Gonzalo Rojas, el poeta imprescindible

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Por Max Duhalde

Hoy se celebra en todo el país y el mundo el centenario del poeta y profesor chileno Gonzalo Rojas, quien perteneció a la destacada generación del 38. Rojas Pizarro nació un 20 de diciembre de 1916 y falleció el 25 de abril del 2011.

Sin dudas la conmemoración del centenario es una celebración “poética” que se extendió desde el 20 de diciembre del 2016 al 20 de diciembre del 2017, debido a que fue inscrito en el registro civil en el año 1917. Dado esta ambigüedad, la Fundación Gonzalo Rojas, decidió celebrar y recordar al poeta durante un año.

La trayectoria de Rojas no es solo recordada y admirada a nivel literario. Fue un destacado académico de la Universidad de Concepción, Universidad Simón Bolivar (Venezuela), dictó conferencias en la Universidad de Chicago y en el Barnard College de Nueva York sobre la obra de Gabriela Mistral y de Vicente Huidobro. Además, fue invitado por la Universidad Homónima a dar clases de literatura hispanoamericana y la Universidad Brigham Young de Provo, Utah, lo invita como profesor y escritor en residencia desde 1985 hasta 1987.

En los años 70´fue un fiel participantes del gobierno de Salvador Allende, ejerciendo los cargos de agregado cultural en China y embajador económico en Cuba.

Sus obras más celebres son: La miseria del hombre (1948), Contra la muerte (1964), Oscuro (1977), Transtierro (1978), Críptico y otros poemas (1980), Antología del aire (1986), El alumbrado (1986), Antología personal (1988), Desocupado lector (1990), Las hermosas poesías del amor (1992), Carta a Huidobro y morbo y aura del mal (1994) y Pacto de Teillier (1996).

Algunos de los reconocimientos más importantes que recibió Rojas fueron: Premio Nacional de Literatura (1992), Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1992), Premio Altazor (2001) por ¿Qué se ama cuando se ama? y Premio Cervantes (2003, España)

Centenario Poético

El hecho de que su fecha de nacimiento, el 20 de diciembre de 1916, haya sido consignada por error en el Registro Civil en 1917, es la causa de la ambigüedad biográfica que explica que las actividades de su Centenario, que se extienden a países tan lejanos como China, Japón y Alemania, además de Marruecos, España, Italia, México, Colombia, Perú y Argentina, se concentren en el próximo año 2017.

Conmemoración a Rojas en Chillán

A pesar que no es su ciudad natal, Gonzalo Rojas vivió más de 30 años en la capital región de Ñuble y sus restos descansan en el cementerio de la zona. Es por eso que la agenda conmemorativa al poeta en su centenario viene cargada de actividades.

El alcalde Sergio Zarzar, junto al presidente del Grupo Literario Ñuble, Fernando May, y la curadora del Centro Cultural Casa de Gonzalo Rojas, Inés Ortega-Márquez, presentaron el programa de actividades oficiales que incluye una romería y poesía.

A las 14:00 horas, la Corporación Gonzalo Rojas organizó una Declamación Pública, desde “La Pajarera” de la casa de Gonzalo Rojas, con lectura de poemas del destacado vate.

Luego, a las 15.00 horas, la municipalidad de Chillán realizará una Romería al Cementerio Municipal, en cuyo “Parque de los Artistas” se encuentran depositados los restos del poeta, junto a los de Ramón Vinay, Claudio Arrau, Marta Colvin, Lalo Parra, entre otros.

Posteriormente, se efectuará nueva lectura poética desde “La Pajarera” de la Casa de Rojas, a las 18:00 horas. Esta vez, lo harán los socios del Club Literario Ñuble, quienes se trasladarán a las 19:00 horas hasta el Teatro Municipal, donde se efectuará un encuentro literario denominado “Nacimiento del Relámpago”.

Las actividades de conmemoración por el centenario del poeta finalizarán con un Vino de Honor, que servirá la Corporación Gonzalo Rojas.

