Cien años de Chavela Vargas

La incomparable cantante mexicana nació en Costa Rica el 17 de abril de 1919

La leyenda de Chavela Vargas, la mujer que desafió al destino, cumple un siglo

Por Elías Camhaji

Chavela Vargas es un canto desgarrado por la libertad. Una voz que no necesita más acompañamiento que una guitarra para llevar a su público hasta las lágrimas. Una figura indómita y adelantada a su época que nació en Costa Rica —hace hoy un siglo—, pero se hizo mexicana. Que nació mujer y se hizo la más macha. Que lo perdió todo en el alcohol y en el dolor, pero que resurgió infinidad de veces. Es La Chamana que conmovió a José Alfredo. “Chavela, así con v, por joder”. La que conoció a todos y pagó como pocas la factura de la soledad. La marimacha que silenció con sus gritos a una sociedad que la tundió con críticas y después se rindió ante su genio sin igual. En el centenario de su nacimiento y a siete años de su muerte, la leyenda de la cantante resurge con fuerza para reclamar su lugar entre las artistas más influyentes de las últimas décadas.

Pero la de Chavela es una historia llena de claroscuros, un mito que ella supo forjar desde la adversidad. “Su legado, lo que la hizo irrepetible, fue desafiar a un destino que era todo menos fácil, pero que no le impidó hacer lo que quiso”, afirma su biógrafa y una de las personas más cercanas hasta su muerte, María Cortina. Isabel Vargas Lisano nació el 17 de abril de 1919 en el recóndito pueblo de San Joaquín de las Flores, en la provincia de Heredia, en Costa Rica. Era una niña rara y rechazada, que había sido condenada a tener una vida insignificante en una finca en medio de la nada y que creció con la certeza de que nadie la quería. Cada vez que recordaba su infancia, cerraba los ojos, lloraba en silencio y sentía un vacío que la laceraba. La poliomielitis, el rechazo de sus padres y sus hermanos, el cura que le cerró las puertas de la iglesia del pueblo, la niña que hablaba con los animales porque no tenía amigos. Por eso, desde los 11 años supo que tendría que dejar su tierra para siempre. “Me tocó nacer en Costa Rica, pero la vida de verdad, la encontraría en México”, escribió en Las verdades de Chavela, su biografía.

Chavela Vargas en la plaza del Rei de Barcelona, durante el Festival Grec de 1993.
Chavela Vargas en la plaza del Rei de Barcelona, durante el Festival Grec de 1993

Chavela vendió unas gallinas, una vaca y consiguió el dinero suficiente para subirse a un pequeño avión de hélice. Siete horas más tarde, aterrizó en Ciudad de México con una mano por delante y otra por detrás. Ella decía que había llegado a los 17 años, pero, como pasa con muchos otros pasajes de su vida, no se sabe con exactitud cuándo lo hizo. Cortina asegura que en realidad fue por primera vez al país a los 13 años, pero que no se estableció de forma definitiva hasta los 20.

Fue cocinera, camarera, vendió ropa para niños y condujo los coches de familias de la alta sociedad antes de que despegara su carrera artística. Vivir del canto le tomó 20 años. Su primera oportunidad le llegó después de que su prima le presentó a la amante de un temido coronel, quien la refirió a la oficina de la Lotería Nacional, donde le dieron un programa de radio, el medio de comunicación con mayor alcance en el México de los años cuarenta. La voz de Chavela se hizo conocida de a poco y con el tiempo empezaron las primeras presentaciones en pequeños bares de la bohemia mexicana.

Chavela Vargas y la bailaora española Sara Baras, durante su interpretación en los jardines de la Huerta de San Vicente, residencia de verano del poeta Federico García Lorca, en Granada.
Chavela Vargas y la bailaora española Sara Baras

Sus inicios fueron turbulentos. Le pusieron un vestido escotado y tacones, pero pasó desapercibida. Le dijeron que nunca viviría del canto, que se diera por vencida. “Me propuse cantar diferente, yo sola, con mi jorongo y mi guitarra”, recordaba. “Canta como te salga del alma”, se repetía, sin importar que la llamaran marimacha por ponerse pantalones en un mundo de machos y vestidos escotados. Y así nació un estilo inconfundible y desgarrador que la catapultó al éxito y a la fama en los dos lados del Atlántico. Nadie cantaba las rancheras como ella. “Fue una mujer que triunfa sobre los obstáculos de una sociedad machista, las habladurías, la mala leche, y, todavía mejor, triunfa sobre sus demonios y los convierte en canción”, dice la cantante mexicana Eugenia León, una de sus herederas.

