Un universo llamado Unda

José Unda siempre recuerda con alegría a la que considera la mejor crítica que han realizado sobre su obra. “Esto es una ciencia”, le dijo un maestro plomero quien, tras reparar una avería en el taller del artista ecuatoriano, empezó a recorrer detenidamente cuadro por cuadro del pintor. “Sentí que con esas simples palabras definían adecuadamente mi trabajo. A veces, uno lee una serie de críticas y ensayos de expertos que ni entiende”.

Sí, Unda es de aquellos que con sus pinturas –y cuando hay oportunidad con sus palabras- redefine los significados. Es de aquellos que comprende que el Universo es infinito y que esa infinitud cabe en un punto. Por eso, al contar su anécdota, por ejemplo, replantea la definición de ‘maestro’.

Su cuerpo delgado siempre tiene una postura erguida, firme. En su mirada se esconde la sabiduría debajo de la timidez y la sencillez. Hay algo de monje tibetano y de niño en su aspecto, lo que demuestra que el conocimiento que profesa se eleva al cuadrado.

Este conocimiento que proviene de una investigación constante, donde se entrelazan la ciencia y la filosofía oriental, puede apreciarse en su serie ‘Los secretos del vacío’, donde a través de 100 obras -40 pinturas sobre papel y 60 sobre lienzo-, plantea que “el vacío no tiene separación entre positivo y negativo sino que existe la posibilidad de creación e imaginación”.

Desde 2008, el pintor quiteño viene elaborando la serie que al fin puede exhibirse en el Centro Cultural Metropolitano de Quito.

Ciencia y filosofía

Unda es un científico que filosofa a través del arte. En sus cuadros, marcados por la abstracción, devela su búsqueda constante, sus exploraciones exhaustivas, su rigor investigativo, donde materia y espíritu comulgan en el tiempo, y lo traspasan.

Y es que su propuesta estética es un juego dialéctico incesante, que unifica más que contrapone, que lo ubican en las filas de aquellos científicos que no se encierran en la razón y que dan cabida a la espiritualidad: para él no existe contradicción alguna cuando un grupo de investigadores pronuncian ‘la partícula de Dios’.

Mirar una de sus pinturas es como anclar el ojo a un microscopio y descubrir la grandeza desde la pequeñez de una célula, así como también es el alzar la vista y contemplar una noche estrellada y darse cuenta de la inmensidad, de nuestra posición tan minúscula dentro del Universo.

Un aire místico envuelve cada una de sus pinturas. Es como si el secreto de la alquimia se revelara en sus cuadros. Claro que este proceso tan mágico como químico no se reduce a transformar el plomo en oro, no. Esto, gracias a que Unda está consciente de que el valor supera al precio.

“Mi éxito radica en que no tengo mercado”, dispara solemne, sin poses, para después dar paso a que se esboce una sonrisa en su rostro. “En la actualidad miden el éxito por las ventas, por las modas, por cuánto apareces en una revista… Yo me preocupo por pintar. La verdad, uno vende porque termina siendo tu trabajo y hay que sobrevivir, pero vender no es mi preocupación”, señala con toda honestidad.

Sí, sabe que la dinámica social –que no es otra cosa que la dinámica económica- exige sobrevivir. Por supuesto, no oculta que hay un interés en vender una obra, pero recalca que eso no es lo primordial. “Mira, no te puedo negar que uno tiene que comer, pero no me preocupa que en mi casa tenga 500 cuadros. Yo sigo produciendo, sigo trabajando. Un artista no se mide por las ventas, sino por la obra y, créeme, la obra habla solita”.

Evolución

No sorprende cuando Unda cuenta que una de sus principales preocupaciones es el estudio de la biología, pues su obra, hoy por hoy, es totalmente orgánica. “Las células y las galaxias. Las galaxias están compuestas por células. Las células evolucionan… Todo evoluciona… Estoy convencido de la evolución del arte”.

Esta evolución se sintetiza en ‘Los secretos del vacío’ que se van develando bajo la contemplación del espectador. Pero, si la evolución se mira a las anchas, se puede reconocer al pintor que exploró lo figurativo hasta hallar en el feísmo una forma de plasmar sus búsquedas, para después dar con lo ancestral y regocijarse en la abstracción. Desde ese momento Unda, de forma incisiva, diseccionará el presente para encontrar respuestas en el pasado: el pintor tomará conciencia del espíritu que habita en las formas.

Ese misticismo lo llevará a que concentre una mayor atención en el pensamiento oriental, el cual, sorprendentemente, mantiene una estrecha relación con la razón científica de Occidente. “Los científicos lo llaman energía, los filósofos orientales le dicen espíritu. Ambas son lo mismo”, concluye el artista, quien dota a sus lienzos y cartulinas toda la energía de su espíritu.

Todos para uno…

Los tiempos de ‘mosquetero’ se recuerdan con altivez. José Unda, Nelson Román, Washington Iza y Ramiro Jácome irrumpieron el panorama de la plástica nacional a finales de los 60’.

“Esa etapa fue de definición y aprendizaje. Mis propios compañeros fueron unos maestros y me enseñaron mucho.

Aprendí cada día de ellos y de ahí parte creo que la infraestructura que irá construyendo nuestro camino como artistas”.

Por entonces, recuerda Unda, les interesaba salir en los diarios, mostrar su trabajo, visibilizar su ruptura con los cánones instaurados. Ahora, Unda le huye a las fotos, siente una incomodidad tras la lente. “La obra habla por uno”, repetirá un par de veces.

Eso sí, la capacidad de asombro, esa que le permite al individuo ir ‘al ataque’, no se extingue. Hasta ahora no ha perdido su capacidad de asombro y, quizás, eso es lo que lo mantiene en un estado de alerta, de aprendizaje sin freno, de descubrimiento constante.

“Cuando vi este cuadro me sorprendí. Me dije ‘no parece hecho por mí’ (risas). No sé si es la luz, no sé si es la posición y verlo colgado, pero como espectador me sobrecogí”, apunta mientras observa una pintura colmada de un azul suave, donde unas betas ínfimas dan la sensación de una carretera sin fin.

La Hora

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