Poemas de Gonzalo Rojas

Asma es Amor

A Hilda, mi centaura.
Más que por la A de amor estoy por la A
de asma, y me ahogo
de tu no aire, ábreme
alta mía única anclada ahí, no es bueno
el avión de palo en el que yaces con
vidrio y todo en esas tablas precipicias, adentro
de las que ya no estás, tu esbeltez
ya no está, tus grandes
pies hermosos, tu espinazo
de yegua de Faraón, y es tan difícil
este resuello, tú
me entiendes: asma
es amor.

Carbón

Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir
mi Lebu en dos mitades de fragancia, lo escucho,
lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces,
cuando el viento y la lluvia me mecían, lo siento
como una arteria más entre mis sienes y mi almohada.

Es él. Está lloviendo.
Es él. Mi padre viene mojado. Es un olor
a caballo mojado. Es Juan Antonio
Rojas sobre un caballo atravesando un río.
No hay novedad. La noche torrencial se derrumba
como mina inundada, y un rayo la estremece.

Madre, ya va a llegar: abramos el portón,
dame esa luz, yo quiero recibirlo
antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino
para que se reponga, y me estreche en un beso,
y me clave las púas de su barba.

Ahí viene el hombre, ahí viene
embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso
contra la explotación, muerto de hambre, allí viene
debajo de su poncho de Castilla.

Ah, minero inmortal, ésta es tu casa
de roble, que tú mismo construiste. Adelante:
te he venido a esperar, yo soy el séptimo
de tus hijos. No importa
que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años,
que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto,
porque tú y ella estáis multiplicados. No
importa que la noche nos haya sido negra
por igual a los dos.
—Pasa, no estés ahí
mirándome, sin verme, debajo de la lluvia.

Siempre el Adiós

Tú llorarás a mares
tres negros días, ya pulverizada
por mi recuerdo, por mis ojos fijos
que te verán llorar detrás de las cortinas de tu alcoba,
sin inmutarse, como dos espinas,
porque la espina es la flor de la nada.
Y me estarás llorando sin saber por qué lloras,
sin saber quién se ha ido:
si eres tú, si soy yo, si el abismo es un beso.

Todo será de golpe
como tu llanto encima de mi cara vacía.
Correrás por las calles. Me mirarás sin verme
en la espalda de todos los varones que marchan al trabajo.
Entrarás en los cines para oírme en la sombra del murmullo. Abrirás
la mampara estridente: allí estarán las mesas esperando mi risa
tan ronca como el vaso de cerveza, servido y desolado.

Publicado en Biobio

Gonzalo Rojas, Voz fundamental de América.

A Gonzalo Rojas, el poeta del relámpago que nunca se apaga,
al que anduvo por estas calles, en los cafés, salones y mercados,
presencia que aún anda por aquí, donde lo he visto y lo sigo viendo

Poeta del silencio y de la muerte, presto a enamorarse, enarboló un sentido sagrado de los versos.
En la tertulia en que recordó a entrañables amigos como Huidobro, Rulfo y Paz, nos dijo “yo también me estoy yendo, ahora voy a desnacer”.
Rojas siempre fue un hombre extraordinariamente libre y ese principio es parte importante de su legado, libertad que se refleja en el erotismo expresado en parte de su obra.
Fue parido en el sur profundo de Chile. Nació en Lebu, capital de la provincia de Arauco, Región del Bío-Bío, el 20 de diciembre de 1916. Lebu, originalmente Leufu, significa “torrente hondo” en mapuche. Allí convivió con el aguacero, el volcán, el borde oceánico, los estratos minerales, los acantilados. Su padre era profesor devenido en minero del carbón y por ello Rojas estuvo en el borde abismo junto a la carbonífera Lota, a las profundidades, a los subterráneos de la tierra.

