La guardiana de la lengua

Cristina Calderon, 89, the last native speaker of the Yagan language, is pictured in the local community center in Puerto Williams, southern Chile, on April 23, 2017. Cristina Calderon has been recognized as a Living Human Treasure under UNESCO's Convention for the Safeguarding of Immaterial Heritage. / AFP PHOTO / Martin BERNETTI

La chilena Cristina Calderón es la última mujer yagán del mundo, por lo que fue reconocida como Tesoro Humano Vivo por determinación de la Convención de la Unesco, en salvaguarda del patrimonio inmaterial.

Actualmente, ella es la única hablante nativa del idioma yagán e integrante de la cultura, además de haber alcanzado a vivir de cerca sus costumbres. Por estos motivos, Calderón ha sido oficialmente declarada Hija Ilustre de la Región de Magallanes y de la Antártica Chilena.

Hace poco, su historia viva quedó plasmada en el libro “Cristina Calderón, memorias de mi abuela Yagán”, un relato autobiográfico realizado por la escritora Cristina Zárraga, quien también es nieta de la mujer.

La cultura yagán o yamaná se ubicó hace algunos siglos al sur de la Patagonia, en Argentina y Chile, en cercanías de Onashaga, conocido como el Canal de Beagle.

Publicado en Rio Negro

Cristina Calderón, la última hablante del pueblo yagán, la etnia del fin del mundo

A sus casi 89 años de edad, Cristina Calderón es la última hablante nativa del pueblo yagán, habitantes de los fieros parajes del fin del mundo.

Con la “abuela Cristina”, como la llaman sus cercanos, amenaza con desaparecer una parte importante de la cultura de los pueblos originarios chilenos, los yaganes, indígenas canoeros que poblaban los canales y costas de Tierra del Fuego y el archipiélago del Cabo de Hornos.

“Soy la última hablante yagán. Otros igual entienden pero no hablan ni saben como yo”, dice Cristina a un grupo de periodistas que la visitó en la Villa Ukika, el lugar donde reside gran parte del casi centenar de descendientes yaganes que aún sobreviven, a un kilómetro de Puerto Williams, la localidad más austral del planeta.

De rasgos marcados, cara ancha y piel morena, tras la muerte de su hermana Úrsula, el gobierno chileno la reconoció en 2009 como un “Tesoro humano vivo”, destacando su labor como depositaria y difusora de la lengua y tradiciones de su pueblo.

Dedicada hoy a la confección de artesanías, la abuela Cristina logró traspasar a una de sus nietas y una sobrina parte del idioma yagán, un lenguaje no escrito y melódico, en claro riesgo de extinción.

“Las generaciones más jóvenes también conocen la lengua yagán pero no al nivel de Cristina, entonces ahí va a haber una pérdida irreparable”, explica a la agencia de noticias AFP el antropólogo Maurice van de Maele, que vive en Puerto Williams.

Un lugar muy favorable

Alejados de la pesca hace ya unas dos generaciones, los yaganes se dedican en la actualidad en su mayoría a las artesanías o a realizar trabajos ocasionales en la construcción, el turismo, servicios de hogar y restaurantes.

La abuela Cristina confecciona canastos de juncos siguiendo las tradiciones ancestrales, además de réplicas de las canoas que usaban sus antepasados y tejidos de lana, que vende en un pequeño negocio levantado al frente de su modesta vivienda en la Villa Ukika.

“Ella no era mucho de mar. Estuvo enseñando (el idioma yagán) en el jardín infantil de Ukika pero ya dejó de enseñar”, narra a la AFP Verónica Morales, coordinadora del programa de conservación yagán.

Asentados en el extremo sur del continente americano hace unos 6 mil años, antes de la llegada de los europeos su población estimada alcanzaba a unos 3 mil indígenas.

Los yaganes pasaban gran parte del tiempo navegando en los bravíos mares de esta zona de Chile, unos de los más tormentosos del planeta, cementerio de más de 10 mil marineros y 800 buques desde el siglo XVII, de acuerdo a datos de la Marina Chilena.

Semidesnudos, los yaganes cubrían su cuerpo con grasa de lobo marino y usaban pieles de lobos para soportar las bajas temperaturas, que llegan a una media anual de 5 grados Celsius.

“Pero para los yaganes eran condiciones muy favorables. Vivían prácticamente desnudos ya que las temperaturas en esta zona no son tan bajas al ser un archipiélago rodeado de mar. Acá también había una cantidad de recursos alimenticios enormes”, dice Van de Maele.

Mientras los hombres se dedicaban a la caza de animales marinos, las mujeres contribuían con la construcción de viviendas, el cuidado del fuego y la preparación de alimentos.

El impacto comenzó hace unos 150 años con la presencia de colonos europeos en la zona, que llevó a los indígenas a ir perdiendo paulatinamente sus rasgos culturales, adoptando el sedentarismo y comenzando a usar vestimentas.

Se mantienen, no obstante, algunas tradiciones como la fabricación de canastos de junco que recolectan al final del invierno austral y tejen sin utilizar en su confección ningún instrumento moderno.

Perduran también conocimientos sobre lugares, toponimia, rutas en las montañas, cuentos y leyendas, agrega el especialista.

Publicado en La Tribuna

 

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