Historia y presente del Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana

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Por Redacción Nodal Cultura

El Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana es, tal vez, el vivo legado de un movimiento que tiene su genealogía en los encuentros surgidos en los años `60. Cineastas, actores, críticos, intelectuales, teóricos del cine participaron de intercambios más o menos formales, que cristalizaron de diferentes modos.

Iluminados por la revolución cubana y los procesos insurgentes en toda la región, se desarrollaron grupos de cine en Argentina (Cine liberación, Grupo Cine de Base), el Novo Cinema Brasilero, el grupo Ukamau en Bolivia o aparecieron nuevas corrientes de cineastas en Chile y Uruguay, entre otros. En este proceso algunos de los puntos más altos fueron el Festival de Cine de Viña del Mar (del cual en 1967 el Che Guevara fue presidente de honor) y los dos encuentros de Cineastas del Tercer Mundo, realizados en Argel, en 1973, y en Buenos Aires, en 1974.

Los inicios de la historia

El desarrollo del Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana está íntimamente relacionado con lo que el cine significó para la Revolución Cubana. El ICAIC (Instituto de Cine Cubano) fue fundado al comienzo mismo de la revolución y fue constructor de la política de comunicación en ese nuevo momento. El cine fue tanto una herramienta especial de difusión popular del proceso revolucionario,  como un lugar donde la revolución se llevó a cabo. El cine cubano constituyó una revolución estética, lo revolucionario tuvo forma en el cine de los grandes realizadores cubanos surgidos en la década del ’60.

En relación con América Latina, el ICAIC fue uno de los espacios desde los cuales se pensó la región. Las instituciones culturales de la Revolución Cubana asumieron una proyección explícitamente internacionalista. La obra de Santiago Álvarez es un ejemplo insoslayable en la historia del cine mundial. Uno de los méritos indiscutibles del cine ha sido aproximar a Cuba con América Latina.

El Festival de Viña del Mar 1967, considerado el espacio fundacional del movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano, ha sido un espacio de encuentro fundamental. Un primer momento a partir del cual comenzaron a sistematizarse los encuentros de los diferentes actores relacionados con un cine que se identificaba con la región y con proyectos emancipatorios.

El comienzo de proceso de instalación de dictaduras en la mayoría de los países de la región, comenzando en 1973 con el golpe a Salvador Allende fue determinante para lesionar estos encuentros. Asesinatos, exilios, imposibilidad de organizar viajes y proyecciones, detuvieron el proceso de crecimiento de ese movimiento. El Festival de La Habana, fundado en diciembre de 1979, puede ser considerado el continuador de ese proyecto que nació en Viña del Mar.

El ICAIC actuó como un puente cultural entre La Habana y la intelectualidad de izquierda latinoamericana. En calidad de “sede” del Nuevo Cine, el Instituto canalizará gran parte de los esfuerzos en materia de resistencia a la ofensiva de las juntas militares que se abatió sobre el Cono Sur a lo largo de la década.

Luego de la creación del Festival Internacional del Nuevo Cine de La Habana (1979), la política regionalista impulsada por el gobierno cubano se consolidó con el establecimiento en territorio cubano de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (1985) y de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (1986).

En este sentido, uno de los fundadores y quien tal vez haya sido la figura más importante del cine cubano, García Espinosa, afirmó: “La Revolución Cubana ha hecho posible que nos dedicáramos con más seriedad al descubrimiento de América. Hoy conocemos más a América Latina y al Caribe”.

Iván Giroud: «El Festival de Cine de la Habana surgió para descolonizar las pantallas»

El pretexto de la memoria. Una historia del Festival de Cine de La Habana, de Iván Giroud, es un libro que fascina. Lejos de todo desapasionamiento y falso tinte profesional, en ciertas ocasiones el periodista tiene que intentar trasmitir su propia experiencia sensible e intelectual.

Giroud fue director del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana entre 1994 y 2010 y a partir de 2013 es el presidente del mismo. Según escribe en el prólogo, escribió el libro porque quiere “dejar testimonio per­sonal de una experiencia cultural que me trasciende y que ha marcado a varias generaciones de cubanos y también a cineas­tas de Latinoamérica y del mundo”. En su texto queda claro que la historia política de Cuba, el período especial, la situación del cine y la industria en su país, la evolución de la cinematografía regional y el modo como se organiza un festival de esta dimensión no son hechos estancos, sino parte de una misma realidad.

