Cubanidad y cubanía

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Dos preguntas me han acompañado en mis breves viajes por el extranjero. La primera aparece como una imposición, más que como interrogante de respuesta incluida: ¿Eres cubano, verdad?

La explicación de tan evidente deducción oscila entre el llamado de las inflexiones del habla, con determinadas marcas de tono y de léxico inmediato, hasta los modos de gesticulación y desprejuicio en el acto mismo de la comunicación. Supongo, además, que tras su deducción subyace una ironía condescendiente al descubrir el asombro ante los adelantos tecnológicos y el desconcierto inmediato en el fluir de las gestiones de mercado doméstico. No lo revelan, al menos en principio, pero se puede advertir en sus explicaciones. Ya sea que me piensen como un triste infeliz que ha vivido sin opciones de vida, ya como un héroe más de la utopía del socialismo triunfante, he recibido ayuda poco común en el contexto.

La segunda pregunta que me sigue en mis viajes siembra una paradoja en el contexto vital de la primera: Tú no pareces cubano, ¿verdad?

Es una afirmación que, sin detenerse a explorar en su contradicción interna, no afinca la respuesta que incluye. La explicación oscila entre mi falta de habilidades para el baile, el contenido desparpajo de la conversación y la ironía sesuda y coloquial que al mismo tiempo sazona mis respuestas.

Estas preguntas se imponen junto a muchas otras, concretas y a veces anodinas, casi siempre marcadas por el canon mediático de fondo.

La lógica del desarrollismo colonial juzga sin piedad al subdesarrollado que puja por sacudirse al menos los patrones éticos que lo obligan a cargarse de culpa y de minoridad. Cualquier intento de hallar razonamientos lógicos de fondo se convierte en batalla. Y se sucede el descrédito o la anuencia. Cuba es, en el concurso incansable de los consorcios de prensa, una isla flotante de culpabilidades y culpables; un constructo fantástico convertido en pastiche de noticias. Muchos cubanos que emigran aceptan la dispensa mediática y renuncian —agobiados acaso— al ajiaco que llevan en las venas.

Así lo vio Fernando Ortiz:

No hubo factores humanos más trascendentes para la cubanidad que esas continuas, radicales y contrastantes transmigraciones geográficas, económicas y sociales de los pobladores; que esa perenne transitoriedad de los propósitos y que esa vida siempre en desarraigo de la tierra habitada, siempre en desajuste con la sociedad sustentadora. Hombres, economías, culturas y anhelos, todo aquí se sintió foráneo, provisional, cambiadizo, «aves de paso» sobre el país, a su costa, a su contra y a su malgrado”. [1]

La idea del tránsito de gloria y enriquecimiento en la Isla, que Ortiz define y explica en sucesivas obras como el pivote esencial de la transculturación, se reedita en la estela migratoria de un cubano educado, saludable y, en muchos casos, profesionalmente preparado y culto. También, y es imposible evitarlo, hay una especie de lumpen proletario que en algo de cultura y saber aventaja al lumpen proletario del capitalismo dependiente al que llega. Es un competidor difícil de vencer, que se acultura en la necesidad de competir en el mercado laboral y se rebela en la expresión inmediata y desmedida.


“El cubano de a pie, que lleva la cubanidad sin poder explicársela”. Foto: Cubadebate

No me parezco a ese cubano, lo confieso, aunque tampoco encajo en el molde del falaz funcionario que no salta del estrecho discurso de argumentos estrictos, defensivos. Ni siquiera al del escritor que se deshace en quejas y lamentaciones por la desdicha que a su invaluable obra le ha tocado. Esa ruptura de sistemas es, a fin de cuentas, el modo en que he asumido la transculturación de Ortiz, es decir, el crisol donde contrapuntean la cubanía inmediata, irresponsable y fascinante, y la cubanidad profunda, hecha de mezclas históricas y singulares circunstancias de la propia historia de la nacionalidad. Sobre sus bases, cada individuo define su individualidad. Si finalmente se acultura y se rinde, nada podrá desprenderlo de la masa amorfa. Si puja, si pujamos, seremos entonces individuos.