Relámpago surrealista

Siendo niño uno de sus hermanos pronunció la palabra “relámpago” en medio de una tormenta, y fue tal el impacto que ese solo concepto le causó que en un ingenuo juego infantil de las palabras comenzó -sin darse cuenta- a entrar en la poesía. Tal vez por ello, explora en la escritura automática de los surrealistas y participa del grupo la Mandrágora. Testimonio ineludible de su discutida adhesión es que aparecen sus poemas desde el primer número de la revista del mismo nombre, que los agrupaba, con marcado protagonismo de Teófilo Cid, Enrique Gómez-Correa y Braulio Arenas, al que se suma un muy adolescente Jorge Cáceres. Bregaron influenciados por el Creacionismo Huidobriano y las corrientes vanguardistas literarias que venían desde Europa, impulsadas por la exaltación del inconsciente en poetas como Guillaume Apollinaire, el Conde de Lautreamont, Louis Aragón y Paul Eluard, en torno a los Manifiestos que realizaron con André Bretón, a quien Rojas conoció en su primer viaje a Europa, en 1953.
Respecto al proceder y contexto del grupo chileno, el crítico Bernardo Subercaseaux sostiene que la Mandrágora fue “un discurso vanguardista de obturación de la realidad y, como tal, uno de resistencia espiritual, con una lógica artística y no social. Fue una estética surrealista y freudiana asumida “rabelesianamente”, sin medias tintas, tras lo cual estaba el intento de una vanguardia radical en lo estético, que estuviera totalmente fuera de la realidad, o que se derramara de tal modo sobre ella hasta hacerla desaparecer”.

Octavio Paz, en Los Hijos del Limo, consideraba al grupo la Mandrágora como el único auténticamente surrealista de Latinoamérica.

100 años de Nacimiento del Relámpago

Vuelta a las raíces

Unos años más tarde Rojas evita las elipsis de las modas y se aparta del surrealismo para entrar a las honduras de sus propias raíces, las de sus orígenes, con obras como La Miseria del Hombre, con la que ganó el concurso literario de la Sociedad de Escritores de Chile, SECH, en 1946. El premio consistía en la edición del volumen. Pasaron dos años y nunca hubo tal publicación, por lo que Rojas decidió retirar sus manuscritos y financiar por cuenta propia su primer libro. Finalmente fue publicado por la imprenta Roma de Valparaíso, en 1948, donde se había trasladado a vivir. Se trataba de un pequeño taller porteño especializado en afiches de circo. Para esa pequeña imprenta este era el primer trabajo “grande” que realizaban. El poeta sufrió el proceso editorial y de correcciones. Al ver el naciente ejemplar exclamó “es el libro más feo del mundo”.

Aún los pesares del novel poeta estaban por comenzar, pues su primer libro fue atacado sin piedad por varios críticos. Sin embargo, fue muy elogiado por Gabriela Mistral:

Caro Gonzalo Rojas / Hace solo una semana que tengo su libro. Me ha tomado mucho, me ha removido y, a cada paso, admirado y, a trechos me deja algo parecido al deslumbramiento de lo muy original, de lo realmente inédito.
… Lo que sé, a veces, es recibir el relámpago violento de la creación efectiva, de lo genuino, y eso lo he experimentado con su precioso libro…
Acepte mis congratulaciones
Gabriela
Hotel Mocambo, Veracruz, México

Meses más tarde recibe una nueva carta manuscrita, de dos páginas, fechada por la maestra de américa, en julio de 1948, en Santa Bárbara, California, que fue muy estimulante para Rojas y que atesoraba en sus baúles de recuerdos.
En La Miseria del Hombre, Gonzalo Rojas ya dialogaba con los arcanos y nos estremece con versos como:

“Me arranco las visiones y me arranco los ojos cada día que pasa.
No quiero ver ¡no puedo! Ver morir a los hombres cada día”.

Son las imágenes de una infancia marítima y fluvial, en su Lebu natal, paraje remoto, puerto maderero y carbonífero, infierno donde los mineros cavaban hondo el roquerío sub marino ante diluviano, con el gas grisú a punto de estallar.

