La vida eterna

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Entrevista a Celeste Carballo

Desde Moreno, su lugar en el mundo hace ya varios años, se mantiene activa y abierta en medio de la suspensión del tiempo y el espacio que tanto está afectando a los artistas. Empezó la construcción de un estudio de grabación en el parque que rodea la casa, grabó y estrenó un tema nuevo dedicado a Lucille, la legendaria guitarra de B.B.King, y ofrece numerosos mini recitales por Instagram a modo de presentación de Chocolate inglés rock, versión en vivo de su álbum pop de los 90, Chocolate inglés. En esta entrevista, Celeste Carballo habla de su presente y también repasa los años de ascenso y éxito, el trabajo con Charly García, el dúo con Sandra Mihanovich, y reflexiona acerca de las mujeres y los varones en el rock.

Por Juan Manuel Strassburger

Un lamento tenue pero sostenido. A la mañana. A la tarde. A la noche. Por ahí paraba unos días. Pero al tiempo volvía. Un lamento de perro. “Todo el tiempo”, especifica Celeste Carballo, que no hacía tanto se había mudado a Moreno –entonces una zona todavía pre urbana– y ya se había acostumbrado a que toda clase de sonidos interrumpieran la calma. El botellero, un auto acelerando, los pájaros, las jaurías, un grupo de chicos discutiendo por un partido de fútbol, el viento sobre los árboles, alguna sirena a lo lejos. Pero esto era distinto.

“Me acerqué y ahí estaba: atada a una tranquera con alambre”. Celeste tenía que tocar esa noche de catorce años atrás –presentaba Celos, su disco de tangos– y la perra que se llamaba Wanda no podía más. Muerta de hambre, muerta de frío, le clavó los ojos apenas la vio y apoyó el hocico entre sus manos como si fuera la última oportunidad. “Había tenido moquillo de chica. Y eso, por momentos, te deja una salivación excesiva y convulsiones. Los dueños, por ignorancia, se asustaban cuando ella sufría un ataque, creían que podía tener rabia y se desentendieron. La dejaban día y noche en la intemperie”.

Celeste la llevó a su casa, llamó al veterinario quien le hizo los primeros auxilios y luego se fue a cantar. Cuando volvió –varias horas después, la presentación fue en Capital– Wanda la esperaba feliz moviendo la cola. Días más tarde comprendió el maltrato que llevaba encima. “Al principio no se animaba a entrar. Tenía un miedo atroz a que le volvieran a pegar”, cuenta la cantante y compositora que desde entonces adoptó otros perros y perras que sufrían abandono y maltrato en sus hogares. “Aprendí que los que están en la calle no siempre están peor que los que están en las casas”, dice. Y hoy conforman su guardia de hierro; la primera barrera de dientes afilados y corazones amables que hay que franquear si se llama a la puerta y te abre Celeste Carballo.

“¡Ja! ¡Son tremendos!”, se la escucha decir ahora que los ladridos que se cuelan por el audio de la charla marcan una presencia invisible y latente. “Para mí con cuarentena o sin cuarentena es lo mismo: todos los días me levanto con la luz de sol y arranco”, señala quien en los últimos meses y entre otras varias cosas empezó la construcción de un estudio de grabación en su parque (“Ya arruiné varias remeras pintando”, se divierte); terminó con indicaciones por WhatsApp la grabación y estreno de un nuevo tema (la vital y alegre “Lucille”, dedicado a la legendaria guitarra de B.B. King); y ofreció numerosos mini recitales por Instagram a modo de presentación de Chocolate inglés rock, la versión en vivo de su perfecto álbum pop de los noventa (Chocolate inglés) que recuperó para su sello CeCe Digital.

La sensación es que tiene que ocurrir una catástrofe más grande que una pandemia para que Celeste deje de hacer lo que tiene que hacer. Ella matiza: “Todo lleva su tiempo. Las cosas no pueden hacerse en diez minutos. Por ejemplo en 2004 yo ya vivía acá, pero alquilé una sala de ensayo cerca del Parque Lezama y en un momento me quedé a dormir, me llevé el piano, la batería, trabajamos mucho el material de Celos. Tres años geniales. Pero en 2006 volví acá, a esta casa alpina. Y cuando en el 2007 llegó la nevada entendí el por qué de este techo a dos aguas tan pronunciado: la nieve bajando como torrentes de río a la mañana siguiente. Horas y horas cayendo como si lloviera a raudales”.