“Chavela Vargas hizo del abandono y la desolación una catedral en la que cabíamos todos”, escribió Pedro Almodóvar, “su esposo” y entrañable amigo. El director es tan solo un eslabón de una larga cadena de célebres amistades que contaban a la cantante como una de las personas más influyentes y queridas de sus vidas: huésped frecuente de Frida Kahlo y Diego Rivera, cómplice de parrandas y del alma de José Alfredo Jiménez, compañera de cumpleaños de Gabriel García Márquez y musa de Joaquín Sabina, entre muchísimos otros. La lista es interminable, a pesar de tener una personalidad difícil. De España aprendió a amar, además de su calidez y su arte, su gastronomía. Cuentan que no podía resistirse al vino y a un buen jabugo.

Joaquín Sabina y Chavela Vargas, en el homenaje a Alfredo Jiménez, en Madrid.
Joaquín Sabina y Chavela Vargas, en el homenaje a Alfredo Jiménez, en Madrid.

Dentro de su desparpajo, su sexualidad fue siempre un tabú. No fue hasta que superó la barrera de los 80 años que reconoció abiertamente que era lesbiana. Hoy es reivindicada por la diversidad sexual y por el movimiento feminista, aunque ella adoptó ese discurso más por sus acciones y sus intuición, que por abanderar con la palabra esos temas. Chavela no era religiosa ni de simpatías políticas. “Chavela creía solo en la justicia y en su verdad”, afirma Cortina.

El alcohol, el catalizador que la impulsó en los primeros años, la borró del mapa durante los ochenta. “Lo perdió todo y muchos la daban por muerta”, cuenta su biógrafa. Chavela aseguraba, desde la fantasía, haber tomado 43.000 litros de tequila durante su existencia. Hizo del Tenampa, la meca del mariachi y la bebida, su casa. “Quien supiera reír como llora Chavela Vargas”, reza su mural en la mítica cantina de la capital mexicana. No fue hasta que dejó de beber que pudo recobrar su carrera y su vida. Su resurgimiento se apuntaló en los noventa y se mantuvo con fuerza hasta los últimos días de su vida, hasta que el tiempo la venció.

Chavela, como era Chavela, pidió cuatro últimos deseos, relata Cortina. El primero fue escribir su propio libro y contar su historia. Después, sacar Luna Grande, un homenaje a Federico García Lorca: su poeta y eterno confesor. También quería ir por última vez a España, incluso en el límite de su salud y teniendo que engañar a la muerte. Que le permitieran subir al avión para volver a su casa en Tepoztlán fue una odisea, aseguran sus cercanos.

El cuarto deseo, el único que no pudo cumplir, fue sacar una versión personal de La Llorona, uno de los temas que consiguió hacer más suyos. Cuando sus pulmones no dieron más, convaleciente en la cama de un hospital en la soleada ciudad de Cuernavaca, Chavela se quitó la máscara y recitó, según Cortina, sus últimas palabras: “Me voy con México en el corazón”. Su vida se apagó el 5 de agosto de 2012. Pero el mito seguirá para quienes afectó su destino para siempre.

El País


Defendamos a Chavela Vargas

Cuando pedí justicia, no me la dieron / Cuando quise querer, a mi no me quisieron /
Cuando un nido formé, con traición lo quemaron / Cuando al Cristo recé, ni mis rezos llegaron.
(Fragmento del tema «Hacia la vida», interpretado por Chavela Vargas)

El mundo de la canción en habla hispana necesitaba una Chavela Vargas. Hasta hoy, con la variedad de artistas que existen a nivel mundial, ella sigue siendo un punto y aparte. Pero la injusticia persigue a La Vargas y a cien años de su nacimiento hay quienes pretenden resumir su vida entre el alcohol y el romance, desconociendo los valores que tuvo como cantante, como mujer sabia y voz de los diferentes.

Chavela fue y es una incomprendida y hasta cierto punto eso sazonó su existencia. Hay quienes se tejen una tragedia para tener espacio permanente en las revistas y programas de farándula. Sin embargo, Vargas no tuvo que recurrir a ningún personaje ficticio para que el mundo pusiera los ojos sobre ella. Los prejuicios de familias aristócratas y la sociedad eternamente asfixiante aceleraron el crecimiento de la joven que nació en Costa Rica el 17 de abril de 1919 y con el tiempo se nacionalizó mexicana.

