Libro de guardia

Un arte marcial: los militares en la poesía chilena

Especialmente a partir de 1973 y por razones evidentes los militares han sido tratados por la poesía: Enrique Lihn, Elvira Hernández y Gonzalo Millán, entre otros, lo han hecho. Sin embargo, a partir de Libro de guardia, de Bruno Vidal, hay algunos textos y poetas que han actualizado ese tratamiento: Carlos Cardani Parra y Carlos Soto Román, autores de Antuco, son un ejemplo de aquello.

Por Gonzalo León

En la poesía chilena los militares han estado presente de diversas formas, pero desde el golpe de Estado hay un quiebre: a partir de ahí los militares, por razones obvias, son mostrados como protagonistas de la dictadura y a ellos como el brazo ejecutor del asesinato de más de tres mil personas y la tortura de otras tantas.

Enrique Lihn, Rodrigo Lira, Gonzalo Millán, José Ángel Cuevas, Elvira Hernández han escrito libros o poemas donde la apelación al mundo militar ha sido abordada desde diversas maneras. En el archicitado poema “Nunca salí del horroroso Chile”, Lihn muestra a los militares como parte (o metáfora) del exilio imposible, que es la lengua chilena: “Nunca salí del habla que el Liceo Alemán/ me infligió en sus dos patios como en un regimiento/ mordiendo con ella el polvo de un exilio imposible”. Para Lihn Chile es un regimiento, es decir en este poema se ve una crítica social; mientras que Lira lo hace asumiendo la forma retórica de una dictadura, quizá una forma que en el futuro encontrará cierto eco en la poesía de Bruno Vidal: “Preste Ud. atención, que habla la reacción: Obedézcase servilmente a la ley de la selva y el derecho del más fuerte a pisotear al débil en los callos que al débil le hayan salido de tanto correr para mantenerse vivo, y cuidaos que lo vuestro continúe en vuestras manos, y hacedlo multiplicarse y crecer”.

En el prólogo a La bandera de Chile (1991), de Elvira Hernández, Federico Schopf aclara que la apelación a los militares es en el fondo a la apelación a la dictadura y señala que como consecuencia de ello a comienzos de los 90 se reconstruyó el espacio de la cultura, que hizo posible tener una visión de conjunto de ciertos textos y, con ello, se crearon “las condiciones para la discusión crítica de su carácter literario o meramente documental o ideológico, es claro, en una situación en que las categorías estéticas mismas están en crisis o fuertemente puestas en duda por este pensamiento crítico”.

Para Schopf es evidente que a partir de 1973 existe un reordenamiento de toda la producción de poesía, tanto de la vieja como de la nueva. Sin duda el golpe de Estado implicó un antes y un después y, más allá de escribir de él, resultaba imposible eludirlo como experiencia de vida. En qué medida esa experiencia se convertía en poesía era otro cuento.

Por ejemplo, en las primeras páginas de La bandera de Chile, que recordemos fue publicada en Argentina por editorial Tierra Firme que dirigía el legendario editor José Luis Mangieri, se lee lo siguiente: “La Bandera de Chile es un pabellón dijo un soldado/ y lo identifico y lo descubro y me descubro/ del Regimiento de San Felipe/ dijo soñaba el pabellón mejor que su barraca/ dijo dijo dijo tres dormitorios/ ducha de agua caliente cocinilla con horno/ aplaudieron como locos los sin techo/ La Bandera de Chile”. Unos años antes Gonzalo Millán escribió de los militares en ese famoso poema incluido en La ciudad (1979) y leído en un bar de Canadá, del cual hay un registro muy preciso de Polo Gutiérrez; en este poema Millán, exiliado en ese país, plantea un movimiento inverso de los hechos, es decir hace como si nada hubiera pasado y el efecto es demoledor: “Allende dispara/ Las llamas se apagan/ Se saca el casco/ La Moneda se reconstruye íntegra/ Su cráneo se recompone/ Sale a un balcón/ Allende retrocede hasta Tomás Moro/ Los detenidos salen de espalda de los estadios/ 11 de septiembre/ Regresan aviones con refugiados/ Chile es un país democrático/ Las fuerzas armadas respetan la constitución/ Los militares vuelven a sus cuarteles/ Renace Neruda”. Tanto Hernández como Millán demuestran que era imposible escribir sin introducir la experiencia de la dictadura militar en la poesía, entre otras cosas porque esa experiencia era colectiva, social, trágica.