Pero también está el amor que lo redime de ese sufrimiento y lo lleva a sentidos delirios, hasta escribir poemas como “Las Hermosas”, que comienza con estos versos:

“Eléctricas, desnudas en el mármol ardiente que pasa de la piel a los vestidos,
turgentes, desafiantes, rápida la marea,
pisan el mundo, pisan la estrella de la suerte con sus finos tacones
y germinan, germinan como plantas silvestres en la calle,
y echan su aroma verdemente”.

En “Retrato de Mujer” nos dice:

“Ponte el vestido rojo que le viene a tu boca y a tu sangre,
y quémame en el último cigarrillo del miedo
al gran amor, y vete descalza por el aire que viniste
con la herida visible de tu belleza. Lástima
de la que llora y llora en la tormenta.

No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago
tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible,
una nariz arcángel y una boca animal, y una sonrisa
que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela de tu frente,
mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu”.

En ese primer libro evoca a Violeta Parra en su viejo Chillán y a César Vallejo con su hueso húmero, en versos que marcarían definitivamente su impronta de poeta mayor. Entre sus sucesivos libros cabe destacar Contra la Muerte, 1964, sobre el que Rojas explicó, es “un rechazo a la literatura, si es que ella es embalsamamiento del pensamiento”.
Al año siguiente viaja a China donde estuvo con Puyi, el último emperador, el que huyó de la ciudad prohibida y luego de la invasión nipona a Manchuria. Fue prisionero, “reeducado” y terminó siendo jardinero del Jardín Botánico de Beijing. Rojas nunca creyó en las palabras de Puyi. “Es un discurso aprendido”, me dijo con desazón.

Publica Oscuro, 1977, del que Eugenio Montejo ha destacado “la angustia numinosa, la revelación del amor y el testimonio del tiempo”.
De Oscuro cito un fragmento del poema a su madre muerta, Celia:

1 Y nada de lágrimas ; esta mujer que cierran hoy / en su transparencia; ésta que guardan / en la litera ciega del muro / de cemento, como loca encadenada / al catre cruel en el dormitorio sin aire, sin / barquero ni barca, entre desconocidos sin rostro, ésta / es / únicamente la / Única / que nos tuvo a todos en el cielo / de su preñez. / Alabado sea su vientre

2 Y nada, nada más; que me parió y me hizo / hombre, al séptimo parto / de su figura de marfil / y de fuego, / en el rigor / de la pobreza y la tristeza, / y supo / oír en el silencio de mi niñez el signo, / el Signo / sigiloso / sin decirme / nunca / nada.

El poeta alguna vez me dijo: “Mi madre era una mujer que hablaba poco, a pesar de su gracia, su brío y su luz. Recibí de ella un destello verdadero de mujer. Algo absolutamente necesario y que para mí fue definitivo: el silencio, el sigilo”.

En 2003 es invitado de honor al Festival de Medellín, donde lee “Ochenta veces nadie”. En agosto de 2006 asiste a la Cátedra Alfonso Reyes, en Monterrey, donde pone en valor la importancia de disentir. Pensar, pero disintiendo. Debatir. Rojas conoció a Alfonso Reyes en abril de 1959, mismo año en que el apolíneo autor de Mallarmé entre nosotros, deja de existir.

Qedeshim Quedeshoth, 2009, es una de sus últimas antologías, publicada a los 91 años y que se valora por incluir 12 poemas inéditos. Armando Uribe ha declarado que Rojas “Es autor de poemas que van a quedar en la lengua castellana para siempre”.

El poeta gregario

La trayectoria de Gonzalo Rojas se ve enaltecida por su generosidad gregaria en la creación de los legendarios Encuentros de Concepción, a comienzos de la década del ´60 y a los que asistieron entre otros autores: Julio Cortázar, Ernesto Sábato, Mario Benedetti, Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos, Miguel Arteche, Lihn, Teillier, Volodia Teitelboim, Luis Oyarzún, Fernando Alegría, Parra y Neruda. Pintores como Oswaldo Guayasamín. Participaron poetas beat como Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti. Según Carlos Fuentes y José Donoso, esos encuentros son la cuna del “boom latinoamericano”.

