De la resistencia a la construcción

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Por Aram Aharonian
En América latina estamos pasando de más de cinco siglos de resistencia a una etapa de construcción (nueva comunicación, nuevas democracias), donde se deben dar pasos en la práctica y, a la vez, ir diseñando nuevas teorías que tengan que ver con nuestras realidades, nuestras idiosincrasias, nuestro futuro, rompiendo los añejos paradigmas liberales.
El camino en este tránsito no es fácil. La reacción de la derecha vernácula, latinoamericana, globalizada, ha sido criminal, en todo el amplio sentido del término. La nueva arma mortal no esparce isótopos radioactivos: se llama medios de comunicación de masas en manos de unas cuantas corporaciones que manipulan a su antojo en función de sus intereses corporativos, como mascarón de proa de la globalización transnacional y en alianza con las más reaccionarias fuerzas políticas.
Las recientes manifestaciones de masas generadas por las derechas en los más diversos países (y no sólo en nuestra región), muestran su capacidad para apropiarse de símbolos que antes desdeñaban, introduciendo confusión en las filas de las izquierdas. Los saberes y formatos que antes eran monopolios de las izquierdas, desde los partidos y, sobre todo, los sindicatos y movimientos sociales, hoy encuentran competidores capaces de mover masas pero con finas opuestos a los que esa izquierda desea.
Grupos armados y militarmente organizados se cobijan en manifestaciones más o menos importantes con el objetivo de derribar un gobierno, generando situaciones de ingobernabilidad y caos. Lo cierto es que la derecha ha sacado lecciones de la vasta experiencia insurreccional de la clase obrera y de los levantamientos populares que se sucedieron en América Latina desde el Caracazo de 1989.
Las derechas han sido capaces de crear un dispositivo “popular” para desestabilizar gobiernos populares, dando la impresión de que estamos ante movilizaciones legítimas que terminan derribando gobiernos ilegítimos, aunque éstos hayan sido elegidos y mantengan el apoyo de sectores mayoritarios de la población. En este punto, la confusión es un arte tan decisivo, como el arte de la insurrección que otrora dominaron los revolucionarios.
La socióloga brasileña Silvia Viana define como una reconstrucción de la narrativa hacia otros fines. “Es claro que no hay lucha política sin disputa por símbolos”, asegura. En esta disputa simbólica la derecha, que ahora engalana sus golpes como defensa de la democracia y los derechos humanos, aprendió más rápido que sus oponentes.
Hace cuatro décadas, para imponer un modelo económico, político y social se recurrió a las fuerzas armadas, con el saldo de miles y miles de muertos, desaparecidos, torturados.
Hoy no hacen falta las bayonetas: alcanza con controlar los medios de comunicación masiva, que llevan el bombardeo del mensaje hegemónico directamente a nuestras salas, comedores y dormitorios, durante 24 horas al día, a través de la información, la publicidad y el entretenimiento (por ejemplo, las series de televisión, los juegos cibernéticos), que transmiten el mismo mensaje, dirigido a las percepciones más que al raciocinio del usuario.
El tema de los medios de comunicación social tiene relación directa con el futuro de nuestras democracias, porque la dictadura mediática pretende suplantar a las dictaduras militares de cuatro décadas atrás. Son los grandes grupos económicos, los latifundios mediáticos, que usan a los medios y deciden quién tiene o no la palabra, quién es el protagonista y quién el antagonista, qué omitir u ocultar. Eduardo Galeano decía que “ya no se necesita que los fines justifiquen a los medios. Ahora los medios de comunicación justifican los fines”. Hoy los medios de comunicación comerciales cartelizados atacan como partido político y se defienden con la muletilla de la defensa de la libertad de prensa, cuando sólo reivindican, en realidad, la impunidad de sus empresas y de los intereses imperiales.

