Por Augusto Roa Bastos

Singular es la situación del Paraguay con respecto a este problema en el sombrío panorama de América Latina, entre los países más castigados por el drama del exilio de sus hijos.

En el recuento de estas diversas formas de exilio, internas y externas, de los exilios que se producen en el Paraguay, habría que comenzar por los que sufrió el país mismo a lo largo de sus cuatro siglos de historia marcada por segregaciones territoriales, por migraciones y emigraciones masivas, por verdaderos éxodos; entre ellos, el de sus naturales indígenas, el primero, luego de la expulsión de los jesuitas (1767), que fue a su vez el primer destierro en masa de extranjeros en el Paraguay colonial.

Ya convertido en nación independiente, la enajenación de sus fueros de soberanía y autonomía, de sus fuentes y fuerzas de producción, el sometimiento de vastos sectores humanos, del país entero, a los intereses de la dominación extranjera, convirtieron al Paraguay en una “isla rodeada de tierra” en el corazón del continente. Isla en el tiempo y en el espacio, desgarrada de la realidad americana, impregnada en su ostracismo por la nostalgia del mar océano que bañó sus costas hacia el Naciente, cuando era todavía la Provincia Gigante de las Indias en torno al núcleo fundacional de Asunción del Paraguay.

LA HECATOMBE HISTÓRICA

En este proceso de su aislamiento y destrucción, la Guerra de la Triple Alianza (1865-1870) se encargó de completarlo.

Después de haber sido la Primera República del Sur, la nación más adelantada de su época, el primer experimento de autonomía efectiva y libre determinación, se le infligió el castigo que le correspondía en la neo-colonia como factor de perturbación y ejemplo disolvente. Sabido es que la conjura del imperio del Brasil con las oligarquías del Río de la Plata y principalmente con los núcleos más agresivos de la oligarquía portuaria de Buenos Aires, fraguó el pacto secreto de la Triple Alianza, bajo los auspicios del imperio británico. Había que destruir y arrasar a toda costa el escándalo político que representaba este pequeño país, convertido en la mayor potencia de su tiempo, con su sistema autárquico y verdaderamente independiente. El Paraguay fue arrasado y destruido a sangre y fuego en la guerra de cinco años.

Esta guerra genocida perfeccionó pues, el exilio insular del Paraguay. Con exacciones y deudas que sólo podrían haberse pagado en mil años, la nación guaraní debió pagar los gastos de su propio entierro. Los vencedores tuvieron buen cuidado de cobrarse a cuenta, aparte el botín del más inicuo y salvaje saqueo, el botín más rico aún de la repartija de la mitad de su territorio. Entre los escombros que humearon durante un siglo, quedó la ruina de un pueblo. El Paraguay se vio convertido en la tierra sin hombres de los hombres sin tierra.

TRÁGICA PARADOJA

Podría suponerse que una nación de este destino habría podido brindar, por ley de compensaciones, el ejemplo de una colectividad que tuviese, en medio de tanta desolación y tantos infortunios, al menos el derecho de vivir en su tierra natal a la que siente tan entrañablemente arraigada. Paradojalmente no ocurre tal cosa. Por el contrario, este país desterrado, esta nación despatriada, es la que destierra y expatria a sus hijos con la saña más implacable que se conoce en América.

La nación ¡no!, por supuesto: la antinación, es decir, los gobiernos venales y corrompidos de las oligarquías locales al servicio de sus poderdantes extranjeros.

He aquí otro buen ejemplo de cómo actúan los dos vectores convergentes de las oligarquías nativas y los poderes delegados en ellas por la metrópoli imperial. Un tercer vector de dominio y expoliación se suma luego con la acción solapada, directa o indirecta, de las transnacionales o conglomerados multinacionales, a los que habría que llamar más propiamente supranacionales. Luego el estatuto del poder militar-policial que ha reemplazado y absorbido por completo al poder del Estado civil, como factor de avasallamiento totalitario.

LOS EXILIADOS COMO REHENES

Tales son los efectos de una realidad absurda en la que vive sometido un noble pueblo que en sus trances más agónicos nos “echa al rostro ráfagas de su enorme historia”.

