Argentina: Julio Cortázar en las palabras de otro

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Por Daniel Cholakian –  NodalCultura

Nito Basavilvaso, el protagonista de Ocho cartas para Julio, merece ser pensado como el alter ego de Julio Cortázar. La ficción que construye Gabriel Lerman nos permite intuir una relación especular entre este personaje imaginario y el escritor de “Rayuela”.

Juan Palomino, impecable hasta en la duda, da vida a este viejo amigo de Cortázar que nunca existió, pero que pudo haber sido. Vestido en un modo que nos ubica en un punto difuso del tiempo entre la década del ‘30 y del ’60, el hombre se siente frente a su máquina de escribir y lee y tipea ocho cartas para su amigo, Julio.

Dice la historia ficcional que Nito y su amigo Julio egresaron juntos de la escuela normal, recibidos como maestros de escuela. Ambos se soñaban escritores y hombres capaces de intervenir en el mundo para transformarlo. Es a partir de esta suerte de expectativas comunes que Nito Basavilvaso reprocha, corrige, interpela y admira a su amigo Julio. Y lo hace con recursos que, sabiamente prestados por la pluma de Gabriel Lerman, son parientes de la escritura expresada por Cortázar en su larga obra epistolar. ¿Es acaso Basavilvaso una suerte de conciencia política nacidas de los movimientos vinculados al nacionalismo popular que desembocarán en el peronismo?

Como fuere, de la Underwood del protagonista surgen textos que develan la admiración, cierto dejo de envidia y una crítica cargada de política al recorrido personal, estético e ideológico de Julio Cortázar. Es especialmente allí, en la tensión entre la admiración por la obra y la frustración del escritor que Basavilvaso no pudo ser, que lo político se cuela. Los ejes centrales de la interpelación del autor de las 8 cartas –que recupera Lerman desde fuentes reales y diversas- son la incomprensión del peronismo y la adopción de una estética europea y del sueño parisino a cualquier costo.

Los textos son la trampa perfecta con la que Juan Palomino, que domina el escenario leyendo y apelando a gestos sencillos, sumerge al espectador en la doble mentira. ¿Quién es el personaje que escribe como si escribiera Cortázar pero a su vez escribe como si escribiera a Cortázar? ¿Cómo se construye ese lugar para el amor, la envidia y la furia? Basavilvaso obliga a pensar en la idea del doble, del doppelgänger alemán, el fantasma del sujeto que es si mismo y el otro. ¿Quién es el que lee y quien es el que escribe? ¿Hay acaso en Nito Basavilvaso que tanto escribe como lee un yo oculto, negado o fantasmal?

La música de Fernando Lerman, quien la ejecuta en escena junto al “Pollo” Raffo, permite también seguir en la (re) construcción estética del universo cortazariano que sin embargo es el mundo de otro. ¿Para quién suenan los sonidos disonantes del saxo que por sí solo remite a la admiración del escritor por Charlie Parker, a quien a su vez de algún modo pensó con un otro yo llamado Johnny Carter en “El perseguidor”. El escenario es la casa de un barrio porteño, tanto como una pobre buhardilla parisina.

He ahí la cuestión.


Juan Palomino: “Elecciones estéticas y narrativas como esta, a mí me gusta transitarlas
Para hablar sobre Ocho cartas para Julio, NodalCultura conversó con Daniel Berbedés, el director de esta puesta  y con Juan Palomino, su protagonista.
¿Cómo describirían la obra y la propuesta escénica?
Daniel Berbedés: Diría que se trata de una obra que se inscribe en el género de cartas apócrifas. Si bien Cortázar escribió mucho, estas cartas no existen. Supuestamente Nito Basavilvaso, personaje que hemos extraído de uno de los cuentos de Cortázar, es un amigo de él de la infancia. Estudió con él en el colegio Mariano Acosta (NR: Colegio del que en la vida real Cortázar no fue alumno) y mantiene con él un intercambio epistolar a lo largo de tres décadas. A través de esas cartas se da a entender la evolución personal y como escritor de este gran artista.
La obra puede pensarse como un ensamble, que más allá de ser un término musical, nos encontramos con literatura llevada al escenario, la actuación de Juan  Palomino y la ejecución de la música creada especialmente por Fernando Lerman y el “Pollo” Raffo con vientos y piano en vivo sobre el escenario.

¿Cómo es contar a alguien como Cortázar desde la voz de otro?
DB: Es que no se lo cuenta. Ahí está la originalidad de este espectáculo, que no está armado sobre la base de tomar sus cartas y leerlas. Eso sería aprovecharse de su talento. Es más, nos atrevemos a interpelarlo a Julio Cortázar, que parece un ícono intocable. Pero lo hacemos desde el lugar de un amigo de la infancia, que se puede permitir decirle “che, loco que te pasa”, dicho esto como un ejemplo porque no escribe de este modo. Nito Basavilvaso es simplemente un amigo, se criaron juntos, hicieron travesuras juntos, y así como lo reconoce,  admira, lo adora y va participando de esa evolución gigantesca de este escritor monumental, del mismo modo lo interpela por cuestiones ideológicas y personales. Entonces, no es un texto que se dedica a adularlo, o a contarlo o a traducirlo a la escena. Cortázar es simplemente es un fantasma que ronda durante toda la obra.

