Ya no mires atrás

Spinetta: así es su disco inédito

El jueves 23 de enero de 2020 se publica oficialmente Ya no mires atrás: siete canciones grabadas en La Diosa Salvaje entre 2008 y 2009, con su elenco habitual de músicos y colaboradores

Por Martín Graziano

El bocadillo de queso brie y dulce de cayote es inesperado y realmente exquisito, pero no llega a atenuar la expectativa. Aquí, en una undisclosed location del barrio de Belgrano, ni todo el catering del mundo puede detener a este puñado de periodistas. En unos minutos Catarina Spinetta dirá unas palabras introductorias y, disparado desde la Mac apoyada en el piano Fazioli, comenzará a sonar Ya no mires atrás: siete canciones grabadas en La Diosa Salvaje entre 2008 y 2009, en algún punto entre la edición de Un mañana y el concierto de Las Bandas Eternas. Un hallazgo inesperado que, como acredita la carpeta repartida en el ingreso, cuenta con el elenco de la última etapa: la base de Claudio Cardone (teclados), Sergio Verdinelli (batería) y Nerina Nicotra (bajo) más los aportes del Mono Fontana, Alejandro Franov y los propios hijos de Luis. Esa es la primera lección: cuidado con lo que espera en un prosaico pendrive. Puede ser un disco inédito de Spinetta.

El repaso por el repertorio despeja las primeras dudas. Todas las grabaciones son inéditas, aunque dos canciones ya han circulado en otras versiones y dentro de circuitos más o menos restringidos. “Luna nueva, mundo arjo” es una pieza que los viejos fans de Jade conocen desde 1983, cuando la banda decidió estrenarla oficialmente en los estudios de Canal 13 durante la emisión de Badía & Cía. Desde entonces apareció en decenas de bootlegs e incluso Ignacio Arigós grabó su propia versión para el disco Es ahora. Por otra parte, “Diadema” (como “Luces y sombras”) era una de las composiciones destinadas al disco inconcluso que Spinetta estaba produciendo para su coach-vocal Grace Cosceri. Una colaboración con el multifacético Ale Franov (célebre por sus trabajos con artistas como Juana Molina o Liliana Herrero) que, en retrospectiva, parecía abrir una nueva cantera de producción.

“Yo lo conozco a Luis desde muy chico, cuando fui a verlo al Coliseo: mi hermano fue bajista de Jade —dice Franov—. Imagínate… cuando levanté el teléfono aquella tarde y me invitó a una de sus aventuras fue increíble. Para mí, ¡era un ídolo máximo del rock mundial! Bueno, empezamos a trabajar para el disco de Grace Cosceri y en un momento me sorprendió porque, entrando en confianza musical, me preguntó si tenía alguna música. Espontáneamente, le mostré un tema que ya tenía su propia vida instrumental, pero él se terminó entusiasmando con la idea de ponerle una letra. Fue una época muy mágica porque, además, coincidió con la época en la que yo fui papá. Fue un año hermoso y de mucha intensidad. Nos hicimos bastante amigos, así que también pasé grabar una versión de ‘La guitarra’, la canción con letra de Atahualpa Yupanqui y música de León Gieco que después se editó en un homenaje. Se vivía una energía muy linda en el estudio: La Diosa estaba llena de aventuras musicales. Luis tenía todos sus proyectos funcionando al mismo tiempo; uno pasaba por ahí y se encontraba con Juanse, con el Mono Fontana, con Cardone, con Nerina. Por suerte todo ese material se conservó y hace un tiempo la familia me dio la gran noticia de que había rescatado esta colección hermosa de grabaciones originales”.

En otro caso, la carpeta con los créditos funcionaría como garantía. Ahí están los músicos, la ingeniería de Mariano López, el diseño de Alejandro Ros, el arte gráfico del propio Luis, la asistencia técnica y los mates de Aníbal “La Vieja” Barrios. Pero, como dijo un colega, ¡cómo si Spinetta hubiera grabado algo malo en toda su vida! Su vara es personal como una huella táctil: solo puede ser franqueada por el artista. Spinetta es su propia garantía. De manera que si todavía queda algún escudo, la intro de “Veinte ciudades” se encarga de derribarlo en cinco segundos cronometrados. Es un rock que, desde su pulso upbeat y las inflexiones vocales, remite a algunos grandes momentos de los ochenta como Privé, Téster de violencia o Mondo di cromo. La letra es frontal y piadosa: “con tus propios ojos/ ves lo hermosas que sos/ no hay razón para llorar”. Sentada en la primera fila, Catarina mira hacia los costados y concentra la voluntad de todos con un gesto: ¡suban el volumen!

