EN “BARBARISMOS” ANDRÉS NEUMAN CONSTRUYE, A LA MANERA DEL CÉLEBRE “DICCIONARIO DEL DIABLO” DE AMBROSE BIERCE, UN NUEVO DICCIONARIO IRÓNICO DONDE REPLANTEA VOCABLOS CLÁSICOS Y MODERNOS.

Se trata de un ejercicio del lenguaje que para el escritor representa “un campo de batalla en el que se reformulan los significados y las connotaciones de las palabras” de acuerdo a la ideología.

La obra reúne mil vocablos y surgió de “una relectura crítica o salvaje de los diccionarios” para una columna del diario español “El país”, que luego plasmó en un libro en línea con su “fascinación” por los diccionarios, revela el escritor argentino en entrevista con Télam.

Autor de novelas, libros de cuentos, aforismos y poesía, Neuman, quien vivió su infancia en Buenos Aires y luego emigró con su familia a España, presentará “Barbarismos”, editado por Páginas de espuma, en la 42° Feria Internacional del Libro, el 4 de mayo a las 20:30 en la sala Sarmiento.

-Télam: ¿Cómo surgió en vos la idea de escribir esta obra donde se pone en juego el significado de las palabras?
-Neuman: Tengo cierta adicción a los diccionarios, una especie de extraño fetichismo léxico. Me gusta hojear diccionarios incluso de idiomas que no hablo, la idea del libro secreto siempre me fascinó. Me atrae mucho la cadena elemental y a la vez imposible de definir una palabra con más palabras, que a su vez deberían ser definidas. Es una especie de quimera paradójica, porque ¿cómo voy a definir una palabra con otra que a su vez necesitaría una siguiente definición? Me parece el colmo de la literatura replantearse el mundo palabra por palabra. Esa afición al diccionario que incluye una actitud crítica hacia los diccionarios y hacia su ideología encubierta fue derivando en el deseo fantasioso de escribir algún día un diccionario. El lenguaje es una especie de campo de batalla y cada época lucha por reescribir los significados y las connotaciones de sus palabras, y sin embargo los diccionarios aspiran al equívoco prestigio de la neutralidad, que es lo que termina de volverlos ideológicos.

-T: En ese sentido, ¿cómo considerás que se construyen los diccionarios?
-N: Los diccionarios me parecen artefactos diabólicamente ideológicos, porque están escritos desde un supuesto punto de partida científico, de la objetividad de la lingüística. Todas las instituciones en torno a la lengua tratan de “limpiar” los alrededores políticos que pueda haber en las palabras y siempre me fascinó cómo los diccionarios incurren en enormes peticiones de principios y en enormes implícitos ideológicos mientras se presentan como neutrales. Entonces me divertía la idea de hacer una especie de contradiccionario, donde esa ideología oculta emerge de forma festiva y satírica.

-T: ¿Cuál fue el criterio de selección de las palabras para este diccionario?
-N: Fui buscando asociaciones entre las palabras, y unas palabras me remitían a otras. Lo escribí durante años como se leería un diccionario de forma interconectada. Esa selección léxica tiene varias facetas: una parte de vocabulario político de época, como eufemismos para cubrir otras palabras más fuertes. Entonces hay un componente de un campo semántico asociado a la economía, a la explotación laboral. Otros vocablos que tienen que ver con un área más colectiva y ciudadana, y hay otra zona mucho más intimista, más emocional que tendría que ver con el vocablo más individual y personal. Además hay un campo semántico relacionado con la cultura en general y la literatura en particular.

-T: ¿Me darías un ejemplo de todos los que están en el libro?
-N: Definí maternidad como “momento de plenitud de una trabajadora antes de ser despedida”, porque quise transmitir que para las mujeres es muy difícil conciliar la maternidad con lo laboral. No hay herramientas laborales, estatales y empresariales para conciliar con justicia ambas cosas, y por eso la mujer es fácilmente discriminada, porque la ley no la protege en la mayoría de los países, excepto en Suiza o Finlandia. También traté de buscarle la contracara a las palabras que pueden ser muy amables o hermosas que revelan su lado oscuro, y me parecía una tarea literaria placentera replantear palabras que están en el léxico literario de todas las épocas. Por ejemplo corazón. La definí como “músculo peculiar que en lugar de levantar peso lo acumula”.

-T: ¿Por qué definiste líder como “traidor en ciernes”, en qué pensaste cuando la escribiste?
-N: Pensé en los mecanismos de representatividad, que es uno de los conflictos de la democracia. Hablar en nombre de otros es más conflictivo de lo que parece, es investir a un individuo de un poder filosóficamente dudoso. En la cuestión del liderazgo no todo el mundo puede hablar, entonces es necesario transferir la voz de uno hacia la de otro y al mismo tiempo en ese desplazamiento de responsabilidad hay una sesión enorme de poder. Entonces me interesa cómo la iconografía del líder de cualquier naturaleza está entre el héroe y el traidor, entre el que defiende el intereses de los demás y el que lo aplaza en favor de sus propios intereses.

-T: ¿Y cuál sería un ejemplo de definición de una palabra en la que se conjuga la tradición milenaria y la actualidad?
-N: Por ejemplo democracia. Una de sus definiciones que hice es “ruina griega” con la que por un lado nos remitimos a Atenas, pero por otro lado escribí esa entrada mientras Grecia estaba siendo torturada por las instituciones políticas y bancarias. Me parecía entre fascinante y siniestro cómo la supuesta cuna de la democracia occidental estaba siendo la primera víctima europea de la perversión económica en la que había caído ese sistema de pseudorepresentación en el que funcionamos.

-T: ¿De dónde surgió el título del libro?
-N: El primer diccionario de la historia se llamó “Tesoro de la lengua castellana” de Sebastián Covarrubias, y es del siglo XVII. Apareció en un momento previo a las academias de la lengua. O sea que fue una especie de valiente, de explorador que se metió en la selva de nuestra lengua y lo hizo en ese libro al que llamó “tesoro”, con la idea de que uno atesora el lenguaje, le da un valor literalmente precioso a cada palabra. Después de tanta institucionalización del lenguaje y de corrección política que lo va anquilosando está buenísimo pensar en ese diccionario con el que se metió a pensar el idioma cuando era agreste, salvaje y se podía decir cualquier cosa. Así tomé la idea de los barbarismos, de los sentidos que puede tener lo bárbaro: por un lado es una forma de hacer una interpretación medio bárbara, agreste de la norma lingüística. Por la otra, trata de hablar de la barbarie de nuestro tiempo, y tiene que ver con un término muy de la lingüística que es el barbarismo, término grosero, que vienen a ensuciar el lenguaje. Pero como me parece necesario mezclarse, veo lo bárbaro como una virtud, de pasarlo bárbaro con la barbarie de nuestra época.

Publicado en Télam