Por Sergio Ramírez – Prólogo a «Hijo de hombre» de Augusto Roa Bastos

La vida de Augusto Roa Bastos parece a veces asunto de sus propias invenciones, sometida a una variante de registros y matices que son el fruto de su imaginación impenitente. Está claro que nació el 13 de junio de 1917 en Asunción, la capital del Paraguay, y que pasó su infancia en Iturbe, un poblado de las selvas del Guairá, en el Alto Paraná, al sur del país, donde se habla por igual el guaraní y el castellano, lo que dio al niño esa lengua escindida, o doble, que habría de marcar su escritura no sólo en la tesitura verbal, sino también en su carga de tradición oral.

Algunos de sus biógrafos afirman que su padre, Lucio Roa, severo y autoritario, se trasladó a Iturbe como administrador de un ingenio azucarero. «Su presencia había sido siempre muy turbadora para mí, por la fuerza de su temperamento y por su afectividad grande y callada», habría de recordar el propio Augusto. Se trataba de un hombre que tras recibir las órdenes menores dejó su designio de hacerse cura y se dedicó al duro oficio de tumbar árboles en la selva, con lo que quedó marcado por la leishmaniasis, o lepra de montaña.

Tomás Eloy Martínez, uno de los amigos más entrañables de Augusto durante los años del exilio que le tocó vivir en Buenos Aires, nos cuenta, sin embargo, que, lejos de dirigir el ingenio, el padre llegó como un simple peón que seguía en su labor de talar árboles con el hacha, ya que el ingenio estaba en construcción y los campos para sembrar la caña de azúcar en proceso de ser desbrozados. Con sus manos construyó los pupitres donde Augusto y su hermana Rosa, la mayor de los dos, se sentaban a recibir las lecciones que él mismo les impartía, una hora diaria después de la siesta de la tarde, porque nunca asistieron a la escuela pública. Lucio no quería que los niños se contaminaran de la lengua guaraní, que veía como una degradación, y luego les daría a leer a Quevedo, a Cervantes, y a San Agustín. En el patio se izaba a diario la bandera nacional, y había una campana que sonaba llamando al inicio de las clases.

Cuando se casó con Lucía Bastos se acercaba ya al medio siglo de vida, veinte años mayor que la esposa, con la que estuvo unido por otro medio siglo, pues murió ya casi centenario, una relación que según el recuento del hijo fue siempre «serena, armónica, profunda…, sin que el tiempo del amor pasara nunca». A ellos está dedicada Hijo de hombre: «a mi padre, a la memoria de mi madre».

También cuentan sus biógrafos que en 1925 Augusto había sido enviado a Asunción para que siguiera sus estudios en el Colegio de San José, al cuidado de un tío de su padre, el obispo Hermenegildo Roa, lo que puede sonar un grato privilegio. Pero según le contó a Tomás Eloy, «tenía un solo par de medias y vivía muerto de hambre», el más pobre entre todos los alumnos de diversas edades, hacinados en un dormitorio comunal.

Para ese viaje a Asunción, emprendido a los ocho años de edad, estrenó unos zapatos con suela crepé. Era la primera vez que salía de Iturbe, y la primera vez que se subía a un tren. Los zapatos los había comprado ahorrando las monedas que recibía de su padre por barrer las estancias y lavar los trastos de la cocina. En sus recuerdos, o en su imaginación, eran unas veces unos zapatos usados, y otras, aunque nuevos, tan duros que le costó un mundo amansarlos.

