Terror popular

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Las leyendas ecuatorianas llegaron a nuestros abuelos en forma de cuentos, no se trataban sobre la princesa, el príncipe y el castillo. Eran más bien sobre el relato de una bruja,  una bella y misteriosa joven, y a menudo tenían un descenlace escalofriante.

Al calor de las fogatas, sobre todo en la Sierra, era el punto de encuentro para transmitir estas historias que se recogen en poblaciones de Ecuador. Existen muchísimas. Tan solo en los libros El Señor de los Cuentos I y II, del escritor ambateño Fausto Ramos se recogen al menos 20 relatos tanto reales como adornados de esas leyendas características de la cultura ecuatoriana.

Algunos de estos hechos han ocurrido en el siglo actual, por lo que adultos mayores también aseguran haber sido testigos de ciertos episodios, que incluso fueron registrados en algunos diarios allá por el año 1930. Sea como sea, estas crónicas están plasmadas en la memoria del ecuatoriano y en varias de sus obras literarias.

El Comemuerto

Anillos, vestidos elegantes, cadenas y hasta dientes de oro. Eran de los objetos más comunes que un hombre sustraía de las tumbas del Cementerio General de Guayaquil. Eran el año 1930 aproximadamente.

César Burgos, escritor y maestro de Literatura, escribió sobre que cuando era niño,  su madre le contó sobre la historia del comemuerto en el puerto principal. «Luego la leí en las amarillentas páginas de El Telégrafo, del 25 de marzo de 1941».

Relata que el hecho salió a la luz cuando guayaquileños de alta posición económica se percataron que las pertenencias que sus parientes portaban al momento de su entierro estaban a la venta en locales del centro de la ciudad. Por ejemplo, relata, «un caballero vio que el valioso anillo con el que fue sepultado el padre estaba en venta en una joyería. Asímismo, una señora se admiró al ver colgado en una casa de compraventa el vestido de novia que le puso a la hija para el velatorio y con el que la sepultó».

Esas denuncias inquietaron a la policía hasta que hicieron un operativo, y el comemuerto fue encarcelado. También su familia, que se encargaban de limpiar los objetos y comercializarlos. Fausto Ramos asegura que este acontecimientos es uno de los más conocidos en la ciudad, por lo que su historia detallada se dará a conocer en un libro sobre cuentos de terror ecuatoriano que actualmente escribe y que será presentado a inicios del próximo año.

Foto referencial de tumbas profanadas. Archivo.

La condesa de la Loma Grande

Su historia presenta a una joven muy hermosa, esbelta, una dama de la aristocracia europea. Vivía en una villa en el barrio la Loma Grande, en el centro de Quito. Según detallan residentes de ese barrio, sus abuelos comentaban que la mujer salía los viernes por la noche a divertirse en los bares del centro histórico.

En el barrio la Loma Grande, aproximadamente en los años 1880 y 1890, todo es fiesta y jolgorio desde su llegada a las reuniones.  Todos le dicen «la condesa» y es tan bella que más de un galán quiteño se disputa sus favores, dice Ramos.

Sin embargo, lo terrorífico de la historia es que cada galán que empezaba a frecuentar a la condesa, desaparecía misteriosamente. Dice Ramos que acudían a su vivienda y eran asesinados por ella. «Cuando la mujer dejó esa villa, los nuevos residentes encontraron varios cuerpos enterrados en el jardín, lo que pensaron eran de los hombres desaparecidos.

La villa encantada de la Loma Grande. Foto: www.barriolomagrande.blogspot.com

Las brujas de San Bartolomé y Calguasig

En la Sierra centro son muchas las historias reales de brujería, prácticas que realizan curanderos de la zona para empeorar o mejorar situaciones de la vida, como el amor, salud, dinero, entre otras. En los cuentos de Ramos, se hace referencia a dos episodios en dos cuentos por separado. Uno es el de La bruja de San Bartolomé, y el otro El Libro de la vida, que hace referencia a las brujas de Calguasig.

El primero narra sobre tres niños jugaban en las montañas de la parroquia Pinllo, en Ambato, y se percataron del momento en que una mujer realizaba un hechizo, incluido un sacrifico. Los niños aterrados trataron de alejarse pero fue muy tarde, pues la mujer se percató y echó sobre ellos una maldición que atraía accidentes y situaciones negativas a sus vidas. Este maleficio continuaba de generación en generación.

«Yo nací allí (Pinllo), y nuestros abuelos nos contaban al calor de las fogatas las historias que ellos presenciaron en su juventud, eso era la tradición oral. Y esa leyenda ha tomado fuerza en ese sector de la Sierra centro», detalla el escritor.

Mientras que a las bruja de Calguasig hace referencia al famoso Libro de la vida y aSan Gonzalito. Ramos califica a esta creencia como un método de estafa y brujería que causa horror a las comunidades de Tungurahua y Chimborazo, pues al ser pueblos superticiosos creen en los mensajes de supuestas brujas.

Fue un terror psicológico, detalla el escritor, pues cada familia no lograba la tranquilidad al saber que el nombre de uno de sus integrantes constaba en el libro. Ramos detalla que aún se dan muchos casos, incluso muchos comuneros aplican la justicia indígena para castigar a las mujeres que se dedican a la brujería maligna.

Comuneros de la Sierra centro verificando su nombre en los libros de los curanderos. Foto: Archivo

La viuda del Tamarindo

El árbol permanece solitario. Sin registro ni nada que anuncie que esa especie es el centro de una tradicional creencia en Posorja, en Guayas. Es el árbol del tamarindo que según los abuelos de la zona fue el centro de encuentro de una bella mujer que encantaba a sus víctimas y al llegar a ese punto mostraba su verdadera figura: una calavera envuelta en ropa femenina.

Los residentes o personas que llegan de visitan recuerdan esta tradición oral como verídica. Pues en la zona muchos taxistas contaron que fueron testigos del hecho, generalmente la víctimas de la viuda del tamarindo eran borrachos que frecuentaban las cantinas de la zona, u hombres que se dirigían solos a sus viviendas.

Foto: www.tusleyendas.com

Publicado en El Universal
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