Chirinos: «La cultura va perdiendo terreno»

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Mientras se coloca cuidadosamente el auricular en su oído derecho, el poeta peruano Eduardo Chirinos comparte que su “sordera parcial no es de nacimiento, pero casi”. Antes de que aprendiera a hablar, una bacteria de nombre ilustre, estafilococo dorado, lo afectó. Por entonces, no había un antibiótico para infantes, tan solo la receta era para adultos y había daños secundarios: así apareció la sordera parcial. “Yo por eso a veces me río de lo que creo que escucho, pues oigo cosas rarísimas. Lo cierto es que ese problema es el que me permitió que me acerque a los libros. Leyendo me sentí muy cómodo, escribiendo también”, dice Chirinos entre risas.
A inicios de agosto llegó nuevamente a Quito. El motivo, presentar la antología ‘La música y el cuerpo. 50 poemas de Eduardo Chirinos’, una publicación de la Línea Imaginaria, bajo la edición de Aleyda Quevedo Rojas. El autor y el libro recorrieron la BiblioRecreo, el Centro Cultural Carlos Fuentes y el Teatro Prometeo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Todo esto en medio de la movilización indígena.
En medio de ese ambiente, Chirinos se hospeda en Quito en casa de unos amigos. En ese espacio concede una entrevista y relata su apego con el Ecuador, el cual nace desde la más tierna edad, pues “Ecuador era mi ilusión de lo extranjero”.

¿Cómo era esa experiencia de frontera, considerando que en su niñez Ecuador y Perú tenían asperezas y pasarían años hasta firmar la paz…?
Mira, tenía unos 5 años de edad y, por suerte, desde la perspectiva de un niño no te importa tanto la guerra. A mí me interesaba la idea del extranjero, de salir y viajar fuera de tu país. Lo más próximo era Ecuador y me emocionaba al pensar en Aguas Verdes y Huaquillas. Además, la gente de Tumbes tenía familia en Ecuador, se habla el mismo idioma, tenemos los mismos rasgos: entre la gente de frontera no había enemistad porque todo era cercano. Conmigo se quedaron los vínculos. En la etapa escolar empieza la disputa, pero como mi relación con Ecuador ya había iniciado antes nunca percibí las cosas desde la guerra. Y ahora soy poeta y soy usuario de una lengua que compartimos, que nos permite acercarnos con la poesía: eso hace que los límites sean cuestiones artificiales.

Es poeta, pero también es crítico. ¿Cómo es la relación entre esas dos vertientes?
En el Perú hay una especie de distanciamiento entre las personas que hacen crítica y viceversa. ¿Por qué no hacer uso del saber crítico? El problema está cuando la crítica se pasa al aspecto teórico, por supuesto me interesa la teoría literaria, pero ocurre que muchos teóricos creen que su saber los limita a un espacio donde la poesía no tiene cabida. Mira, me gusta pensar en aquella época donde la poesía lo era todo. Por eso los griegos llamaban a los poetas ‘hacedores’, no en vano Borges titula a su libro ‘El hacedor’. Me gusta esa idea de que todo se iba desprendiendo de la poesía y van apareciendo disciplinas autónomas como la filosofía, la zoología, la teología. En el ámbito científico, cuando una teoría se reemplaza, queda descartada. En el arte no se puede hacer eso. Me encanta pensar en que algo que se desprendió vuelva a su lugar de origen y eso lo puede la poesía.

¿Se siente más poeta que crítico? ¿Con qué se sienta más cómodo?
Son registros distintos. Y si no me sentiría cómodo, no haría nada de ello. Me gustan ambas actividades. Me siento cómodo como escritor, como crítico ensayista, como profesor, al igual que hallo comodidad cuando escribo literatura para niños.

Empezó a escribir desde muy joven, hoy es un poeta consagrado. ¿A qué edad se es más poeta?
Es verdad, empecé muy joven; estaba a punto de cumplir los 21… Yo no sé qué pasa en Ecuador, pero en Perú existe la idea del poeta joven. Algo curioso con la poesía, y con la literatura en general, es que se puede ser relativamente joven a los 40 años. La diferencia que encuentro es que de joven, quizás, la poesía es lo más importante, mientras que al pasar los años para algunos puede pasar a segundo plano, pues priorizan a la familia, comer, el tener un empleo y, obviamente, la poesía lo que menos da es réditos económicos. Por eso es que se pierden muchos grandes poetas. Bueno, hay que recordar que siempre queda ‘La tentación del fracaso’, citando el nombre de Ribeyro, y que la persistencia debe ser un aliado en el camino. En mi caso particular, he tratado de que la poesía sea mi compañía durante todas las etapas, incluyendo la infancia. Me gusta la idea de haber sido un poeta joven, pero me siento a gusto y aspiro ser un poeta viejo y, probablemente, ahí aparezcan los versos más jóvenes.

En esa juventud, no contó con un apoyo inicial por parte de su padre una vez que se decidió por la literatura. Esto le obligó a que se acercara a oficios vinculados a la palabra, lo cual influyó en su trabajo. ¿Ahora no queda más que agradecer esa falta de apoyo de papá?
Lo que pasa es que mi padre hizo un gran esfuerzo para que vayamos a la universidad. En mi caso, quería que yo sea abogado. Claro, su esfuerzo contaba con reciprocidad al decidirme por estudiar Literatura. Ahora lo puedo entender: él quería que me enfrentara a un mercado empresarial empobrecido con la idea de que me inclinaría por las Leyes. Me dijo que podía estudiar Literatura, pero que yo me pague la universidad. Así di con dos experiencias maravillosas: la enseñanza y el periodismo.