Juan Palomino: Nito Basavilvaso emerge de las profundidades de la imaginación. Es un compañero de estudios de Julio Cortázar. Es un argentino del norte, de esta Argentina que está más íntimamente ligada a lo que es la cultura quechua o aymara. Yo me lo imagino viviendo en Jujuy y relacionado con el mundo andino. Nito Basavilvaso para mi es una mezcla entre el autor de “Toda la sangre” José María Arguedas y su profundo amor no solamente por la zona donde se desarrolló –y con Arguedas al ser peruano hablo también de lo andino- sino por su profundo amor a la realidad latinoamericana. Para mi representa un poco el artista, el escritor, el intelectual latinoamericano en relación directa con el pensamiento nacional, con su estructura, ese mismo pensamiento que muchas veces fue cuestionado por intelectuales latinoamericanos que habían desarrollado su vida artística desde la mirada universalista de Europa. Es el caso de Cortázar, por ejemplo. Nito Basavilvaso representa para mí eso, y es como un referente de aquel Arguedas que le escribió a Cortazar aquella carta que decía algo así como “no soy un aculturado”. La respuesta a ese Cortázar que, quizás embriagado por el europeísmo y de París como centro de la cultura del mundo, deja de lado esta visión de lo local incluso en la política, como se percibe en la mirada que tenía sobre el peronismo. Este Nito Basavilvaso representa también a todos aquellos intelectuales que re pensaron desde el lugar de origen, desde el  lugar de uno. Como podríamos imaginarnos que lo hicieron entre otros Jauretche o Scalabrini Ortiz.

¿Cuáles son las decisiones de la puesta en la cual el recurso de la lectura –y no de decir como si escribiera, como si pensara lo que está escribiendo- está atravesada por la interpretación de la música en vivo?
DB: Como director opté por puntualizar el ensamble, la suma de recursos. Partimos de un texto poderosísimo, muy bien escrito. La de Juan es una actuación brillante, porque hay que leer en escena. Leer en escena no es solo leer. Y la música, que no es incidental sino un elemento más de la esencia de la obra. Pero la disyuntiva de dirección era pensar ¿desde qué lugar lo hacemos? ¿Desde un narrador, que Juan lo puede ser perfectamente, porque tiene la voz y la dicción para hacerlo o lo hacemos desde un personaje? Finalmente nos decidimos por esta última opción, y el personaje es Nito Basavilvaso que está perfectamente encarnado por Juan Palomino.

JP: A mí siempre me atrajo mucho trabajar con las palabras. Si algo nos dejó de maravilloso la conquista, y esto quizás sea una paradoja, son las palabras que se le iban cayendo a los españoles, aquellas que las toma Neruda en un tratado sobre el valor de las palabras y la lengua. Me encanta el tema del lenguaje y si bien no soy un analista de la lengua, me encanta interpretar lo que se escribe y de alguna manera a mi me representa. Con Gabi Lerman cuando surge el proyecto y empezamos a establecer contacto y a hablar de lo que significó Cortázar como bisagra con su novela “Rayuela” y lo que significó también en el ámbito político a partir de la revolución cubana, me interesé mucho por el texto y por establecer un contacto con el público a partir de la lectura de este intercambio epistolar.
Leer es un género que a mí me gusta mucho porque a partir de la lectura uno puede interpretar y puede dar pie a que otros también lo hagan. La poesía dicha de memoria es una cosa, la poesía leída es otra cosa. Por lo tanto a mi me parece mucho más fascinante leer porque sé que cualquier otra persona lo puede hacer. En cambio, si yo digo de memoria un texto me alejo del público. Por eso me parece fascinante la propuesta de Daniel Berbedés de que se lean las cartas. Eso no le quita más potencia ni emotividad o funcionamiento en términos teatrales. Simplemente es una elección. Y elecciones estéticas y narrativas como esta, a mí me gusta transitarlas.

De amigos, hermanos y lugares perdidos por Gabriel Lerman
En algún momento, la moneda giró en el aire dos veces, una para mi hermano Fernando y otra para mí. En su caso, cayó del lado de la música. En el mío, del lado de la letra. Esa diferencia se ancló en la biografía de cada uno, o las clavó de un modo que obligó a recomenzar la tarea de una forma personal. Pasaron muchos años de que concretáramos hacer algo juntos, como siempre decíamos y nunca nos dábamos el momento.