En conversación con Nodal Cultura, Giroud agregó: “El último día de febrero de 2011 entró un correo electrónico en mi teléfono, me informaba—sin mucha ceremonia—que quedaba fuera de la dirección del Festival. Ese fue el detonante para escribir.”

Con un lenguaje claro, sintético y sensible cuenta su historia personal; su relación con los hombres que fundaron el cine en medio de la revolución cubana y con grandes nombres del cine del mundo; la historia del Festival, el más importante evento del cine de América Latina y el Caribe; la historia de Cuba desde los rincones del trabajo público –con las tensiones políticas que esto supone-; lo que el arte, como forma crítica, tensa en esa escena política; las formas que el talento humano operó durante el “período especial”. Pero al mismo tiempo recorre 30 años del cine latinoamericano; repone grandes nombres del cine mundial que visitaron La Habana; da cuenta de la relación de la cultura de nuestra región y las agencias de los países de Europa y deja algunos perfiles muy cercanos de los grandes nombres del cine cubano. Todo ello acompañado de las anécdotas de las peripecias que ocurren en la trastienda de un festival y los asistentes a las proyecciones nunca vemos.

Giroud llegó en 1988 al ICAIC – Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos-, un lugar que según sus palabras era una suerte de isla dentro de la isla, a la que muchos jóvenes deseaban acceder. A partir de 1994 queda a cargo de la dirección artística del Festival de Cine de La Habana.

Nodal Cultura dialogó con Iván Giroud a propósito de su libro. Así nos habló sobre el libro, sus causas y azares; el modo en que la historia de Cuba se entrama con los recorridos de la cultura en los últimos 50 años; cómo el Festival fundó su propia tradición; la identidad del cine de América Latina y el Caribe y los desafíos que impone el presente de nuevas formas de producción y plataformas audiovisuales emergentes.

Organiza el libro a partir de las ediciones del Festival. Un capítulo por edición desde 1988 hasta 2010. Pero el relato excede los hechos de cada año ¿Cómo surge esta propuesta de narración?
Al decidir contar una historia del Festival desde mi perspectiva, única y personal, quise ayudar al lector con una serie de coordenadas políticas, históricas, sociales, culturales para que se pudiera manejar con una mejor orientación por dentro del texto. Es una trama en la que todo se mezcla como en la vida misma. Intento hacer un relato transversal, pretendiendo con ello movilizar en el lector sus propias vivencias.

Quien conoce el Festival de la Habana puede dar cuenta de dos condiciones especiales del mismo: lo popular entre el público habanero y su condición de lugar de encuentro entre cineastas y cinéfilos de todo el mundo ¿qué nos puede contar sobre cómo evolucionó en los 30 años de los que fue parte?
El Festival, para permanecer, ha tenido que evolucionar perennemente, en respuesta a múltiples razones de diferente carácter, razones políticas, razones económicas, razones tecnológicas, la desaparición paulatina de los cines de barrio, el surgimiento del video y de los subsiguientes soportes tecnológicos (DVD, Blu-ray), el tránsito del analógico al digital, las nuevas plataformas de consumo. Todo se ha transformado, mientras, el Festival no ha renunciado a ninguno de los objetivos estratégicos que le dieron origen, estos siguen vigentes: Promover el encuentro regular de los cineastas de América Latina que con su obra enriquecen la cultura artística de nuestros países; contribuir a la difusión y circulación internacional de las principales y más significativas obras y formar un público para nuestro cine. Hoy el público tiene mucho más opciones para ver cine, pero revela una mayor desorientación. Somos tan necesarios, o quizás más, que cuando surgíamos.

Leyendo su relato cronológico se ve que los avatares del cine de nuestra región ¿Cuál es, luego de la 40° edición, la relación entre el Festival y el cine latinoamericano y caribeño?
Hacemos un festival grande apoyado en los muy valiosos recursos humanos, y creo que ahí está el secreto: convicción en el proyecto, sensibilidad política y pasión por el cine y la cultura en general, sentido de pertenencia.
Carecemos de recursos suficientes para asumir los gastos de todos cuantos quisiéramos invitar (directores, actores, críticos, gente de industria), apenas podemos ofrecerle lo indispensable para renovar los contactos y el encuentro, nada de premios en metálico como ya se estila en otros eventos, no obstante, aún mantenemos una altísima capacidad de convocatoria y nuestro público sensible y exigente, sigue esperando este Festival como la gran fiesta del año.