Una imagen que le quedó grabada igual que la de ella misma, a mediados de los noventa, después de perder el contrato por BMG –por una reestructuración mundial en la que ningún artista local tuvo mucho que hacer– para resurgir luego desde el tesón, la independencia y el amor por la música que llevaba adentro. “Fue la época en que me vine al Oeste. Empecé a tocar con gente de la zona y a presentarnos varias veces por semana. Creamos un material nuevo, canciones como ‘Ahá’ y ‘Los árboles prohibidos’ que luego formarían parte de Tercer infinito y que impusieron desde el power trío en el escenario otro ritmo al show”.

Épocas de transitar su propia prueba de fuego: la de demostrarse a sí misma que no había elegido esa vida porque sí. Que no iba a tirar la toalla. Lo cual en su caso implicó no sólo mudarse al Oeste sino también producir giras por todo el país sin contar a priori con la confianza de sus interlocutores. “Le escribía a los bolicheros de Córdoba, la Patagonia, La Pampa, la provincia de Buenos Aires y como no había internet ni nada, al principio dudaban: ‘No sé, pará, ¿qué vas a tocar?’, me preguntaban del nuevo material. Entonces les enviaba por correo postal una foto en sepia de la banda que habíamos hecho aquí en el parque y evidentemente les encantaba porque al quinto día me llamaban: ‘Bueno, ¿cuándo venís?’”, recuerda y sonríe.

Siempre fuiste muy líder de los grupos que armaste. En un show de 2015 en el ND Ateneo dijiste: “Nos peleamos en el ensayo y nos amigamos durante el show”. ¿Cómo es formar parte de la banda de Celeste Carballo?

–Prima sobre todo el respeto. Incluso más que el amor. Yo no quiero que me quieran, quiero que me respeten y que se respeten a sí mismos. El proyecto es de todos. Mil veces hago recitales para que la banda tenga trabajo, un plus. Cada níquel que entra sale multiplicado porque lo reinvierto. A veces veo que otras bandas se quejan: ‘La cuarentena… no tenemos nada… qué vamos a hacer…’. ¡Nosotros no tenemos nada! ¡No tenemos respaldo de nadie! Y acá estamos, poniendo música a la vida.

MÚSICA EN VIVO

Hay un momento que ocurre desde los inicios, o al menos desde que Celeste Carballo empezó a cantar profesionalmente, que podemos denominar “El momento”. “El momento Celeste”. Y consiste en ella misma yendo a dar una nota en la radio o la tv y de repente transformando la energía del lugar –y de quienes en sus casas están prestando atención– en otra cosa. Otra temperatura, otro color. Ocurre cada vez que alguien –algún asistente, a veces el propio conductor– le alcanza un piano, una guitarra, a veces simplemente un micrófono, y le pregunta si puede “tocar un tema”.

“¿Podés tocar un tema, Celeste?”, le preguntan a veces dudando y otras seguros porque la conocen y saben que no es una complicación para quien desde que era chiquita –y vivía en una granja en Coronel Pringles– le cantaba a sus padres al calor de una cocina a leña: “Crecí en un lugar donde no había electricidad, pero sí mucho tiempo para leer, escuchar la radio y cantar inventando melodías e historias de caballos salvajes”, describe sobre esos años. Por eso, cuando en medio de una entrevista le acercan un instrumento, no sólo accede sino que enseguida da una pequeña gran muestra de esa combustión del alma, transmutación de energía, que es música en vivo.

“La gente en esos momentos se descubre a sí misma. Proyecta sobre nosotros los artistas su mirada sobre las cosas, su propio mundo”, consigna sobre sus reconocidos recitales que pueden tomar diferentes formas o intensidades –la que prevalece hoy es el blues funkeado y el rock– pero que en definitiva expresan una excitación, un fuego interior que derrama y corta ese letargo del que muchas veces somos víctimas. “A mí me pasa seguido que después de un show me escriben contando que lograron superar tal o cual situación a partir del mantra que alcanzamos con temas como ‘Para salir de Devoto’, por ejemplo. ‘¡Logré salir de una traba que me retenía!’, me comentan. ‘¡Estuve toda la semana dando pasitos para adelante!’. Y eso, por supuesto, me pone feliz”, subraya.