El padre encargó su custodia para el trayecto a una conocida suya, que llevaba consigo un niño de pecho. Debían trasbordar de un tren a otro, con lo que tenían que amanecer en la estación intermedia, donde había un inmenso cráter provocado por un estallido de explosivos durante una de las tantas revueltas militares. Y cuando en la oscuridad la mujer dio de mamar a la criatura, él se prendió al otro pecho, la primera vez, dice, «que tuvo una sensación erótica». Esta escena, figurada en sus recuerdos, o en su imaginación, pasó a las páginas de Hijo de hombre. En 1917, el antihéroe de la novela, Miguel Vera, viaja desde su lugar natal de Itapé hacia Asunción destinado a la Escuela Militar, en compañía de Damiana Dávalos, que va a visitar a su marido preso llevando consigo a su crío. En Sapukai deben pernoctar para el cambio de tren. Cinco años atrás, en 1912, durante la llamada Rebelión de los Agrarios, cuando un destacamento de revolucionarios se prepara para partir en un convoy para atacar Asunción, son denunciados por el Jefe Político. Los mandos militares del gobierno sueltan en las vías un tren lleno de explosivos que choca en la estación con el convoy ya listo, y provoca la muerte de dos mil personas, dejando aquel inmenso cráter que aún no ha sido rellenado. Es allí donde esa noche Miguel Vera se prende a uno de los pechos de Damiana, mientras ella da de mamar con el otro al crío.

El Paraguay seguía siendo en el siglo XX un páramo olvidado, la única isla del mundo que en lugar de agua estaba rodeada de tierra por todos lados. Desde tiempos de la Colonia había vivido una historia de episodios singulares registrados por Roa Bastos en el telón de fondo del escenario donde se mueven los personajes de Hijo de hombre, o que se mezclan en su trama, desde los más lejanos, como el establecimiento de las misiones jesuíticas guaraníes en 1607, pueblos fundados por la Compañía de Jesús para evangelizar a los indígenas, que llegaron a tener su propia organización social y económica, y que duraron hasta 1768, después de ocurrida la rebelión guaraní, y cuando el rey Carlos III ordenó la expulsión de los jesuitas de todos los territorios de la corona.

El doctor Alexis Dubrovsky, el ruso errante fundador del leprosario de Sapukai, uno de los personajes más atractivos y enigmáticos de Hijo de hombre, que aparece un día en el pueblo aventado por los pasajeros iracundos desde uno de los vagones del tren, recibe en pago por una curación una talla de San Ignacio del tiempo de las misiones jesuitas. La talla resulta ser hueca y está llena de monedas de oro y plata, con lo que, de allí en adelante, enloquecido por la codicia, reclama de sus pacientes que le lleven tallas de esas en pago por sus servicios, y las descabeza todas, en busca de las cascadas de monedas.

Al ocurrir la independencia de España en 1811, surgirá la figura dominante del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia y Velasco, Supremo Dictador Perpetuo de la República del Paraguay, el célebre doctor Francia que luego sería el personaje central de Yo el Supremo, publicada en 1974: el Karaí Guazú que ya figura en las páginas de Hijo de hombre como la gran sombra patriarcal que sigue siendo, pese a que su reinado había terminado con su muerte en 1840. Por obra de la memoria del anciano mendigo Macario Francia lo vemos cabalgar desde las primeras páginas por las calles desiertas, frente a las casas cerradas a piedra y lodo, «bajo la sombra del enorme tricornio, todo él envuelto en la capa negra de forro colorado, de la que sólo emergían las medias blancas y los zapatos de charol con hebillas de oro, trabados en los estribos de plata».

El doctor Francia había convertido al Paraguay en un sepulcro cerrado para quienes vivían en su territorio, sin mendigos ni ladrones ni asesinos, pero también sin enemigos, hacinados en los calabozos, o en los cementerios. Lo sucedió su sobrino Carlos Antonio López, que a pesar de su codicia, pues amasó una inmensa fortuna a la sombra del poder, hizo entrar al país en la modernidad construyendo nuevas líneas de ferrocarril y la primera fundidora de hierro que hubo en el Cono Sur; redujo el desempleo y liquidó la deuda externa, estableció la educación pública gratuita y obligatoria, y entregó a los campesinos en arriendo tierras estatales, las llamadas estancias de la patria.