Las ideas contrarias a los intereses descritos, la lucha de los ciudadanos. La praxis política en sus plurales y auténticas tendencias, constituyen delitos de “lesa patria”. De tal modo, los que tienen el coraje ético de pensar y el coraje físico de actuar son arrojados al destierro, a la proscripción o al encierro de los calabozos, que es la forma de la proscripción más cruel en el exilio interno.

Los que son desterrados por estos delitos (militancia política subversiva; según la terminología penal del régimen no existen sino “delincuentes comunes”) no pueden volver. Y si vuelven, lo hacen como fantasmas, como seres humanos fantasmalizados por la vejación de sus derechos humanos y civiles que alcanza a los miembros de sus familias y sus parientes más lejanos. La idea de la intrusión prohibida ha entrado en sus conciencias, se ha encarnado en ella. Es ella misma miedo, temor a la transgresión ; en el mejor de los casos, inoperancia neutralizada por el filtro de la retícula represiva.

EL PAIS SEGREGADO EN DOS MITADES

La mitad de la población paraguaya ha sido lanzada al destierro en homenaje a tales principios de la seguridad del sistema, o se ha expatriado voluntariamente en estos últimos treinta años.

Desde 1947, año de la insurrección popular que estalló en Concepción y que produjo diez mil muertos a lo largo de seis meses de combate en el heroico aunque desigual enfrentamiento con las fuerzas del gobierno, se exiliaron no menos de dos millones de seres humanos en la mayor emigración que registra la historia de estos éxodos cíclicos.

La expatriación forzosa o voluntaria marcó así el punto más alto en la curva de la diáspora paraguaya. El cuadro del crecimiento demográfico (los censos oficiales no la registran) representa el símbolo espectral de una sociedad condenada a desertar del país de la tierra sin hombres; el símbolo espectral de una colectividad desgarrada en dos porciones: la que permanece dentro y la que ha tenido que irse. Una especie de monstruoso hermano-siamés mutilado en sus mitades por un mandoblazo “salomónico”, no aprendido precisamente en el Cántico de los Cánticos.

EL ANILLO DEL IMPOSIBLE RETORNO

Antiguamente, cuando los dirigentes de una comunidad decidían el retorno de un desterrado, se le enviaba un aro pectoral de sílex, de madera o de plumas. Así, en el arcaico lenguaje mitográfico, “anillo y retorno” eran sinónimos. El anillo se convertía en el signo del perfeccionamiento espiritual del proscrito, en la insignia de una dignidad jerárquica pareja en calidad espiritual a la del jefe o chamán. Lo cual correspondía, en estricta lógica “pre-lógica”, a un criterio de buen gobierno en la economía cultural del grupo.

El desterrado, al regresar, aportaba un saber nuevo. Traía en las plantas de los pies el polvo de tierras desconocidas; en los ojos, visiones estrelleras de otros cielos; en su cuerpo doble – el visible y el invisible – y en su alma triple, la sabiduría que enseña el sufrimiento de “haber errado una eternidad por el limbo de los muertos”. El destierro era pues, sentido como una muerte y el retorno como una resurrección. Todavía hoy, en algunas de nuestras comunidades indígenas, se practica este rito ancestral. Un aro de plumas de aves migratorias basta para unir los dos universos de vida y muerte, de presencia y ausencia, confiriendo al proscrito que regresa la aureola de sabio y de justo.

En el Paraguay, país mestizo por excelencia, en el que domina, como en ningún otro de América, la lengua aborigen – que es el verdadero idioma nacional y popular de los paraguayos -, el anillo sería, por el contrario, sinónimo del imposible retorno. En el lenguaje simbólico del exilio paraguayo, el anillo sería el signo de una condena sin causa, de un castigo infamante e infame: lo llevará de por vida como un nudo de horca y legará este estigma a su descendencia nacida en el ostracismo y condenada por añadidura a ser apátrida, pues en resumidas cuentas el que cree tener dos patrias no tiene ninguna.

