Prisión verde

Por Juan Ramón Martínez

Hasta finales del siglo XIX, Honduras vivió de espaldas al mar Caribe. Durante el período colonial y principios de la vida republicana, el negocio de la caoba, proporciono algunos recursos públicos, al tiempo que le permitió a los ingleses apoderarse de la zona, especialmente de La Mosquitia e Islas de a Bahía (Belice será convertida en un protectorado suyo, en forma definitiva). Durante el gobierno de José Santos Guardiola y coincidiendo con el crecimiento de Estados Unidos como potencia regional, las Islas de la Bahía y La Mosquitia, volvieron a la soberanía nacional. Más la primera que la segunda que, posteriormente en el siglo XX, fue ocupada por Nicaragua. Hasta el inicio de la industria bananera, Honduras mantuvo su frágil contacto con el mundo, por medio del Golfo de Fonseca y el mar Pacifico. Por allí salían los productos básicos de su economía precaria: minerales, cueros, carnes, tabaco. Y por allí, entraban los productos necesarios para su operación y funcionamiento. Su población no llegaba a más de 300 mil personas. Y el país era invertebrado: muchas “islas”. Aisladas entre sí. Más de trece días se tardaba para llegar de San Pedro Sula, hasta Tegucigalpa. El Ferrocarril Inter Oceánico iniciado en tiempos de José María Medina, fue el primer esfuerzo para integrar la Costa Norte con el centro y el sur del país. Desafortunadamente, no paso de la aldea de Santiago, en las cercanías de Potrerillos. Por ello, en vez de hablar solo de un enclave bananero – palabra que no se produjo en el interior de estos espacios aislados, sino que por la imaginación de los investigadores sociales y políticos, muchos años después– debemos hablar también del enclave minero, del enclave ganadero y del enclave bananero, si todavía tiene algún valor el termino que, al paso del tiempo, se ha debilitado singularmente. Lo valores del precio internacional de la plata se vinieron abajo; el precio del ganado decayó y fue entonces a principios del siglo XX, que el banano se convirtió en el principal articulo de exportación mundial. El café tardo mucho más tiempo para desarrollarse. Y el algodón, tuvo una vida efímera en términos económicos y temporales, sustituido por el melón y el cultivo del camarón.

“PRISIÓN VERDE”, UNA PROPUESTA LITERARIA PARA “ENTENDER” EL ENCLAVE BANANERO.

Para 1920, Honduras era el primer exportador de banano del mundo. Y el único país que tenía desarrollada su Costa Norte en Centroamérica. Sus ciudades principales, además de Tegucigalpa– el centro político – eran en este orden, La Ceiba, San Pedro Sula y Puerto Cortés. Ahora Honduras no está entre los primeros exportadores de banano. Y en las políticas públicas no se incluye apoyo a las iniciativas de los productores bananeros. Ni extranjeros o nacionales, pese a contar en el Bajo Aguán, con la mejores tierras para ello.

Desde los ocho días de nacido (mayo 18 1941), viví en el interior del mundo bananero. Entonces estaba dividido popularmente, en “Costa Arriba” (La Ceiba, Olanchito y Arenal) y la “Costa Abajo”, (La Lima, Tela, Progreso, Negrito, Puerto Cortés). Mi padre, Juan Martínez, un peón bananero, que no sabía leer y escribir, había emigrado de la aldea Pedernales, perteneciente al municipio de Concordia, Olancho. Mi madre, Mercedes Bardales, hija huérfana desde los 9 años de edad, en que su madre—soltera, Antonia Colindres, de 35 años de edad, muere de tuberculosis y empleada domestica en una casa de una familia de inmigrantes palestinos, originaria y residente en Olanchito, Yoro. Contrajeron matrimonio en 1939. Se establecieron en Coyoles Central hasta 1946. Posteriormente vivimos, cuando tenía cinco años de edad, en Culuco – un nombre que debemos tener presente – porque es el escenario de “Prisión Verde”, la novela que mejor explica y recrea literariamente, un mundo que, ahora ha desaparecido casi totalmente. Pero que, forma parte del recuerdo nacional e incluso, de una fracción importante de los “rencores colectivos” que nos tiene paralizados. Posteriormente con mi familia, vivimos brevemente en Tiestos, La Jigua (Yoro ) y al final, en Nerones, en el departamento de Colon. Soy el mayor de siete hermanos, todos los cuales estamos vivos. Cuatro, con estudios universitarios. Cinco en Honduras y dos hermanas en Holanda y Estados Unidos.