En la presentación de la 39° edición del Festival hizo dos referencias que me resultaron muy interesantes y claves para pensar el futuro del Festival: cuál es (o cuáles son) la (s) identidad(es) del cine latinoamericano y cómo deberán relacionarse con las nuevas tecnologías y plataformas
No hay una identidad latinoamericana. Las identidades son múltiples, tantas como lo son nuestros pueblos y culturas. Es muy importante el concepto de identidad en tanto que es un elemento cohesionador de cualquier grupo social. La identidad es un concepto que evoluciona, se transforma y redefine. El Festival tiene la obligación ética de revelar todas esas discusiones, tiene que ser espejo de su época.
Sobre el cómo vamos a dialogar e interactuar ante el desconcierto que nos generan las nuevas tecnologías de la comunicación es una realidad que está ahí y que no solo no podemos obviar sino que tenemos que tener en cuenta. No hay modo de evadir y menos intentar obstaculizar. Hay que ser proactivos. Cuando pronunciaba aquellas palabras que mencionas, aún no habíamos presenciado el gran debate que se ha generado este año con Roma, el filme de Alfonso Cuarón, que produjo Netflix. No podemos seguir de espaldas a esa realidad, no podemos obviar que el cine es también una industria y que su historia también se puede contar siguiendo el incesante y continuo cambio de su desarrollo tecnológico.

Omar Valiño, crítico y curador del Festival de Teatro de La Habana habló sobre cómo el Festival de cine fundó una tradición en poco tiempo ¿Cómo definiría usted esa tradición?
El Festival, antes que Festival, fue un movimiento, el movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano, y el Festival es su resultado. Con esto, qué quiero decir: que cuando surgió ya estaba todo pensado. El Festival tenía ya una columna vertebral, una coherencia, un propósito y unos objetivos estratégicos definidos. El Festival surge para generar todo tipo de alianzas para potenciar y desarrollar el cine latinoamericano, descolonizar las pantallas. Lo esencial: devolverle a nuestros países su imagen a través del cine.

¿Qué reflexión le merecen los 60 años del ICAIC?
En mi libro lo he dicho, el ICAIC, más que un lugar, era casi un país. Fue fundado por artistas, por creadores, por Alfredo Guevara, Tomas Gutiérrez-Alea y Julio García Espinosa, a quienes muy pronto se les sumó Santiago Álvarez. La ley que creo el ICAIC, la numero 169 del nuevo gobierno revolucionario, la primera en el campo de la cultura, en marzo de 1959, definía en su primer Por cuanto: El cine es un arte. Y de eso se trataba. Al tener establecida esta premisa, a partir de ella se desató todo.
A 60 años de creado, con sus grandes aciertos y con sus desaciertos, se hace imprescindible repensar un nuevo ICAIC, para un nuevo cine cubano. Y en eso andan los cineastas cubanos. Estoy convencido de que bien pronto lo van a conseguir.

Sobre los 40 Años del Festival de Cine de La Habana

Omar Valiño es crítico y teórico teatral, director de la Casa Editorial Tablas-Alarcos especializada en la difusión de las artes escénicas, pero además un cinéfilo empedernido. Y habló del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, como solo lo haría alguien que ama las películas. «El Festival de Cine va a cumplir las redondas cifras de cuarenta años. Parece mentira. Yo desde adolescente estuve al tanto de lo que ocurría en el festival, y cuando me fui a estudiar a La Habana en la Universidad, el festival estaba todavía en ese período lógico de cualquier evento, donde todavía se están haciendo sus definiciones fundamentales. Lo que más asombra, siempre lo digo, es que el festival fundó una tradición en tan poco tiempo. Las tradiciones que a veces llevan siglos, pues el festival es la prueba de que también en un breve espacio de tiempo se funda una tradición, porque La Habana no existiría y no sería igual sin el festival de cine en diciembre. Yo digo que son los días más bellos de La Habana en el año. Yo en lo personal que solo he sido siempre espectador del festival, ir mucho al cine para mí el festival es como una universidad. Como parte de mi formación. Cuando me estaba formando y siempre. Me alegra mucho poderte decir todo esto y que alguien de allá lea mi entrañable relación con el festival de cine latinoamericano de La Habana»

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