LA REALIDAD CULTURAL

En el cuadro descrito resaltan con toda evidencia las dificultades que deben afrontar como ciudadanos, y en las líneas de sus respectivas actividades, los trabajadores de la cultura en el Paraguay: escritores, artistas e intelectuales. Tanto los que viven en él como los que viven en exilio. Existen numerosos factores que tornan muy compleja la situación de esta cultura escindida, y que no han sido estudiados hasta hoy, globalmente, en todas sus relaciones e implicaciones; en especial, las de carácter ideológico.

Habría que partir para ello de observaciones y reflexiones eminentemente prácticas, pragmáticas, que los especialistas suelen rehuir en beneficio de una supuesta profundización “científica” o cientificista de tales problemas socioculturales. Sólo, tal vez, de este modo se podría llegar al trasfondo vivencial, visceral, de los efectos que se producen objetivamente en el cuerpo de una sociedad desequilibrada, deformada, esquizoide y, dentro de ella, a la situación real de lo que con algún eufemismo podría denominarse la intelligentsia paraguaya: una minoría de hombres cultos, alta o relativamente capacitados, profesionalizados, ideológicamente calificados, para hacer avanzar y desarrollar una cultura atrasada – por las causas que acabamos de describir – con respecto al nivel medio de la cultura latinoamericana; déficit cualitativo y cuantitativo que supone un índice estadístico – ¡si un espacio cultural pudiera cuantificarse estadísticamente! – de medio siglo de atraso y que no puede enjugarse de la noche a la mañana.

CULTURA SIN DIRIGENTES

Ante todo tal intelligentsia no existe en el Paraguay al menos como un grupo o diferentes grupos ligados por cierta coherencia y unidad de ideas, principios y objetivos. No están vinculados siquiera por denominadores comunes de intereses y posibilidades iguales y reales; en el mejor de los casos, por una visión del mundo y de la vida paraguaya, que les permita asumir la responsabilidad ética, estética e intelectual de conducir el estancado proceso de desarrollo y enriquecimiento en este conflictivo plano superestructural.

La fragmentación de la cultura paraguaya bajo el desequilibrio de las fuerzas productivas, el atraso y el consiguiente aplastamiento en todos los órdenes, ha afectado en sus mismas fuentes sus potencias creativas; esas fuentes que nutren las obras de los escritores, artistas e intelectuales y que proyectan la imagen, la verdadera originalidad de un pueblo. Es obvio que ello sólo puede acontecer cuando tales obras se producen sobre el foco de la energía social de la colectividad, con la esencia de su vida y de su realidad. Pero el hombre paraguayo – y por ende su expresión cultural – vive inmerso en esa irrealidad o des-realización patológica en que se ha coagulado su historia. Sus artistas, músicos, escritores y poetas que trabajan en el relegamiento interno, se sienten islas individuales en la “Isla”. Y su mayor enajenación es vivir desgarrados entre la realidad que debiera ser y la realidad tal cual es; entre esa plenitud de vida que le ha sido escamoteada y esta monstruosidad de sobrevivencia vegetativa que le han impuesto causas extrañas a su naturaleza histórica y social. A lo sumo, de tanto en tanto, surgen pequeños grupos, sobrepasando riesgos y dificultades que parecieran infranqueables. Afloran con el ardiente coraje de la juventud para expresar su pasión paraguaya – que es decir también continental, universal. No pasan de los proferimientos iniciales. La edición precaria de tales libros, revistas o diarios – otro de los trabajos de Hércules o de Sísifo, en el Paraguay – no los exime de su condición panfletaria, aunque no la tengan explícitamente (“lo que no está con el sistema está contra el sistema”). Las publicaciones aguafiestas son secuestradas; las voces rebeldes, acalladas y relegadas más aún, con destino manifiesto y en lugares prefijados.

LOS PORTADORES DE LA PALABRA

Tenemos que circunscribirnos aquí a la situación del escritor. El lenguaje de los poetas, de los artistas y de los músicos, encuentran tal vez mayores posibilidades de mimetismo, de “contrabando” estético en sus formas simbólicas, en sus códigos de expresión, en su naturaleza de signos menos expuestos a la inteligibilidad inmediata de los censores e inquisidores. De hecho, los músicos y los artistas plásticos son los que se hallan en la vanguardia de la cultura paraguaya del presente.

