Perú: los años de José Carlos Mariátegui

En Contexto
José Carlos Mariátegui nació en Moquegua, sur de Perú, el 14 de junio de 1894, en una familia muy modesta. Desde los ocho años tuvo una enfermedad de las piernas que apenas le permitió cursar estudios primarios. Pese a eso, José Carlos se formó en periodismo y cultivó varios géneros literarios. En 1919, creó el diario La Razón con el que apoyó la Reforma Universitaria y las luchas obreras. Además, fundó la Federación Obrera Regional Peruana. Con la entrada de la década del ´20, viajó por Europa gracias a una beca. En Italia se casó con María Chiappe (a su lado en la foto que acompaña esta nota) y se alineó con el marxismo. Regresó al Perú, en 1924, y sufrió la amputación de una pierna como consecuencia de su antigua lesión. Aún así, su producción literaria se incrementó. En 1926, fundó la revista Amauta, donde publicó sus Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, por capítulos. En 1927, sufrió cárceles y prisión domiciliaria durante el proceso contra los comunistas. En 1928, rompió con el APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana, del líder Víctor Raúl Haya de la Torre) y fundó el Partido Socialista. Un año más tarde, le dio vida a la Confederación de Trabajadores de Perú. Murió en Lima, el 16 de abril de 1930, a los treinta y seis años. 

Por Tomás Forster

Mariátegui fue ante todo un forjador de nuevos caminos. Al intentar seguir el rastro de su intensa y corta biografía, si hay algo que llama la atención es su conciencia de estar contribuyendo a la construcción de una arquitectura político-conceptual inédita, desde los mismos cimientos hasta las más altas cumbres de su pensamiento y su praxis, nacidos de las entrañas de la tierra suramericana, como la propia cordillera andina y sus ancestrales pobladores quechuas y aimaras. Esa labor intelectual fue realizada a través de la búsqueda de un estilo, un contenido y un lenguaje inaugurales, con inflexiones y contorsiones rupturistas, representativo del Perú profundo y equivalente a la producción poética de su amigo y contemporáneo Cesar Vallejo. Del autor de Los Heraldos negros y Trilce, quizás reconociéndose a si mismo en el eco de sus palabras, dirá: “su canto es íntegramente suyo. Al poeta no le basta traer un mensaje nuevo. Necesita traer una técnica y un lenguaje nuevos también”.

Esa misma necesidad tenía el propio Mariátegui. De ahí, su tentativa por expresar de una manera novedosa la potencialidad de un proyecto emancipatorio y socialista en versión indoamericana, una forma cimentada entre su formación autodidacta, un viaje iniciático a Europa y esa capacidad incesante de producir palabras resonantes a través de una prosa alimentada, en primer término, entre los rudimentos cotidianos que le dejó esa suerte de escuela que fue el periodismo gráfico en su vida.

Sin posibilidad de acceder a una educación formal como consecuencia de la pobreza que atravesaba su familia,  a los 14 años José Carlos ya trabajaba, buscando y llevando las notas de los colaboradores del diario La Prensa a la redacción del mismo. Un trabajo usual y necesario en ese entonces e inconcebible hoy en día. Pese a los tormentos que le producía una cojera que cargaba desde chico y al poco tiempo libre del que disponía entre pedido y pedido, aquél adolescente inquieto ya se animaba a mandar notas firmadas con el pseudónimo de Juan Croniqeur y, al poco tiempo, consiguió destacarse y ganarse un lugar en el ámbito.

Lector voraz, ya en ese entonces se inclinó por una suerte de periodismo de ideas, una elección que profundizará en los años siguientes. En ese momento, su principal deseo era convertirse en un prestigioso hombre de letras, aunque, progresivamente, va dejando atrás las ensoñaciones de la bohemia limeña y a renegar de cierto “decadentismo finisecular”, como el mismo recordaría tiempo después, para involucrarse de lleno en las encrucijadas políticas que vivía el Perú del régimen de Leguía. Aquellos eran días convulsionados por los efectos de La Reforma Universitaria, surgida en la provincia argentina de Córdoba, y los coletazos producidos por las Revoluciones Mexicana y Rusa. Mariátegui comenzaba a participar activamente mientras, en la militancia estudiantil peruana, descollaba la figura de un joven trujillano, Víctor Raúl Haya de la Torre, primero admirado compañero luego su principal adversario.