Tras su muerte en 1862, el poder pasó a manos de su hijo Francisco Solano López, disoluto aficionado a las faldas, premiado por su padre con las insignias de brigadier a los dieciocho años de edad, y elevado por sí mismo a mariscal. Había sido enviado a Francia a comprar un cargamento de armas, y en París se enamoró de las pompas de Napoleón III, y de una irlandesa a quien se llevó de regreso consigo, Elisa Alicia Lynch, llamada «la Madama» por los paraguayos, un personaje de inmenso poder en la corte de su marido, que la convirtió en la más grande terrateniente del Paraguay, y que ya viuda habría de morir en la miseria.
A partir de 1865 se declaró la Guerra de la Triple Alianza, o Guerra Grande, librada contra Brasil, Uruguay y Argentina, y que duró hasta 1870, en el curso de la cual murió un millón de los habitantes del país, entre ellos el propio mariscal presidente, crucificado por las tropas brasileñas en el cerro Corá, y sobrevivieron apenas doscientos mil, más que nada niños, mujeres y ancianos, y un puñado de hombres. Encima de eso, a consecuencia de la derrota, el Paraguay debió sufrir por varios años la ocupación de Brasil, bajo una especie de virreinato, además de la desmembración de su territorio.

A comienzos del siglo XX, setenta y nueve personas poseían la mitad de la tierra del país, mientras campeaban la marginalidad, el atraso y el analfabetismo, que cubría al ochenta por ciento de la población. En el primer cuarto del siglo XX el Paraguay tuvo quince efímeros presidentes. Las fiestas del centenario de la independencia celebradas en 1911 encuentran a un país entregado a una interminable disputa política entre azules (liberales) y colorados (conservadores), y desgarrado por alzamientos como la ya citada rebelión de los agrarios de 1912; y es entre altos y bajos de inestabilidad política que el país se pondrá a las puertas de la Guerra del Chaco librada contra Bolivia a partir de 1932.

Las acciones bélicas se desataron el 15 de junio de 1932, cuando tropas bolivianas asaltaron el fortín Carlos Antonio López a orillas del lago Pitiantuta, pero la posición fue recuperada por las fuerzas paraguayas a un costo sangriento, en tanto los bolivianos, en un nuevo asalto, tomaban Boquerón, a poca distancia de la capital. El 29 de septiembre de 1932, después de casi un mes de incesantes combates, el sitio fue reconquistado, y es alrededor de este hecho bélico, narrado en toda su intensidad y su crudeza, que se centra el diario de Miguel Vera en Hijo de hombre.

La Guerra del Chaco es el escenario hacia el que se dirigen todos los hilos de Hijo de hombre, una guerra de la que Roa Bastos será testigo presencial, pues en 1933, cuando tenía dieciséis años, se escapó del Colegio de San José con otros cinco compañeros, decididos al combate. Viajaron ocultos en un barco que llevaba tropas desde Asunción a Puerto Casado, y al ser descubiertos se les impuso como castigo lavar letrinas y vigilar prisioneros bolivianos en la retaguardia, y una vez que la guerra llegó a su fin, fueron parte de la custodia que llevó a un grupo de estos prisioneros hasta la frontera boliviana para ser entregados. Las huellas de esta experiencia, aunque marginal, habrían de calar en la mente del adolescente que velaba apenas sus armas de escritor. Roa Bastos había huido del Paraguay en 1947, cuando un ideólogo del fascismo criollo llamado Patrocino González, ministro de Hacienda del gobierno del general Higinio Morínigo, ordenó su captura, vivo o muerto. González, que se creía escritor, había sufrido las burlas de Roa Bastos y aprovechó la reciente derrota de una rebelión contra Morínigo para acusarlo de conspirador comunista. Lo buscaron en las oficinas del diario El País, donde trabajaba como redactor, y tras escaparse en el último momento por la azotea, pasó varios días escondido dentro de un depósito de agua, hasta que pudo buscar refugio en la casa del agregado cultural de Brasil. Salió al destierro, y se estableció en Buenos Aires.

