Crónica del consumo

Solo somos piezas del engranaje. Sin nosotros todo seguirá igual

Por Patricio Adrián

«En la ciudad debe de haber miles de narco tienditas, miles, pero la mayoría de esos lugares ya existía desde hace años, tal vez vendían solo mota y pastillas, pero lo venían haciendo desde los noventas, mayores problemas. De hecho, la mayoría que conozco empezaron así: vendiendo mota. Ahora la gran mayoría solo vende coca y pastas y muy pocas tienen mota entre sus existencias», nos dice uno de los personajes de Cocaína, la primer novela Javier Moro (Camelot América, México, 2018).

Moro ofrece una rayuela de personajes jóvenes, cuya metamorfosis oscila de ser ingenuos consumidores de cocaína al oscuro mundo de relaciones afectadas por el dinero ilegal. Desde las primeras líneas de la novela -literal, nada de metáforas- sabes que la cosa no va acabar bien; sin embargo, la forma en que Moro le da el punto final a su novela deja ese halo de satisfacción en la boca, parecida a ese ícono de thriller de alguien soplando la pólvora de algún arma recién disparada. Y como si fuera poco, la frase que el ex locutor Abel Membrillo solía decir al concluir su programa: «Y Recuerden que lo que mata no es la bala… es el agujero.»

En este 2018, al comprar cerveza en una tienda de abarrotes del Estado de México, me enteré que fungía como narco tiendita. Era un domingo por la noche y nos encontrábamos comprando cerveza, después de un festival cultural. Uno de mis acompañantes, nativo del pueblo en turno, nos advirtió: aquí hay que cuidarse bien los bolsillos porque en un descuido te quedas sin cartera y sin celular. La tiendita en cuestión estaba cerrada, pero contaba con una ventanilla 24 horas. Una voz accidentada de alguien platicando se filtró a mis espaldas y advirtió que ahí ya solo vendían crack y cocaína; y desde luego alcohol, mismo que podía tomarse a lado en un local de videojuegos y rockola. Cuando entramos, una horda de adolescentes fumando mariguana respiró nuestra tensión, sin dejar de vernos en silencio.

Mi anfitrión del pueblo y yo decidimos romper la tensión y nos dirigimos a poner música en la rockola. Mientras seleccionábamos canciones, un niño de aproximadamente 10 años nos miró con recelo y cierta ternura. Esa imagen no deja de darme vueltas en la cabeza, ese infante, en ese lugar, rodeado de otros adolescentes fumando marihuana, y que de acuerdo a un inesperado informante ahí no se vendía. Mi cabeza no deja de pensar en el futuro inmediato de ese niño, ¡pues en el presente es un niño en una narco tiendita!, quizá consume, tal vez es solo un halcón del mercado de cocaína de la referida tiendita, quizá es un infante que se rifa la vida como lo hace aquel niño músico en Los trabajos del Reino (2004) de Yuri Herrera.

El mercado avanza más rápido que las leyes, dijo el ex rector Juan Ramón de la Fuente, estudioso de la marihuana, en una entrevista hecha por Carmen Aristegui (30/07/18). Mientras los distintos actores políticos se desgarran las vestiduras ante las iniciativas de despenalización de la marihuana, el mercado ilícito ha masificado otros nichos cada vez más crecientes y lucrativos como el de la cocaína, la heroína y otras drogas sintéticas. La marihuana comparada con esto es un cuento de hadas.

Cocaína de Javier Moro es la crónica ficcionalizada de un consumo disparado a gran velocidad como la espuma blanca que alcanza su cénit con la velocidad de un descorche, y que resbala seductoramente hasta estrepitarse en los labios de alguien sediento de vida nocturna y excesos. Esta novela prima de Moro tiene el ritmo frenético de una fiesta inacabable, cuyo disfrute se transmuta en el lado B y oscuro de los placeres ilegales.

De acuerdo con el periodista Tom Wainwright (Narconomics, 2016) los ingresos anuales del mercado ilícito de drogas son de alrededor de 300 mil millones de dólares, de manera que si esa industria fuese un país sería la cuarta economía mundial. No es gratuito que se quiera expandir y crear fríamente «nuevos mercados», cuya ilegalidad genera todo tipo de gastos, desde asesinar a los competidores, hasta sobornar autoridades.

