El Che Guevara: el dolor y la ira en la mirada del gran ícono pop

Por Gabriela Cabezón Cámara

Empezó así: la Revolución recién nacida había comprado un arsenal importante a Bélgica, un barco entero, “La Coubre”, cargado para armarse hasta los dientes. Llegó al puerto de La Habana libre el 4 de marzo de 1960 y, cuando la estaban descargando, estalló. El Che estaba cerca, trabajando en un ministerio, y corrió al lugar para socorrer a los heridos. Porque era médico el Che, además de guerrillero. Unas pocas horas después, volvió a estallar el arsenal. Los muertos fueron más de cien, los heridos más de doscientos. Al día siguiente, el funeral: miles y miles y miles de cubanos fueron a despedir a sus hermanos y a mostrarle al mundo que su revolución seguía tan viva como antes del sabotaje. Y ahí estaba Alberto Díaz “Korda”, que antes de ser parte del diario de la Revolución había sido fotógrafo de moda, con su Leika lista. Sacó tantas fotos como la ocasión ameritaba. Y una más. El Che se paró en la parte de adelante del palco. Se asomó más bien, y enseguida se fue para atrás. Durante esos pocos segundos, a Korda lo poseyó el rayo y le tomó dos fotos. Una de ellas es la que conocemos todos: el héroe con la ira y el dolor en la mirada y la determinación en una mandíbula que parece apretada como si estuviera masticando balas. Está planeando un futuro el comandante y la melena le ondea alrededor de la cara viril, de la barba rala, abajo de la boina con la estrella de cinco puntas, sobre la chaqueta militar que le queda como si fuera un modelo. El héroe se asomó a su propio monumento. Y el fotógrafo lo vio. La imagen no se publicó hasta que en 1967, cuando el Che ya había sido asesinado en Bolivia, Feltrinelli —el librero comunista cuyos hijos le compraron Anagrama a Jorge Herralde— compró los derechos para publicar Los diarios del Che en Bolivia, usó la foto de Korda en un cartel, vendió dos millones de pósters en seis meses y así fue que el Che se plantó en la posteridad. Hecho una imagen, hecho un deseo: hecho un fantasma que recorría el mundo. Al año siguiente, la foto se usó como declaración de insurgencia en el Mayo Francés. Y en Latinoamérica entera su cara de héroe le daba forma al deseo de rebelión y de crear uno, dos, tres Vietnam. Un año después, en 1968, el artista irlandés Jim Fitzpatrick le dio la forma final al monumento del Che: lo redujo a dos valores, blanco y negro. Casi inmediatamente Gerard Malanga, la mano derecha de Warhol en The Factory, la puso en damero, le aplicó la plantilla de colores de su jefe —que le había prometido mandarle dinero a Europa para que pudiera volver a Estados Unidos y no cumplió— y empezó a venderla. Warhol, que tenía mucha afinidad con los billetes, convalidó el fraude, se hizo cargo de la obra como propia y empezó a recibir las regalías.

“Dondequiera que hay una piedra, decía Nietzsche, hay una imagen. Y su imagen es uno de los comienzos de los prodigios, del sembradío en la piedra, es decir, el crecimiento tal como aparece en las primeras teogonías, depositando la región de la fuerza en el espacio vacío” escribió José Lezama Lima en un texto breve, “Ernesto Guevara Comandante Nuestro”. Cuando lo escribió, todavía no sabía que esa piedra sembrada, esa primera teogonía, esa imagen, llegaría a ser la fotografía más reproducida de la historia. El Che Guevara, esa imagen-monumento, está en los pósters de las habitaciones de millones de adolescentes y jóvenes, en tazas, en los locales de partidos de izquierda, en llaveros, en encendedores, en bombachas, en las paredes de muchas universidades, en remeras, en toda clase de chucherías, en pancartas de protesta, en la piel tatuada de millones, incluido el hombro de D10s, Diego Armando Maradona, otro de los poquísimos argentinos mundialmente famosos. Esta imagen de Korda, que, comunista coherente, nunca reclamó cobrar derechos por ella, es la más reproducida de la historia de la fotografía.

¿Por qué la foto del Che?, ¿cómo fue que un guerrillero que terminó asesinado —lo que es decir derrotado— en Bolivia devino ícono pop? Slavoj Zizek dice que el Che Guevara, “uno de los símbolos del ’68” —no pueden parar de ser el centro del mundo algunos europeos— se ha convertido en la quintaescencia del ícono posmoderno “significando todo y nada a la vez. Lo que uno quiera que signifique”, lo que viene a querer decir que no significa nada. Mucho más interesante, y más certera es la interpretación de Rodrigo Fresán; escribió que “El misterio de ese megapoderoso artefacto pop que es la foto del Che de Korda no es un gran misterio. La foto de Korda del Che está en todas partes porque es la foto que todos querrían sentir como propia, como autorretrato”.

Y acá es tiempo de volver a lo de la derrota, a la otra foto del Che, la de su cuerpo tendido y con los ojos abiertos, rodeado de sus asesinos, una foto que parece reconstruir otra imagen icónica, “La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp”, ese cuadro famosísimo que pintó Rembrandt en 1632. Pero recuerda a alguien más y más famoso que el mismo Che: a otro derrotado, Jesús de Nazareth. Siempre se lo representa lindo, como era lindo el Che. Con el pelo largo, como el Che. Muerto joven por llevar sus ideales hasta las últimas consecuencias sin tranzar con nada, como el Che.

Dicen que las monjas que lavaron el cuerpo de Ernesto Guevara notaron el parecido y se quedaron con mechones de su pelo para meterlo en sus relicarios como talismán. No estoy diciendo que el Che sea igual a Jesús: digo que su imagen se superpone con la del fundador del cristianismo en muchos aspectos, incluido el del sacrificio. No se me escapa que este último aparentemente nunca tiró ni una piedra y el Che ha de haber matado a mucha gente porque no se hacen revoluciones sin balas. Pero sigo a Fresán, ese texto hermoso que escribió para el catálogo de Che! Revolución y mercado, una muestra curada por Trisha Ziff en el Palacio de la Virreina de Barcelona: ¿quién no quiso alguna vez ser ese hombre? Porque el ícono pop pierde, sí, muchas de las particularidades que el personaje que representa pudo haber tenido como sujeto histórico. Pero, lo siento Slavoj, algo queda. No es un significante vacío. En el ícono del Che hay un aliento de insurgencia como hay un deseo de insurgencia en casi todos nosotros: ¿quién no sueña con mandar a la mierda al jefe, con dejar de fingir intereses o valores que no tiene, con dejar de tranzar con una burocracia que nos aplasta, con acabar con la injusticia, con liberar al oprimido y al humillado, con ser un héroe? Un fantasma recorre el mundo en forma de ícono, tiene boina y barba y dice algo: que nuestro deseo de ser libres resiste, sigue ahí y quién sabe si algún día haremos lo necesario para llevarlo a cabo.

Publicado por Infobae