Cuando en 1982 se atrevió a regresar, protegido por su fama de escritor ya establecida, el dictador Alfredo Stroessner lo despojó de su ciudadanía y lo expulsó del país junto con su familia, acusado de tener «ideas bolcheviques, ultramoscovitas, y por querer adoctrinar a la juventud del país con dichas ideologías», razones parecidas a las que décadas atrás había esgrimido Patrocinio González para perseguirlo.

Hijo de hombre se publica en el contexto de transformaciones profundas que asume la narrativa latinoamericana en la mitad del siglo XX, y que habrán de consolidarse en la década de los sesenta en el fenómeno del boom. En los años vecinos anteriores a la aparición de Hijo de hombre se han publicado novelas claves para la transformación literaria del continente, entre ellas Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo, que enseña una nueva manera de entrar en las honduras del mundo rural; Gran Sertón, Veredas (1956), de João Guimarães Rosa, que es también una incursión novedosa en el mundo de los yagunzos del sertón brasileño. Y también están El coronel no tiene quien le escriba (1957) de Gabriel García Márquez, Coronación (1957) de José Donoso, y La región más transparente (1958) de Carlos Fuentes. La tregua de Mario Benedetti se publica el mismo año que Hijo de hombre.
En su estructura Hijo de hombre altera el discurso cronológico, lo mismo que los planos espaciales, a la manera como poco después empezará a hacerlo Mario Vargas Llosa a partir de La ciudad y los perros (1962), y en esto debemos verlo como un precursor de lo que será la modernidad literaria del continente, de la que él mismo será figura señera después de la aparición de Yo el Supremo. Las historias que se cuentan en Hijo de hombre parecen tener independencia entre ellas, pero en el camino iremos encontrando los puntos de encuentro entre los relatos y los personajes, hasta que se acomodan todos en un solo friso a la vez oscuro y esplendoroso.

Hijo de hombre sería revisado por su autor, y la nueva versión apareció en Asunción en 1983, con un nuevo capítulo, «Madre quemada». El porqué de los cambios que introdujo lo explica él mismo en la Nota de Autor: «Corregir y variar un texto ya publicado me pareció una aventura estimulante. Un texto -me dije pensando en los grandes ejemplos de esta práctica transgresiva- no cristaliza de una vez para siempre ni vegeta el sueño de las plantas. Un texto, si es vivo, vive y se modifica. Lo varía y reinventa el lector en cada lectura. Si hay creación, esta es su ética». Roa Bastos utiliza la misma estrategia narrativa de José Eustasio Rivera en La vorágine (1924), donde el cuerpo de la novela no es sino un manuscrito que ha llegado a manos del autor. En el caso de La vorágine, el manuscrito dejado por Arturo Cova antes de ser tragado por la selva es entregado al propio Rivera, funcionario de la cancillería en Bogotá, después de ser remitido por el consulado colombiano en Manaos. En el caso de Hijo de hombre, las páginas con la narración del teniente Miguel Vera, que termina suicidándose de una extraña forma, son conservadas por la doctora Rosa Monzón, que las envía al autor, el propio Roa Bastos.