Los que trabajan con la palabra, por herméticos o ambiguos que pretendan ser, no pueden no expresar algo que no signifique algo directamente “deletreable” a través de las connotaciones más opacas. El escritor es la presa predilecta de la censura, la más fácil, la más atrapable, puesto que según el viejo dicho: El pez por la boca cae. El escritor es un pez raro en el Paraguay ; un pez parlante y anfibio que ama “la tercera orilla del río”, el perpetuo exilio del forzado a remo del cuento de Guimaraes-Rosa. La lengua es este río y su palabra el remo de su viaje sin destino, pero también sin rescate posible.

Voy a limitarme pues, a enumerar, someramente, las formas de exilio que padece el escritor paraguayo, dentro y fuera de su país.

LA ALIENACIÓN ETICA

Tengo que repetir lo que ya dije más de una vez con respecto a este poco reconocible, a menudo ignorado, pero crucial conflicto de su situación.

A la autocensura textual, que se impone consciente o inconscientemente el escritor, bajo el acecho de la censura inquisitorial, se suma otra forma de autocensura más sutil y más penosa. No es ya solamente la actitud de repliegue o de silencio voluntario o forzoso, pues la palabra constriñe a decir o a no-decir, que es también una manera de decir que se dice por la manera de la omisión. Me refiero concretamente a la alienación ética.

El escritor no puede comportarse como un etnólogo. La pasividad, el distanciamiento (no en el sentido de Brecht, sino en la actitud de “mirar desde afuera”), no es su fuerte. Los escritores, narradores y poetas paraguayos, ensordecidos por el clamor incesante que brota de la historia, ofuscados por la visión pesadillesca de la realidad, se sienten compelidos a una suerte de compromiso primario de rebelión o de denuncia testimonial. Entran queriendo y sin querer en el falso problema de una literatura de “mensaje” o de protesta. La imaginación queda así prisionera de esta doble alienación: la del lenguaje, en la expresión de una realidad que los desborda, por una parte; por otra, los imperativos de una conciencia crítica y de una pasión moral que buscan constituirse deliberadamente en el núcleo de este compromiso. Los resultados son contraproducentes. El ejercicio voluntarioso de la palabra “profética” (con la cual el escritor burgués o pequeño burgués y el escritor lo es por definición y por conciencia de clase cree resolver y absolver sus contradicciones ideológicas) es la más ominosa de las alienaciones y del exilio dentro de sí mismo. Más aún si se trata de una ética que viene de afuera y pertenece al mundo de valores de la ideología de la dominación, que es lo que justamente una literatura autollamada progresista pretende cuestionar críticamente. Y ya sabemos que una genuina obra literaria vale no por sus buenas intenciones o por las ideas y opiniones proclamadas por su autor, sino por la verdad o fuerza de verdad que emana del foco de la energía social dada como una intersubjetividad y que se proyecta a través del filtro inconsciente y sensible de una subjetividad: la de este autor. Ya sabemos que una auténtica obra literaria vale por las significaciones de su estructura interna, por la fuerza instintiva que emana de ella; por la mediación de “un arte que es por cierto conciencia pero en busca de una forma no consciente de sí”; que no es ideología pero que puede escapar de la ideología.

En tal situación, el escritor paraguayo padece en su ostracismo local las persecuciones, encarcelamientos, torturas, desapariciones; la inseguridad personal e inestabilidad económica: la censura oficial y la autocensura con sus efectos letales sobre su tarea; las divisiones y enfrentamientos dentro de la comunidad intelectual misma: la incomunicación del escritor con su público nacional. Con respecto al escritor que padece el exilio exterior, experimenta, más agravada aún, su desconexión con su público nacional; su desconexión e incomunicación con el pueblo de la diáspora, tanto cultural como política; los problemas traumáticos del desarraigo y de la difícil adaptación a otras áreas culturales en las propias zonas latinoamericanas y en las externas al continente; las aparentes y discutibles posibilidades de expresión más libre en ellas, que se neutralizan con la segregación de la realidad concreta del país, de las fuentes que nutren las genuinas potencias creativas. Esto, en respuesta a algunos de los problemas enumerados en el cuestionario propuesto.