Los fetiches de la Cuba que la industria cultural hoy reproduce y vende sin preocupaciones éticas, se apropian de elementos concretos, imborrables, de la cubanía. El consumidor ideal de este producto prefiere que sean superficiales, que no delaten los verdaderos hilos que los mueven delante de las cámaras; no necesita que lo lleven al espacio complejo de la cubanidad que no aparece en ellos, aunque los elementos coincidan casi siempre. El cubano de a pie, que lleva la cubanidad sin poder explicársela, sin advertir muchas veces que la lleva, asume esa industria de pura superficie como anuncio de fortuna inmediata y transitoria. Su condición cristalizada de cubanidad le permite retener el significado profundo de lo que esa cubanía superficial apenas roza. Es el autor de la connotación que la denotativa industria evade.

Esta dicotomía transcultural no es exclusiva de cubanos: existe para la inmensa mayoría de las naciones. Pero no es comprensible si no se entienden las esencias que contrapuntean entre cubanidad y cubanía, hasta transculturarse. De ahí mi asombro al escuchar que una persona a la que por primera vez encuentro me pregunte, a sabiendas de que lo soy: ¿Eres cubano, verdad? De ahí mi desconcierto al comprobar que los recién conocidos me aseguren que no advierten en mi ese patrón de cubano que imaginan cierto.

Se les escapa el proceder paradójico de Ortiz: contrapunteo de cubanía y cubanidad hasta transculturarse. Y todo en incesantes gradaciones, históricas y personales.

No es una frase que pueda resolverse en muchas líneas de ensayo e investigación científica ni, tampoco, en muchas madrugadas de pensarse a sí mismo en relación con modelos y arquetipos. Apenas llego a aprehender el sentido de la paradoja: mi cubanía permite a cualquier extranjero “adivinar” que soy cubano apenas me escucha y me ve gesticular; mi cubanidad pone en duda el patrón que se han hecho del ser cubanos, propaganda mediante. Ambas visiones se observan, cejijuntas —como diría Lezama Lima de la causalidad y la casualidad—, se confrontan y se funden, hasta transformarse en ese guarapo de caña que contamina las venas para siempre.

Notas

[1] Fernando Ortiz: Contrapunteo cubano del azúcar y el tabaco, Cátedra, Madrid, 2002, Cap. II.
Publicado en La Jiribilla

Literatura, cubanidad y cubanía

Hace pocos días leí una crónica de viaje sobre Cuba, escrita por cierto literato nacional residente en el exterior, quien confesaba estar redescubriendo la isla luego de varios años de ausencia. Durante un par de semanas dicho señor recorrió el país de naciente a poniente y viceversa, para dejarnos como secuela cinco cuartillas repletas de palabras como santero, palma real, daiquirí, mulata, asere, balsero, frutabomba, jinetera, yuca con mojo, picadillo de soya, cucurucho de maní, amarillos, y pan con pasta.

La crónica sonaba a Cuba, pero no era Cuba. Mientras leía, me acordaba del primer viaje de Colón, cuando de regreso a España se apareció en la corte con aquellos indios desnudos, cubiertos de plumas y garabatos de colores; en una mano la azagaya y en la otra una cotorra que chillaba palabras en castellano. Recordaba también la sorpresa de Borges ante una observación de Gibbon en su Historia de la declinación y caída del Imperio Romano. Decía Gibbon: En El Corán, libro árabe por excelencia, no hay camellos.

Sí los hay, naturalmente. Yo tengo un ejemplar de El Corán en formato PDF, y, por demás, cuento con ese infalible buscador que ofrece el Adobe Acrobat Reader, de modo que pude hallar la dichosa palabra sobre la página 40. Tal detalle, sin embargo, no le resta méritos al concepto. Dice Borges: “yo creo que si hubiera alguna duda sobre la autenticidad de El Corán, bastaría esta ausencia de camellos para probar que es árabe”. Si un falsario, o un turista, escribiesen una crónica sobre los árabes, no dejarían de prodigarnos caravanas de camellos en cada página; cientos, miles de camellos. Mahoma, en cambio, sabía que podía pasar por árabe sin necesidad de mencionar esa palabra.

Cubanidad es fe, esperanza y amor. Foto: Diana Inés Rodríguez Rodríguez

Un pensamiento siempre lleva a otro, y de repente se me ocurrió —mismo buscador mediante— interrogar las obras de varios autores que la crítica y la tradición señalan entre los más representativos de la literatura cubana. Hurgué en libros emblemáticos de Carpentier, Lezama y Cabrera Infante: obras que conozco bien, repletas de personajes que destacan por sus sueños, esperanzas y conflictos existenciales; pero en ellos no logré hallar ni un solo maní ni una frutabomba ni objeto alguno de los que suelen usarse para estereotipar al cubano. En conjunto los volúmenes sumaban más de mil páginas, y por fin vine a encontrar una palma real —sin mayor énfasis, escrita como al descuido— en El reino de este mundo: novela que por su espíritu y manera de representar lo real maravilloso es paradigmática de nuestro imaginario.