Pepe de Rokha, Theodoro Elssaca, Gonzalo Rojas en un tertulia del Taller de las Artes. Madrid, 1985.

Con la misma entrega participó a mediados de los años ´60 de los Encuentros de Poesía Joven, del Grupo Trilce y del Grupo Arúspice, en Valdivia y otras ciudades del sur de Chile. Fue cuando celebró sus cincuenta años, 1966, e impulsó a los jóvenes en las cátedras y en la fraternidad creadora que fue formándose en torno a los encuentros y talleres.

Profesor de literatura y más adelante diplomático, Gonzalo Rojas Pizarro pierde a su padre en las minas del carbón cuando tenía apenas 3 años. Le dedica el poema Carbón: “Ahí viene / embarrado /, enrabiado contra la desventura, furioso / contra la explotación, muerto de hambre”. Versos que surgen luego del período que él mismo llamaba “larvario”, dedicado a la lectura intensa de los clásicos griegos y latinos, a Rimbaud, Baudelaire y los españoles del Siglo de Oro.

De allí recuperó la secular pregunta platónica “Qué se ama cuando se ama …” para convertirla de manera genial en interrogación poética y dejarla suspendida en el aire resonando por décadas. También esas sabias lecturas entroncaron al esplendoroso niño tartamudo de Lebu con los grandes lamentos funerarios de la humanidad, con el poema mesopotámico “Gilgamesh”, hasta llevarlo o elevarlo a ser el longevo poeta del cántico, investigador siempre silabeando, en la búsqueda de nuevos lenguajes, distorsionando la sintaxis hasta el límite y más allá del límite con la valentía del inconformismo del que es capaz de penetrar en aquel silencio de su evocativo poema al silencio, en el oxígeno encontrado en Heráclito, en el polvo de estrellas que seremos ardiendo en el aire.

En esos periplos se encontró con Matta, con quien realiza El Quijote de Matta en diálogo con Gonzalo Rojas, exposición de litografías y libro del diálogo imaginario del poeta chileno con el personaje cervantino. Trilogía de autores. Rojas declara: “Para mí Matta es el relámpago y parece gobernarlo todo…”
Regresó a Chile a comienzos de los ´80 y se reunió en Concepción con Enrique Lihn, Jaime Giordano, Omar Lara, Pedro Lastra y Oscar Hahn.

Premios y Homenajes

Escribió sobre el desposeído, la prostituta, el minero, como una reivindicación de lo popular y humano. Emprendió un combate para ligarse con la aventura de cavar hondo en la mina, desde las trincheras de su poesía. Abordó la obra como forma de vida, de existencia, mirando con ojos nuevos hasta crear una cadena significante en la línea metafísica del enfrentamiento con el abismo ¿Qué es el amor? ¿Qué somos?

Su manera de tomar a Eros y Tánatos es muy moderna y yuxtapone lo genealógico y las vertientes de lo numinoso, plasmación que lo sitúa en la post vanguardia histórica donde su poética aparece renovada en los cruces con Huidobro y Matta.

Gonzalo Rojas recibe el Premio Cervantes el Fotografía de Sergio Perez.

En 2006 doce universidades chilenas, entre ellas la Universidad Católica, lo postularon al Premio Nobel de Literatura, reconociendo en Rojas una obra de original sentido, de un giro novedoso en su estilo y ritmo. Una huella importante como maestro de nuevas generaciones.
Entre la vanguardia y lo cotidiano, nunca se detuvo ni un minuto en su vasta obra y enfrentó las cosas con sencillez, sentido social, apasionado erotismo y más hondamente con un misterio. Postura que asumió en el reto de escribir después de Huidobro y Neruda, emergiendo su figura como el último de los sublevados.