“Para salir de Devoto”, favorito incluído en Tercer infinito –un disco de culto de su discografía, con el que volvió al rock de carretera después de Chocolate inglés, el que la llevó por Los Angeles, New York, Miami, y que todo fan que se precie lleva consigo por donde va–, es un tema clave en este apartado porque es el que durante muchos años usó para cerrar sus shows. “Lo importante para mí durante un recital no es tanto si sale perfecto el arreglo o no. O si entró justo la nota o no. Sino que el fuego circule. Que la gente lo reciba y lo devuelva. Y en ese sentido el mantra de ese tema fue muy importante porque lo que se terminaba viendo era que la verdadera cárcel no era Devoto sino la que llevamos dentro. Sin escapatoria. Por suerte también tenemos a mano la llave para salir. El asunto es que hay que reunir valor para buscarla, abrir la reja, dar unos pasos y finalmente salir de la comodidad”, sonríe.

¿Y en tu caso? ¿Cuál fue tu cárcel?

–Hubo muchas. Fueron cambiando. A lo largo de la vida, con suerte, te vas liberando de algunas celdas, de algunos lastres. Aunque también sin darte cuenta tal vez te metés en otras.

¿De cuál estás contenta de haberte liberado?

–Y, por ejemplo, de ser la menor de la familia. La menor de ocho hermanos. Yo me divertí mucho cuando regresamos de Pringles y convivimos con Eduardo y Gabriel, mis hermanos varones, otra vez en el barrio de Devoto donde nací. Siempre fueron mis ídolos. Los amé muchísimo. Recién estaba cumpliendo once y ellos ya eran jóvenes, súper activos ¡y comandantes! Todo tenía que pasar por ellos. Y por mi viejo. Había que negociar todo el tiempo. Años más tarde, cuando compré mi primer departamento y me hice cargo de mi vida, lo ví con otros ojos. Los descubrí como seres humanos y quise conversar con Vicente, mi padre. Así fue que hice «Qué suerte que viniste», una charla de adultos con él.

Ya más grande, ¿hubo otra trampa, otra celda para salir?

–Sí, la cárcel del éxito. Salí de esa celda a las patadas.

CADA DÍA MÁS

1982. Otoño. Guerra de Malvinas. Celeste vuelve caminando a su departamento de San Telmo, en Defensa y Chile. Una ciudad donde rige el oscurecimiento. De repente, una ráfaga de ametralladora. “¿La guerra ya llegó a la ciudad? No puede ser, realmente no puede ser”, se asusta mientras llega casi corriendo a destino, sube rápido por las escaleras y se encierra a exorcizar el pánico escribiendo una canción en su cuaderno. Pasa la noche en vela y su título es “Me vuelvo cada día más loca”, una de sus canciones más emblemáticas, y la que le da título a su icónico disco debut que termina musicalizando el regreso a la democracia con súper hits como “Es la vida que me alcanza”, “Querido Coronel Pringles” y otros que se convirtieron en clásicos del rock nacional como la movilizante “Ahora estoy en libertad”, la impactante versión de “Desconfío” de Pappo y la hermosa “Una canción diferente”, con David Lebón rompiendo las marcas de cualquier emoción. El impacto, sin embargo, también la coloca en lugar de fenómeno comercial y artista masiva que la hizo enfrentar las restricciones que invariablemente vinieron asociadas a esa situación.

“¿Cómo que no va? ¿no estamos haciendo rocanrol?”, recuerda Celeste que le contestó a su productor un día a mediados de los ochenta cuando la llamó para advertirle que ese disco “punk” que estaba preparando “no iba”. “Ellos entendían el éxito según el concepto estadounidense de vender muchos discos y yo lo entendía por el lado de hacer lo que el artista tiene que hacer”, rememora quien por entonces –tras un segundo álbum que no la había convencido del todo (Mi voz renacerá, de 1983)– había regresado de una gira por España conmovida por el punk español (un cuarto de su pelo rapado así lo atestiguaba) y la consolidación de una amistad que sería decisiva para su vida.

“Abro para Dylan y Santana, quienes estaban en una gira juntos por Europa. Ese era mi último concierto en España y de repente me encuentro con Charly García que recién llegaba de Argentina para producir discos en Ibiza. Él se impresiona con el show que damos juntos con mi banda de músicos madrileños, se impresiona completamente. Claro, era la primera vez que me veía en vivo. Al día siguiente salimos todos a la isla, para mí empezaban las vacaciones pero Charly todavía tenía que grabar a los GIT. Habían alquilado un Fiat chiquito blanco y como yo era la única que sabía manejar los llevaba a todos lados. Charly decía ‘vamos a la playa’, íbamos a la playa. ‘Vamos a Ku’, íbamos a Ku”, se ríe. Y concluye: “Charly ya me conocía desde la época en que mi hermana Violeta fue chofer con su auto de los shows de Sui Generis, pero esas giras por Ibiza y el show en el Camp Nou nos terminaron de hacer amigos”.

