Colombia_ Los lectores de Medellín

Metro de Medellín, viaje de bello a iitagui con Octavio Restrepo / Metro de Medellín, viaje de bello a iitagui con Octavio Restrepo
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El equilibrio de Marta Sin Apellido está en la espalda. Abordó el metro en la Estación La Estrella pasadas las cinco de la mañana, para llegar a clase de seis en una universidad de Bello, donde estudia Comunicación.

Apuntala su espalda contra una de las puertas del vagón, una de esas que no se abren en las estaciones. Justo detrás suyo, a la altura de sus omoplatos, hay una calcomanía institucional con un letrero que dice: «No se apoye en la puerta», acompañado de una ilustración que muestra a un humano haciendo de hipotenusa y con el pie apoyado en la superficie que tiene detrás.

Ella debe ir así para usar sus manos en resolver un taller de sociología para entregar en clase de seis. Va mirando las preguntas en una hoja y respondiendo, de cabeza, en su cuaderno.

“Este es un vicio que he tenido toda la vida —explica—. Yo siempre era la que iba haciendo tareas en el transporte. Me parecía que esa vuelta era tan larga y cuando no me dormía, aprovechaba para adelantar trabajo. Ganaba tiempo y en mi casa podía dedicarme a las dos cosas que más me ha gustado hacer: hornear galletas y leer libros”.

Va escribiendo con letras gordas, azules en las preguntas, verdes en las respuestas.

“Yo leo hasta en el busesito alimentador de la casa por La Ferrería, a la Estación. Me han dicho, sí, que se me puede desprender la retina. Pero, no sé, me parece un tiempo muerto”.

En hora pico, el metro está tan congestionado, que, si acaso, puede leer un poco, jamás puede escribir, comenta.

Justo cuando en el altavoz indican: «Próxima estación Poblado», ella desprende las hojas del taller terminado, las marca y guarda en el mismo cuaderno, que empaca en un pesado y apretado morral, del cual, a renglón seguido podría decirse, extrae un documento sobre los derechos humanos, para ir leyendo de ahí en adelante: «Es el que trabajaremos en clase», aclara y se abstrae de todo. Ignora las entradas y salidas de la gente. No se da cuenta del hombre que ingresó en silla de ruedas empujado por un policía bachiller y dejado muy cerca de ella. Ni del bebé que duerme. Ni de la vistosa pañoleta de la abuela que cabecea. Ni cuando se desocupan dos puestos.

Ignora, incluso, que frente a ella, también de pie, un muchacho, audífono en los oídos, lee un Manual de Bacteriología encuadernado en cartulina amarilla con el título marcado. Y que lo viene haciendo desde la Estación Envigado. Es Mateo Ruiz, un hombre de una barbita recortada que le enmarca boca y mentón, viste una camiseta del DIM y una gorra amarilla que le hace juego con los tenis. No se sostiene. No levanta los ojos de ese libro que se nota a leguas que es una copia, con renglones apretados, con ilustraciones negras de implementos de bacteriología con su respectivo nombre debajo: «Contador hematológico», «Horno», «Contador de glóbulos blancos», «Microscopio», «Espectrofotómetro», «Equipos medidores de alergias a antibióticos», y claro, pipeta, tubo de ensayo, beaker, estos sin su denominación… Lee tan rápido, que en Industriales ya ha pasado una veintena de hojas.

“Tengo examen ya mismo. No pude estudiar y ahora no tengo tiempo de demorarme en ningún tema. Lectura rápida, usted sabe cómo es, men”.

Una chica de la Remington lee porque quiere en su tablet asuntos de control de calidad. Estudia una tecnología en Procesos Industriales.

Cómo se va a cansar

Mario Montoya lee el periódico sin prisa. Está jubilado y va a media mañana hasta el centro, a ver a sus amigos.

“Para mí, el periódico es de dos metros —explica—. De ida siempre leo las primeras páginas: lo de actualidad, lo de Antioquia. Llego por ahí hasta Económica, a la que poco le encuentro que leer. Me salto Opinión. Y de venida, cuando vuelvo a la casa a buscar el almuerzo, leo los temas de arte y deporte. De deportes, me gusta leer el fútbol y algunas cositas de los destacados, comoCaterine Ibargüen, Rigoberto Urán… Así. Y pare de contar. Primero le seguía el cuento a otros deportes, pero el boxeo se acabó, y los demás los cubren tan poquito que uno no se entera. Ah, y montar en metro a esta hora es bueno, casi vacío. No esos tumultos tan fastidiosos de otras horas”.

Mientras algunos van embelesados mirando por la ventana, la mayor parte de los pasajeros revisa su teléfono móvil como si fueran objeto de una especie de hipnosis o hubieran sido abducidos y recibieran las órdenes de alguien que los gobierna.

Diagonal a Mario, una chica, también sentada, escribe en su cuaderno lo que consulta en la red, en su teléfono móvil. La Revolución Francesa. Causas, personajes, hechos, consecuencias. “Eso es lo que estoy buscando”.

Van a ser las ocho de la noche. La hora pico va cediendo. En Estación Prado sube a bordo un Johnier Sin Apellido. Es proveedor de pegantes de caucho y camina todo el día visitando zapaterías y peleterías y ferreterías y papelerías. Va de regreso a su casa, vecina a la Feria de Ganados. Dispone de unos minutos hasta la Estación Acevedo, de modo que abre su maletín y extrae una planilla montada en su tabla de apoyar y va llenando los pedidos, con los datos de sus clientes y los valores. “Así, cuando llego cada mañana a la bodega, tengo trabajo adelantado”. La luz encendida del vagón brilla en sus lentes. Los cristales de las ventanas se ven negros.

Abstraída del mundo está una mujer casi tan vieja como Ana, la profetisa hija de Fanuel, de la tribu de Aser, aquella que, según san Lucas, “había vivido con su marido siete años desde su virginidad y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones”.

Se llama Gloria Hurtado. Lee la Biblia. Desde que se subió al vagón en la Estación Niquía, rumbo al Sur, detectó el puesto en el que quería sentarse y fue directo a ocuparlo. De una bolsa de tela sintética con un letrero de «PARÍS», que descargó en su regazo, extrajo las Escrituras y las abrió en el lugar que indicaba el separador de tira de seda.

Estuvo todo el día alrededor de Puerta del Norte invitando a los transeúntes a hablar con ella de la Palabra. Algunos tuvieron oídos para oír y oyeron.

“Soy Cristiana y, por eso, en el metro sigo leyendo la Biblia. La leo en todas partes. No, no me canso. ¿Cómo me voy a cansar de leer las cosas de Nuestro Señor?”

El Colombiano

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