilidad de discernir su origen: es un bosque impenetrable, de ahí su denominación popular.

Es muy difícil que esta región sobreviva sin ayuda de un Estado presente, dadas las condiciones climáticas, del suelo y una idiosincrasia mansa y todavía alejada de las prácticas capitalistas predatorias de las grandes ciudades. Dada por “inviable” durante varias décadas, mi provincia estuvo sumergida en un empolvado letargo, en el caldo de un unitarismo solapado y un desdén por los interiores sangrantes de la Patria.   Encuentro que en Santiago del Estero está el origen mismo del ser argentino; no es casual que la primera ciudad del país fuera nuestra capital, construida sobre un pantano infestado de mosquitos a la vera del río Dulce o Misky Mayu y que aún hoy sobrevive estoica a un clima humanamente invivible hace más de 463 años.

Leyendas como La Telesita, La Salamanca, El Kakuy, El Crespín y otras fábulas ejemplificadoras, propaladoras de arquetipos, fueron diseminadas por todo el territorio nacional por, entre otros factores, la interacción social del trabajador golondrina santiagueño obligado a la diáspora para emigrar de su tierra, hundida en el olvido.   Cuando uno camina por el monte, es muy común escuchar algún bombo y también el repiqueteo de algún chango que clava maderas o martillea piedras, proveniente de las casas cercanas. Las letras y los pensamientos me vienen ya sumidos en ese mantra.

Las primeras letras que escribí fueron archivadas durante años -quizás para alivianar la carga emocional de haberlas escrito a todas con visión de lágrima nebulosa- hasta que decidí entregarlas a alguna artista que debía ser mujer y que hubiera trabajado antes con literatura ajena.

Valeria Cini fue mi elección. Ya la había escuchado con su guitarra, sentía que su toque tenía los trazos de ciudad que buscaba y su experiencia en encontrar la música en poesías de artistas diversos la hacían ideal para mi proyecto performático-musical Sentime Dominga. La ductilidad y juventud de la voz de Valeria aportan frescura y energía, actitud con la que lleva adelante los ensayos de una manera cálida, constante y respetuosa.

Las canciones Somos, Travesti Toba, La Telesita y Chamán fueron gestadas de esa manera conjunta con Valeria, además de los arreglos y las reversiones, en ensayos lúdicos con la bajista Itu Itulain, la percusionista Veroki Barrera, el guitarrista Martín Santagada y otrxs músicxs que nos acompañan y aportaron como Bruno Abulafia, Matías Okosi, Lautaro Pane.

Medicada es una revista-disco, que contiene ocho canciones-publicaciones: viajes chamánicos, ecología y biopolítica, una editorial, un especial de horóscopo del signo Escorpio, carta de lectores, leyendas y fábulas del monte. Distribuida por Los Años Luz Discos, Medicada contó con el aporte de Javier Tenenbaum, un amigo entrañable, quien nos presentó al funkero Rafa Francescelli, laborioso encargado de las grabaciones, mezclas y juegos en la consola.

Medicada en Spotify

“Medicada”, el nuevo disco de Sentime Dominga se presentará el 1 de octubre, a las 21 horas, en el cierre del Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires (FILBA). Club Cultural Matienzo (Pringles 1249, CABA). Y el 14 de octubre tendrá su presentación oficial en el Teatro El Marechal (Leopoldo Marechal 1219, CABA)

Publicado en Anfibia
También podría gustarte