Pero la poesía chilena ha continuado constatando la presencia de los militares. Llama particularmente la atención lo que sucede con Libro de guardia (2004), de Bruno Vidal, que causó gran revuelo, porque reinstaló a los militares de una manera que no se había tratado antes, es decir como protagonistas, como portavoces de una historia de atrocidades: los militares torturan, asesinan, y lo dicen ellos mismos sin sentir culpa por eso. Todo lo que nunca fueron capaces de reconocer en distintos juicios por violaciones de los derechos humanos aquí aparece en múltiples voces que reconocen estas atrocidades. Uno de estos poemas dice: “Soy reservista/ nos llaman Nos acuartelan/ A primera hora/ Estamos frente a la Escuela de Suboficiales/ Nos ordenan que subamos a los camiones/ Atravesamos la ciudad”. Sin duda que acá Vidal dialoga con Millán, pero lejos de plantear una historia que va en dirección contraria la hace inevitable y vívida. Donde se aleja de Millán es en este tipo de poemas, que son los que más remecen por su violencia: “Me ordenó:/ Tira el cadáver de este pastel/ En el jardín que hay frente”.

Bruno Vidal señala que fueron las voces de las víctimas las que le dijeron que no hablara de ellas, que fuera “un reportero del lenguaje íntimo de esas tropelías: tome notas de la jerga, del argot de nuestros captores, eso será más efectivo”. Y fue muy efectivo escuchar estas voces que determinaron un procedimiento, un lugar desde donde construir los poemas, de ahí que recreara las facetas performativas del lenguaje militar, registrando la voz de mando. En lenguaje vulgar, Vidal no podía sacarle el culo a la jeringa, y para ello “tenía que bucear el demiurgo autoritario hasta sus últimas consecuencias, el ánimo de auscultar los acontecimientos del estado de sitio o del toque de queda me embargaba; esa diada de perseguidores y perseguidos, de víctimas y victimarios, me sobrecogía; el hálito del verdugo lo olfateaba en la primera fila de suceso macabro”.

Carlos Soto Román obtuvo el año pasado el Premio Municipal de Poesía de Santiago por 11 (2017), que reconstruye a través de una serie de documentos militares y citas la historia reciente, pero no son documentos ni citas completas, lo que trata de hacer Soto Román es apelar a la memoria de cada uno de los que vivió la dictadura e inducir a rellenar los huecos que él va dejando. En 11 tal como Libro de guardia el protagonismo lo tienen los militares que mandaron durante diecisiete años.

Un cambio dentro de una propuesta que podría ser catalogada de similar realiza en Antuco (2019), escrito en conjunto con Carlos Cardani Parra, aquí se recrea la tragedia de Antuco, donde murieron esos soldados con poca o nada de instrucción en los faldeos cordilleranos del sur de nuestro país, en el otoño de 2005. Aquí se puede leer por ejemplo lo siguiente: “La marcha desde el kilómetro uno tuvo un punto de no retorno/ Pese a que varios soldados cayeron al agua intentando cruzar el estero El Volcán/ A menos de novecientos metros del comienzo/ Con el azote del viento blanco apenas cruzando el cercano polígono de tiro”. Pese a las diferencias entre ambos libros, hay un punto en común: el rescate de una retórica militar, de una forma de decir, que está basada en la repetición y en la subordinación.

