Daniela Alcívar Bellolio: «Es hora de dejar ser nostálgicos con nuestras glorias pasadas»

«Es innegable que la crítica en Ecuador está mal entendida»

Daniela Alcívar Bellolio (Guayaquil, 1982) es una de las voces críticas más contundentes de Ecuador. Su trabajo, que aborda sobre todo el ensayo, la ubica dentro de una generación de escritores locales que empieza a dibujar una nueva cartografía en la literatura contemporánea.

En su paso por el país luego de haber sido invitada a la última Feria Internacional del Libro Quito 2015 (actualmente vive en Argentina donde realiza un doctorado en Literatura), habló con nosotros sobre el estado de la literatura ecuatoriana, sobre sus lecturas preferidas, sobre las últimas propuestas hechas por mujeres, etc. La entrevista saldrá completa este domingo en la revista cartóNPiedra.

¿Cuál es el estado de la crítica literaria en el Ecuador?

Hasta hace poco he sido muy pesimista al respecto. Creo, por un lado, que el ejercicio crítico (al menos el que a mí me resulta interesante) aún es escaso en nuestro medio, reducido casi siempre a reseñas en los diarios y poco más. Por otro lado, es innegable que la crítica en el país está mal entendida; se la asocia, un poco ingenuamente, con la antiescritura: el crítico sería, en el imaginario de una gran parte de los escritores y lectores, un ser frustrado, resentido, incapaz él mismo de escribir y por tanto dedicado a destruir esta suerte de aura mística del autor de “ficción”. Creo, sin embargo, que el panorama está cambiando. Hay todo un grupo de escritores, académicos y críticos jóvenes (muchos de ellos se han beneficiado de la experiencia de vivir en el extranjero durante algún tiempo) que están terminando con la visión dicotómica y simplificadora que divide la crítica o la teoría de la ficción y que ya no le tienen miedo ni resentimiento al ensayo como forma.

¿Crees que hay una suerte de chauvinismo cultural que impide que se hable objetivamente sobre la literatura local?

No sé si hablaría de objetividad como valor, pero sí creo que estamos aún muy encerrados. Eso se debe a muchas cosas, como la deficiente distribución de libros de países latinoamericanos (problema que no es exclusivo de Ecuador) y nuestra relación de amor-odio con lo extranjero. En eso sí veo cierto chauvinismo que quién sabe de dónde nos venga. No es tanto que ese chauvinismo nos impida leer la literatura local sino que nos arrebata herramientas valiosas para entender lo que ocurre en nuestro medio.

¿Qué pasa, en cambio, con la crítica en América Latina, particularmente en Argentina?

La tradición crítica y ensayística en Argentina es poderosa, siento una fuerte admiración por ella, y una gratitud muy grande también por lo que he podido aprender en estos 11 años allá. Tiene que ver con muchas cosas, desde las políticas de Estado con respecto a la cultura hasta las líneas de escritura ensayística que vienen desde Sarmiento y de ahí en adelante, pasando por la enorme máquina editorial que hace accesible casi todo. La centralidad que tiene allá la cultura en sentido amplio es enorme; el ejercicio crítico es, en general, muy apreciado, muy cultivado. El ensayismo latinoamericano, que es tan potente, tiene en Argentina uno de sus avatares actuales más prolíficos y valiosos. Hay críticos de diferentes ámbitos (desde el académico hasta el periodístico) que han dedicado toda su actividad profesional a extrañar los límites entre literatura y crítica, entre literatura y vida. Pienso en Alberto Giordano, Beatriz Sarlo, Daniel Gigena, Daniel Link, Gabriel Giorgi, Adriana Amante, David Oubiña, Jorge Monteleone, entre muchos otros.

Hay una suerte de “boom” de autoras ecuatorianas nacidas en los 80, como Gabriela Ponce, Sandra Araya o Mónica Ojeda ¿cómo miras sus propuestas?

Te faltó María Auxiliadora Balladares. Estas autoras son, cada una a su modo, excelentes. El concepto de “boom” me hace un poco de ruido pero en este caso, y despojándolo de todo lo que pueda tener de determinista, puede funcionar. Quizá no sea más que una coincidencia de que estén saliendo libros tan potentes y sólidos de autoras mujeres de una misma generación, y el hecho de que sean mujeres, si bien es más que un simple dato (todo lo que compete a la vida entra en la escritura cuando esta tiene un deseo de verdad), no es una excusa o justificación o declaración de principios en estos libros. De ningún modo podríamos encajar esos libros en alguna sección (que espero que ya no exista más en las librerías) de “Literatura femenina”, pero en cualquier caso los libros de estas autoras me han alegrado mucho los días.

¿Crees que hay una suerte de diálogo entre la literatura contemporánea y la del anterior siglo, como la del 30 por ejemplo?

Seguro que existe un diálogo porque la literatura del 30 en nuestro país es casi un sello de identidad. Y como toda noción de identidad que funcione como garantía tranquilizadora y autocomplaciente, puede hacernos daño. No digo que debamos dejar de leer a Pablo Palacio, no estoy loca. Digo que ya es hora de dejar ser nostálgicos con nuestras glorias pasadas.

Publicado en El Telégrafo

 

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