Chavela supo que su oportunidad llegaría, aunque no por esa certeza se mantuvo inmóvil. Dicen que cantó por las calles, realizó diez mil labores para sobrevivir hasta que su  nombre se hizo popular. Si creemos que siempre existieron hombres con un oído especial para apreciar lo diferente y mercaderes capaces de sacarle partido hasta una débil golondrina, comprenderemos entonces que Chavela caminó sobre esas aguas por un buen tiempo.

Cuentan que encontró aceptación entre quienes les parecía «cómico» que una homosexual cantara «a lo macho» y recibió aplausos de los que valoraron su arte a plenitud.  Después de tantos éxitos y reconocimientos en su carrera—que nunca fueron suficiente— hay quien dice todavía que Chavela Vargas no cantaba, que era solamente un personaje atractivo, con suficientes matices para hacer de ella una película. Todo esto y más dicen los falsos eruditos de la creación que no tienen una propuesta digna. Recordemos que Chavela Vargas hacía con un instrumento lo que no pueden hacer ciertos cantantes acompañados de una sinfónica.

Chavela con guitarra fue lo mismo que Ignacio Villa con un piano.

La coherencia entre su vida y su carrera se ve reflejada en la selección del repertorio—así lo podemos comprobar en el reciente documental de las estadounidenses Catherine Gund y Darseha Kyl—. Ella no renunció jamás a la poesía, reverenció a los autores de Latinoamérica, trajo al presente temas olvidados, despojó a México de canciones huecas, bajó el ritmo del mariachi, descubrió el fado portugués, consolidó su amistad con el bolero cubano… Todo esto cara a cara con el público, dispuesta a ser juzgada o aplaudida. Chavela Vargas fue, probablemente, la precursora del minimalismo musical.

La Vargas anduvo con cuidado por los senderos de la política. Otro paso en falso y jamás la recordarían ni los perros. Pero cuando le preguntaron, ¿cómo aprendiste la palabra revolución, cómo te la enseñaron?, respondió:

Creo que la llevo en el alma desde que nací porque no soy conformista. Soy, como dicen, yegua sin potrero, rebelde sin bozal. Busco siempre el no agacharme ante nada ni ante nadie. (…) La misma vida te enseña que hay que rebelarse a veces.[1]

No por gusto una de las mentes más lúcidas de México como Carlos Monsiváis, defendió con total maestría la autenticidad de Chavela en momentos cuando se le marginó. Existieron otros amigos fieles como Frida Kahlo, Diego Rivera, Gabriel García Márquez y posteriormente el director de cine español Pedro Almodóvar, responsable de la resurrección de la Vargas cuando ya todos la daban por muerta, seguramente harta de tequila en algún rincón.

Los frívolos de la farándula, los productores mercantilizados hasta el cuello…comenzaron a mirar a Chavela ya de una manera distinta. Con más de 70 años llegó el aluvión de reseñas, la reedición de sus materiales, fotos…Pero Chavela sabía que todo ello formaba parte de la nada. Les escupía la cara a todos en las entrevistas con respuestas cargadas de sabiduría y honestidad. Había sufrido mucho como para creerse el cuento de que el mundo es un pedazo de pan. Ese «despojo» empezó cuando gozaba de una belleza espectacular y así se deshizo de prendas, trajes y maquillaje. Abrió más el alma como clara señal de irreverencia hasta que llegó la Chavela llena de canas y vestida con ropa de varón la imagen que más perdura en la memoria colectiva.

Hay motivos y razones suficientes—a cien años de su natalicio—para salir a la calle y defender su valor en la música, recolocar su figura como símbolo de los derechos de las mujeres lesbianas y la artista integral que fue. Es labor de musicólogos, periodistas…investigar cómo una cantante sin voz angelical (¿?) erizaba la piel de cualquiera. Escapemos de esa leyenda embriagadora con la que siempre nos la presentan y escuchemos lo que Chavela Vargas todavía nos tiene que decir.


[1] Entrevista con Ana Cristina Navarro. Disponible en Youtube en: https://www.youtube.com/watch?v=_9lqbVwVSsg

Arte por Excelencias

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