Nuevas caras

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Las nuevas caras del teatro: actores y dramaturgos renuevan la escena local

Por Florencia Pujadas / Foto: Adrián Echeverriaga

odos tienen perfiles diferentes. Josefina Trías, de 29 años, debutó como dramaturga con Terrorismo emocional, un monólogo que mezcla el humor y la ironía para hablar de una separación que vivió después de ocho años de relación. En la obra —que también protagoniza— narra el sufrimiento por la soledad, el encierro en la casa de sus padres y sus primeras salidas en la soltería. También canta rap frente a un público de cuarenta personas que pasa de la risa a la sorpresa en menos de un minuto.

La melancolía y ternura que Trías propone en Terrorismo emocional desaparece en Cheta, la última obra escrita por Florencia Caballero. En su nuevo trabajo, la dramaturga de 31 años recuerda los problemas que sufrió su generación durante la crisis de 2002. La historia se centra en la pérdida de la inocencia de tres adolescentes y un niño, que la hacen acordar a lo que vivió por aquellos años. “Es que mis obras tienen un fuerte componente político; cuestionan la realidad y hacen preguntas incómodas”, cuenta la dramaturga.

Tanto Caballero como Sebastián Calderón suelen poner en escena textos sobre temáticas que los conmueven y que hablan —aunque no siempre de forma directa— de sus experiencias. “El teatro me formó, y aunque ahora me di cuenta de que no es lo más importante, me ayuda a canalizar lo que siento”, dice el dramaturgo que desde que estrenó su primera obra, La patria que te parió, utiliza la ficción para construir realidades paralelas.

En sus relatos se cuestionan las demandas colectivas, el fracaso y la incapacidad de realizarse en la sociedad moderna. De hecho, su última obra,  Lo contrario, trata sobre tres personajes que celebran cinco años de transmisión de un programa de radio que nadie escucha. La obra Gloria, en la que debutó Elena Delfino, también se desarrolla en un medio de comunicación. La actriz, de 31 años, interpreta a Rebeca, una periodista —bastante egoísta y descarada— que trabaja en la sección de cultura de una revista en Nueva York. “Es un personaje que al principio sentía muy lejos, pero que me divirtió mucho. Fue increíble poder construir su identidad”, dice la actriz.

Delfino, al igual que Calderón, Caballero y Trías, representa a un grupo de actores y dramaturgos que imponen sus textos y sus personajes en pequeños y grandes escenarios para mostrar el trabajo de una nueva generación.

JOSEFINA TRÍAS

29 años
La escritura catártica

Es imposible hablar con Josefina Trías sin recordar a Clara, el personaje que interpreta en Terrorismo emocional. La actriz, que en esta obra debutó como dramaturga, es verborrágica, divertida y también un tanto poética. Tiene la misma personalidad del personaje que hace un monólogo por más de una hora en el escenario principal del Teatro Alianza. “Es como mi alter ego, pero más exagerado y dramático”, cuenta.

Su primera obra surgió de un diario íntimo. Después de separarse de su pareja, con la que mantuvo una relación por ocho años, empezó a anotar lo que sentía en un pequeño cuaderno que enseguida se saturó de frases sobre el desamor y varias anécdotas que mezcló con algunos relatos ficcionados. La actriz escribía en los viajes de fin de semana que hacía a Buenos Aires para estudiar con el director argentino Julio Chávez y en los ratos libres que tenía cuando se mudó de vuelta a la casa de sus padres. En poco tiempo tenía más de 200 páginas repletas de textos que luego editó para terminar con un libreto de 48 páginas.

“Acabar con el guion no fue una tarea sencilla, pero ya tenía la pluma aceitada”, recuerda Trías, que estudió Letras en Humanidades e hizo una tecnicatura en Corrección de Estilo. En la última década también dio clases de teatro en Las Piedras, La Paz, Progreso, San Bautista y Cerrillos. Comenzó a escribir los primeros textos —que no llegaron a grandes teatros— para sus grupos de alumnos. “Empecé con ellos a hacer dramaturgia del actor, que es empezar a improvisar hasta llegar a una especie de tema que luego traduzco en una historia”, detalla.
Distinto es lo que ocurre, sin embargo, en Terrorismo emocional. “A mí me interesa contar historias mínimas como dramas de familia o cosas más sencillas que son las que me conmueven cuando leo un libro”, dice la actriz, admiradora de Idea Vilariño. Con la poeta uruguaya también comparte la pasión por su trabajo; puede pasar la noche entera despierta terminando una composición.