Si estamos de acuerdo con Fernando Ortiz en que cubanidad es “condición del alma, complejo de sentimientos, ideas y actitudes”; mientras cubanía es “cubanidad plena, sentida, consciente y deseada; cubanidad responsable”, entonces resulta obvio que ambos términos no entrañan cosas que se puedan tocar con la mano. Son trascendentales derivados del ser: no del tener; conceptos que desbordan y superan dialécticamente el mundo de las formas.

Mientras leía la crónica de referencia (que en realidad es solo botón de muestra de otras tantas, incluyendo cuentos y novelas que pujan y rematan seudocubanidad en idénticos mercados), también me preguntaba: ¿Qué elementos unieron a nuestros más insignes escritores cuando esta tierra de gracia llamada Cuba dejó de ser tan solo “la yerba que pisan nuestras plantas”, para convertirse en el cúmulo de emociones que subyace tras la palabra “Patria”?

Durante el siglo XIX tuvimos notables poetas provenientes de diversas clases o capas sociales, algunas de ellas fuertemente enfrentadas: un hijo de cuna rica como José María Heredia, otro de cuna pobre como José Jacinto Milanés, un negro esclavo como Juan Francisco Manzano, un mulato libre como Gabriel de la Concepción Valdés, una mujer del hogar como Luisa Pérez de Zambrana, una mujer rebelde como Gertrudis Gómez de Avellaneda, un guajiro nato como Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, un joven citadino como Julián del Casal, un ser sobre quien pesan sentimientos encontrados como Juan Clemente Zenea, y un patriota intachable, de pensamiento universal como José Martí. ¿Qué recóndita esencia unía a esa masa diversa? Obviamente, no “el amor ridículo a la tierra”; se hallaban ligados por un ya pujante sentimiento de cubanidad; el abrazo que juntos daban a la patria.

Ahora bien, como cubanía es “cubanidad responsable”, el 10 de octubre de 1868 se levanta en armas un grupo de hombres en busca de la “cubanidad plena”, la cubanidad “deseada y consciente”. Ya no se trataba de ejercer la condición desde una querencia o una costumbre, de pronto había surgido un sentimiento de consagración (término que no elijo al azar, sino porque expresa la acción de entregarse en cuerpo y alma a lo sagrado). La historia es conocida, no la repetiré; con esta mención solo he querido subrayar que la cubanía no puede ser contemplativa ni mojigata; entraña una toma de partido por determinados principios, por determinados valores. También quiero significar que si la cubanía es sustancia que fertiliza el amor a la patria, adulterarla o lucrar a cuenta de ella, aun en el más inocente de los casos, simplemente la niega.

Dijo Martí: “Patria es humanidad, aquella porción de la humanidad que vemos más cerca y en que nos tocó nacer”; y es esta una evidente expresión de concordia. ¿Pero qué es lo humano? ¿Acaso lo que nos caricaturice o nos reduzca a curiosas urracas que, a despecho de su naturaleza acumuladora de objetos, de pronto almacenan cosas de supuesto escaso brillo? ¿O es aquello que dignifica y encumbra a las más elevadas cotas de justicia, conocimiento y amor la condición humana?

Extirpada de su amplia connotación, la frase “Patria es humanidad” muchas veces ha sido mañosamente presentada como un llamado a desleír en lo ambiguo medulares afectos que debemos a esta “porción de la humanidad en que nos tocó nacer”. También se ha usado como puñal artero para descreerla y extrañarse de ella, cuando no para mirarla desde la alienación o la mala fe con el claro objetivo de erosionar valores, símbolos, creencias y caros orgullos que conforman nuestra identidad cultural. Ciertamente, llegará un día en que los humanos seamos un solo pueblo, pero esa cultura global no podrá estar erigida sobre las ruinas de lo que somos.

Cubanía es cubanidad responsable, dice Ortiz, y luego agrega: es “cubanidad con las tres virtudes, dichas teologales: fe, esperanza y amor”. Quiero decir, no se trata de renunciar al pensamiento crítico o al afán de perfectibilidad humana; tampoco de mirarnos como nuevos Narcisos en el agua de la vana lisonja; sino que, volviendo a Martí: “El lenguaje es humo cuando no sirve de vestido al sentimiento generoso o a la idea eterna”.

Publicado en La Jiribilla

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