Cultura y política puestas en discusión

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El hilo de una obstinada disidencia, con sus variaciones, ademanes y contrastes, atraviesa la cultura argentina del siglo XX. El Grillo de Papel (1959-1960), El Escarabajo de Oro (1961-1974) y El Ornitorrinco (1977-1986), las tres revistas creadas por Abelardo Castillo, vuelven a circular gracias a la edición facsimilar publicada en cuatro volúmenes por la editorial de la Biblioteca Nacional (BN). La presentación de estas revistas “avícolas”, adjetivación que sale de la imaginación picaresca de Horacio González, incluyen unas “Palabras previas” del escritor y director de la BN, una extensa entrevista a Castillo y un estudio crítico de Elisa Calabrese. “Hicimos un trabajo al filo de la disidencia”, planteó González en una conferencia de prensa en la que trazó un balance informal de su gestión. “El mundo cultural, si lo entendemos hasta las últimas consecuencias, pone en discusión todo el mundo político. Esto nunca lo ocultamos y los funcionarios del gobierno lo aceptaron”, repasó el director de la BN en lo que definió “casi como una despedida” tras su larga etapa al frente de la institución. “No creo que me ofrezcan seguir ni creo que seguiría. Si eventualmente siguiera, debería acallar muchas de las críticas que hice y debería convertirme en un funcionario más adecuado. Y yo no fui un funcionario adecuado, fui un funcionario que habló mucho, que escribió y que dijo cosas que no siempre le gustaron al Gobierno.” González aseguró que será un “jubilado” que seguirá escribiendo y pensando el país a partir de diciembre.

Antes de las revistas de Castillo, la BN publicó ediciones facsimilares de revistas de diversas corrientes ideológicas y políticas como Contorno, La Rosa Blindada, Pasado y Presente, Arturo, Poesía Buenos Aires, Fichas, Letra y Línea, Peronismo y Socialismo y Papeles de Buenos Aires, por mencionar apenas un puñado de títulos de un catálogo que continuará creciendo en el segundo semestre de este año (ver aparte). “Las revistas han marcado de manera sistemática el campo intelectual y los debates con una capacidad de producir el poder simbólico del país muy notorio”, subrayó González y recordó que leyó de adolescente El Grillo de Papel y El Escarabajo de Oro y que le debe a Castillo las primeras lecturas de Jean-Paul Sartre, Isidoro Blaisten y Humberto Costantini. “Lo que nos faltó a nosotros, y quizá alguien lo deba hacer, es un estudio más completo de las revistas argentinas como columna, esqueleto o andamio de la discusión cultural en Argentina. El efecto que produce en el lector contemporáneo que revisa las páginas del pasado es un sentimiento de melancolía y de llanto porque ya no se hacen revistas así que acompañaban, como Oscar Terán lo llamó, ‘la marcha hacia el abismo’”, advirtió el escritor y sociólogo.

“La tarea de una biblioteca es revolver el pasado, invitar a los investigadores a que sigan hurgando el misterio del olvido, porque finalmente nada termina olvidado –agregó González–. Nadie se puede arrogar la condición de descubridor de revistas porque alguien las hizo y tuvieron lectores. El gran interés que para mí tienen es el fuerte contraste con el revisterío actual, que en gran parte ya es digital, aunque hay revistas solitarias y persistentes que siguen saliendo. Estas eran revistas por las cuales pasaban el centro de la discusión, si es que no tenemos en cuenta los grandes diarios o los libros. Nadie puede omitir Contorno o El Escarabajo de Oro en la discusión argentina.” Sebastián Scolnik, coordinador del área de Publicaciones de la Biblioteca Nacional, destacó que este tipo de revistas son importantes para los investigadores, pero aclaró que, en muchos casos, la BN no disponía la totalidad de los números y que las ediciones facsimilares sirvieron para completar las colecciones. “Siempre albergamos la esperanza de que haya un lector no especializado que sea capaz de ser conmovido por algo de todo esto”, auguró Scolnik.

Castillo comenta, en la entrevista con Calabrese, que dirigir una revista fue una “responsabilidad y un peso” distante de la sensación de alegría. “Si El Grillo de Papel tuvo alguna importancia, eso tuvo que ver, creo, con su falta de complicidad con los escritores y la literatura oficial. No teníamos que quedar bien con nadie, decíamos lo que se nos pasaba por la cabeza. Y así fue, por ejemplo, que una de las primeras críticas que se le hizo a Cortázar se hizo en nuestra revista. La hice yo cuando apareció Las armas secretas. A partir de ese hecho se dio nuestra amistad con Cortázar. Se habían escrito cosas menores sobre él hasta ese momento, y nosotros lo tomamos en serio. Cortázar nos escribió una carta y terminó siendo nuestro colaborador permanente”, recuerda el escritor y menciona que hasta Leopoldo Marechal fue colaborador de El Grillo de Papel y que hay números de El Escarabajo de Oro que se planearon en la casa del autor de Adán Buenosayres. “Hay lugares en los que ciertos escritores encuentran el único centro donde pueden situarse para hablar con libertad. Pongamos un ejemplo incómodo: si fuéramos escritores críticos del gobierno, hoy, ¿desde dónde lo decimos?, ¿desde La Nación? No parece ético; ¿desde Clarín?, no parece razonable; ¿desde Página/12?, no parece posible. O sale un tumulto de gente a decir que uno se ha convertido en oligarca o vendepatria. Pero si tuviéramos una revista literaria, lo decimos y se terminó. Era el lugar que yo siempre sentí que debía tener un intelectual. Fue la gran obsesión de todos los intelectuales desde que yo lo recuerdo: tener el lugar desde donde decir las cosas”, reflexiona el autor de Crónica de un iniciado.

En sintonía con ese filo de la disidencia, la BN está publicando todas las obras de León Rozitchner. “León es uno de los pocos filósofos completos que tuvo la Argentina contemporánea; es dueño de un lenguaje y de una formación que interroga hasta las últimas consecuencias. Un tipo de polemismo como el de León es insoportable en un momento como este en que hay un polemismo más bien destructivo y chicanero –comparó González–. León se consideraba como alguien rechazado por la vida filosófica argentina por su modo de escritura, pero fundamentalmente porque era el modelo argentino de disidente, en un momento en que esa palabra no se empleaba. Hoy se emplea disidente como una forma de la elegancia del intelectual que está al margen de los grandes diarios o del Estado, pero es muy difícil encontrar un intelectual así.”

Página/12

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