Apuntes sobre Chile hoy, por Diamela Eltit y Nona Fernández

La explosión del subsuelo chileno o la explosión desde abajo

No se trata solo del abuso de las AFP, ni de los problemas del agua chilena privatizada, ni de la existencia una contaminación clasista, ni de la medicina o la educación o la vivienda. No se trata únicamente de las condiciones laborales. Se trata de millones de vidas a crédito o de las inexistencias de vidas jóvenes que habitan en la periferia.

Por Diamela Eltit

Veo imágenes de la explosión social de los últimos días en Santiago que permiten precisamente concentrarse en las imágenes y sus signos. Veo los tanques. Experimento el toque de queda en la memoria. Mientras en Estados Unidos el debate se centra en la continuidad de Trump por los costos de un estilo presidencial inaudito, recorrido por múltiples incapacidades, surgen las imágenes santiaguinas provocadas por una furia, a la vez, presente y, a la vez, acumulada.

No se trata solo del abuso de las AFP, ni de los problemas del agua chilena privatizada, ni de la existencia una contaminación clasista, ni de la medicina o la educación o la vivienda. No se trata únicamente de las condiciones laborales. Se trata de millones de vidas a crédito o de las inexistencias de vidas jóvenes que habitan en la periferia.

Este momento ya tiene su imagen y su escritura. El incendio me parece que hay que leerlo como una temperatura social que subió y subió porque el conjunto de las fuerzas políticas ha sido incapaz de controlar la avidez empresarial tan absolutamente ganancial que recorre el sistema.

La política se transformó en cupos, elites, transacciones. El Congreso en un sitio ambiguo, con reelecciones interminables, plagado de amistades equívocas, recorrido por diversos intereses, sin la menor “aura” en el sentido que acuñó Benjamin.

Los partidos de izquierda (es posible que una excepción formal sea el Partido Comunista) regidos por el deseo de poder (y de dinero) de sus dirigentes, dejaron atrás a sus bases ciudadanas y la pobreza quedó relegada a la sospecha y homologada al crimen.

La desigualdad forma parte de la realidad neoliberal mediante una naturalización vergonzosa que considera que efectivamente existen (pocos) ciudadanos que valen frente a multitudinarios cuerpos marcados por el desvalor.

Los robos de “cuello y corbata” o con “uniformes” resultan ser menores, casi un detalle del sistema. La iglesia es hoy un foco de escándalos sexuales. Así se fue profundizando una planicie institucional extrema, pero lo central es la mega falla de los partidos a lo largo de   décadas, absortos en la disputa por cargos o representaciones en medio de votaciones cada vez menos representativas.

El metro fue la exacta gota que rebalsó el vaso. Se desató una especie de “Instituto Nacionalazo” que se extendió por los subsuelos de la ciudad, atravesando túneles con una velocidad imparable.

Una velocidad aumentada por la falta de líderes y de voces autorizadas porque las periferias no tienen relato ni interlocución ni futuro. La clase media pobre y la clase media muy pobre y los “condenados de la tierra” (como diría Fanon) viven tan distantes de los centros de administración de poder como si habitaran en un desconocido planeta-bloque.

Mientras Santiago ardía, el presidente tocaba su cítara en Vitacura.

El Desconcierto


El gran chiste

No hay lugar por el que transite, en las tres comunas de Santiago que he cruzado, donde la fiesta, la protesta y el reclamo no estén encendidos. Pero sé lo que pasará en unos momentos. Lo adivino porque mi memoria es tozuda y hace de oráculo en este déja vù autoritario en el que circulamos. Nos culparán. Nos dirán otra vez que la responsabilidad es nuestra. Condenarán la violencia como si no fueran ellos con su brutalidad sistematizada los que la incitan.

Por Nona Fernández

Escribir con la ropa pasada a lacrimógena. Intentar procesar el latido de la calle cuando aún eres parte de ella, cuando los pies siguen ahí, huyendo de los carros lanza-agua, avanzando sin certezas, refugiándose en el resto, que son otras y otros como nosotros, un grupo de más nosotros que marchamos haciéndole el quite al humo y los carabineros. Es una fiesta, una protesta y un reclamo. Nadie lo organizó, es una explosión callejera. Y hay gritos, y cantos, y cacerolas, y fuego, y golpes. Y frente a La Moneda, junto al teatro en el que trabajo, un hombre le dice a un carabinero que no comprende por qué protege los privilegios que a él nunca le corresponderán. Desclasado, le dice, y una mujer le grita que nos estamos matando, nos estamos suicidando por tanta desigualdad. Así dice.

Camino desde Morandé, en el centro de Santiago, hasta mi casa en Ñuñoa. Horas de caminata. Veo jóvenes con la cara pintada como el Joker que gritan que este es un mejor remate para el gran chiste. Pienso cuál es ese gran chiste. ¿El alza del pasaje del transporte público? ¿Las posteriores declaraciones del ministro a propósito? ¿Las pensiones de nuestros jubilados? ¿El estado de nuestra educación pública? ¿De nuestra salud pública? ¿Nuestra agua que no nos pertenece? ¿La ridícula concentración de los privilegios para un grupo minoritario? ¿La constante evasión de impuestos de ese mismo grupo minoritario? ¿La constitución ilegítima que nos rige? ¿Nuestra pseudodemocracia? Las posibilidades son infinitas, y mientras veo que se acerca un camión lanza-aguas, mi cuerpo, instintivamente, con una sabiduría escondida en él por años, corre, se esconde, se cubre la cara, y logra sortear la situación una vez más. Igual que ayer. Igual que anteayer. ¿Cuántos años llevo escondiéndome del agua sucia de un guanaco? ¿Cuántos seguiré haciéndolo? Avanzo entre caceroleos, bocinazos, barricadas. No hay lugar por el que transite, en las tres comunas que he cruzado, donde la fiesta, la protesta y el reclamo no estén encendidos. Pero sé lo que pasará en unos momentos. Lo adivino porque mi memoria es tozuda y no sólo me salva del agua sucia, también hace de oráculo en este déja vù autoritario en el que circulamos. Nos culparán. Nos dirán otra vez que la responsabilidad es nuestra. Condenarán la violencia como si no fueran ellos con su brutalidad sistematizada los que la incitan. Y nos golpearán en nombre del orden público y la paz ciudadana. Y nos dispararán mañana igual que hoy. Igual que ayer. Igual que siempre.

Llego a mi casa luego de tres horas y media de caminata. Desde afuera escucho el ruido insistente, estrepitoso y tenaz de las cacerolas. En las noticias veo que el presidente Sebastián Piñera ha decretado Estado de Excepción Nacional. Los militares saldrán a la calle una vez más. Como ayer. Una nueva línea para el gran chiste. Ojalá el remate no nos duela tanto.

La Tercera

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