Si bien uno tiene la tentación de catalogar a los militares que aparecen en Antuco como víctimas, Soto Román corrige rápidamente esa apreciación y señala que “los militares son perpetradores” y que uno de los pocos militares-víctimas es Michel Nash, un conscripto que fue fusilado por negarse a tomar las armas en 1973. Ahora en relación a los muertos de Antuco, la mayoría eran jóvenes de dieciocho años que estaban haciendo el servicio militar, encuentran su fatal destino en “el clasismo, la arrogancia, la testarudez y la negligencia de los que estaban a su cargo. Me cuesta vincular a estos jóvenes con una institución que nunca los consideró, que los maltrata, que los ningunea”. De hecho la identificación de estos jóvenes se hizo difícil porque sus uniformes, aparte de no ser los adecuados para soportar esas condiciones climáticas, no tenían sus apellidos bordados en ellos, porque aún no habían hecho el juramento a la bandera, “entonces para sus superiores no eran parte del clan. Aunque llevaban botas, un fusil (sin munición) y uniforme, me cuesta identificarlos con ese mundo castrense”. A Soto Román le cuesta, además, hablar de una tradición a partir de Libro de guardia, sencillamente porque descree que “sea acertado hablar de tradición con tres o cuatro libros que sólo coinciden en que sus protagonistas llevan uniforme”.

Carlos Cardani Parra es otro poeta que lleva un tiempo trabajando con el tema de los militares: desde Raso (2009) que recoge su truncada experiencia en el servicio militar hasta el mencionado Antuco. En la escritura de Raso hay, sin embargo, cierta similitud con la de Libro de guardia, porque no hay tanto trabajo con el documento ni en la cita y se deja espacio al verso: “No nos conocemos/ Pero yo pienso en usted/ Al apuntar con el fusil/ Al desenvainar el corvo”. Para Cardani Parra tomar a los militares es sencillamente “un síntoma de la misma dictadura y su posterior resaca en democracia, tema transversal en la poesía hecha en Chile desde el 73 a la fecha”. Por eso que rechaza al igual que Soto Román la posibilidad de que haya una tradición, porque lo único que hay en común en estos libros es el uniforme y con eso no basta para conformar una tradición. El punto es que tanto en Antuco como en Libro de guardia el trabajo con la memoria es evidente; es cierto que no son libros calcados; es más, están escritos de diversa manera, pero se puede hablar de una tradición, porque detrás del tema, del uniforme, está la interrogante de qué hacemos con los militares en democracia, o cuál es su papel. Es una pregunta que primero se hizo la poesía y luego la política o la ciudadanía.

De ahí que durante y después del estado de emergencia decretado por el Presidente Piñera y el posterior toque de queda esto fuera planteado por buena parte de la ciudadanía. ¿Era necesario sacar a los militares a las calles por razones de orden público después de más de treinta años? Sin duda que para algunos fue una derrota de la democracia, porque se violaron nuevamente los derechos humanos, mientras que para otros el estado de excepción era simplemente una herramienta constitucional de la democracia. Para Bruno Vidal, los militares, partiendo por el comandante Javier Iturriaga tuvieron un comportamiento ejemplar durante el toque de queda, “y sus hombres no dañaron a nadie; muy por el contrario, bailaron cueca con la población civil, incluyendo en el festejo un partido de fútbol o algo parecido. Un soldado no ha querido ‘reprimir a su pueblo’ y el alto mando comprendiendo su situación lo ha dado de baja, no sometiéndolo a consejo de guerra”.

Cardani Parra, en tanto, cree que ante la violación de los derechos humanos la poesía está guardando silencio, pero no ese silencio del cómplice que calla lo que ve, sino ese silencio que es “darse el tiempo para procesar, para crear, para pensar qué se puede decir cuando la misma calle tiene una voz potente, acertada, tremendamente poética, colectiva y representativa. Pienso que las características del movimiento piden acciones rápidas y concretas, por lo mismo las performances, las intervenciones en espacios públicos son la primera línea del arte. La poesía vendrá después”. Soto Román comparte esta opinión y señala que lo acontecido y lo que está aconteciendo debería “traer consigo una reflexión profunda acerca de lo que significa hacer arte en Chile hoy en día”.

Finalmente, más allá de las posiciones de cada uno de estos poetas, lo interesante es que fue la poesía la que sacó a los militares a la calle antes que la política. De diversos modos estos libros han vuelto a mostrar a los militares en el ámbito de lo público, que son las publicaciones de libros. Los han visibilizado cuando muchos pensaban que el mundo castrense era cosa del pasado. Claramente lo sucedido después del estallido social del 18 de octubre ha hecho que muchas de las interrogantes y reflexiones planteadas por la poesía chilena ahora la piense un espectro más amplio de personas, lo que confirma que la poesía siempre se adelanta a la realidad, a la coyuntura.

Culto

 

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