El interior de este mundo bananero, al que nunca oímos que se le llamara enclave – ni siquiera en el instituto secundario Francisco J. Mejía, de Olanchito, en donde efectué estudios de magisterio – pero que sí, sentíamos que, tenía características singulares. Allí se pagaban los mejores sueldos del país. Mi padre era “cortero”. La parte más alta de la “élite” de los “peones”. Era el que, determinaba el banano que se debía exportar. en lo que se llamaba cada “corte” que, normalmente se efectuaba semanalmente. Ganaba tres lempiras al día. Pero en el resto del país, un “peón” recibía por una jornada de ocho horas, cincuenta centavos o un lempira, en el mejor de los casos. Es cierto, había una suerte de apart heid: los empleados de confianza, en algun tiempo eran extranjeros, ( el Mandador, el Spray Master y el Time Keeper) vivían en unas bonitas y confortables casas de madera, sobre grama verde, cercadas tras mallas de ciclón, con agua potable interior y luz eléctrica. Los “campeños” teníamos el campamento, lo llamábamos el campo – una serie de barracones grises, alineados en una calle central, a unos tres kilómetros de distancia. Vivíamos en barracones sobre polines, construidos de madera traída de Estados Unidos. Sin tela metálica para luchar contra los zancudos, con agua potable en las cocinas y letrinas colectivas, con asentaderas de madera de pino. En Culuco probablemente, no había escuela, tampoco en la Jigua. De forma que, mi primaria la realice en Olanchito, Yoro, en la casa del padre y hermanas de mi madre. Don Victoriano Bardales. Cerca de La Jigua, había una escuela, aproximadamente a unos cuatro kilómetros; pero mi papa, creía que no tenía calidad deseada por él. Que las profesoras, no eran buenas maestras Y él quería para mí, su hijo mayor, lo mejor.

Pero lo que quiero destacar además es que, había un sistema de comisariatos o tiendas de abastos, en donde la Compañía Bananera vendía productos locales – granos básicos por ejemplo – cerveza, mantecas, zapatos y jabones; pero que además, tenía la mejor oferta de productos estadounidenses a precios inferiores de los que, se podrían encontrar en las tiendas nacionales de la Ceiba u Olanchito. Pero, de repente, lo más importante es que existía, operando en la Standard Fruti Company (la otra empresa era la Tela Railroad Co, subsidiaria de la United Fruit Co., que tenía sus plantaciones en la llamada Costa Abajo) era un sistema social de salud. Los trabajadores pagaban el 3% de su salario y el sistema sanitario, ofrecía servicios para la atención de accidentes, partos y cuidado de los niños, hasta los cinco años. Operaba una red de dispensarios, equivalentes a Centros de Salud, con una enfermera permanente y algunos medicamentos de urgencia; un medico que visitaba una vez a la semana cada dispensario, y una ambulancia para mover a los enfermos mas graves, a los hospitales de Coyoles Central y al principal, el de la Ceiba, el famoso Hospital D’Antony. Para los altos empleados, había la oportunidad de ser enviados a los hospitales de Nueva Orleans u otras ciudades de los Estados Unidos.

Olanchito se encuentra llena de referencias a Ramón Amaya Amador. Fotos: Franklyn Martínez.

El trabajo era duro; el paludismo una amenaza. Y el “barba amarilla” y el cascabel, una trampa que esperaba pacientemente, a los pies descalzos de la mayoría de los peones. La mayoría era mano de obra joven, mucha de la cual no derrotaba la enfermedad; ni emboscaba el barba amarilla, sino la violencia provocada por el alcohol y la frustración. Cada día de pago, que ocurría una vez al mes, eran frecuentes las muertes, producidas por riñas entre campeños, enloquecidos por la ingesta alcohólica. Pero lo peor de todo, era la inestabilidad laboral, por falta de derechos, la prohibición de cualquiera organización sindical, la violencia de los días de pago y el accionar violento de los miembros de la autoridad. La primera palabra, la más dura que todas que aprendí siendo niño, fue “bola negra”: la posibilidad que el Mandador por cualquiera razón, suya o de los capataces, llamados “capitanes de finca” – la mayoría salvadoreños–, despidiera a un trabajador y se enviara su nombre, vía teléfono alambico a sus colegas, para que no lo contrataran en ninguna otra finca de la división. O de la empresa. El mayor temor infantil, sin embargo, era la muerte de mi padre. Porque sin padre, la madre y sus hijos eran obligados a dejar el barracón; abandonar el campo bananero y “rodar tierra”, como se decía entonces, vagando entre la miseria y la pobreza, fuera del mundo bananero, posteriormente conocido como enclave bananero, palabra que escuche por primera vez, en mis clases de sociología, en la UNAH. O que la madre viuda, ante el miedo a la expulsión del mundo bananero, se amachinara con otro hombre. Y en vez de padre, tuviéramos un padrastro que, además, de no tener la obligación de querernos, nos maltratara, explotándonos en el trabajo, en la más corta edad. O empujándonos para que fuéramos como ellos, peones inevitables de la frutera. Esclavos y prisioneros del mundo bananero. Si aquello hubiese ocurrido, no estaría contando esta historia.