Antes de presentar su obra, Trías estuvo más de tres meses encerrada en su casa en ensayos de cinco horas para terminar de preparar el personaje de Clara. “Con Bruno Contenti (director), hicimos un régimen casi militar y un poco obsesivo”, dice la dramaturga. Empezó actuando frente a ocho espectadores, pero tuvo tanto éxito que rápidamente la obra pasó a representarse en una sala para 40 personas en el Teatro Alianza, donde está en cartel hace más de cuatro meses.

Elena Delfino. Foto: Adrián Echeverriaga
Foto: Adrián Echeverriaga

ELENA DELFINO

31 años
Una revelación

Antes de que se estrenara Gloria, a principios de mayo, Elena Delfino era una actriz desconocida, que solo había actuado en obras con sus compañeros de clase en la Escuela del Actor. Se convirtió en una revelación con su papel de Rebeca, un personaje cínico y un tanto frustrado que trabaja en la redacción de una revista de Nueva York. “Todo pasó muy rápido. Tenía miedo por el debut, pero fue un desafío increíble e impensado hasta hace poco”, asegura. Es que su vínculo con el teatro empezó hace tan solo cuatro años.
De niña decía que quería ser pianista, payasa y pintora, pero nunca dijo que quería ser actriz. Antes de terminar el liceo empezó a hacer carrera dentro de la publicidad. “Tenía un viaje de egresados y necesitaba juntar plata. Una amiga me habló de un casting y fuimos hasta ahí. Quedé y me dio la plata justa para irme”, recuerda. Desde entonces trabajó en comerciales, estuvo en una agencia de publicidad y fue asistente en una agencia de castings, antes de poner la suya por un poco más de un año. Fue allí que se empezó a relacionar con actores que se presentaban a las audiciones de las películas. “Ahí vi que era lo que me gustaba. Después hice un curso de actuación ante cámara y decidí meterme a estudiar”, cuenta.
La primera vez que pisó un escenario se dio cuenta de que esa era su vocación. Todavía recuerda los nervios y la adrenalina —que nunca se fue— de la primera vez que interpretó un papel frente a un reducido grupo de amigos y familiares. Algo casi insignificante comparado con la emoción que la invadió la noche del 5 de mayo, cuando se puso en la piel de Rebeca en el estreno de Gloria, en la pequeña sala  Telón Rojo. “Me llevó un tiempo procesar que iba a estar en una obra en cartel”.
La pieza, escrita por Branden Jacobs-Jenkins, llegó a Montevideo con la dirección de Jorge Denevi y la actuación de Ricardo Beiro y Leticia Scottini, dos actores que también fueron maestros de Delfino. Hace tres años se presentó por primera vez en Nueva York y luego en Europa. El fuerte impacto se tradujo en una nominación al Pulitzer en 2016.

SEBASTIÁN CALDERÓN

26 años
Detrás de la escena

Antes de que el teatro se convirtiera en su vida, Sebastián Calderón evaluó la opción de estudiar algo relacionado con el humor o el periodismo deportivo. Sin embargo, en su adolescencia eligió cursar Bachillerato Artístico y solo le tomó una clase del taller de teatro del colegio que dictaba el profesor de Historia Diego Artucio para descubrir su vocación. “Encontré lo mío”, asegura.

Después de aprender los conceptos básicos de la actuación, ingresó a la Escuela Multidisciplinaria de Artes Dramáticas, pero quiso escribir sus propios textos y comenzó a estudiar dramaturgia con su primo Gabriel, el conocido actor y director detrás de la obra Mi muñequita: la farsa y Mi pequeño mundo porno. Hacía poco tiempo había escrito columnas de humor en su cuenta de Fotolog —una red social que cayó en desuso— y compuso letras para sus compañeros de Murga Joven. “Tenía experiencia en la escritura, pero necesitaba a un referente como Gabi”, cuenta. En el proceso, completó la estantería del living de su casa con decenas de libros sobre literatura, muchos de los cuales le sirvieron como inspiración para sus trabajos.