Tras el reconocimiento, ¿qué decía su papá?
Con mi papá compartimos el mismo nombre. Ser el hijo mayor es la suma de todas las expectativas de toda la familia. Eres el que asume las responsabilidad y eres el modelo. Al inicio, no sonaba bien que uno fuese poeta, pero después llegó ese narcicismo, esa debilidad de que a uno lo llamen poeta. Si lo confundían o le preguntaban por su hijo poeta, le entusiasmaba. Por eso él me prestó el dinero para publicar, unos 800 soles por entonces. Y si bien la idea nació de él, yo quería devolverle el dinero, pero no aceptó. Una vez me dijo: “Yo quería que fueras abogado, que seas alguien en la vida; yo quería ser ingeniero, me tocó ser militar. Yo no entendía, pero desde chiquito tú sabías que tu camino era la escritura: me alegro que no me hayas hecho caso”.

En qué momento llega la hora de convertirse en el propio antologador personal. ¿Cuándo se decidió por publicar su antología personal ‘Catálogo de las naves’?
Frente a esa pregunta podría darte una respuesta poética, pero las cosas no son como uno quisiera. El título viene de Homero, obviamente. Siempre me dije que algún día un libro mío se llamaría así. El libro llegó cuando estaba muy enfermo, en 2012, cuando estuve postrado y tuve tiempo de hacerlo. Fue gracias a la enfermedad y al tiempo.

Con el libro impreso, ¿faltó alguna ‘nave’?
Claro, siempre pasa, y esos poemas son los que te tocan la puerta todas las noches. Lo bueno es que no hay que lamentarse porque siempre hay oportunidad de hacer otro libro e incluirlos.

‘La música y el cuerpo’. Así tituló Aleyda Quevedo a la antología que realiza sobre su obra. ¿A qué suena esa antología? ¿Cómo mira los poemas seleccionados para dar cuerpo al libro?
En toda antología uno quisiera que seleccionaran los poemas por los que quisiera ser recordado. Primero, existe curiosidad, el encontrase con la mirada de quien te lee y te antologa. Para la gente que no me conoce en Ecuador, lo hará a través de los ojos de Aleyda: ella es como mi relacionadora de imagen (risas). Es algo alegador e inquietante. Todos los que leemos poesía, antologamos. Lo mismo sucede con quien escucha a una banda o es seguidor de un pintor. Un fanático de Picasso, seguramente, tendrá sus obras favoritas; un fan de Los Beatles tendrá una lista de canciones favoritas. La verdad es que uno siente agradecimiento por la construcción que hacen los otros de uno mismo.

Hablando de construcciones, Ud. pertenece a la denominada Generación de los 80’. Cuando mira el pasado, siente que el presente es lo que quiso construir…

Esa generación es muy particular. Allí entran un grupo de mujeres escritoras, lo hacen de manera fuerte y eso ya rompe con las décadas anteriores. No es que antes no había poetas mujeres, pero en los 80’ se consolidan como grupo con fuerza. Esto coincidió con la guerra contra Sendero Luminoso, que nos afectó a todos en menor o mayor medida. Es decir, teníamos la mirada refrescante y novedosa femenina y aparecía la guerra y la muerte. También, estaba la dispersión política en los poetas del 80’. Mira, si uno revisa la poesía peruana define muy bien a los autores, se distingue el eje de los 50’, el de los 60’ y el de los 70’, pero en los 80’ se nota la dispersión, la variabilidad de caminos. Me gusta esa idea de György Ligeti, quien decía que su problema era que la tradición ya no era para él, pero la vanguardia tampoco; sentía que se encontraba en una cárcel y buscaba la salida, la cual fue la absorción, así siguió creando música, y eso es lo que quiero hacer con mi poesía. Por eso es que mis libros no se parecen, siempre habrá algo de unidad, pero los veo como planetas distintos que pertenecen a un mismo sistema: eso es lo que sigo construyendo.

Perú se ha caracterizado por tener grandes poetas, ¿continúa la tradición?

Siento que la tradición continúa, con la diferencia de que los poetas ahora cuentan con una mayor facilidad de las editoriales y las redes sociales para publicar. Por supuesto, la poesía es exigente y se convierte en una jueza implacable. Estoy seguro que muchos grandes se quedarán en el camino, como sucedió en mi generación.

Hace un par de años se publicó ‘Hojas sin tallo’, donde se reúne las entrevistas que realizaste cuando ejercías el periodismo. Ese título define su personalidad y a la par al periodismo, pues ambos no se van por las ramas. ¿El libro es un llamado a la nostalgia o a la reivindicación del trabajo periodístico?

Tuve la suerte de trabajar desde muy joven en un suplemento cultural, que pertenecía al diario conservador La Prensa. Ahora ha pasado el tiempo y los medios están más concentrados en juntar a la cultura con el espectáculo. No tengo nada en contra del espectáculo, pero hay que reconocer que por un tema comercial el espectáculo se ha ido comiendo a la cultura. El espacio de la cultura va perdiendo terreno y eso es lastimoso. Los grandes periódicos han perdido la perspectiva. Parecería que algunos como que quieren recuperar ese terreno, habrá que ver qué sucede.

La Hora (Ecuador)

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