Bucaramanga: “capital mundial de las cumbias”

Este texto, muestra el rol y el impacto de esta cultura musical en la vida y los sueños de miles de jóvenes de las barriadas populares del área metropolitana de Bucaramanga, además, el proceso de conversión sociocultural como la fuente de mayor identidad y reconocimiento de esos jóvenes excluidos.

En Bucaramanga, una ciudad pequeña y apacible, a principios de los ochenta, un poderoso movimiento pandillero alteró el “orden público” afectando notablemente la cotidianidad de los ciudadanos.Se impuso un nuevo “estilo de vida” juvenil, callejero y rebelde, acompañado con acciones violentas y estéticas estrafalarias desconocidas. “Los Parches”, la más organizada de las pandillas de entonces, actuaba en los barrios clase medieros de San Alonso, San Francisco, Alarcón y La Universidad, pero también se hicieron sentir, los “Rasguño” del Girardot, “Los Dardos” de Lagos II, “Humo negro” de Bucarica, “Los Magníficos” del barrio Santander y “Los Killer” de Ciudad Valencia.

Fue un levantamiento contra el orden establecido de grupos de muchachos desconocidos que exigían reconocimiento y lugar, y se movilizaban en búsqueda de respuesta a sus intereses y motivaciones. De la reventa de boletas de cine y el saboteo a fiestas familiares, pasaron a las asonadas y al asesinato, lo que generó la reacción comunitaria y el sicariato aupado por las autoridades. Muchos “parceros”, murieron en las calles, otros se vincularon a bandas delincuenciales o a núcleos guerrilleros, y los restantes, se “reinsertaron” a la sociedad y sus familias. En diciembre de 1985, los grupos de “justicia privada” asesinaron catorce pandilleros, y seis meses después, el 7 de julio de 1986, cayo asesinado al jefe de “Los Parches”, Juan Carlos Antolínez, “El Picante”, por sicarios motorizados del “comando #1 Cobra”, vinculados con el antiguo F2 de la policía. A la represión le acompaño la satanización de los jóvenes, que fueron calificados como “vagabundos”, “marihuaneros, alcohólicos” y hasta de “homose­xuales”. Gonzalo Olarte,

Las pandillas, ubicadas en las fronteras de la violencia, denotan un modo de vida y una forma de ser y vivir de miles de jóvenes excluidos, que desconcierta y atemoriza. “El espectáculo de muchachos entregados el día entero a la esquina no provoca sino eso, perturbación y miedo. Están ahí todos los días, atraídos por un impulso cuyo magnetismo se resiste a ser descifrado. Regresan una y otra vez, devotos y leales…la pandilla se abandona a un tiempo sin límites ni trabas…es una forma de habitar la ciudad (…)”.

En las fiestas ochenteras sobresalían los mejores bailarines, quienes en la demostración de novedosos pasos, vestimentas a la moda -pantalón Levi’s entubado, tenis de marca o zapatos de tacón de cuero Caprino, camiseta con cuello Polo, Lacoste, la del cocodrilo o pingüino-, con cola teñida en el pelo, cepillo redon­do en el bolsillo y uso de palabras extrañas o entrecortadas, se tomaban las fiestas, acaparaban la atención y el respeto de las mujeres y de sus pares. Estos jóvenes consumían delirantes la música rockera del momento, desde Michael Jackson, John Travolta, “Llena tu cabeza de Rock”, hasta Pastor López y Rodolfo Aicardi, pero especialmente, las “cumbias pegaditas o peruanas”.

Heriberto Fiorillo, ha señalado que la cumbia está más viva fuera que dentro de nuestro país porque el resto de América se ha adueñado de ella, haciendo caso omiso de sus orígenes. Cada país la concibe y la toca a su manera, por eso hay muchos híbridos e innumerables imitaciones llamadas cumbias. La cumbia…se fortalece como género musical, “el más popular de América”. La cumbia colombiana es un baile triétnico, típico y secular, el eje central de las festividades populares en Colombia, máxima expresión de nuestro mestizaje.

La cumbia que consumen nuestros jóvenes, es una fusión, entre cumbia colombiana tradicional, ritmos andinos de la sierra peruana y boliviana –música chicha-, cierta variedad de merengue caribeño y sonidos electrónicos producidos digitalmente –tecnocumbia-. Se instalaron, con desenfreno y empatía, en los imaginarios juveniles locales como algo propio, convirtiéndose en símbolo de identidad que comunica a la sociedad, la vida, las tragedias y los sueños de multitudes de muchachos en los barrios populares. Anónima y marginal para la mayoría, esta cultura musical, se quedó en las barriadas y convirtió a la ciudad en la “capital mundial de la cumbia”, configurando un “fenómeno musical y comunicativo de masas”, que trasluce las durezas y esperanzas de la vida de miles de muchachos excluidos.