Cocaína es una novela, cuya intensidad necesita dosificarse en cantidades desiguales a riesgo de caer en un estado catatónico y devastador. Y a la vez invita a seguirse de largo, como quien se atasca en la juerga desinhibida. El ritmo de Cocaína sigue ese pulso en tiempo real de un segundero cronometrado en contra de la fatalidad, una fatalidad variopinta. Es un in crescendo tan súbito como la violencia y el crimen organizado con la que vino acompañada.

En las voluminosas páginas de Cocaína vemos la metamorfosis de un grupo de tipos de poca monta, unos más que otros, que se convierten en mercenarios de lo ilegal. «La gente piensa que somos los dueños del barrio, que somos los jefes, los dueños de las tienditas, cuando en realidad solo somos administradores… solo somos piezas del engranaje. Sin nosotros todo seguirá igual», llega a decir otro personaje.

Los personajes de Cocaína son tipos descarados huyendo de sus propias miserias internas y materiales, que intentan combatir sus propios demonios y pasados y que se internan en un precipicio anunciado; la amistad, si la hubo, se hace añicos como una piedra de cocaína. Estos personajes se convierten como en esos matones de las películas, tipos a sueldo anodinos rayanos en lo estúpido, que reciben órdenes de mandos superiores, pero a diferencia de cualquier sicario con secundaria trunca, su background universitario les permite colarse en las fiestas de la clase media chilanga, tan frágil, insubstancial y naif a la vez.

Es difícil no pensar, como correlato en los personajes de Irving Welsh, en la música electrónica y los atisbos de la música de finales de los noventa: The Killers y Paul van Dyk como botones confesionales del autor. Dice el escritor Carlos Velázquez (2017) en la valiente y premiada crónica El pericazo sarniento. Selfie con cocaína, que en los noventa las novelas de Irvin Welsh habían cobrado vida a tan solo sesenta minutos por carretera de su casa en Torreón, Coahuila. En la Ciudad de México esa parafernalia se formó contemporáneamente y explotó con el nuevo milenio. En poco más de dos décadas se formó un mercado de cocaína y piedra en la Ciudad.

No obstante, los escenarios de Cocaína nos visualizan personajes más cercanos a Amores Perros que a Trainspoting, en una geografía que confluye lo mismo a los gentrificados espacios de la colonia Roma y las fiestas de electrónica, las galerías de arte y los after; así como las periferias de Aragón o Santo Domingo y los barrios cercanos al mercado de Jamaica. Los micro mundos casi teatrales de los personajes se articulan con una complejidad mayor, de la formación de los carteles, a su vez interconectados con otras ligas mayores y con un contexto que el autor no pasa de largo: la descomposición de un México reprimiendo a sus profesores en Oaxaca, o esas sugerencias que hace al tráfico de droga de Guerrero a Estados Unidos.

Moro deliberadamente combate el imaginario apologizador de los narcos, esos magnates posando con sus ferraris, presumiendo sus zoológicos, y bizarras estéticas kistch bañadas en oro. Quienes lograron que la cocaína se expandiera en un mercado clasemediero fueron tipos comunes de circuitos cercanos al sector universitarios. Hoy día ese panorama en la ciudad de México parece haberse difuminado, pero esos dealers viven en la Narvarte, la Colonia Roma, la Condesa. Basta un watts app para que te la entreguen a domicilio. En el mundo de las appsconsigues una línea «en línea».

En el recorrido que Javier Moro hace por la ciudad de México, tanto en el tiempo como por su antagónica geografía, nos narra sus transformaciones abismales vividas en tan solo unas cuantas décadas, las suficientes como para que quienes la habitamos la vivamos en otro ritmo aún más acelerado que el de la novela, uno en el que las operaciones de los cárteles, las balaceras, las extorsiones, y las narcomantas son cada vez más visibles. La ciudad se creía blindada por ser el centro de los poderes federales.

Cocaína de Moro llega como una manera particular de comprender la complejidad del consumo y mercado de drogas, cómo hemos llegado hasta aquí y en ese sentido Moro se inscribe en la narrativa mexicana reciente, una que está más cerca, en estos últimos años, de Carlos Velázquez, que de Martin Solares. Está consciente de ese horror ficcionalizado y también documentado por periodistas como Javier Valdez Cárdenas. Quizá Moro cubre conCocaína un vacío no abordado desde la Ciudad de México. El tiempo nos los dirá.

Revista Desocupado

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