Verdadero poeta del asombro, errante, incansable viajero y buscador, Gonzalo Rojas se sentía un jovenzuelo silabeando el mundo a los 94 años. Creador de múltiples neologismos, ha promulgado “el respiro, la imaginación, el amor loco, de todo eso carece el paisaje actual”, me señaló durante nuestra última conversación.

Recibió en vida los más altos Premios y Homenajes.
El Premio Nacional, el Octavio Paz, el Reina Sofía, y en 2003 el Premio Cervantes, son algunos de los reconocimientos que coronaron la existencia de “El Poeta más Poeta”.

Su despedida estuvo en los ojos del mundo. Muere el 25 de abril de 2011. Poetas, escritores y pintores surgieron sentidas manifestaciones por el último viaje del bardo chileno, que cautivó a un amplio público lector con su generosidad y humor juvenil. Mientras Rojas envejecía su creación poética se hacía joven.

Mis encuentros con Gonzalo Rojas

Desde comienzos de los años ´80, visité a Gonzalo Rojas en distintos lugares y épocas. Las conversaciones que tuvimos aún me habitan. Me encontré con él en México, donde comentamos los tiempos aciagos de América Latina y confesó “lo irreparable es el hastío”, sabia sentencia que marcaría mi rumbo.
Más tarde fuimos vecinos en Madrid, donde nos reuníamos con Sergio Macías y Pepe de Rokha que también venían del país azteca a la tierra de Alberti, a quien veíamos con frecuencia en el Círculo de Bellas Artes. Gonzalo y su amada Hilda R. May, esposa y musa de ardientes versos, inspiradora de piezas como “Vocales para Hilda” y “Los Amantes”, eran ya parte del entorno en que compartíamos nuestras preocupaciones literarias. En otra ocasión asistimos junto a Alfredo Matus Olivier y Roque Esteban Scarpa a los Homenajes a García Lorca (1986, quincuagésimo aniversario luctuoso del poeta granadino), donde disertaban los amigos sobrevivientes al bardo asesinado. También recuerdo haber acompañado en esos años a Gonzalo al Ateneo de Madrid, a una inolvidable ponencia del erudito Dámaso Alonso, sobre El Misterio de la Poesía.

Gonzalo Rojas y Theodoro Elssaca en la inauguración de la exposición itinerante “El Quijote de Matta en Diálogo con Gonzalo Rojas”, en el Palacio Consistorial de Santiago, el día 22 de abril de 2010.

Compartir con Gonzalo Rojas era una experiencia con todos los sentidos, más de alguna vez nos juntamos en La Puerta del Sol o la Plaza Mayor, en opíparas celebraciones que incluían la barroca paella valenciana de mar y montaña con butifarra, caracoles y setas, regada con vino de la Rioja Alta de la región española del valle del Ebro. Esta puesta en escena inducía una interminable sobremesa de encendida tertulia, por la que iban pasando, al caer la tarde, otros comensales de diversas latitudes. Entrábamos a los debates sobre las visiones estéticas de la poesía contemporánea, con asesinatos literarios o laureles para algunos connotados autores. Una tarde me dijo con gesto de complicidad “no soy poeta de las certezas, más bien soy de las preguntas o de las aproximaciones. No hay que entender nada en la poesía, la poesía se respira”.