En la mayoría de sus textos, Calderón utilizó el escenario para cuestionar la identidad, la incapacidad de realizarse y las diferencias entre el éxito y el fracaso. Cinco años después de su debut en La Patria que te parió presentó Lo contrario, una obra que cuenta la historia de tres comunicadores que celebran cinco años de transmisión de un programa radial que nadie escucha. En este mundo imaginario, donde los protagonistas sueltan palomas mágicas para que se cumplan sus deseos, también se habla del egoísmo, la soledad y la vergüenza. “Los temas que me llevan a escribir están en continua transformación, pero en mis obras más recientes hablo mucho sobre la proyección entre el deseo colectivo y el deseo individual”.

En su último trabajo, sin embargo, Calderón habla sobre uno de los problemas más preocupantes en el país: el envejecimiento poblacional. La idea surgió en un taller del teatro británico Royal Court que se hizo para dramaturgos emergentes de Chile, Argentina y Uruguay. Todos tenían que pensar en una obra sobre el tópico más urgente de su sociedad y Calderón escribió una historia de amor entre un nieto y un abuelo que están cambiados: el niño está en silla de ruedas y el hombre está en estado atlético. “En el medio hay un plebiscito para establecer una edad de mortalidad porque se gasta mucho en salud. Pero es un país de viejos y es difícil que ellos voten eso”, cuenta el dramaturgo y aclara que todavía no sabe cómo va a poner el texto en escena. Mientras termina su último proyecto, Calderón pasa sus días entre los talleres de teatro en una cárcel mixta de Colonia y algunos cursos de dramaturgia en el living de su casa.

FLORENCIA CABALLERO

33 años
El dolor como inspiración

Hasta hace cinco años, no existía una carrera específica para estudiar dramaturgia. La mayoría de los interesados aprendían las técnicas para escribir sus propios textos en los seminarios que había en la región. Y otros confiaban en su intuición para contar nuevas historias. Sin embargo, la de Florencia Caballero es diferente: su relación con la dramaturgia empezó casi que por casualidad. En 2015, la actriz se enteró de que Sergio Blanco iba a participar en un taller de cuatro meses con la Comedia Nacional. “Estaba convencida de que no quería estudiar dramaturgia, pero lo quería conocer, entonces redacté una escena”. Con ese texto quedó seleccionada entre los 10 asistentes al taller. Se fascinó y empezó a buscar otras alternativas para continuar con su formación. La escritura había sido parte de su vida desde siempre. Cuando era niña documentó todo lo que le pasaba en una especie de diario que todavía conserva y que utilizó como inspiración en sus primeros textos.

Su discurso artístico también está influido por las vivencias de su entorno familiar, vinculado activamente a la política. En sus trabajos cuestiona las ideologías y habla sobre la autoridad. En Cheta, que se estrenó en agosto, Caballero hace un relato sobre la pérdida de la inocencia que apareció con la crisis de 2002. “Es una historia sobre mi generación y la violencia que vivimos cuando teníamos que tomar conciencia de quiénes éramos”, cuenta. La idea surgió durante un seminario que los dramaturgos británicos Sean Holmes y Simon Stephens (conocidos por escribir El curioso incidente del perro en la noche) dictaron en 2015 en el Instituto Nacional de Artes Escénicas frente a escritores locales. “Nos pusimos a hablar de lo que había ocurrido y me di cuenta de que tenía la inquietud de contar cómo era mi vida”.

Cuando Stephens le dijo que tenía un inglés posh (elegante), Caballero quedó extrañada. Aunque había ido a un colegio privado, creció en Coppola, un humilde barrio entre Las Acacias y Marconi, ya que sus padres creían en el cambio social. “Salí de la cápsula y llegó el caos. La oportunidades no eran las mismas y menos cuando empezó la crisis”, recuerda. Su experiencia conmovió a los británicos, que enseguida le sugirieron que escribiera la obra. Después de pensar las primeras escenas, el año pasado recibió una beca de la Dirección Nacional de Cultura y el INAE para participar en el Obrador Internacional de Dramaturgia, un seminario que también dirigió Stephens. “Ahí terminé la médula del texto: después me contacté con los actores que pensaba para los roles y trabajamos en el comportamiento de los personajes”. Hoy, la obra se presenta en Tractatus.

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