La Comisión de Conmemoración del Centenario de Augusto Roa Bastos y el Centro Cultural de la República El Cabildo organizan dos eventos para mañana, día en que se celebran los cien años de nacimiento del gran escritor paraguayo.

A las 11:00, junto con la Dirección Nacional de Correos, se realizará el acto de lanzamiento de la estampilla conmemorativa del Centenario del Premio Cervantes, en la Sala de Exposiciones Temporales del Centro Cultural de la República El Cabildo (Avda. de la República entre Chile y Alberdi. El acceso será libre y gratuito.

A partir de las 18:00, en la Plaza Uruguaya (Avda. 25 de Mayo y Antequera), se realizará un festival homenaje que contará con la participación de numerosos artistas como Ricardo Flecha con el acompañamiento de Óscar Fadlala; Diana Barboza, quien interpretará temas de su padre con Roa Bastos, el Ballet de Sussy Sacco y la Orquesta Sinfónica del Congreso Nacional, dirigida por el maestro Diego Sánchez Haase y el tenor José Mongelós. El acceso también será libre y gratuito.

El encuentro se llevará a cabo frente a la estatua de homenaje al autor de “Yo El Supremo” realizada por el escultor dominicano Juan Gilberto Núñez mediante el acuerdo de la Fundación “Luces y Sombras” de República Dominicana, con El Cabildo de Asunción. La obra está ubicada frente a la Casa Bicentenario de la Literatura, que lleva el nombre del célebre escritor paraguayo.

DE ASUNCIÓN A ITURBE

Augusto José Antonio Roa Bastos nació en Asunción el 13 de junio de 1917, pero vivió varios años en Iturbe, escenario de una gran parte de su obra. Ganó el Premio Cervantes en 1989 y es autor de una obra monumental admirada en el mundo, como las novelas “Hijo de hombre” (1960), “Yo El Supremo” (1974) y “El Fiscal” (1993).

Publicado en La Nación

Festivales rendirán homenaje al centenario de Roa Bastos

Dos festivales se llevarán a cabo en honor al centenario del nacimiento de Augusto Roa Bastos (13 de junio 1917). Por un lado, un festival artístico se realizará desde las 9.30, en la explanada de la Municipalidad de Asunción, con la participación de artistas y embajadas extranjeras. La entrada es libre y gratuita.
Animarán el encuentro cultural el requintista Juan Cancio Barreto, el cantante Rolando Percy, y el organista Martín González junto a su hija Andrea González (violinista). Además, el colegio Pablo L. Ávila brindará un espectáculo en honor al autor de Yo el Supremo. También habrá comidas típicas de las representaciones diplomáticas presentes.
El evento es organizado por el concejal Ireneo Román, presidente de la Comisión de Cultura de la Junta Municipal de Asunción, quien manifestó que en el festejo se exhibirán los libros del homenajeado y de otros autores. “Él físicamente ya no está con nosotros, pero sigue tan vivo a través de sus libros que recorren el mundo. Es el escritor paraguayo más reconocido a nivel mundial, por eso estamos preparando un encuentro de culturas”, indicó.Junto a su estatua. Por otro lado, también mañana pero en la Plaza Uruguaya (25 de Mayo y Antequera) se realizará otro festival tributo a Roa, desde las 18.00. El encuentro será frente a la estatua de homenaje al autor, realizada por el escultor dominicano Juan Gilberto Núñez, y que fuera descubierta hace una semana.Esta celebración será con la participación de artistas como Ricardo Flecha con el acompañamiento de Óscar Fadlala; Diana Barboza (quien interpretará temas de su padre con Roa Bastos); el Ballet de Sussy Sacco; la Orquesta Sinfónica del Congreso, dirigida por el maestro Diego Sánchez Haase y el tenor José Mongelós. El acceso será libre y gratuito.

Igualmente, El Cabildo y la Dirección Nacional de Correos invitan al acto de lanzamiento de la estampilla conmemorativa del Centenario de Roa, que se realizará mañana, a las 11.00. Este acto será en la Sala de Exposiciones Temporales del Cabildo (Avenida de la República entre Chile y Alberdi), también con entrada libre.

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Roa Bastos, el supremo narrador americano

Hace cien años nació el autor de ‘Yo el Supremo’, precursor del ‘boom’ y pilar en la sombra de la narrativa latinoamericana.

Mucho antes de que los cuatro ases de la baraja latinoamericana brillaran sobre el tapete de la literatura universal (Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Julio Cortázar), otros cuatro naipes discretos, quizá demasiado discretos (Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, Antonio Di Benedetto y Augusto Roa Bastos) habían sentado las bases para el triunfo de la partida. La mano ganadora que hizo saltar con un boom la banca del casino editorial fue fruto del primer as colombiano en 1967: Cien años de soledad, de la que recientemente se conmemoraba el 50º aniversario. Pero mucho antes de eso, aquellos cuatro reyes discretos habían publicado cuatro hitos de la literatura en lengua castellana del siglo XX: La vida breve (1950), Pedro Páramo (1955), Zama (1956) e Hijo de hombre (1960), que fueron los cuatro pilares que sostuvieron la mesa de juego.

Y en especial el último de ellos, Augusto Roa Bastos (1917-2005), el paraguayo universal del que hoy se celebra en Asunción el centenario de su nacimiento, porque quizá ningún otro como el autor de Yo el Supremo (1974) supo cifrar en su obra las coordenadas de toda una literatura continental y llegar hasta el tuétano -hasta el caracú, diría el escritor en guaraní, fiel a su naturaleza bilingüe- de la desgarrada identidad latinoamericana. No en vano el Nobel colombiano Gabriel García Márquez se lo reconocía desde México con un escueto telegrama: “Tú, el Supremo”, que el sosegado aludido llevaba en el bolsillo en 1990, cuando leía su discurso de recepción del Premio Cervantes, concedido el año anterior.

