México: la obra de Francisco Toledo en el MAMM propone sentir como la violencia mantiene al hombre en «Duelo»

Francisco Toledo regresa con fuerza de su estética, su mitología y tradición

Un nuevo capítulo en el universo de Francisco Toledo, donde refrenda su búsqueda estética, mitología y su tradición, se abrió anoche en el Museo de Arte Moderno con la exposición Duelo, conformada por su obra más reciente, elaborada en cerámica teñida con rojo y magenta.

“Mi obra surge de todo lo que me rodea, de lo que miro y escucho; regreso a la cerámica para expresar mi sentir acerca de la violencia que mantiene al hombre en duelo”, expresó el artista.

Con piezas que reflejan las huellas que el odio y la violencia dejan en la sociedad, Francisco Toledo aseguró que la cerámica fue uno de los primeros materiales que utilizó.

Las 100 piezas realizadas por el creador de 75 años en el taller de Claudio Jerónimo López, que en su mayoría tienen una tonalidad rojiza, en referencia simbólica a la sangre, fueron admiradas por el público asistente a la muestra.

Francisco Toledo forma parte del Consejo Directivo del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 2014, uno de los programas más importantes del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA).

Durante la inauguración de esta muestra, Sylvia Navarrete, directora del Museo de Arte Moderno (MAM), recordó que no es la primera vez que Toledo expone cerámica, pues ya lo hizo en 1976, 1983 y 2006, aunque destacó que en esta ocasión las piezas fueron teñidas de rojo, como una forma de evocar a la sangre y una referencia explícita al dolor y la tortura, aspectos que han sido destacados por el artista como asombro por la violencia que se vive en el mundo entero.

Duelo, de Francisco Toledo, permanecerá hasta el 28 de febrero de 2016 en el Museo de Arte Moderno.

Publicado en Diario Portal

 

Duelo de Francisco Toledo o el estilo tardío

Del techo abovedado del búnker colgaba una cadena que corría en una polea, de cuya extremidad pendía un pesado gancho de hierro balanceante. Se me condujo hasta el aparato. El gancho estaba sujeto a la cadena que esposaba mis manos tras mis espaldas. Entonces se elevó la cadena junto con mi cuerpo […] oí un crujido y una fractura en mis espaldas que mi cuerpo no ha olvidado hasta hoy. El mismo peso corporal provocó una luxación, caí al vacío y me encontré colgado con los brazos dislocados […] además sobre mi cuerpo crujían los golpes con el vergajo.

Quien narra es el filósofo vienés Jean Améry, víctima de tortura por parte de los nazis durante su arresto en 1943 antes de ser enviado al campo de concentración de Auschwitz.

No existen muchos testimonios de quienes han padecido la tortura, ya sea porque no sobrevivieron o porque, como señala Améry, se arrinconan dentro de un extraño pudor que no les permite contar su historia, pudor con el cual, además, cuentan sus victimarios para no ser denunciados. “Cada uno debe soportar a su modo el peso de esta experiencia”, señala.

Lo que sí existe son expresiones artísticas que denuncian la tortura y el abuso entre otros hechos. Actualmente, en el Museo de Arte Moderno se presentan bajo el nombre de Duelo, un centenar de piezas en cerámica que marcan el regreso de Francisco Toledo al Museo de Arte Moderno, luego de treinta y cinco años sin una exposición individual. Las obras fueron trabajadas en el taller del maestro ceramista Claudio Jerónimo López y giran en torno a los hechos de violencia que padece nuestro país, e incluso algunas de ellas están dedicadas especialmente a los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa.

Las piezas descansan sobre mesas que recuerdan las planchas donde se colocan los cadáveres durante la autopsia, abundan las cestas, los animales totémicos en la obra de Toledo, pero sobre todo la exposición está cifrada entre urnas y platones: aquello que oculta y aquello que exhibe, muestra. Las urnas son funerarias, suponemos que tienen cenizas o huesos, y los platones, como aquellos que llevaban Santa Águeda o Santa Lucía con sus pechos y sus ojos respectivamente, están erizados de patas de pollos, miembros cortados o zapatos ensangrentados. A lo largo del recorrido, Toledo nos lleva a su círculo del infierno particular donde se nos designa el papel de testigos.

LA CERÁMICA
Y LA CARNE

Pero hay algo más, Toledo no sólo trabaja la denuncia desde un punto de vista artístico; como los grandes creadores también reflexiona sobre la posibilidades de su propio arte y del trabajo del artista. Vayamos por partes. La pregunta fundamental que se hace Jean Améry a lo largo de su libro Más allá de la culpa y la expiación. Tentativas de superación de una víctima de la violencia, es: ¿existe un conocimiento que pueda extraerse de la tortura?, ¿es posible saber algo a partir de la tortura? Desde luego, sólo alguien que ha sido torturado puede responder, quien intenta hacerlo sin haber pasado por esa terrible experiencia sólo puede dar una respuesta banal y por tanto inútil, así que escuchemos lo que tiene que decir Améry:

El torturado no deja de asombrarse de que todo aquello que, según sus preferencias, cabe denominar alma, espíritu, conciencia o identidad, se anonada cuando las articulaciones del húmero se quiebran y fragmentan […] Quien ha sufrido la tortura ya no puede sentir el mundo como su hogar.