La obra de Mariátegui estuvo marcada por dos grandes andariveles: el artístico-literario y el político-sociológico, que fue tornándose predominante en su última etapa. Un contemporáneo suyo, el escritor argentino Leopoldo Lugones se refirió a Mariátegui de un modo que, si por un lado reflejaba la estima intelectual que se profirieron mutuamente, por el otro desnudaba la distancia ideológica que los separó. Al momento de fallecer Mariátegui, a la temprana edad de 35 años, Lugones lo despidió con las siguientes palabras: “El Perú, a no dudarlo, ha perdido en él a un buen escritor, que, al acabar de formarse, habría sido un escritor excelente. Faltábale, en efecto, condensar su abundancia; madurar aún en sí mismo la sustancia nacional que es para el espíritu lo que para el árbol el jugo de la tierra; liberar al artista genuino del sociólogo extranjero”. Preso del ímpetu ultramontano en el que decantó, Lugones, un hombre de erudición clasicista, olvidaba el origen moderno y europeo del nacionalismo y caía en un chato lugar reaccionario al tildar de extranjerizante la postura de Mariátegui. Este aspecto también será machacado, desde otro ángulo, por Haya de la Torre.

Frente a esos cuestionamientos, quien paso a ser conocido como el Amauta (sabio o maestro del Tahuantisuyo incaico), desarrolló un socialismo que no fuera en América “ni calco ni copia”, sino “creación heroica”, y señaló los móviles de su propuesta: “Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He ahí una misión digna de una generación nueva”. Absorbió las tendencias viejas y nuevas del conocimiento occidental en benefició de una interpretación afincada en las propias características de la historia peruana e indoamericana. Profeso una conjunción entre marxismo e indigenismo, que le permitió comprender la cuestión del indio no desde una dimensión moral, meramente étnica o jurídica, sino como el problema social, económico y político en sí mismo que significó la usurpación económica a manos de la colonia y, más tarde, profundizada por la oligarquía criolla consolidada en el poder. En los Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, su libro más conocido, afirmó: “No nos contentemos con reivindicar el derecho del indio a la educación, a la cultura, al progreso, al amor y al cielo. Comencemos por reivindicar categóricamente su derecho a la tierra”.

Consciente de su salud endeble, en poco más de diez años llevó adelante una obra teórica, una acción política y una labor editorial, que sobrevivió a las inclemencias del tiempo y las vicisitudes generacionales, sujeta a ser releída y recuperada en las épocas siguientes, abierta a distintas lecturas y sentidos, siempre actual y vigorosa, capaz de inmiscuirse entre los pliegues del continuum histórico.

En un contexto de crisis general del orden liberal como consecuencia de la Primera Guerra Mundial y del movimiento sísmico producido por la Revolución Rusa, Mariátegui elaboró un marxismo herético, sensible al diálogo con las vanguardias artísticas, lúcido crítico de las líneas evolucionistas y positivistas que se habían afincado desde los tiempos del viejo Engels y la Segunda Internacional, interesado en tomar a la filosofía de la praxis como una guía para la acción y no como un esquema prefijado y mecánico. Su figura forma parte del entrelazamiento entre marxismo y romanticismo, suponiendo una estación indoamericana en una tradición que contiene otros nombres fundamentales como los del judeo-alemán Walter Benjamin y el italiano Antonio Gramsci, contemporáneos ambos del peruano.

Al igual que estos, supo beber en otros manantiales del pensamiento político, estético y filosófico, influyentes en ese mundo de entreguerras, como las corrientes vitalistas, con Nietzsche y Bergson como núcleos principales, la idea de mito del teórico del anarcosindicalismo Georges Sorel o la lectura neo-hegeliana de Benedetto Croce. Su viaje formativo, que lo trasladó al otro lado del Océano Atlántico, tuvo la virtud de ensancharle y enriquecerle la mirada. Pasó los primeros meses en París y, luego, algunos años en Italia donde, en sus propias palabras, “desposé una mujer y algunas ideas”. Allí coincidió con el bienio rojo turinés, concurrió al congreso en el que se fundó El Partido Comunista italiano con Gramsci como uno de sus principales animadores y observó, desde su propio atalaya en la campiña romana, el huevo de la serpiente: el fascismo.

Al igual que muchos intelectuales y escritores latinoamericanos que en el viaje iniciático europeo, entre bohemia y nostalgias, redescubrían su pertenencia, Mariátegui se reencontró con su identidad primigenia. Pero ese sentimiento no se quedó en la mera evocación, sino que tomó un cauce distintivo y peculiar que lo llevó a indagar en las propias especificidades de la configuración social, económica e histórica peruana e indoamericana para lograr así desentrañar las causas concretas de la postergación de los pueblos del continente y de su propia nación. Años después, él mismo reconocería: “Yo no me sentí americano sino en Europa. Por los caminos de Europa encontré el país que yo había dejado y en el que había vivido casi extraño y ausente. Europa me reveló hasta qué punto pertenecía yo a un mundo primitivo y caótico; y al mismo tiempo me esclareció el deber de una tarea americana”.

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