No es de extrañar entonces que al volver y encontrar trabas para poder plasmar su nuevo proyecto, pensara inmediatamente en Charly. “Grabé un demo y lo invité a escucharlo a mi casa de San Telmo. ‘¿Y esto Celestita? ¿De dónde lo sacaste?’. ‘Es lo que hice este año, con todo lo que viví en Barcelona, en Madrid’. ‘¡Es impresionante!’, me dice. ‘Ponelo a sonar en vivo que vamos a escucharte con Pelo Aprile’. Y eso hago: armo la banda y organizo un show en un local chiquito de Belgrano donde anuncia el lanzamiento de mi nuevo proyecto: Celeste y La Generación”, relata. “Damos un show súper fuerte y cuando terminamos veo que Charly viene al camarín enloquecido. ‘¡Esto es impresionante! ¡Esto lo tienen que grabar ya! ¡Está buenísimo! ¡La imagen también! ¡Que venga Pelo Aprile (gran figura de la industria discográfica argentina) y de el okey ya mismo que yo hago la producción artística!’. Y bueno, Aprile vino y aceptó. Pero con la condición de que lo grabemos en una semana. Y eso hicimos”.

Le torció la voluntad.

–Al revés: se la enderezó.

¿Cómo fue interactuar con Charly?

–Trabajamos mucho porque tuvimos que grabar un disco en vivo, armando todas las bases en dos días. No parábamos ni para hablar. Era hacer un tema. Y otro tema. Y otro. Y después cantar todos al hilo. Un día vino Spinetta porque era la época en la que estaban escribiendo “Rezo por vos” para el disco juntos. Y se pasó toda la tarde sentado en el control de Panda mientras yo cantaba «Buscábamos vida», la favorita de Charly. ¿Podés creer que ni pensé en invitarlo a cantar ese tema? Así éramos entonces, la vida eterna.

Cuando terminó La Generación diste otro giro de timón al armar un dúo con Sandra Mihanovich. ¿Cómo ves a la distancia ese encuentro de dos mundos, el tuyo que venía del rock nacional y el suyo que venía de la canción melódica?

–Era el mismo mundo, la misma generación. Por ahí socialmente sí había una diferencia en el sentido de que yo era más pueblo y ella era la nobleza. Pasaba una grieta por ahí. Aunque también, visto de otro modo, yo era la nobleza y ella, el pueblo. Porque cuando comía, comía con la boca abierta. Yo le decía: “¡A ver! ¡Colegio inglés! ¡Colegio inglés! ¡Por favor!” (risas). Pero sí: el mismo mundo, la misma grieta.

MUJERES, HOMBRES, MITOS

Sandra y Celeste tuvo alcance masivo. Giraron por Chile, Paraguay, Uruguay, Perú y toda la Argentina. Fueron productoras de sus propios teatros repletos. Sonaron en las radios e inventaron acuerdos inéditos para la Televisión. Tal vez, es cierto, al público más rockero de Celeste le costó un poco más comprender el proyecto. Aunque ella recuerda el cierre de los conciertos cuando cantaban “Te Quiero” de Benedetti y Favero y “todo el mundo se ponía de pie con el corazón reventando de la emoción”.

Hoy los videos de sus visitas al programa de Badía y de Susana son celebrados en las redes; sobre todo por la hermosa afrenta que significó para la época ese amor gritado en miradas cruzadas y sonrisas cómplices que tuvo uno de sus hitos con el afiche de Mujer contra mujer y, otro, la entrevista en Imagen de Radio, el programa nocturno de Badía, donde revelaron que eran pareja ante una Argentina que se dormía pero que tuvo que despertarse para verlo. Un momento sin dudas pionero que sin embargo empezó a ser recuperado recién los últimos años.

“Nunca hice bandera redundante pero siempre fui clara en la cuestión política y en defender mi modo de vida, mi estilo, la gente que quiero, que respeto, los que están a mi lado”, postula hoy. “Y eso es hacer política también. Haberme enfrentado con un montón de gente con la que en su momento no estuve de acuerdo, aunque no necesariamente desde la letra de un tema. Yo no hago canciones folletinescas o tendenciosas. Sé muy bien dónde está la línea que divide una canción que emociona y otra que se vuelve un folletín”, subraya Celeste, que cada vez que le preguntan expresa su agrado por el auge en los últimos años de las reivindicaciones de género.