Hijo de hombre es también, en muchos sentidos, un relato polifónico, que a través de los intersticios del lenguaje se escapa de la voz de Vera, quien comienza a contar a partir de los recuerdos de su infancia en Itapé, apoyado en la voz de Macario Francia, que desciende a las cavernas del pasado más remoto para enhebrar la historia del Paraguay y sus desastres, y a esa voz se sumarán otras de diversos tonos y procedencias. Pero la que canta más alto en el coro es la de Macario, eslabón de la humilde dinastía que se remonta a su padre liberto y desciende hacia su sobrino Gaspar Mora, el fabricante de instrumentos musicales que al saberse infectado de lepra huye hacia el monte y allí labra un Cristo a imagen de los leprosos. Este hecho abrirá la primera de las grandes controversias de la novela cuando el cura se niega a bendecir al crucificado por haber salido de las manos de un descreído, y será entonces entronizado por los propios pobladores en el cerro de Tupia-Itapé, convertido en santuario. El Cristo leproso es así un símbolo que dominará no solo el paisaje selvático desde las alturas y la vida del pueblo, sino toda la novela.
Hijo de hombre es muchas cosas. En primer lugar, es una novela híbrida que habla dos lenguajes, parienta cercana de Los ríos profundos de José María Arguedas, publicada poco antes, en 1958, donde el quechua ocupa el lugar del guaraní. El mismo Roa Bastos explica las razones de semejante dualidad: «Este discurso, este texto no escrito subyace en el universo lingüístico hispano-guaraní, escindido entre la escritura y la oralidad. Es un texto en que el escritor no piensa, pero que lo piensa a él. Esta presencia lingüística del guaraní en la escritura de la novela se impone desde la interioridad misma del mundo afectivo de los paraguayos. Plasma su expresión coloquial cotidiana, así como la expresión simbólica de su noción del mundo, de sus mitos sociales, de sus experiencias de vida individuales y colectivas».

Es también una novela que describe un mundo mágico y a la vez cruel, y que si bien hunde sus raíces en el pasado, también describe esa permanente situación estática, de desidia y abandono que vive el mundo rural del Paraguay, donde el destino sin remedio es la peor de las deidades, un destino que se resuelve en pobreza para siempre, en guerras, y en locura. Los personajes claves de la novela son poseídos por la demencia. Macario Francia entregado a sus veleidades seniles, donde la historia parece otra de sus locuras, el errante Alexis Dubrovsky enajenado por la codicia descabezando santos, Casiano Jara tan trastornado como para empujar un inservible vagón de tren hasta lo hondo de la selva, Miguel Vera descalabrado por la sed, la implacable muerte blanca, hasta convertirse en homicida de quien llega a salvarlo, Crisanto Villalba que vuelve de la guerra con la razón extraviada, condecorado con medallas de mentira y decidido a regresar al campo de batalla que ya no existe.

Roa Bastos sabía muy bien lo que era el cine, y conocía el dominio de la imagen, desde luego que escribió el guión para la película que se hizo sobre Hijo de hombre, dirigida por Lucas Demare y estrenada en 1961 bajo el título La sed. Es una novela de imágenes sucesivas que de pronto se congelan, y pareciera que lo que tenemos enfrente es una galería de fotografías fijadas por el relámpago de magnesio, fotografías maestras talladas en el adecuado tono de luz y la exacta carga de sombras.

La exactitud en la descripción del paisaje la convierte en una historia natural de las cosas, con virtud panteísta. Es la naturaleza viva encarnada en el lenguaje. Y también es la vida con sus excentricidades apuntadas por la mano de quien vive de transcribir asombros, o de imaginarlos: la cabellera que cubre el cráneo desnudo del Cristo leproso de Itapé es la cabellera de la loca del pueblo, que se rapa para donarla a la imagen; Macario Francia es enterrado en una caja de criatura, de tan mínimo que la ancianidad lo había vuelto; las manecillas del reloj de la iglesia de Itapé giran al revés, con lo que no es extraño que la historia del Paraguay siempre retroceda; el borracho dispuesto a matar al anciano médico «el Karaí» Bonpland, ofendido porque no le devuelve el saludo, lo que apuñala es su cadáver que, embalsamado desde hacía tres días, habían puesto a orear al sereno en el corredor de la casa; Cristóbal Jara, perseguido a muerte por conspirador se oculta en un hueco del cementerio protegido por María Regalada, heredera de una dinastía de sepultureros, y sale de allí una noche en extraño desafío para asistir a una fiesta en honor de las tropas del gobierno, seguido por una corte de leprosos que bailan como fantasmas blancos a la luz de las antorchas festivas.

Es, en fin, una novela de milagros verbales donde la imaginación conquista la belleza de lo prodigioso y de lo terrible.