Cuando vimos que el tema podía ser Cortázar y finalmente pusimos manos a la obra, me puse a leer la correspondencia de Julio Cortázar. Lo primero que me cautivó fue algo bastante obvio: la centralidad que tenía el género epistolar en las relaciones interpersonales de hace cincuenta años. No había chat ni Skype ni Internet, pero tampoco había demasiado teléfono, y no había tanta posibilidad de retruque o reposición de información. En las cartas se expresaba todo: desde un complejo pensamiento teórico, una posición política, hasta el listado de ropa a llevar en un viaje o un pedido de devolución de libros o el aviso de olvido de un cepillo de dientes. Todo se ponía en las cartas. Con posdatas, con adendas, con anexos, con notitas al margen. Y esperar una respuesta específica por escrito podía significar el cambio de rumbo de una vida. En mi caso, intuí que el primer paso que podía dar desde lo literario, es decir, desde donde yo venía, era escribir un texto que plasmara el pensamiento de alguien, un otro, sobre Cortázar. Una suerte de antagonista que discutiera con él, mano a mano, algunos puntos polémicos de su vida. Los viajes, las posturas ideológicas, los alineamientos, su estética. Nació un texto, una suerte de retruque. Mientras tanto, el diálogo con Fernando se politizó de una manera que tal vez dispersó la creación en común o, acaso, la desmadró creativamente por completo. Lo único claro, entonces, era la presencia, en la hipotética escena, de un actor, de un personaje único. Que podía ser un relator o que podía encarnar distintos personajes de o sobre Cortázar. Empezamos a buscar quién podía representar ese papel.

El hombre elegido

Por esos días conocí a Juan Palomino en las grabaciones del programa La letra inesperada, de Ricardo Forster. Fue en la Iglesia de la Santa Cruz, donde Juan recitó el poema Tenebrae de Paul Celan, sentado en un pupitre de esa maravillosa iglesia porteña.

Le hablé de la idea, de Cortázar, de la letra y la música, de mi hermano. Tomamos un café. Nos dijo recordar la polémica de José María Arguedas, el escritor peruano, con Cortázar. ¿Acaso Cortázar no era un afrancesado, medio gorilón? ¿Acaso sus diferencias con el peronismo no lo volvían un personaje polémico? ¿Acaso no había caído siempre en el eje de un snobismo de izquierda muy cómodo y caro a la cultura progre? Sí, tal vez. Pero también, o a pesar de, había sido un escritor extraordinario que había roto paredes de la literatura latinoamericana, y que no era sólo el señorito juguetón de los personajes que se atragantaban con conejos o se ahogaban adentro de un pullover. Cortázar podía ser el escritor sórdido de muchos pasajes duros de Rayuela, podía ser el vanguardista de La noche boca arriba, podía ser el jazzero nocturno de Johny Carter y el eterno joven que desafiaba esa solemnidad invernal de un colegio secundario de Buenos Aires. Dejamos pasar el año Cortázar porque no queríamos obligarnos a una suerte de homenaje o seguimiento de su figura, sino que queríamos ver qué nos pasaba a nosotros con su imaginario, más allá del tiempo.

Un otro yo

Juan Palomino nos dio la clave de que había un personaje que podía funcionar como un amigo rebelde de Julio Cortázar. Alguien a través del cual expresar las dudas, las vacilaciones y la admiración que podía generarnos. Su relación con el peronismo, que tuvo distintos momentos. Su relación con la izquierda, principiada en una buena voluntad cultural primero y, luego, de ruptura.

Su vocación europea y su descubrimiento posterior, sentido, de América latina. Allí estaba el nudo que, desde la letra y la música, queríamos interpelar. De esa manera, nació Nito Basavilvazo. Tomado del cuento La escuela de noche, relato ambientado en el normal Mariano Acosta, donde unos amigos planean e ingresan al colegio de noche. Nito, uno de ellos, cercano al narrador, es el agitador, el que desafía. Lo imaginamos como nuestro personaje, lo extrajimos de allí.

Diálogo textual

Luego vino la definición del formato cartas, para el cual nos ayudó la escucha amable de Claudia Carbonel. Fueron de gran ayuda para mí los consejos de la joven dramaturga Celina Rozenwurcel y de la gran productora Bárbara Seminara. Cuando decidimos que el director fuera Daniel Berbedés, un experimentado hacedor de teatro que tenía años de trabajo con Fernando, la cosa encontró finalmente el cauce.

La música que envuelve la obra, que convive y estalla de principio a fin, es total oído de mi hermano, quien si bien hace tiempo dejó de ser aquel niño con el que jugábamos en el patio de casa, y tiene una carrera impresionante en la música argentina de más de dos décadas, estos días, sin embargo, se me hace que ha vuelto a llevarme, como hace muchos años, a un lugar que habíamos perdido.

 

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