“Cada vez que muere asesinado un periodista, está revelando que su trabajo era necesario”, dice Juan Villoro, escritor y cronista mexicano, invitado de la actual edición de la Feria Internacional del Libro.

Sobrio y brillante, el laureado Villoro –una leyenda viva de las letras latinoamericanas de las últimas décadas– conversó ampliamente sobre su visión de la crónica periodística, ese género que, años atrás, bautizó como el ornitorrinco de la literatura, y su preponderancia actual en la búsqueda de la verdad en nuestro continente, en general, y en su natal México, en particular.

Lo que sigue es un extracto de esa conversación:

Empecemos por lo más amplio: ¿cuál es el estado actual de la crónica en Latinoamérica?

Hay un gran prestigio por la crónica, pero temo que sea más cultural o incluso ideológico que algo que se refleje en la práctica. No hay muchos espacios para publicar crónica, no hay muchas revistas que la publique, se adelgazan los periódicos, faltan suplementos que puedan dar cabida al periodismo de investigación. Entonces yo creo que la crónica por el momento goza de una reputación que no siempre cristaliza en suficientes publicaciones. A veces tengo la impresión de que es más fácil organizar un congreso sobre crónica, fundar un premio de crónica, o promover una antología de la crónica, que escribir y publicar una.

”Es una situación paradójica, pero no hay que preocuparse demasiado. En todas las épocas, la crónica ha sobrevivido de milagro. Muchos escritores han dedicado su tiempo a otros géneros y han cultivado la crónica como un capricho personal. Es el caso de un gran maestro, Ryszard Kapuscinski. Trabajó durante años para una agencia polaca del gobierno comunista. Estaba obligado a enviar despachos de prensa breves con cierta tendencia ideológica. Se asignaba a sí mismo proyectos de crónica que convertía en libros, a veces años después de haber visto esos sucesos. Nos enseñó que tú puedes trabajar como periodista en un registro y luego escribir las crónicas cuando puedas, de otro modo”.

¿Es la crónica latinoamericana un género del momento? ¿Hablamos de ella más de lo que la publicamos o leemos?

Hay muy buenos cronistas en el continente, y los ha habido siempre. Desde José Martí y Rubén Darío, hasta Leila Guerriero y Martín Caparrós. Estamos muy entusiasmados con que se cultive este género híbrido por una razón explicable: en la medida en que decimos que hay muy buenas crónicas, estamos denotando que nuestra región vale la pena, porque la crónica es el barómetro inmediato de lo real. Lo definitivo, claro, no es que nos entusiasme el género, sino que se ejerza y que se lea.

El periodismo en la región se enfrenta a toda suerte de problemas. En México, la amenaza de la violencia es latente. ¿Cómo se lidia con ella para hacer crónica?

Hay muchos tipos de crónica. En un período tan violento como el que vive México, es importante que se hagan crónicas de otros temas. De cuestiones de la vida diaria; los misterios de lo cotidiano no dejan de ser fascinantes. Yo creo que toda realidad, por quebrantada y dolorida que sea, produce otras posibilidades. Puedes hacer perfiles de artistas, de luchadores sociales, de gente que lucha por la esperanza.

“Luego, siendo el país más peligroso para ejercer el periodismo de acuerdo con la organización Reporteros sin Fronteras, evidentemente estamos en una situación muy grave. Es un país cuyo gobierno le pagó $80 millones a una empresa de Israel para contratar el sistema de espionaje Pegasus, utilizado sobre todo contra activistas y periodistas, donde se asesinan periodistas y el gobierno en vez de protegerlos los vigila; la situación es muy grave. Las estrategias de protección son insuficientes. Un periodista estadounidense radicado en México, John Gibler, escribió que ‘en México, asesinar un periodista es menos peligroso que investigar ese crimen’.

Hablando de su proceso creativo personal: con una historia entre manos, ¿cómo discierne entre si lo que se desea escribir es una crónica, una novela o un cuento?

Si yo tengo una historia en la que yo sé de antemano, hacia dónde va y cuál es su final, generalmente es un cuento. Es decir, yo puedo controlar el desarrollo de la historia y lo que me interesa es hacia dónde van los personajes. Cuando me interesa la situación de los personajes, pero me resulta muy incierto definir hacia dónde pueden ir, generalmente eso llama más hacia una novela, porque es un desarrollo donde los personajes me interesan más que la historia, y poco a poco sabré cuál es esa historia. En el caso de la crónica, cuando la realidad me da suficientes estímulos para que yo pueda armarla como narración, y no tengo lagunas que deba yo llenar con la imaginación. Debes respetar las energías de la realidad. Cuando te estimula lo suficiente para distintas variantes del periodismo, no necesitas complementarla con algo de tu creación.

”Siempre hay zonas grises un tanto híbridas: tienes una historia de la realidad que es muy buena, pero le falta algo, un eslabón perdido que podrías completar imaginariamente. Pero ahí se presenta la duda: si en base de eso haces una novela o sigues investigando para que la realidad te dé el eslabón que te falta y puedas construir una crónica. Hay textos en esa zona conflictiva”.

De los géneros que practica, ¿cuál es el que todavía lo reta?

Todos. Si te gusta una chica, difícilmente vas a actuar sin nervios. Todo lo que te atrapa, todo lo que te cautiva, te pone a prueba. Lo mismo pasa con cada uno de los géneros. Es como conquistar a la chica de tus sueños: naturalmente, te sientes en desventaja.

¿La literatura sigue siendo la chica de sus sueños?

Es lo que más me gusta en el mundo de lo imaginario. Pero sé, desde luego, que mi realidad como persona sigue siendo más importante que mi realidad imaginaria; todavía no he despegado lo suficiente ni estoy tan embebido en mis ensoñaciones. Para mí es mucho más importante mi relación con mi hija o con mi pareja que con el libro que estoy escribiendo. Pero, en lo imaginario, me sigue cautivando como al principio. Nunca dejaré de ser un principiante de la literatura.

Publicado en Nación