Arturo Corcuera, fabulador del verso

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Por José Vadillo Vila

La poesía se hizo un ovillo. Ayer no fue gratuito que las horas sean las más húmedas y frías, también amaneció de luto: Arturo Corcuera había muerto; nos legó su palabra inmortal, llena de fábulas.

Y en la Casona de San Marcos, un féretro reemplaza al poeta, para que los amigos se despidan, abracen a los familiares. El ataúd está cerrado y hay una fotografía hermosa: un Corcuera de cabellos negros frente a la proa de un barco. Él es un Noé; y su embarcación, la poesía en perpetuo movimiento.

Corcuera ponderaba, bajo esos largos cabellos blancos aleonados, que se encabritaban como versos silvestres, que el poema “se escribe con palabras y con palpitaciones”.

Noé poético

La cúspide de su producción fue el poemario Noé delirante, de cuatro partes. Cuenta la leyenda que el libro fue elegido por Emilio Adolfo Westphalen de una ruma de manuscritos y fue editado por Javier Sologuren, en 1963.

Cosa de poetas, a lo largo de once ediciones, Noé delirante transmutó buscando la perfección del verso. La última edición, de 2013, fue la que conmemoró los 50 años de este clásico de las letras no nacionales, sino hispanoamericanas.

Sobre su obra, el catedrático y poeta Marco Martos destacaba el “espíritu lúdico”, el rara avis que era Corcuera, en quien “el espíritu infantil convive con la reflexión del adulto”.

Porque cuando en Craiova, Rumanía, recibió el Gran Premio Especial de Poesía Mihai Eminescu 2016, el presidente de la academia internacional de la lengua lo destacó como “el poeta más conocido del continente sudamericano, con una voz inconfundible”.

El universo de Noé delirante fue flora, fauna, fue lirismo, fue fábula, fue búsquedas fonéticas y ultramares lingüísticos; fue crear su propio diluvio para recrear el personaje del Viejo Testamento.

Parte de este universo se corporizaba en “Villa de Santa Inés”, jirón Santa Inés número 582, su amplia casa en Chaclacayo, que tenía ventanas a todas las artes, donde había, en tributo, varias arcas de Noé, en tributo a su obra mayor. Ahí, el poeta habitó con su familia por más de cuatro décadas. Ahí crecieron sus hijos (el famoso cineasta Javier, su hija Rosamar). Tuvo que dejarla los últimos meses por el cáncer que se lo llevó ayer, a primera hora, la última de la poesía, cuando los médicos le habían prohibido agotarse mentalmente, pero él seguía de pie, con sus proyecto, con su vida.

“La poesía, créanme señores, no es broma: es cosa seria. No nace de la noche a la mañana como creen algunos críticos, sino de la mañana a la mañana. A mí me cuesta largas lágrimas de insomnios y fatigas. No he intentado nunca presentarme como un mago que se saca los poemas de la manga”, escribió en el prólogo a la edición que hizo Periolibros, en 1990. Por cierto, fue la edición con mayor tiraje: 40,000 ejemplares del poemario.

Rasgos de su palabra

Afligido, el poeta Winston Orrillo, a quien lo unía una amistad de medio siglo, responde sobre la partida de este compañero mayor de la Generación del 60.

“En el caso de Arturo no solo es un poeta inmenso, maestro de la pluma, sino que también era maestro de la vida. Era un hombre comprometido con las causas de la justicia social. No tenía ni la reticencia ni la cobardía que caracteriza a los escritores. Él fue un militante de la causa humana, de la justicia”, dice Orrillo a El Peruano, quien lamenta la necrofilia de los peruanos, pero recuerda que Corcuera fue homenajeado en el Perú, que es país ingrato para las Letras: hace tres semanas recibió el Premio FIL Lima Literatura 2017 en la Feria Internacional del Libro de Lima.

En el caso de la palabra poética, Orrillo subraya que Corcuera “fue un maestro de la forma”. “No fue un improvisado, sino un estudioso conocedor de la Lengua Española, de los clásicos. Tampoco se quedó ahí, sino que estudió a la Generación del 27 y la del 98. De ellos aprendió que la poesía no es repentismo, la poesía es un trabajo intelectual de gran envergadura y de gran pasión”, dice.

Alma joven

Corcuera cultivó amistad con los premios Nobel de Literatura Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Vicente Aleixandre, José Saramago..

Pero Corcuera, lo recuerdan, no fue soberbio ni egoísta, y tuvo un acercamiento horizontal con los jóvenes.

El 26 de julio, durante el homenaje a este “Mago de la Palabra”, en la FIL Lima la poeta Andrea Cabel destacó que es creador de “un universo poético singular, donde lo lúdico nace de los recursos retóricos y fonéticos de la lengua española para iluminar la realidad, dándole un nuevo significado, delicado y curioso, no solo a las palabras mismas, sino también a todo aquello que compone la propia realidad”. Ahora eres parte de la naturaleza que mirabas desde niño absorto.