En Argentina cuesta entender la voz de la mujer liderando”, dijo en una entrevista reciente, y también afirmó: «El rock nacional sigue siendo machista, al igual que el resto de la sociedad: ni más, ni menos». Ahora agrega: “Al hombre y a la mujer nos corresponden los mismos derechos. Pero: la mujer tiene un mundo, otro el hombre, y no tienen porqué ser iguales. Esa diferencia no tiene por qué perderse; quiero que se mantenga porque a mí me encanta hacer música desde ser mujer. Tengo mi groove y una visión femenina del mundo. Y me molesta cuando la mujer quiere ser igual al hombre. Quiero a los hombres, los comprendo, ¡tengo una banda de todos chicos, imaginate! ¡La paciencia que les tengo! (risas). El hombre tiene un mundo interior propio, distinto. Y cuando puede asociarse al mundo de la mujer se generan cosas buenas”.

Bueno, es un poco tu caso, que por ejemplo en la época de Acústica y Acusticados tuviste detrás a los Ratones Paranoicos, haciendo de tu grupo. ¿Cómo se dio el vínculo con ellos?

-¡Por Devoto! El barrio te emparenta. Vivía en Habana y Gutemberg, y ahí nomás estaba el negocio del papá de Sarco (guitarrista de los Ratones), cruzando la vía. Escuchábamos los mismos Rolling Stones: el que se escuchaba en Devoto. Cuando pasa eso y te volvés a encontrar más adelante, es como si ya te conocieras de toda la vida.

También grabaste con Pappo. Y versionaste a La Renga y a La Mississippi, que componen el costado más masculino del rock nacional y te retribuyeron con cariño, admiración y respeto.

–Es que esa imagen distante es la que muestran hacia el afuera. Son buenos actores los chicos, crean buenos personajes (sonríe). Yo también tengo los míos. Pappo, se hacía el recio, el que no hablaba, no respondía. Pero cuando me buscaba para ir a almorzar en alguna cantina sacaba su excelente humor, te hacía a full, compartimos demasiadas cosas como para sostener esa postura en el tiempo. Los últimos años venía en moto hasta acá, a tocar la viola un sábado a la noche. “¡Mirá que no hay alcohol, eh! Sólo tomo té”, le decía. “No hay problema Blue, ya me tomé dos ácidos”, me contestaba. Ah bueno, listo (risas).

La historia de cómo se conoció con Pappo conserva su magia. “Yo tenía 20 años y estaba estudiando psicología en la UBA, armando mi primera banda, Alter Ego. Año 76. Hicimos nuestro primer recital en el Auditorio Kraft y pegamos unos afiches que decían solamente “blues” bien grande y abajo nuestros nombres chiquitos. Pappo vio esos afiches y vino a vernos. Cuando termina el show voy saliendo del camarín y veo a un pibe apoyado contra la pared. Un flaco con los brazos cruzados, campera negra, pantalón de cuero, pelo morocho y re lindo”.

Pappo, por supuesto. Celeste se acerca. “‘Qué bueno estuvo’, me dice. ‘Qué bien que cantás’. ‘¡Gracias!’, le devuelvo. Eran todos temas inéditos, nuestros. “La verdad que cantás muy bien”, me comenta y nos quedamos hablando un montón. Pocos días después yo estaba en mi cuarto leyendo cuando mi madre Elisa me dice: ‘En el portero eléctrico hay un chico que dice que te conoce, que quiere subir, se llama Pappo’. ‘¡Ah! Estuvo el otro día en el recital, ¡que suba! Tomen un mate mientras me cambio’. Y bueno, mi mamá lo recibió mientras yo me terminaba de cambiar. Luego nos quedamos charlando de la vida. Y nos hicimos amigos”.

Celeste tiene muchos temas inéditos aún sin registrar. Uno que rescató hace poco es “Peter Pan y yo”, una misteriosa balada en el piano que compuso mientras se encontraba grabando Chocolate inglés y que recién ahora editó en versión guitarrera. Y otro, que compuso hace poco, es “Hace mil” donde canta: “Mil años después vuelve a abrir el primer jazmín del verano. La brisa nocturna ha traído hasta mí su perfume almendrado”.

Como en su primer disco, la naturaleza, los colores, un buen día de sol, siguen siendo cruciales en su música. Y en su camino. “Vivimos en un planeta que visto desde Marte es una roca chiquita. ¡Marte, que está acá nomás! Entonces, ¿cuál es la seguridad? ¿Qué te sostiene? Esa incertidumbre hay que tenerla clarísima. Pero no para amargarse sino para ubicarse. Para poder utilizar esa fuerza que todos llevamos dentro”. La llave para abrir la celda, la llave de Celeste para abrirse al futuro.

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