El fin de la denunciología
Debemos ser proactivos y no limitarnos a lamentos y denunciología, entendiendo que debemos convencernos de que estamos abandonando una época de más de 500 años de resistencia para iniciar –¡y cómo nos cuesta!– la nueva etapa de construcción. Para ello debemos romper viejos paradigmas, para poder reinventar nuestras democracias y democratizar la palabra y la imagen. Apostar al futuro es, sin duda, incluir preferentemente la opción por los jóvenes, las nuevas generaciones.
Pero lo primero que debemos democratizar y ciudadanizar es nuestra propia cabeza, no sólo cambiar sino reformatear totalmente nuestro disco duro. El primer territorio a ser liberado son los mil cuatrocientos centímetros cúbicos de nuestro cerebro. Es hora de aprender a desaprender, para desde allí comenzar la construcción.
En este presente es indispensable enfrentar los intentos restauradores del orden neoliberal, que hoy tienen su mayor expresión en las prácticas golpistas de los monopolios de la comunicación.
En esta etapa es fundamental la democratización de las comunicaciones, la articulación de los medios populares y el fortalecimiento de los medios públicos. Es así que el afianzamiento de una agenda para una comunicación democrática requiere del impulso de los movimientos sociales, de los Estados nacionales y de las instancias regionales de integración.
Quizás estamos en una etapa de transición. En nuestros países debemos dar por terminada la etapa de la resistencia (al colonialismo cultural) para comenzar la difícil etapa de la construcción (de nuevas alternativas, de la democracia, del futuro de nuestros pueblos). Construcción sugiere cambiar paradigmas, reinventarnos; sugiere proceso, avances y retrocesos.
Podemos citar las fechas simbólicas como la del 12-13 de abril de 2002 en Venezuela –cuando el pueblo salió a la calle a reclamar la reposición de su presidente constitucional Hugo Chávez–, o el día que el presidente argentino Néstor Kirchner ordenó bajar el cuadro del dictador Jorge Videla del Colegio Militar, o cuando Rafael Correa superó el intento de golpe de Estado en 2010. En esas fechas comenzó la etapa de la reconstrucción política… pero hay mucha gente que no se dio cuenta y siguió con el mismo discurso…
No es tarea fácil, porque desde muchos sectores, incluso enquistados en el aparato estatal de gobiernos progresistas, hay resistencia. Para muchos es más fácil la etapa de la resistencia, la denunciología, la autoflagelación. Es producto de años de construcción del imaginario colectivo por parte de sectores hegemónicos antinacionales, ya que una de sus formas de dominación es eliminar la autoestima de nuestros pueblos y atentar contra una identidad común.
Tenemos muchos problemas para construir, pensar hacia adelante; en pensar en cosas nuestras; en crear y errar también. Es tiempo de asumir nuestras propias identidades, seguir elevando nuestra autoestima, esa que parecía haber tocado fondo hace apenas poco más de una década.
Ahora hay que aprovechar esa posibilidad de construir una nueva comunicación, una nueva sociedad, una nueva democracia, y construirla no sólo en la práctica sino también en la teoría. Hay que hacer una nueva teoría que tenga que ver son las prácticas reales, adecuada al nuevo país que tenemos cada uno, a este nuevo enfoque de una América latina y el Caribe en proceso de integración, y donde no sigan hablando los jerarcas y los eternos “expertos”, sino que hable la gente.
Hay que darle la palabra a la gente y no tener miedo de eso. Hay que apelar al raciocinio del pueblo y no solo a los sentimientos, que son los golpes bajos permanentes de la construcción comunicacional hegemónica.
Como excusa para no construir, muchas veces hemos puesto la falta de recursos por delante, y generalmente el problema mayor es que no teníamos ideas. Nos habían secuestrado la utopía, aniquilado nuestros sueños.
En esta época en la cual la vida política de nuestras sociedades, la organización y movilización social, la disputa de ideas y modelos de sociedad y las mismas relaciones sociales e interpersonales se encuentran cada vez más atravesadas por los medios y tecnologías de la comunicación, se vuelve un imperativo de los procesos democráticos analizar y repensar las formas de organización, gestión y control de éstos. Se han roto algunos viejos paradigmas. Las nuevas legislaciones establecen un tercer sector de la comunicación, más allá del privado y el público, que es el sector ciudadano sin fines de lucro –medios alternativos, independientes, comunitarios–, el cual debe desarrollarse en igualdad de condiciones con los otros dos sectores. Este solo hecho, que supera la visión tradicional reducida a la polaridad Estado-sector privado, representa un cambio paradigmático significativo.
Pero promover efectivamente la participación, la interacción, nuevos valores y una estética distinta en la comunicación implica pasar por profundos cambios culturales, pues de poco servirían si la población no se apropia de ellos. Es necesario cambiar la “matriz productiva” de la comunicación y pasar de una sociedad consumidora de información o mercancías, a una sociedad crítica y productora de información, de medios, de respuestas, de preguntas, de nuevas creaciones, de nuevos discursos.
Uno de los mayores problemas que confrontamos en América latina y el Caribe es que –con la mente ocupada aún por viejos paradigmas liberales– no estamos totalmente convencidos de nuestros proyectos. En general, el enemigo no está afuera, no son los medios corporativos, ni el imperio, ni es la falta de financiamiento, sino que son la ausencia de convicciones firmes en niveles altos y medios de nuestros gobiernos y la ineficacia, la ineficiencia y el facilismo copiador de formatos y modelos de parte de quienes gestionan o dirigen los proyectos.
El enemigo está adentro y por eso algunos de los buenos proyectos comunicacionales lanzados en nuestra región fracasan o terminan frustrándose en la intrascendencia. La construcción –de una nueva comunicación democrática, de democracias participativas– se hace desde abajo, hombro con hombro. Lo único que se construye desde arriba, es un pozo.

De La internacional del poder mediático, 
Ediciones Punto de Encuentro, 2015.

Miradas al Sur

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