Biografía mínima

Daniel Arturo Corcuera Osores fue un “pata salada”: nació “por accidente” en Salaverry, La Libertad, en 1935, donde su padre era juez de primera instancia. Ahí vivió sus primeros 10 años, donde “el mar me enseñó a cantar y a embravecerme”. Estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en la Universidad Complutense de Madrid. Fue miembro de la administración pública y periodista (los últimos años dirigió la revista cultural Vuelapluma y tenía un blog en LaMula.pe). Se sentía afín poética y políticamente con la Generación del 60 junto a César Calvo, Reynaldo Naranjo y Rodolfo Hinostroza. Fue un hombre de izquierda, hincha del club íntimo (le dedicó el poemario La gran jugada), defensor de los derechos de la niñez (Unesco publicó su Declaración de amor o los derechos del Niño, reproducido en toda América Latina).

Publicado en El Peruano

Arturo Corcuera: “Al final, cada poema es un concierto inconcluso”


Arturo Corcuera
 (Salaverry, 1935) concibe la escritura poética como un alumbramiento. Por eso, su vida, dedicada a su obra, está llena de iluminaciones y silencios. Ha publicado más de 20 libros y su trabajo explora distintos géneros y formas de expresión, incluso con incursiones en la poesía infantil. Hoy mira hacia atrás en su trayectoria, que está siendo reconocida con el premio Feria Internacional del Libro. Conversamos con él en su apartamento de Miraflores.

Considerando que una obra poética nunca está acabada, a sus 82 años, se siente satisfecho de que su camino va llegando al final y que no ha arado en vano. Un día de 1963, Emilio Adolfo Westphalen visitaba a Javier Sologuren y le preguntó qué iba a publicar en su colección de poesía La Rama Florida. Sobre la mesa del taller, Westphalen escogió Noé delirante, entre otros originales, y leyó atentamente. Al terminar, extendió el libro a su amigo y le dijo: «Publica este».

Ese año, Corcuera ganó el Premio Nacional de Poesía y una beca para estudiar en España. Ha publicado en el extranjero, ha sido traducido a varios idiomas, y su libro más difundido suma más de 12 ediciones. «La poesía me ha dado muchas satisfacciones, conocí a grandes autores», afirma.

En Madrid le presentaron a Vicente Aleixandre, Premio Nobel de 1977, quien también elogió su manejo del verso y lo animó a seguir escribiendo. Con su apoyo, dio varias conferencias en ese país.

Poesía y niñez

«Tengo una cultura de mar porque nací en Salaverry. Crecí viendo las aves marinas», dice sobre su niñez, que vio el inicio de su poesía. Años después, en Contumazá (Cajamarca), observó la fauna de la sierra. En Huaraz, luego, la Cordillera de los Andes. Así fue fundando su imaginario, su universo indispensable.

Los niños son poetas, opina. «Están descubriendo la realidad, la confunden con la fantasía. Cuando el niño se acaba, el poeta muere», dice. En la adolescencia, saltándose el colegio, acudía a la Biblioteca Nacional con un carné prestado y a las conferencias de Washington Delgado y Sologuren en la Universidad de San Marcos. Allí, años después, compartiría ideas y escritos con los poetas de su generación.

De ideales de izquierda, ha sido crítico de la realidad política. Sin embargo, considera, la izquierda en Latinoamérica sufre de un individualismo egoísta que estropea todos los proyectos. En abril de este año, recibió la Orden Rubén Darío de Nicaragua. El jurado lo calificó como «una de las voces más notables y trascendentes de la poesía peruana».

Busca en la actualidad la claridad, que la poesía llegue hasta las mariposas, expresa. No obstante, el poema se hace cada vez más difícil. Así, corrige mucho, deja reposar lo escrito. «La perfección es infinita, uno puede seguir modelando, pero al final, cada poema es un concierto inconcluso», reflexiona.

En 2006 recibió el premio Casa de las Américas por A bordo del arca, que se integró a Noé delirante, su obra más famosa, que le ha tomado 40 años hasta su versión definitiva. Tomando fábulas y la contemplación del paisaje y objetos cotidianos, Corcuera reescribe la travesía del personaje bíblico hasta la época contemporánea. El libro se nutre de su vida y el autor se identifica con el personaje, que vivió 950 años: «Estuve en el hospital varios meses, luego he venido aquí (a su departamento) y espero que la poesía venza al cáncer».

Datos:

  • El jueves 3 presenta Vida cantada. Memorias de un olvidadizo, en el que hace recuento de su vida. Participa: Milagros Saldarriaga. Sala Blanca Varela. 6 p.m.
  • Según la Cámara del Libro, Corcuera «ha creado un universo poético singular, donde lo lúdico nace de los recursos retóricos y fonéticos de la lengua española para iluminar la realidad».
  • También ha recibido el premio Atlántida (España, 2002) y Trieste (Italia, 2003).
Publicado en Peru21
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