A la vez, que se fue convirtiendo en fuente de identidad y de reconocimiento juvenil, se construyó una matriz de discriminación que relaciona los cumbieros con violencia, lo que degeneró rápidamente en imaginarios sociales excluyentes: “si en Perú se discrimina por raza, al asociar la cumbia con los mestizos y los campesinos llegados a la ciudad, aquí se discrimina por clase y por barrio”.

”Las cumbias es la música de los hijos de la pobreza”, que contrario al rap y la champeta, se socializaron, no por las emisoras comerciales sino por medios alternativos, subterráneos, undergroud.

En el baile, el papel de la mujer es pasivo y el varón mantiene la primacía del libre movimiento. Las ideas que hay detrás de los mensajes de las cumbias como también de las coplas regionales, refuerzan y reproducen aspectos fundacionales de la cultura santandereana: el individualismo silente, el escaso progreso material, el aislamiento social y cultural, el carácter cerrado y solitario de las gentes y esa disposición infinita a jugarlo todo por la preservación de honores, vergüenzas y famas personales, que dicen mucho de las “condiciones de agresividad que caracteriza las personalidades varoniles santandereanas”.

Las letras de las cumbias son lamentos masculinos y tristes, sobre la tragedia del amor y la pobreza en una soledad desintegrada: el conflicto amoroso, sus desgarraduras, las tensiones y placeres, la reconciliación, el perdón, los amores irracionales e imposibles, el primer amor, amores recuperados, la traición amorosa, la mujer prohibida. Roland Bartheslo planteó con precisión: “el discurso amoroso es hoy de una extrema soledad”. Las letras, asimismo, interpretan muy bien esos “anhelos de soledad” históricos del santandereano, que reproducen el individualismo, la introspección y la preservación de “honores, vergüenzas y famas personales”. “El santandereano se aísla espiritualmente”, escribió Vargas Osorio,por ello, la cumbia se quedó entre nosotros y evoluciona sin parar.

II

La cumbia peruana arriba a la ciudad a principios de los ochenta, de la mano de Pastor López y el “Cuarteto Continental”. Allá, el “Cuarteto” de Claudio Morán estremecía:eran “cumbias colombianas y peruanas largas y unidas en una sola pista, usando el acordeón de teclado como instrumento líder”.Se habían originado entre los marginados de Lima, “los cholos y los pirañas”, y colonizaron rápidamente las parabólicas, los alquileres de videos y las minitecas con luces de neón. Hasta aquí han llegado los más grandes de Perú:“Los Maravillosos, Celeste, Néctar, Niebla, Teodoro Arellano y Cielo Gris”. El cantante Javier Martínez dice que “Perú el baile es muy tradicional y no tiene nada escénico, acá los muchachos han inventado cualquier número de bailes y de pasos, son más apasionados que en Lima”.

En los noventa, causó furor “La Tumbaranchos” una legendaria miniteca ambulante; y en los dos mil, las cumbias alcanzaron el extasis: “era tanta la euforia que en otros lados se dieron cuenta que en Bucaramanga eran adictos a la cumbia”.Aparecieron cantantes, compositores, promotores, discotecas y DJ`s por doquier, que se difundieron gracias a los chats virtuales en la naciente Internet.

Todo ello, constituyo el escenario más emblemático y legendario de la movida cumbiera local: la miniteca Mundo Tropical, que se reunió cada domingo durante años, en un centro comercial abandonado, la terraza de Sanandresito “La Rosita”, agrupando cerca de tres mil jóvenes que pagaban $3.500.Con 6.000 vatios de sonido y 6 DJs, fue un verdadero templo icónico de las cumbias: “una fiesta que han esperado toda la semana porque para su música no hay bares ni emisoras. El encuentro es un ritual y los DJ son los sacerdotes”.Terminó prohibida por la Alcaldía, que adujo desde “averías físicas de las instalaciones hasta acusaciones por consumo de drogas y alcohol.”Abdahllah, en Rolling Stone reseñó lo contrario: “Están equivocados. A veces, unas pocas veces en tres años, alguien ha salido antes de las diez con una herida de cuchillo.