Siempre atento a los nuevos vientos en la poesía, captó los últimos adelantos con su espíritu “viejóven”. A comienzos del 2005, viajó a Santiago y lo acompañé al homenaje que le hicieron los pintores de Chile, en el Centro Cultural de España, donde cientos de jóvenes se acercaron al vate, influenciados por su vehemente obra impregnada de modernidad. Al día siguiente lo recogí en el Hotel Orly, en cuyo café, el Caffeto, coincidimos varias veces con Claudio Giaconi o Gastón Soublette. Ahí Gonzalo almorzó un enorme lomo a lo pobre coronado con dos huevos fritos, de súbito agarró una servilleta y esbozó algunos versos: “los poetas son de repente”, me dijo chispeante.
Continuamos la conversación cerca de allí, en el Drugstore, donde estaba el recordado dramaturgo Jorge Díaz, que vivía de manera intermitente entre Madrid y Santiago. Bebí con el poeta un café arábigo muy cargado y aromático, para capear la fría llovizna, mientras hablamos de la manifestación de lo sagrado en la poesía, de la música de las esferas y de la danza de los derviches, de su veta metafísica y del mundo clásico y divino. Fue cuando me contó, iluminado el semblante, su nuevo y extraordinario proyecto, que consistía en hacer un encuentro de escritores en Santiago, similar a los de Concepción, pero específicamente sobre la poesía mística, sobre el oriente, los sufíes y los poetas árabes y para ello convocar a nuestro país autores de Siria, Egipto, Persia, Líbano, Jordania o Palestina. Me hablaba con fascinación juvenil de esta sorprendente posibilidad, lo decía y explicaba con sus ojos encendidos, como el relámpago que siempre lo acompañó.

Ese ideal era reivindicador de su sentido sagrado del verso y sin duda marcaría un hito trascendente para Chile y Latinoamérica, sin embargo, no se alcanzó a realizar esta interesante iniciativa. El plan lo tenía tan claro, que entiendo hoy ese lúcido deseo como una tarea pendiente y que pudiera ser un sentido futuro homenaje a su vertiente más filosófica.
Hace algunos años lo visité en Chillán, donde Rojas sin esfuerzo encontraba el libro preciso en medio de millares de volúmenes, rodeado de recuerdos de los países que fueron testigos de su travesía, como la famosa cama china, con espejos de tres siglos, traída de Beijing. Todo ello dispuesto en una casa larga y continua como un tren, cuyos vagones ocultaban sorprendentes secretos, que al paso se iban revelando en una sucesión que parecía reflejar su trayectoria, rematada en un rosedal y un mirador.
También lo visitaba en su secreto refugio que bautizó con uno de sus poemas, “El Torreón del Renegado”, situado camino a las termas, donde encontré ejemplares de la revista Vuelta, fundamental en la difusión de su poesía, en la época en que estrechó amistad con Octavio Paz y el grupo enlazado a esa significativa publicación literaria. Poeta de lo real e imaginario, asomado al barranco sobre un río, al que siempre regresa, para conjurar los exilios con su afanoso grito “Chillán de Chile arriba”.

Con motivo de su centenario, he tenido el honor de dar varias ponencias sobre su vida, obra y legado en: la Universidad de Santiago de Compostela, la de Lugo y en la XIX Cumbre Poética Iberoamericana, en la Universidad de Salamanca, en España. También fui invitado a inaugurar el simposium “Nacimiento del Relámpago”, con una clase solemne, en el Teatro Municipal de Chillán.

Su voz sonora, vibrante, recitando desde el alma los versos de Pound, de Hölderlin, del tormentoso Vallejo o de su admirado Virgilio, nos acompañará largamente, así como el recuerdo de su animada presencia, que forjó una poesía que corre como una vertiente de amplio registro y múltiples variantes, donde podemos encontrar la ternura, el deseo, lo pagano o lo mitológico, junto al atributo, la fuerza, el poderío y la belleza de los grandes poetas del último siglo.

Desde hoy Gonzalo Rojas, junto a Neruda, Mistral, Huidobro, de Rokha, Parra y otros cíclopes, pasa a formar parte del numen inmortal de los Poetas de Chile, que han llevado nuestro nombre alrededor del mundo y Rojas lo hizo siempre con su querida gorra marinera, suspensores y bufanda roja, como otro signo de rebeldía de este alumbrador de palabras que nos mostró el otro lado de las cosas.

Con su muerte el firmamento se hace más vasto y sus versos renacen a la eternidad.

Publicado en SitioCero

 

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