LAS FALSAS OPCIONES

Algo semejante se ha vivido en la España de la dictadura de Franco, a escala naturalmente de las diferencias de tiempo, lugar, historia y cultura entre ambos países. El desmoronamiento sin pena y sin gloria de un régimen que parecía monolítico e indestructible y a raíz de este hecho, las transformaciones económicas, sociales, culturales y políticas que se están operando en la vida española en una, hasta hace poco, imprevisible apertura democrática, han verificado una vez más en el tumultuoso presente de nuestro mundo contemporáneo la premisa fundamental de que lo único imperecedero es una colectividad. Una sola vez muere el individuo; un pueblo renace muchas veces.

El pueblo paraguayo amante de su tierra natal, espera este renacimiento necesario, más allá de las falsas opciones o de las alternativas desesperadas. Y podría afirmarse que esta sola esperanza es hoy por hoy su único alimento espiritual y la dimensión de su porvenir, a imagen y semejanza de sus aspiraciones más profundas y más largamente postergadas.

El hombre paraguayo es un hombre trágico que no siente la tragicidad de su vida. La tiene jugada antes de nacer. Nadie muere en la víspera de su muerte, dice un viejo proverbio guaraní. Exiliado en su propia tierra, no se siente un intruso sino el dueño de un espacio histórico que todavía no le pertenece, pero que va a ser y lo va a hacer suyo inexorablemente. Exiliado en la historia, se siente simplemente su propio contemporáneo. Exiliado de la vida que le quitan, el hombre del pueblo en su sabiduría natural sabe firmemente, vitalmente, que en este exilio, al parecer perpetuo, recibirá algún día el anillo del retorno como decisión de sus dirigentes naturales.

Sus escritores, artistas e intelectuales, en medio de sus contradicciones ideológicas inevitables como resultado de la oposición naturaleza/cultura colonizada, y pese a todos sus desfallecimientos, experimentan también esta certidumbre de la colectividad a que pertenecen. Ellos no se plantean las falsas opciones del extrañamiento voluntario. No pueden planteárselo. Todo exilio es para ellos forzoso, aun el de quienes por propia decisión y con carácter transitorio optan por la expatriación e incluso por esporádicos viajes que les permitan ampliar el horizonte natal e incorporar a su mundo el pedazo de mundo que les falta. Pero estos “exilios voluntarios” – si es que existen – no tienen el carácter romántico de los viajes decimonónicos, ni se inscriben en la práctica de los periplos turísticoculturales. Ninguno de ellos podría decir sin remordimiento: “escribo muy bien en París. Es una ciudad llena de monumentos, con muy bonitos espectáculos, pero con una posibilidad muy grande de retirarse, de sustraerse, de aislarse para escribir”. Los que lo hacen, en París o en cualquier otro lugar del mundo, no dejan de sufrir el suplicio por la esperanza del retorno, en muchos casos, en casi todos, incierto, por no decir impracticable. Lo afirma con conocimiento de causa alguien que ha venido sufriendo a lo largo de treinta años – más de la mitad de su vida – esta especie de condena en “libertad provisional”; que ha escrito casi toda su obra en la atmósfera enajenante y obsesiva del exilio, en la realidad irreal de la tierra perdida en esta pena – como infortunio y como castigo – de una “biografía de ausente”, que es precisamente el título de uno de los hondos y transidos libros de la poesía paraguaya, el de Rubén Bareiro Saguier, junto con Un puñado de tierra, otro libro escrito en carne viva, el de Hérib Campos Cervera, el gran poeta muerto en el destierro hace veinticinco años.