El encuentro y la emocionalidad de la miniteca y los bailes de barriada, se fortalecieron en las redes virtuales cuando aparece la internet, a comienzos de los dos mil: los chats fueron no lugares”, verbales, agresivos y multiculturales, de sinergias, solidaridades, groserías y desafectos. Allí los cumbieros debatían encarnizadamente y celebraban una verdadera “lucha cultural”, entre quienes defendían la cumbia como fuente cultural de reconocimiento,  y, aquellos, que la señalaban como música de “vagos, ñeros, de mala clase”.

Jhon Ortiz, fue un cumbiero clásico: llevaba una doble vida, como vendedor de  medias y calzoncillos y como bailador de tecnocumbia; Quería ser ingeniero e intentó ser maestro de construcción. Sostenía a su familia y le alcanzaba para comprarse tenis de marca, cachuchas y pantalones descaderados: “La gente piensa que nosotros siempre armamos problemas, por eso preferimos bailar tecno cumbia, porque aquí no sobramos. La cumbia tiene más pasos que otra música, pasos que se inventan, bien ásperos, todo el mundo trata de imitarlo a uno”.

La institucionalidad poco ha comprendido esta cultura juvenil, y al contrario, la ha discriminado y señalado. La excepción fue el ex alcalde Moreno Rojas, quién en septiembre de 2003 trajo desde el Perú a las barriadas del norte, al grupo Cielo Gris y al mítico Teodoro Arellano. Honorio Galvis, asimismo, llevó las cumbias a la cárcel Modelo, donde cerca de “340 reclusos tuvieron la oportunidad de disfrutar una tarde de fiesta y seleccionar a los mejores bailarines de cumbias”.

Después del cierre de Mundo Tropical, en 2007, la policía censura cualquier fiesta. La visibilidad pública decayó, pero no su fortaleza y consumo. Las cumbias han trascendido al nororiente del país, a la costa e incluso a Venezuela. Según Javier Martínez, “en Bogotá se escucha la cumbia, la más barrista, lo argentino. En Medellín se escucha mucho la cumbia tropical”.Ante la persecución las fiestas han vuelto a ser  clandestinas. Para Saúl Naranjo, las fiestas “ahora se están haciendo en Cabecera y una parte del Anillo Vial, en sitios cerrados, nunca hay dialogo con la policía, uno quisiera trabajar con ellos”. En abril de 2015, regresó Teodoro Arellano y su grupo Cielo Gris, los organizadores no obtuvieron permisos y la presentación se hizo en Rionegro, a 24 kilómetros de la capital.

III

En Colombia los jóvenes han sido protagonistas de la violencia, como víctimas y victimarios, y las cumbias y sus cultores, no han sido la excepción. Esta cultura que ha sido sinónimo de encuentro y afectos -una terapia para miles de jóvenes en cuyos hogares falta de todo-, de igual forma, ha estado entrelazada con complejas situaciones de violencia y delito.

Contrariamente, en 2005, Dj César, un estudiante de la UIS, por ejemplo, recalcaba la significancia sociocultural de las cumbias: “Desde la UIS decimos: que vivan las cumbias, que viva celeste, que viva los maravillosos, que viva javier martinez (no se deje de la alcaldía), Que vivan todos los grupos Musicales. Esto si es música y también cultura si a la Cumbia, no al METAL me fascinan soy dj en Bucaramanga y solo mezclo tecnocumbias”.

A pesar de ello, la violencia aparece causando miedo y temor. Algunos hechos delictivos en discotecas de cumbias fueron el centro de la noticia entre diciembre de 2009 y enero de 2010. El 1 de diciembre de 2009, a la salida de una discoteca especializada en el género musical de las cumbias, ubicada en el kilómetro 3 entre Girón y Bucaramanga, la Policía capturó a un joven de 19 años en poder de una  granada de fragmentación, quien había estado durante parte de la noche y la madrugada anterior bailando en la discoteca. Según el diario local, el joven, residente en La Cumbre de Floridablanca, le aseguró a los policías, que portaba la granada para defenderse de los posibles enemigos que se hubiese podido encontrar durante la noche de cumbias.

Una acción afirmativa de reconocimiento de la diferencia, que implementaría en serio y en tiempo real el posconflicto y estimularía la reconciliación, en una ciudad que, como Bucaramanga, resuelve sus diferencias cotidianas con agresiones, “dándose en la jeta y a puñaladas”, seria visibilizar en sus prácticas y discursos, a los jóvenes excluidos de las barriadas como ciudadanos culturales, lo que les daría  sentido de pertenencia a un territorio y les harían sentir “como otros”, pero incluidos e integrados en una ciudad que, además de parroquialismo tiene atributos de ciudad global; este es el presupuesto estético más importante para el disfrute de la convivencia entre todos los ciudadanos.