 

Adelantado en Bios, el especial de National Geographic, “Ya no mires atrás” encauza todo ese influjo a veces inadvertido que Spinetta arrastra desde Para los árboles (o incluso antes: “Sexo”, de Los niños que escriben en el cielo, es un gran antecedente) y se encargó de subrayar en muchas entrevistas con el dropping-names de artistas como D’Angelo o Aaliyah. El neo soul. El r&b. Las charlas con sus propios hijos. Un palimpsesto donde la moneda, a la larga, siempre cae del mismo lado: el lirismo más mundano de Spinetta con acento de síncopa negra. “Agua de río”, por su lado, llega desde un territorio más familiar: una balada que, entreverada con el arreglo de Cardone remedando una figura de fagot, incluye una cita de “Que el viento borró tus manos” de Almendra.

Finalmente es el momento de “Luna nueva, mundo arjo”, una zamba que no solo pertenece cronológicamente a la órbita de Bajo Belgrano, sino que transmuta ese acento folklórico en la atmósfera porteña de aquel viejo disco de Jade. Spinetta explora las zonas más altas de su registro mientras, por el subsuelo, el Mono Fontana prepara sus habituales fantasmagorías sonoras. Sobre el final, suenan los cascos de unos caballos alejándose y ya queda bastante claro que estamos ante material de altísima calidad. Esto es jamón del medio.

“No seas tan pronto mi Mona Lisa/ tal vez no has hecho lo suficiente —canta Luis en ‘Merecer’, no sin un poco de sal—. Me desesperas con esa mueca sin pasión”. Su línea negra queda subrayada con Dante y Valentino tocando teclados, baterías digitales y metiendo las rimas que derivan en el solo breve y fosforescente del hijo mayor. El uno-dos del final es, curiosamente, el tramo más abstracto. “Luces y sombras” está montada sobre el piano angular de Franov y “Diadema”, por su lado, está producida como si fuera una canción de Björk. La voz sigue al piano nota por nota y en puntas de pie hasta que, en el final, se muerde la cola y comienza a bailar en círculos. El fade out es lento, pero nadie aplaude hasta que el sonido no se disuelve completamente. Como si el auditorio quisiera absorber hasta el último segundo de esta media hora de música.

En ese sentido, este lanzamiento se inscribe —voluntaria o involuntariamente— en una contemporaneidad. Tiene la extensión necesaria para su correspondiente edición en vinilo y se ajusta a los parámetros de atención del streaming. Cualquiera podría objetar que no es precisamente un disco: que es una carpeta con música inédita hallada en un pendrive. O que solo es un disco por la forma en la que la familia y el sello deciden darlo a conocer y comercializarlo: esto es, poniéndole un título, una tapa, un orden. Esa certeza, sin embargo, no le borra la sonrisa a nadie. No quita ni un ápice de belleza a toda esta música. A esta, como dijo Franov, “maravillosa colección de canciones”.

Este año, Santa Claus llegó tarde. Pero aquí está. No dice “ho ho ho”: pide que ya no mires atrás.

De Foucault a Nietzsche: el mapa filosófico de la obra Spinetteana

Luis Alberto Spinetta fue, ante todo, un artista generoso. Lo fue con sus “colegas” músicos del rock argentino, apadrinando a varios de ellos en su extensa carrera, y colaborando en un sinfín de proyectos y bandas que dejaron un cancionero inagotable para la posteridad. Y fue generoso, además, con la cultura de su tiempo, ya que transformó al pop y al rock en una herramienta de referencia y cercanía con otras expresiones del arte como la pintura, la danza, la música clásica y la filosofía. A continuación, una revisión primaria de los autores y pensamientos que influyeron de forma decisiva en la obra del “Flaco” a través de su carrera y cómo su lírica recoge elementos del pensar filosófico.

Culto

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