No es casual que para los escritores paraguayos las obras y las experiencias de vida de los autores que más respetan y admiran sean, por ejemplo, las de Vallejo, Arguedas, muertos de la tristeza mestiza de su Perú, la de Neruda, muerto bajo el salvaje ataque de las fuerzas totalitarias contra su pueblo de Chile. O el voluntario silencio de Rulfo, que escribe sin palabras la epopeya vestigial – y estigial – de las repetidas muertes de su México ; el triunfo extremo, más allá de las palabras, de esta escritura sin par que se instaura clamorosamente en la negación de la escritura y del lenguaje colonizados, en nuestra alienada y oprimida América Latina.

LA DISYUNTIVA LINGÜÍSTICA

En el recuento de las formas de exilio del escritor paraguayo (proscripción interior, relegamiento externo, despojamiento de la vida no vivida, enajenación de la obra no hecha, segregación de su realidad, incomunicación con su público nacional, desconexión e incomunicación con el pueblo de la diáspora, autocensura y exilio en su propia interioridad) debe sumarse finalmente el exilio lingüístico.

El problema de la polaridad bilingüe castellano/guaraní no es uno de los últimos, ni el menos importante dilema que se plantea al escritor paraguayo. ¿En cuál de los dos idiomas escribir?

Si la literatura es fundamentalmente un hecho de lengua, y por tanto de comunicación, la elección debería, o parecería al menos, ser forzosa: el castellano. Los exilios del escritor paraguayo le han enseñado a sentirse ciudadano del postergado y gran país hispanoamericano. Pero al escribir en castellano, el escritor, y especialmente el autor de ficciones, siente que está sufriendo otra nueva especie de alienación ética, esta vez la del exilio lingüístico. ¿Hasta qué limites puede llevar este alejamiento de la porción de realidad y de vida colectiva que se expresa en guaraní? En el momento de escribir en castellano siente que está realizando una parcial traducción del escindido contexto lingüístico, en el cual se escinde él mismo por el hecho de esta opción. Siente que le quedará siempre algo sin expresar. Pero, además, hay una desconfianza instintiva en los guaraní-hablantes contra los textos escritos, una falta de costumbre, mejor dicho una imposibilidad real de leer, en la inmemorial tradición de hablar y escuchar, de la tradición oral. Esto lleva inevitablemente al escritor paraguayo a la necesidad de hacer una literatura que no quede en literatura; de hablar contra la palabra, de escribir contra la escritura: una literatura que exprese en suma, en un amplio despliegue de posibilidades de lenguaje y de escritura basados en la conjunción semántica de los módulos lingüísticos del castellano y del guaraní: una literatura que exprese y signifique el mundo de la identidad personal de sus autores en consonancia con la identidad del contexto real a que pertenecen. En otras palabras: hacer que la subjetividad individual se inscriba en el espacio de la intersubjetividad social, de su intrahistoria, en la que este espacio cumpla dialécticamente su función de intertexto para el enriquecimiento y la realimentación del texto mismo al apoyarse en sus raíces más profundas y proyectarse hacia la universalidad de sus formas.

LA OPCIÓN NECESARIA

En este sentido, las nuevas promociones de narradores y poetas se hallan empeñadas en la faena de adelantar esta literatura sin pasado – como ha dicho acertadamente la escritora paraguaya Josefina Plá – contra todos los riesgos y dificultades. Tienen conciencia de hallarse en un punto extremo de un ciclo histórico determinado y terminado. Esto los hace anormalmente conscientes de los problemas de su sociedad. Su esfuerzo fragmentado y subterráneo, es decir, clandestino, en los escritores que sufren el exilio interior, se resiente de las fallas que derivan de esta situación anormal. Aún así, no se arredran y trabajan con esa energía que se expresa en un lenguaje que tiene la fuerza de los hechos, de la palabra en acto. Para estos escritores, sometidos al ostracismo interno como para los que trabajan en la diáspora, el trabajo literario vuelve a significar imperativamente la necesidad de encarnar con sentido y estética la esencia de un destino nacional y continental, la voluntad de inscribirse en la realidad vital de una colectividad como la paraguaya. De este pueblo tan calumniado de América – como está escrito en una de mis novelas – que durante siglos ha oscilado sin descanso entre la rebeldía y la opresión, entre el oprobio de sus escarnecedores y la profecía de sus mártires.