La mejor comprensión de los jóvenes se alcanza desde una perspectiva sociocultural, más allá de las definiciones biológicas, cronológicas o como una etapa de transición. Según MAFFESOLI, “hay una multiplicidad…de tribus musicales (tecno, góticos, metal), artísticas, deportivas, culturales, religiosas. El desarrollo actual de las sectas es, desde ese punto de vista, muy significativos…nos encontramos hoy con una especie de fragmentación, de patchwork, con una constelación de grupos”.

La necesidad de reconocimiento se volvió fundamental para la construcción de nuestra identidad como personas de igual valor unas a  otras. En los niños y jóvenes es cuando la aprobación otorgada por los demás vale más que todo. Este ideal de reconocimiento, presente en todas las personas, se refiere a la parte humana que siente la necesidad de dar valor a las cosas, a uno mismo, a otros humanos, a las acciones y a los objetos que nos rodean.

La recurrente y sistemática discriminación y estigmatización de la cultura de las cumbias y sus consumidores, nos sitúa en una clave de derechos humanos, y, concretamente de la violación de los derechos fundamentales de la igualdad e igual protección ante la ley, de miles de jóvenes populares del área metropolitana de Bucaramanga. En múltiples instrumentos desde su creación, la Organización de Estados Americanos OEA, ha desarrollado criterios específicos sobre la discriminación y estigmatización de grupos sociales por razón de su diferencia, conforme a la Declaración y convención Americana de Derechos Humanos. En función de estos instrumentos, la “no discriminación, junto con la igualdad ante la ley y la igual protección de la ley sin ninguna discriminación”, son un principio básico y general relativo a la protección de los derechos humanos.


  Magister Política y DDHH

 Acelas, Julio. De pandilleros a consumidores culturales. Vanguardia Liberal. Febrero 28/99.

 La imagen de “un parche” simboliza algo que resalta, un remiendo, una alteración del espacio y una forma de interacción con el otro.

 Vanguardia Liberal 1980-1985

  Carlos Mario Perea. Con el Diablo Adentro: Pandillas, Tiempo Paralelo y Poder. En Análisis Político IEPRI, Vol.21 no.64 Bogotá Sep./Dec. 2008.

 Heriberto Fiorilo. La cumbia de América. EL TIEMPO. 16 de noviembre de 2015.

 Las fotos fueron tomadas por el autor.

 Abdahllah, Ricardo. “Aquí se baila”. En: ROLLING STONE Argentina. Mayo 1 de 2005. Buenos Aires.2005.

 Ibid.

 Barthes, Roland. Fragmentos de un discurso amoroso, México, 1.985.

 Tomas Vargas Osorio. Obras Tomo II. Págs. 11-13. Gobernación de Santander. Bucaramanga. 1990.

 Acelas. 1999.

 Cada país latino tiene su versión de cumbia. Ver FIORILLO, Heriberto. La cumbia en América. El Tiempo. Bogotá. 16-11-15.

 Entrevista a Javier Martínez. Piedecuesta. Septiembre 9 de 2015.

 Martínez, 2015.

 Mario Niño en 2006, realizó el documental Cumbia Urbana sobre la miniteca, en formato mini DV, el cual es hoy un hito de los cumbieros.

 Abdahllah. 2005.

 Vanguardia Liberal. No más fiestas en la terraza de San Andresito. Bucaramanga, Septiembre 1/07

 Abdahllah. 2005.

 MARC AUGE. Los “no lugares”. Una antropología de la sobremodernidad. Barcelona: Gedisa, 1993. Las Web más activas fueron: //

 EL TIEMPO. Noviembre 1 de 2004.

 Martínez. 2015.

 Entrevista Saúl Naranjo, Agosto 1/15. Bucaramanga

 MAFFESOLI, Michel. El tiempo de las tribus. México. Siglo XXI. 1990. 285 paginas. Maffesoli, Michael. “Estamos en la era de los nómades y las tribus. El sociólogo francés analiza la modernidad”. En: La Nación, Luisa Corradini. La Nación, 31 de agosto de 2005

 FRANCIS FUKUYAMA. El fin de la historia y el último hombre. Bogotá. Norma. 1999. 463 págs. ver especialmente parte III. Citado en: ACELAS, Julio. “Es que mi chino es un verraco”. Libro sobre valores de la santandereanidad. Ediciones Gobernación de Santander. Bucaramanga, 2005. páginas 26-27.

Publicado en La Silla Vacía