Una y otra vez, Améry explica el asombro ante la facilidad con la que toda su inteligencia, todos los contratos sociales, todas las teorías políticas podían reducirse frente a la tortura a un solo hecho: el hombre es carne y muerte. Volvamos a Toledo. Lo que resulta un logro tan enorme no es tanto su representación de la tortura ya que la tortura siempre está en los límites de la representación y con frecuencia el artista se ve obligado a recurrir a signos consabidos —los mecates que inmovilizan, los miembros separados de sus cuerpos como la horrible cesta llena de orejas—; su verdadero triunfo es haber elegido la cerámica para abordar la tortura y amasarla con violencia, volverla repugnante como una carne molida a palos, ensangrentarla, vomitarla, dejarla caer como una piel desollada, como la mierda o los orines que no pudieron retenerse ante el sufrimiento.

Es verdad que hay piezas que tienen forma, ¡y qué formas!: elefantes que quién sabe supieron meterse en un jarroncito pequeño y ahora no saben cómo salir, cañones que son falos, cestas tan elaboradas que parecen hechas de mimbre tejido, pero sospecho que esas piezas ya existían antes del proyecto Duelo y sirven sólo de contraste, están allí para decirnos: “No hay que olvidar que se trata de un maestro que sabe hacer piezas perfectas”. Pero Toledo está en su última etapa creativa, tiene 75 años, y es aquí donde la exposición cobra una inmensa importancia.

UN ARTE EXTREMO

Edward Said, teórico musical y literario, asegura que “el estilo tardío es lo que ocurre si el arte no abdica a sus derechos en favor de la realidad”; y encuentra que hay dos maneras de estilo tardío, “la falsa reconciliación bajo coacción” y “la tensión sostenida”. En la primera posibilidad, los artistas han llegado a una “dulce” madurez y viven de la fama que les han otorgado sus primeras creaciones, incluso si son roqueros, han aprendido a subir al escenario, cantar “I Can’t Get No Satisfaction” y después regresar a la limusina. Los segundos, en cambio, y Said incluye al Mozart del Così fan tutte o al Genet de Les Pravents, mantienen una “obstinación incómoda” que elimina cualquier rastro de estabilidad o domesticación.

Lo que Francisco Toledo nos ofrece en esta exposición es esta clase de estilo tardío. Su obra, reconocida en el mundo, bien podría estar hecha de figurines y piezas decorativas, pero la obra de Toledo se resiste y busca, como señaló el filósofo Adorno, la madurez de las obras tardías que “no se asemejan a la de la fruta. No son redondas, sino que parecen arrugadas, incluso agrietadas. Carecen de dulzura y, ásperas y espinosas, no se rinden a la mera degustación”. Ahí tenemos esos rostros doblegados por el dolor y reducidos a puro gesto, y esos gestos, a su vez, se desdoblan en los retruécanos de la pieza misma que parece haber sido molida a palos y dejada a merced de su propia ruina. Son piezas que no buscan la contemplación del espectador, sino que incluso la rechazan, son desafiantes y la mirada tiene que habituarse a un camino tortuoso si quiere seguirlas, hay una suerte de tensión no resuelta en las mejores de ellas, son puro énfasis. La museografía, a cargo de Trine Ellitsgaard, artista y esposa de Toledo, es absolutamente hábil porque propone descansos entre las piezas más complejas, pero el artista nos grita desde las torres que parecen a punto de derrumbarse, desde los gestos que señalan un íntimo sufrimiento, de modo que las piezas más dóciles, las del mejor acabado, sólo nos resultan ecos y correlatos biempensantes de la tortura y dolor: la culpa, la indiferencia, la denuncia.

Pero entontes, ¿la tortura puede ofrecernos algún conocimiento?, y aún más, ¿puede el arte representar ese conocimiento?

La tortura y el duelo le sirven a Toledo no sólo para hacer una crítica de las condiciones sociales y políticas del país en el que vivimos, aunque ciertamente muchos de los personajes que presenta llevan gorra con visera dando a entender que son, desde luego, jóvenes estudiantes, muchachos horriblemente torturados; pero el asunto también le sirve para hablar del arte y de su propia obra que se encuentra ya liberada de las transacciones del mundo del arte en sus aristas de comodidad, mercado y lujo, para volverse insostenibles y dramáticas, completamente febriles y crudas: lo que verdaderamente nos muestra Toledo con toda la violencia posible es la experiencia de la desintegración, no sólo del individuo bajo la tortura, sino del arte en su extremo.

Aquello que nació para convertirse en pieza de museo ha vuelto a ser lodo y silencio.

Publicado en La Razón
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