La Novela bananera

“Prisión Verde”, es la mejor obra literaria que produce este mundo que he, insinuado en líneas gruesas, para ustedes. También esta “Germinal”, de Marcos Carias Reyes y “Barro” de Paca Navas de Miralda. Las dos, de inferior calidad. Describen el mundo bananero desde afuera. Pero que, juntas, forman parte de la descripción de la modernización agrícola del país que, como ocurre en todas sus historias, no solo es cosa de blanco y negro, sino que también tiene sus rojos y, sus grises. Prisión Verde fue escrita posiblemente en 1944 y publicada por primera vez por secciones, como un folletín, en una semanario que dirigía su autor, Ramón Amaya—Amador, nacido en Olanchito en abril de 1916, y que se llamaba, Alerta. Según Pablo Magin Romero, el impresor de la Imprenta Gardel donde se editaba Alerta, fue inicialmente, un largo poema. Muy malo, me dijo años después. Le recomendé que mejor escribiera una novela. Ramón me hizo caso, concluyo el impresor originario de Talanga, Francisco Morazán. Apareció cada miércoles en el pequeño semanario, en 1945, con un subtitulo “Novela Regional”, que no aparecerá nunca más, en su primera edición efectuada en México, por la editorial Latinoamericana, de Ciudad de México, en 1950. Ni tampoco, en las dos nuevas ediciones que se hacen en español: una en Argentina y la otra, en Tegucigalpa, la de la Editorial Universitaria, que es posiblemente, la que la mayoría de los lectores conocen. Esta distinción, no es arbitraria. Es que, en realidad, no hay una sola novela: son dos versiones. Una escrita por Ramón Amaya Amador y otra maquillada. Con fines políticos inmediatos, por Longino Becerra, miembro del Comité Central del Partido Comunista de Honduras, de obediencia soviética. La escrita por Amaya Amador, es más tierna, mas espontanea, literariamente, más pura. Casi liberal. La otra es, artificialmente manipulada, para que sirva como manual en la formación de los seguidores de la ruta revolucionaria marxista.

La narración es cronológica. Los hechos son descritos con sencillez, el lenguaje es popular – tiene al final la edición de Amaya– Amador – un vocabulario para entender los “hondureñismos” usados. En la de Longino Becerra, las palabras propias de la región, son sustituidas por expresiones urbanas, con el fin, aparentemente, de facilitar la lectura; pero destruyendo de paso, su cálida autenticidad. El peor ejemplo de esta manipulación es el cambio de la palabra “cusul”, por tugurio en la versión maquillada de Becerra. Además, este divide uno de los capítulos en dos, agregando incluso personajes que nunca pensó Amaya Amador.

El tiempo de la novela es el que transcurre entre 1936, fecha en que avanzan las vías férreas desde la Ceiba hasta el distrito de Coyoles Central, en las márgenes izquierda y derecha del Rio Aguan, la compra de tierras y la resistencia que oponen los ganaderos frente a la agricultura capitalista y moderna que, está por establecerse, la dureza del trabajo diario, las condiciones de vida de los peones y sus familiares, el trato de os capataces, la huelga precipitada por los oportunistas, el accidente del motocarro en el que se conducen los Jefes de la Empresa y la muerte de Máximo Lujan, en 1944. Es peligroso creer que la novela es testimonial. Refleja las luces de una época; pero no constituye las memorias o experiencias del autor. Mucho menos, una fotografía mansa de la vida de los campeños. Aceptarlo, es desconocer los valores literarios que tiene “Prisión Verde”, la maestría de Ramón Amaya Amador, su capacidad como narrador, su compromiso político con los peones bananeros, su militancia marxista; y, en general, la capacidad de la literatura para describir o reinventar, la realidad. Según el caso.

Los temas principales en la novela

El primero es el discurso en favor de los ganaderos, que manejan sus hatos en forma libre, confrontados con la agricultura moderna que, les obliga a cercar sus propiedades y mantener encerrados a sus animales. Antes, los agricultores – siempre fueron, desde la colonia española hasta entonces, las víctimas de los caballeros y los hacendados – tenían la obligación de construir cercas, con lo que ello representaban costos mayores. Y produjo como efecto defensivo, especialmente en el caso de Olanchito, una sociedad ganadera de queso y de mantequilla. La novela opta, inicialmente, en favor de los ganaderos. Es un discurso en su favor, en su primera parte. Y lamenta que los ganaderos vendan sus tierras, mostrando su simpatía hacia ellos, sin disimular su rechazo a la agricultura moderna y capitalista. Podría decirse que, ese apego a la ganadería, y el rechazo de la agricultura moderna, constituyeron un obstáculo para que Olanchito fuera del comercio que impulsaron los inmigrantes árabes, pudiera aprovechar la demanda de miles de trabajadores, representada por diferentes productos que, ninguno se produjo en mi ciudad natal.

