Estética transformadora

Resiste en el teatro underground

Hija de Ludwik Margules, quien dejó una impronta de renovación en el teatro mexicano, Lydia Margules se abre paso como una directora escénica que rompe los cánones del libreto tradicional  

Al margen de los programas oficiales de apoyo de las autoridades correspondientes o de alguna empresa transnacional, la directora y creadora escénica Lydia Margules, realiza sus proyectos de teatro conceptual con una agenda propia y de manera autogestiva.

Si bien, explica, México es de los países con más becas para las artes escénicas, se complica obtenerlas porque hay que estar dentro de las líneas creativas que se admiten oficialmente.

Es difícil que la estructura acepte a “una voz propia que no responda a lo que está establecido, a lo que está de moda, a lo que sí se aprueba”, advierte.

Esta visión del teatro de por sí sale de la estética convencional y, al no encontrar apoyo para que se formen audiencias, “tanto al público como a los propios creadores escénicos les cuesta saber de qué va ese teatro que no pertenece a ninguna de las tendencias o de las cosas aceptadas”, señala Margules.

Lo que hace Lydia Margules se llama teatro de vanguardia, lo cual significa que elige cada tema a conciencia y que lo desarrolla desde su propia visión. No se trata de un relato lineal con nudos, desenlace y trama, sino que pone a la vida en movimiento dentro del espacio escénico con plena honestidad: “El objetivo es expresar un punto de vista sobre el mundo, sobre el entorno, sobre lo que nos rodea”.

A través del intercambio con los actores y artes paralelas van surgiendo sus obras de teatro. La producción puede llevar varios años, y ella se implica en cada aventura escénica con paciencia y rigor. Sus proyectos generan textos y espacios escénicos peculiares, mundos paralelos donde aparece la esencia del teatro clásico: pedagogía y catarsis.

Margules está al pendiente de todo el proceso; sonido, vestuario, luces; todo aquello que configurará la experiencia dramática.

Ella es un “ente escénico”, habitada por el teatro desde la infancia, concibe su arte como “un motor de vida, una forma de entender el mundo a través de uno mismo y del propio quehacer”.

Lydia Margules estudió en el NET (Núcleo de Estudios Teatrales) escuela fundada por Julio Castillo, Héctor Mendoza y Luis de Tavira. Cada grupo de estudiantes tenía sólo un maestro: “Decidía todo lo que iba a hacer su grupo, para bien y para mal”, comenta.

Luego, en París, estudió en la escuela del actor Niels Arestrup. Pero su visión se movilizó con el curso “Laboratorio de estudio del movimiento”, que tomó con el actor Jaques Lecoq; ahí se estudiaba el espacio escénico; “entendí lo que era el espacio tridimiensional y ahí tomé la decisión de volverme directora”.

Su último trabajo, todavía en construcción, es la obra Nada qué temer, aproximación tentativa al estudio del hombre, a partir de un poema de Nicanor Parra y textos de los actores. Es una revisión en torno al concepto de masculinidad.

La filósofa e historiadora Karla Villegas, acompañó en el trabajo de investigación, pero Lydia “quería trabajar con poesía en escena y llegamos a Parra, el Soliloquio nos dio la estructura total del espectáculo. La otra parte fue una bitácora que los actores hicieron”. Ellos “son distintas naturalezas en el escenario y, contrariamente a lo usual, lo que yo hice fue subrayar las diferencias”.

“Que el público tenga una experiencia estética transformadora. Ésa es la ambición más pretenciosa que se puede llegar a tener como creador”.

Heraldo

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