Clara, a los golpes

Por Daniel Cholakian – Nodal Cultura

Los golpes de Clara, que se presenta cada sábado a las 22 hs en el Teatro Celcit de Buenos Aires, es un monólogo con una fuerte carga de política y muchas referencias interesantes a los debates del presente. Clara, puesta en acto por Carolina Guevara, es una mujer madre, ex esposa, desocupada y acosada, que interpela al público y obliga a repensar las intensidades, la efectividad física y la velocidad como elementos para reconstruir el universo femenino en este tiempo.

“La obra surge por un deseo personal. Yo tenía ganas de abordar la temática de género desde el teatro. Me seducía la idea de hacer un personaje que boxeara. Si bien Clara no es una boxeadora, sino que es una mujer que entrena boxeo en su casa, según dice para rediccionar la violencia que recibe. Esta violencia es la violencia cotidiana, y también la que está atravesada por la coyuntura política: la desocupación, el tarifazo, la angustia de darle de comer a los pibes cada noche. Todas esas son las violencias que atraviesa Clara, además de las microviolencias en lo familiar”, contó Carolina Guevara en una conversación con Nodal Cultura.

La obra, que es un por momentos una comedia negra, integra a la violencia como una de las maneras de hacer estallar aquello que está silenciado, aquello que está oculto. El deseo oprimido, la brutalidad explícita, la imposición de roles. Cuando la violencia física es ejercida por las mujeres ¿es impotencia o potencia? ¿es asunción del modo patriarcal de relacionarse o un camino diferente?

En Los golpes de Clara comprendemos como los cuerpos de las mujeres están atravesados por una fortísima tensión, que es personal y política. La obra logra dar cuenta de la potencia emancipatoria de la que esos cuerpos son portadores. La violencia aflora no como un gesto agresivo, sino como una energía que nace del deseo y de la apropiación de la palabra por parte de Clara. El poder asumir el yo propio, desposeerse de la palabra del otro, es central en este momento particular de ella y sus grupos de pertenencia. El trabajo puede pensarse como un estudio sobre la aparición de las respuestas ante la opresión y de cómo la violencia es, escénicamente, una manera de dar cuenta de esa energía.

“Yo no vengo ambientes de militancia feminista en particular. Ahora estoy vinculada al movimiento #NiUnaMenos, pero en el momento que empecé a escribir la obra no lo hice porque militara en algún espacio de género. Tampoco venía de estudios académicos sobre el tema, sino que empecé a agudizar la escucha de los relatos de las mujeres que tenía cerca. Mis amigas, mi hermana, mis compañeras de trabajo me contaban lo que iban padeciendo cotidianamente, esas violencias a las que estamos sometidas las mujeres y que a veces son naturalizadas”, aclaró la actriz, quien también escribió el texto que es base de la puesta.

“Cuando comenzamos a trabajar en el texto con Leandro Rosati, el director de la obra, yo quería meterme con esto de las cuestiones domésticas, pero sin caer en esto de ‘me quejo porque mi marido no me ayuda’, a pesar de que ahí hay una deuda enorme, porque las mujeres seguimos siendo quienes ponemos tiempo, cuerpo y psiquis en el armado del hogar, en el cuidado de los niños, los enfermos y los ancianos. Me parece que sin pretender teorizar sobre el tema, lo que si buscamos es interpelar y reflexionar sobre la cuestión, haciéndolo desde el humor. Me interesaba artísticamente trabajar la comedia, ya que permite esa distancia y reflexión necesaria”.

Si el teatro es una forma de construcción de pensamiento -toda práctica artística lo es- Los golpes de Clara es una obra que en su propia práctica construye teorías alrededor de la relación de la mujer y la violencia, no ya en el sentido de devolver golpe por golpe sino en la capacidad de entender las violencias machistas y las propias respuestas, tanto defensivas como reparadoras.

Cuando Clara decide golpear (no a alguien, sino simplemente golpear) lo hace como respuesta primera frente a la violencia en las calles y los hogares. Así asume la decisión de pensar la violencia y eso implica prácticas concretas que serán parte de la propia trama de la obra. La puesta en escena del cuerpo de Clara en movimiento estructura la obra, más allá del monólogo vertiginoso, imparable, energético. Se hace evidente la decisión de Guevara y Rosati de que la corporalidad construya el espacio y se lleve la atención del espectador. Es así que aparecen dos dimensiones claves del hecho teatral: el cuerpo de la actriz y el presente –el presente escénico- como momento histórico concreto.

“No había marcas de puesta en escena en el texto, nació como un cuento, como una suerte de verborragia de escena. Después íbamos ordenando el trabajo con Leandro. Por eso hago la separación de que el texto es mío pero la dramaturgia es de Leandro Rosati. Es un texto que se completa en escena. Lo que aparece gestualmente y corporalmente no se puede escribir. Poner el cuerpo en escena tiene que ver con cómo ponemos el cuerpo las mujeres y en especial en estas coyunturas. Ahí encontramos una gran metáfora sobre cómo está el cuerpo de las mujeres en juego en la vida cotidiana”, finalizó Guevara.

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