El segundo tema es el rechazo a los capataces. Especialmente los que muestran mayor entreguismo con la empresa. El capitán Benites, tan deformado que, siendo un “indio”, en la novela, habla el español con acento, como si su lengua madre, fuese el inglés y no el idioma de Cervantes. Es el personaje nacional, más odioso. Construido desde el rechazo de lo propio, para entregarse a los extranjeros. Y posiblemente, el primer antecedente, sobre el cual se construirá la furia de los trabajadores que en 1954, efectúan la huelga bananera más grande y significativa de toda la historia nacional. Tan importante esta huelga que, constituye, posiblemente uno de los cinco hechos político– social, más significativo ocurrido en el país, durante el pasado siglo XX. Los otros cuatro serian: la guerra civil de 1924, la emergencia de los militares como árbitros de las disputas políticas, la guerra contra el Salvador en 1969 y el retorno al orden constitucional, con la emisión de la Constitución de 1982.

El tercer tema, es el valor de la organización de los trabajadores, como instrumento de lucha en contra de los opresores. De allí que, “Prisión Verde”, privilegie la organización sindical, prohibida totalmente por las autoridades de entonces, junto a la imposibilidad que los liberales — que están en la oposición, porque quien gobierna desde 1933 hasta 1948, fue el general Tiburcio Carias Andino — puedan acceder al control del gobierno. Cosa que representaba para entonces, una suerte de primavera ambicionada por los más progresistas. Y el rechazo del “espontaneismo” y el oportunismo de los que, sin que hayan condiciones objetivas para triunfar – tesis soviéticas manejadas por la revolución rusa de 1917, de la que Amaya Amador es admirador incondicional, para entonces–, precipitan la huelga que, por ello, termina en un verdadero fracaso. Las confesiones obtenidas por la violencia: la muerte del líder más lucido y una tumba desconocida en donde nadie pudo llevarle una flor siquiera, cierran un capítulo de aparente desesperanza. Cosa que vista más de cerca, no es así.

El cuarto tema, es la mecánica seguridad del triunfo de los trabajadores y la insinuada caída del capitalismo. La novela, que es heredera directa de Cacao, novela escrita por el novelista brasileño Jorge Amado y comentada por Amaya Amador en el Diario El Atlántico de la Ceiba, tiene en su relato literario, el concepto que la historia humana avanza en una dirección mecánica: de lo menos a lo mas. De lo irregular a lo regular. Del sufrimiento a la felicidad. Y su mejor motor, es la revolución que hará que los pobres al final, derroten a los ricos; les quiten sus capitales o medios de
producción, de forma que las empresas, terminaran manejadas por los mismos trabajadores. Puro realismo socialista. Los hechos ocurridos en el mundo en 1990 en la Unión Soviética, cerro esta vía. Así como en 1967, la muerte de Ernesto “el che” Guevara, había cerrado la vía alterna de la lucha guerrillera. Cosas que, no llego a imaginar siquiera Ramón Amaya Amador, en vista que falleciera en noviembre de 1966 en una accidente aéreo en Bratislavia.

Los personajes

Los personajes, principales de esta historia que cuenta “Prisión Verde”, en que el acto desencadenante de la violencia, es el atentado que provoca el volcamiento de un motocarro, — en el que viajan los principales jefes del distrito bananero– por los cuales se tortura a los inocentes, son en su orden, Máximo Lujan, una cumbre de comportamiento ético, dirigente probo, austero, inteligente, disciplinado y hábil para leer en las manos de la realidad, los hechos que le toca vivir. El segundo personaje, como antítesis del anterior es el capitán Benítez, del que nos hemos referido líneas atrás. Los engañados ganaderos que, venden sus tierras y cuando terminan con el dinero, piden que les den empleo en la empresa que por supuesto, no tiene compasión alguna, y se los niega. Y un coro de mujeres, una de ellas Catuca, que representan las visiones religiosas de quienes, igual que en el caso de Cristo, no solo anuncian la resurrección, sino que mantienen el relato de una esperanza que, será posible, cuando los hombres y las mujeres se organicen, para luchar por sus derechos. Entonces, como dice la novela al final, el hachón revolucionario, anunciara el camino de la victoria. El fracaso solo es el principio de la resurrección, de la libertad. Y para concluir, Tivicho, un cantante popular, que con su guitarra, ira de campo en campo, contando la historia para que nadie la olvide. Especialmente, que la pobreza es fruto artificial de la incapacidad de la organización humana que, al concentrar la riqueza, crea las bases para la multiplicación de la pobreza y la miseria humana, el mayor fracaso de la humanidad sobre la tierra.

La Tribuna