Decía entonces Roa Bastos, con modestia a propósito de su obra cumbre, que su único mérito había sido fabular la posibilidad de un “Caballero de la Triste Figura de lo absoluto”, trasplantado a suelo americano, completamente obsesionado con “la escritura del poder y el poder de la escritura”. En ese sencillo quiasmo no sólo iba cifrado el destino del infame protagonista de Yo el Supremo, trasunto del implacable dictador a perpetuidad José Gaspar Rodríguez de Francia (1811-1840) de la naciente República paraguaya, sino la clave de su llamada Trilogía paraguaya del monoteísmo del poder -conformada por Hijo de hombre, Yo el Supremo y El fiscal (1993)- y el tema de fondo de toda su obra. Clave o cifra que, además de dar carta de ciudadanía a todo un género como la novela de dictadores, cuyo antecedente es el Tirano Banderas de Vallé Inclán, a su vez desvelaba la gran encrucijada en la que se debatía la literatura latinoamericana del siglo XX.

No por casualidad, Yo el Supremo, saludada por un joven Ricardo Piglia como ejemplo perfecto de “la práctica revolucionaria en literatura”, sería también la inspiración y el punto de partida de Ángel Rama para concebir La ciudad letrada (1984), el gran ensayo de referencia, junto con Las venas abiertas de América Latina, de Galeano, del pensamiento latinoamericano de izquierdas, con el que reescribir la historia del subcontinente desde la Conquista a la posmodernidad.

“Escribir no significa convertir lo real en palabras, sino hacer que la palabra sea real. Lo irreal está en el mal uso de la palabra, en el mal uso de la escritura”, reza un pasaje de Yo el Supremo, logradísima novela polifónica preñada de palabras del poder, entre el monólogo interior del tirano, sus cuadernos privados y circulares perpetuas, y las discusiones con su escriba Patiño. Y si no hay nada más real aún hoy en Latinoamérica que la brutalidad del poder político, la genialidad de Roa Bastos no sólo fue detectarlo, sino combatirlo con las mismas armas, las palabras, subvirtiendo su mecanismo de legitimación y ejecución a través de la literatura.

“Nada enaltece tanto la autoridad como el silencio”, decía el escritor que pagó la arbitrariedad de ese poder que combatía con casi medio siglo de exilio, mucho más que el reinado (1954-1989) del otro feroz dictador de su país: Alfredo Stroessner, junto al que Videla o Pinochet parecen aficionados. Perseguido por comunista, Roa Bastos se exilió en 1947 primero en Buenos Aires, donde el poeta del grupo Vy’a Raity (El nido de la alegría), que había renovado la lírica paraguaya de los años 40, escribió obras de teatro, media docena de magistrales libros de cuentos desde el citado El trueno entre las hojas (1953) y se ganaba la vida como guionista de cine, junto a grandes de la talla de Armando Bó o Lucas Demare. A partir del golpe del 76 y la prohibición en Argentina de Yo el Supremo, se refugia en Toulouse, en cuya universidad trabaja, hasta el regreso intermitente a su país, tras la caída de Stroessner, donde se instala definitivamente en 1996.

Aunque reconoció la valía de los escritores del boom, el gran precursor del estallido se autoexcluyó del grupo, al que consideraba una gran operación de mercado más propia de vedettes que de escritores. Sin embargo, algunos elementos de lo que luego se conocería como realismo mágico ya estaban presentes, como es su realismo descarando y a secas, como la presencia de la sed trasmutada en “la muerte blanca”, “una ramera insaciable” que “no se ve, pero está ahí, obscena y transparente” en Hijo de hombre, su gran epopeya sobre la Guerra del Chaco (1932-1935), la cruente contienda entre bolivianos y paraguayos en la que participó de joven voluntario como auxiliar de enfermería y aguatero. Elementos que provenían de la lengua y cultura guaraní, que sumaría a conciencia a su programa literario -como haría el peruano José María Arguedas con el quechua a partir Los ríos profundos (1958)- tras una identidad latinoamericana mestiza mucho más incluyente.

Si el poder en todas sus manifestaciones fue el gran tema de su obra, aquel discreto escritor aficionado al remo y al ciclismo que llegó incluso a componer junto a José Asunción Flores letras de guarania, el género folclórico de su país, en cada uno de sus escritos no dejó nunca de tomar partido por los oprimidos: por la mujer, por el indio, por el soldado de leva o por el mensú (el miserable trabajador bajo el látigo de los yerbales). Incluso defendió la devastada naturaleza americana de la expoliación, mucho antes de que el ecologismo tuviera curso legal.

A aquel hombre la Feria Internacional del Libro de Asunción le dedica mañana su acto central en el centenario de su natalicio. Una estatua de tres metros del artista Gilberto Núñez recientemente inaugurada corona el Centro Cultural de la República El Cabildo, donde una treintena de expertos de mundo hispánico celebraron la semana pasada el Congreso Internacional Augusto Roa Bastos. Puede que los fastos los mereciera en vida, pero la paciencia fue una de sus mayores virtudes. “Esperar no es desesperar. Amo mi paciencia más que a mí. Las moscas ganan la batalla después de las batallas”, escribió. Como aún espera justicia esa postergada Latinoamérica a la que dedicó su obra.

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